Lo grande está en lo pequeño: II Foro Cultura&Empresa

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Preámbulo

Soy un enamorado de los pequeños cambios, de los pequeños pasos, de las acciones que transforman un poco lo inmediato, con el afán, eso sí, de generar en el entorno una ola buena que contamine positivamente y acabe moviendo cosas cada vez más grandes.

La cultura y el arte, por ejemplo, han de dar pequeños pasos mirando hacia fuera, rehuyendo la autosatisfacción que tan a menudo suele acompañar todo acto creativo, y preocuparse cada vez más por lo que ocupa e interesa a las gentes, destinatarios del arte. Mirar más allá del marco del espejo en el que a menudo se miran las artes para vislumbrar un terreno de encuentro con los ciudadanos, escuchando sus gustos, sus tendencias, sus deseos, sus necesidades.

Las empresas, por ejemplo, que deben entender que los ciudadanos cada vez miran más allá de sus productos y servicios; evalúan quién los produce, cuál es su filosofía, qué le cuentan al mundo con su publicidad y sus mensajes, si tienen o no códigos éticos y se preocupan por aporta algo de valor a la sociedad a la que le venden “cosas”. Las empresas han de introducir pequeños cambios que muestren sensibilidad verdadera al cambio inevitable que se está avecinando, y que desean que al menos un poco de su energía y sus beneficios se dediquen a cosas de valor como la sostenibilidad, el medio ambiente, el desarrollo educativo y cultural, la salud, la solidaridad…

Ambulo: ando, hago camino

Hace apenas un año convocamos el I FORO CULTURA&EMPRESA en el que decenas de empresas, marcas y organizaciones e instituciones creativas se reunieron en Madrid para contar sus experiencias colaborativas y analizar las posibilidades de futuras sinergias, y cómo éstas podían ser útiles –en alguna medida, de algún modo- a la sociedad. El éxito, el humilde pero indudable éxito de aquel primer encuentro, nos lleva a organizar el II Foro el próximo 21 y 22 de noviembre. Un Foro con muchos cambios: más tiempo, más temas, nueva sede (Teatros del Canal), más secciones… Un foro cuyo título expresa una parte de su filosofía: “Clientes o públicos”, que da a entender la relevancia del nuevo papel que las personas tienen tanto para las marcas como para las organizaciones artísticas.

A lo largo de una jornada se abordarán en cuatro mesas y con invitados relevantes la respuesta a cuatro grandes preguntas: ¿Cómo pueden las marcas y empresas mejorar su “narrativa” a través de la creación de contenidos artísticos y culturales y que a la vez sean percibidos como un aporte artístico?, ¿Qué recursos y experiencias puede aportar la cultura para incrementar la vinculación y lealtad de los consumidores hacia las marcas?, ¿Pueden la cultura y el arte ser herramientas para incentivar y desarrollar la formación, motivación y talento de las personas?, ¿Cómo se piensa la relación empresa-cultura desde las organizaciones culturales, qué les demandan? Una nueva sección, El ascensor cultural, permitirá que en formatos súper-breves, seis proyectos culturales muestren toda su capacidad de seducción a los asistentes. Una gran personalidad del mundo empresarial frente a una del mundo de la cultura charlarán en público desde sus perspectivas. Y finalmente se presentarán los resultados de la II Encuesta Cultura & Empresa, que toma el pulso de esta relación a cientos de agentes de todo el país.

Todo ello en un formato espectacular, con formato de programa de radio que buscará el máximo dinamismo y el disfrute, con actuaciones en directo y pausas creativas.

El primer día del tendrá un final especial. Como muestra de que en el mundo de las empresas existen muchas personas artistas, que a menudo guardan en la sombra sus cualidades, habrá una lectura dramatizada-homenaje a Antonio Garrigues Walker, amante de las artes, dramaturgo y empresario.

El II FORO termina el día 22, con cuatro talleres prácticos sobre áreas de interés: mejora de la comunicación desde técnicas teatrales, diseño de proyectos…

En fin, un pequeño encuentro que pretende aportar reflexión, buenas prácticas y experiencias interesantes a los asistentes.

Hay quien piensa que los intereses de unos y de otros están por encima de sus capacidades de hacer algo juntos en bien de la sociedad. Nosotros no. Nosotros pensamos que es posible que el arte y la empresa caminen juntos, posiblemente no todo el camino, pero sí una parte relevante, que hoy, además, se muestra como necesaria.

Postámbulo: a modo de epílogo

En “Son cosas chiquitas”, uno de sus brevísimos textos, Eduardo Galeano hace una bellísima loa del hacer frente al decir, que termina así: “Actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.”

Pues eso.

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El Pavón Teatro Kamikaze. ¡Qué bello es nacer!


Nacer es una de las cosas bellas de la vida. Hacerlo ya de adulto incorpora, además, la conciencia del propio parto. Porque, en muchas ocasiones, uno mismo decide cómo, cuándo, qué, dónde… Eso hace que el reto y la responsabilidad sobre el propio alumbramiento sea casi total. Nacer así hace fácil creer en la capacidad de los ecosistemas para auto-regularse. Los padres de la criatura son en este caso Miguel del Arco, Aitor Tejada, Israel Elejalde y Jordi Buxó.

El Pavón Teatro Kamikaze ha nacido, y hoy, 8 de septiembre de 2016, se enfrenta a su primer acto público: el estreno oficial de su primera producción, Idiota, nacida para ese espacio que tanta historia acumula.

En su web, esta declaración de intenciones: “El Teatro Kamikaze es libertad, reflexión, entretenimiento, compromiso, vértigo e intuición. Es un espacio físico y emocional en el que vivir la experiencia integral del teatro. Aunando bajo un mismo techo lo mejor de la gestión pública y de la privada, en El Pavón tendrán cabida de la mañana a la noche lecturas, ensayos, conferencias, presentaciones, formación y educación, tertulias y disfrute, investigación y todo tipo de actividades y experiencias, además de una programación estable de calidad, propia y externa, nacional y extranjera. Tan viva como nuestro teatro.”

El reto de PTK es enorme, porque consiste en crear un nido expansivo y estable para un tipo de creaciones escénicas acogidas hasta ahora en lo esencial en espacios públicos y en giras, y para las que han contado con una notable financiación pública en forma de coproducciones. El reto es mantener la enorme calidad diferencial de sus creaciones y hacerlas, primero sostenibles y luego rentables, con mucho más público, y con otros públicos. ¿Quién dijo miedo? Los kamikazes conviven con él.

El reto, también, es llenar un teatro y sus múltiples recovecos de vida, con nuevas y diversas ofertas, escénicas, experienciales, formativas, culturales y de ocio. El reto es hacer del nuevo Pavón Kamikaze un lugar de referencia para la cultura madrileña y más allá.Partiendo, además, de ser referente para el propio barrio que lo acoge. Miguel del Arco dice que con la historia colectiva que les avala, era lógico “buscar una casa donde establecernos y redondear nuestra aspiración de ser una compañía estable”. Tener una casa, y, en fin, mantener sus puertas abiertas.

Para tener éxito en la tarea, la gestión, la parte de atrás del funcionamiento del arte, es fundamental. El timón, la carta de navegación y las calderas, alineados.

En primer lugar, las políticas de programación, que como se mencionó en el acto de presentación del proyecto el pasado mes de julio, han de ser abiertas pero sin perder las referencias que dan personalidad a PTK, y que doten al espacio de sello propio. Un sello en el que el concepto de repertorio adquiera novedosos matices.

En segundo lugar, las políticas de desarrollo de audiencias, orientadas a conectar con el público, escucharlo y atenderlo. Estar atentos a los “clientes”, a la tierra al fin, es la clave de sostenibilidad de un proyecto artístico. Y más allá,  PTK ha de estar atento a la sociedad, porque lo que hacen pierde buena parte de su sentido si no llega mucho más allá de sí mismos y de su propio pasado.

En tercer lugar, una política de captación y gestión de los recursos que conjugue las normas de gestión privadas y la autonomía financiera, con los principios, con la función social inherente al teatro. Ser libres en una sociedad capitalista requiere una enorme habilidad, también ética, para conjugar todos los verbos de la gestión: marketing, patrocinio, comunicación, redes…

Para todo esto, Teatro Kamikaze no parte de cero en su nueva andadura, ni mucho menos.Tienen una trayectoria creativa de calidad, éxito, premios y reconocimiento. Un pasado sobre el que se acumula un enorme crédito y que hace que muchas personas confíen en su apuesta. El nuevo proyecto va a contar con docenas, con cientos de personas que les van a apoyar y sostener, imprescindibles compañeros de viaje de los primeros y más duros meses.

Los gestores del proyecto kamikaze asumen en el mismo  paquete que el propio teatro, una cierta responsabilidad de liderazgo. Porque son una pieza más, pero diferente ya, y por ello esencial,en el ecosistema teatral y cultural madrileño.Y por posición, origen y discurso han de ser conscientes de que pueden y deben asumir en el medio plazo un papel de referencia y liderazgo en el conjunto, jugando a la colaboración y el apoyo a las piezas débiles del sistema, implementando medidas que introduzcan pequeños cambios ejemplarizantes en la mecánica y la gestión teatral, a menudo arcaica de la escena de la capital. Pequeños cambios que demuestren que los cambios grandes son posibles. (Brindo por su decisión de ir acabando con las invitaciones poniéndoles un mínimo precio que sirva para promover con esa recaudación proyectos de desarrollo cultural).

Sé que los kamikazes resistirán a los cantos de sirena del poder y conservarán su autonomía; sé que mantendrán la cordura frente a la adulación y el exceso de afecto y devoción. Sé que no perderán el viento de popa y que pondrán el timón orientado a la calidad y al público.

Un “viento divino” me ha tocado y me he hecho kamikaze; ahora espero ilusionado mi carné. Y bien saben los dioses lo poco que me gustan los carnés. Pero creo que para que la cultura en nuestro país alcance brillo, para que se desarrolle y sea patrimonio del todo social, para hacer una muralla buena frente a la barbarie, hacen falta muchas manos. Tráiganmelas. La manos kamikazes son muy bienvenidas.

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La Guindalera y el ecosistema escénico

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La Guindalera, la coqueta sala teatral del barrio del mismo nombre, del distrito de Salamanca de Madrid, anuncia su cierre como sala de exhibición.

Ante las dificultades, crecientes hasta lo insalvable, Juan Pastor y Teresa Valentín, la pareja de luchadores que encabeza el proyecto, ha decidido mantener La Guindalera como centro de creación y cerrar la sala al público, insostenible con su cuidadoso y exquisito modelo de programación y gestión, alejado de la explotación intensiva y la desprofesionalización.

Sé que la vida incorpora su contrario, lo mismo que la salud y el éxito. A estas alturas del partido uno sabe que los nacimientos son acompañados por las despedidas; despedidas y natalicios que configuran un nuevo equilibrio en ese inestable empate de la vida. En nuestro caso, del ecosistema cultural. Muere esta bella sala –al menos se cierra al público provisionalmente-, como hace apenas dos meses murió la Sala Biribó, o se ha despedido hace unos día Kubik, y al tiempo nace el nuevo proyecto de Miguel del Arco, Israel Elejalde, Aitor Tejada y Jordi Buxó, Teatro Kamikaze en el viejo Pavón.

Yo quisiera que el ecosistema cultural español disfrutara de un equilibrio en el que cada vez fuesen más los que lo conforman, y más activos y más longevos; que hubiese más compañías, más librerías y editoriales, más museos, más orquestas y auditorios…, y más públicos que les dieran vida. Y que La Guindalera, Kubik, Biribó, y tantas otras salas siguieran o renacieran. Ello significaría que los ciudadanos leen más, ven más cine, acuden más al teatro y alimentan su alma con más música, y exposiciones. Desde mi creencia en el benéfico sentido del arte para el ser humano, sería la constatación de que la belleza va venciendo al lado oscuro de la vida.

De hecho, muchos de nosotros trabajamos cotidianamente desde nuestras actividades por hacer del arte y la cultura un alimento necesario y diario de las gentes que quieran y puedan mirar al cielo, o, al menos, más allá de lo que se ve a simple vista. Discrepo con Juan Pastor en esto. Ellos, los artífices de La Guindalera, no son un verso suelto en la profesión, que busca la independencia y la dignidad… Están acompañados de otros muchos que pelean día a día su independencia, la calidad de sus trabajos, la dignidad laboral de sus producciones… En realidad, la situación ha forzado a que este sector esté plagado de versos sueltos, eso sí, con muy diversa fortuna.

En su carta de despedida, Juan responsabiliza a las instituciones del descuido con que descuida el arte y la cultura, pero no cae en la tentación de echar toda la culpa en el mismo saco. Porque el ecosistema, por propia definición es fluctuante y por propia esencia altera sus proporciones internas e incluso sus componentes sin que como tal cambie. La Guindalera ha realizado en sus trece años de vida hasta ahora un excelente trabajo de creación, de exhibición, de atención a los públicos, de dignificación profesional y laboral de sus espectáculos. De varios modos, constituyen un ejemplo a seguir. Tenemos la enorme suerte de que el motor humano de ese proyecto está ahí, absolutamente vivo y dinámico, dispuesto y preparado para ofrecer extraordinarias puestas en escena y a mantenerse como un espacio de creación. Formando parte del ecosistema desde otra posición, con otra aportación. Estoy seguro de que van a encontrar su hueco y espero y deseo que la vida sea menos áspera con ellos en esta nueva etapa. Se lo merecen.

 

NOTA: Vuelvo de la presentación de Teatro Kamikaze en el Pavón, y la energía positiva y la ambición de este proyecto escénico empresarial demanda un post. En unos días.

 

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Elecciones 2016 y Cultura. Y 2

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Los partidos del cambio: ¿creer para ver?

Si ayer animaba a leer críticamente los programas de los partidos conservadores antes de las elecciones bis, hoy lo hago más encarecidamente aún de los partidos del “cambio”: tienen mucha más letra.

Los programas de Unidos Podemos y del Partido Socialista Obrero Español son más consistentes y con un mayor desarrollo en cuanto a la Cultura. Armaros de tiempo en un cómodo sillón. Y de lápiz. He de decir, antes de nada, que a pesar de que el Programa Ikea de UP es un hallazgo que intenta facilitar su lectura por los votantes (¿Con éxito?), para analizar sus contenidos es más adecuado el anterior programa electoral, al que me referiré a menudo, porque en él sí hay explicaciones de fondo. El análisis del programa Ikea es más apropiado para publicistas o/y para lectores que no necesitan profundizar demasiado.

Ambos partidos expresan en sus programas la convicción política de que la Cultura tiene un valor estratégico para España, que es esencial en su devenir histórico y futuro, y que es la clave que constituye y define el país. Los dos dan relevancia a la lengua y a las lenguas, llegando el PSOE a proponer una Ley Orgánica de la pluralidad lingüística de España. Los dos consideran la Cultura como un derecho, llegando a hablar de “derecho de acceso”, concepto con el que personalmente me identifico más. UP habla de “fomentar el derecho de la ciudadanía a participar…” Personalmente creo que lo que ha de fomentarse es el ejercicio de los derechos. (Más de una vez he defendido que derecho, derecho, lo hay a la vivienda, la salud, la educación…, pero que la Cultura es más esfuerzo, y que lo que hay que allanar es el acceso y favorecer esencialmente su base: la educación. Pero esa es otra).

Ambos programas recuperan el Ministerio de Cultura y rebajan el IVA (al igual que Ciudadanos), junto al Estatuto del Artista, una nueva Ley de Mecenazgo y Patrocinio, y una perspectiva similar en la promoción de la igualdad de género en el ámbito cultural. Resulta curioso, ya lo mencionaba en el post dedicado a los partidos conservadores, que tanto UP como PSOE den relevancia a la necesidad de un Pacto por la Cultura, que a tenor de lo visto hasta aquí es un brindis a la luna de Cyrano dado lo nada que han hecho todos por acercarse a él.

El programa de UP-Ikea es un conjunto articulado de propuestas de máximos que a todas luces es imposible cumplir –ni con mayoría absoluta- en una legislatura, ni en tres. Probablemente la seguridad sin humildad con que lo defienden es lo que despierta distancia en amplios sectores. Tiene la virtud de enmarcar en el medio y largo plazo los cambios que proponen, buena parte de ellos necesarios. Pero, como el PSOE y los demás partidos, no cuantifica el coste de sus propuestas en Cultura, ni calendariza su prioridad en el tiempo, ni diferencia el nivel de relevancia de unas respecto a las otras. Este lastre es más notable en el programa de UP por el cambio total que propone. ¿Qué pasará si no puede cumplirlo por el reparto de escaños?

Hay algún punto en el programa de UP que requiere un mayor análisis. En primer lugar la unión en un mismo ministerio de Cultura y Comunicación (punto 203, UP-Ikea), que de producirse debe generar alerta permanente para que el manejo de la Comunicación no se convierta en otra herramienta de poder y de intervención gubernamental en la sociedad. Atención, también, a la creación de la Asamblea de Profesionales de la Cultura (207), que tal y como está explicada puede convertirse con muy poco esfuerzo en una nueva estructura súper burocrática. Particular seguimiento merecen los criterios de fondo de la nueva Ley de Propiedad Intelectual que proponen (214 y 215) que, so capa de impulsar la gratuidad y un mayor acceso, anuncian todavía más desatención a los derechos de los autores y creadores en beneficio de un sujeto popular de creación.

Por su parte, el programa cultural del PSOE es también consistente, pero como el de UP no establece prioridades, ni calendario, ni presupuesto. En buena medida este problema ancla en la tradición democrática española, que propone los procesos electorales como una suerte de mercado persa en el que nos venden alfombras voladoras pero por cuyos precios ni funcionamiento los compradores nunca preguntamos. El que mejor lo cuente la venderá. Algunas de las propuestas diferenciales del PSOE a seguir: la Ley sobre el Derecho de Acceso a la cultura que establezca las prestaciones básicas de acceso para toda la ciudadanía en todo el territorio; el compromiso de incremento progresivo de la partida de Cultura en los Presupuestos Generales; el establecimiento –en lo que coincide con UP- de formas de acceso transparentes y mediante contrato programa a los cargos públicos de gestión; o la utilización de la Lotería para financiación parcial de la Cultura (en lo que parecen seguir el ejemplo inglés).

Como decía, ambos programas son serios y trabajados. El del PSOE se aprecia hecho por un partido con experiencia de poder y que sabe más lo que es y no posible realizar en cuatro años; el programa de UP mira mucho más allá de una legislatura, en la que probablemente no tenga mayoría de gobierno, lo que a veces le da ese aire ensoñador. Aunque después del barro vivido, ¿quién no siente la tentación de soñar?

En fin, el programa de UP será más votado por quienes hayan acumulado irritación por los efectos de la política, general y en Cultura, del Partido Popular, y por los que desconfíen de que el PSOE cambie las normas de funcionamiento de la Cultura y su papel social, para cuya solución ya tuvo el gobierno y no lo hizo.

También recibirá UP el voto de quienes crean que ante la necesidad de tanto cambio como se requiere, las ideas son lo prioritario para el gobierno, y que el equipo humano, el conocimiento de la gestión están en segundo plano. “Ya aprenderemos”, se dicen. Sus votantes necesitan creer y sienten que creyendo en el cambio lo verán.

El programa del PSOE, también consistente y más terrenal, será votado por los propios, difícilmente hoy por nuevos electores, pero como decía, también necesita para ser votado una fuerte dosis de fe, de otra fe: creer que quienes no lo han hecho cuando podían, en estas nuevas circunstancias lo hagan. Creer para finalmente ver.

Que la altanería de unos y el desgaste de los otros no impidan que se produzcan los cambios tan necesarios que en Cultura –y en otros muchos ámbitos- necesita nuestro país y nuestros conciudadanos. Y que ambos recuerden que la Cultura es de y para todos y que el famoso pacto que le otorgue el papel estratégico que necesita es imposible sin contar con los demás partidos. Las elecciones no son un crédito ilimitado, y debemos hacérselo saber a los partidos. A todos.

En fin, creer esperando algún día ver. Votemos el 26 de junio, votemos que somos muchos millones y sumadas nuestras diferentes opciones construiremos una solución viable. Sin olvidar, como decía en el post anterior, que no debemos fiar únicamente en las grandes soluciones: construyamos también con nuestros pequeños y cotidianos ladrillos

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Elecciones 2016 y Cultura

PP-Ciudadanos

Los programas conservadores: parole, parole, parole.

Las propuestas electorales de los partidos políticos vienen recogidas en su programa, aunque muy rara vez los votantes las leen. Es probable que si lo hicieran críticamente, hasta los más fieles pondrían en duda su voto.

En dos entregas consecutivas analizaré sucintamente y a grandes rasgos las propuestas culturales de los dos bloques esenciales que a nivel nacional concurren a las elecciones bis del 26 de junio. En realidad bastaría que estos post indujeran a la lectura de los programas de cada fuerza. Sí, bastaría.

Reconozco abiertamente la profunda desgana que se apodera de mí ante programas que comienzan cada propuesta con términos como “impulsaremos”, “promoveremos”, “mejoraremos”, “fortaleceremos”… Tan a mentirijilla me suenan que me cuesta seguir leyéndolos. Los programas de Ciudadanos y el Partido Popular en Cultura están inundados de este tipo de expresiones que excluyen la concreción y el compromiso, que eluden la cuantificación y los plazos de cumplimiento. En mi opinión solamente deben tenerse en cuenta como propuestas ejecutables aquellas que comienzan con términos como “crearemos”, “rebajaremos”, “aprobaremos” o “reformaremos” (si se refiere a leyes y artículos concretos). Ya sabemos que incluso esas afirmaciones serán moderadas por el tiempo y la composición del Parlamento, pero al menos indican un nivel mayor de energía “verdadosa”. Pues bien de las 350 medidas que propone Ciudadanos en su Programa, 14 se dedican a Cultura (188 a 201, excluyo las medidas sobre RTVE) y de ellas las únicas con un cierto aire de compromiso son la recuperación del Ministerio de Cultura, la bajada del IVA al 10%, un estatuto para el artista y el creador, y medidas sobre la Propiedad Intelectual, aspecto que goza de la mayor concreción y en el que se compromete a la reforma de la actual Ley, a la creación de una Fiscalía especializada en delitos contra la propiedad intelectual, y a la aprobación de un Plan para la Protección de la Propiedad Intelectual y las Industrias Culturales. Ciertamente su primer punto en Cultura es “Impulsaremos un Acuerdo Político y Social por la Cultura”, pero, esta cantinela, susurrada en público por todos los partidos, es una evidente impostura: si no hay ni un amago de acuerdo antes de las elecciones –y no lo ha habido en las últimas décadas- es imposible que la Cultura forme parte de un acuerdo estratégico después. Entre los partidos políticos el mantra del Pacto por la Cultura solo será creíble cuando den pasos ciertos: lo demás son parole, parole, parole.

La cercanía de sus recientes años de gobierno hace que la evaluación del Programa cultural del Partido Popular (páginas 193-197) sea todavía más desesperanzada. Leerlo y ser atacado por la distancia o el enfado es todo uno. Porque en él términos como facilitar, impulsar, promover, fomentar…, tienen el peso leve de la más leve pluma: hablan de la nadería más frusleril, del saludo al sol como única estrategia. Más aún cuando ni se menciona derogar medidas tan perjudiciales como el IVA del 21%, o se hace luz de gas sobre su anterior compromiso de aprobar una Ley de Mecenazgo. Si lo concreto desaparece, lo que queda es nada. A la luz de lo hecho, ¿cómo se entienden afirmaciones de apoyo al Instituto Cervantes, al cine, a una Ley de Economía Creativa o al Estatuto del Creador? Desgraciadamente contra el PP está la carga de la prueba de sus años de gobierno, y eso es prácticamente imposible que la mayor parte del sector cultural lo pase por alto. Incluso podemos percibir el aliento de la amenaza en el punto en que dice que se compromete a mantener el tipo súper reducido para Libros, como si estuviera en peligro. ¿Lo está? Lean su programa.

Claro que puede haber otra interpretación a esta expresión difusa de las propuestas electorales: no concretamos porque ya lo hacemos y nos comprometemos en otros aspectos del programa, en temas mucho más importantes, y en Cultura haremos lo que podamos. No sé qué razón sería peor.

Por lo demás, creo que carece de sentido opinar de los programas políticos de los partidos sobre aspectos inconcretos, que no plantean compromisos de ejecución, que no están cuantificados ni presupuestados, y para los que además no se señala tiempo de ejecución. Hacerlo es hablar del viento en Marte. Racionalmente, todos entendemos que los programas electorales deberían ser compromisos que los partidos asumen para aplicarlos en la legislatura, y que el voto es el encargo concreto del cliente, al que no pueden defraudar. Bueno, eso sería lo lógico, aunque fruto de la experiencia que nos proporciona nuestra política de baja calidad democrática, los ciudadanos sabemos que el programa no es un compromiso sino la expresión ideológica de un anzuelo para el voto, al que los fieles, los esperanzados o los frustrados atienden sin siquiera leer la letra pequeña.

Como veremos, esta tendencia, aunque con otros componentes, está presente también en las otras corrientes políticas. Pero eso, mañaaaaaana. José Mota dixit.

Ah, no piensen que lo mío es tendenciosidad, apriorismo o voto contrario. De hecho hoy mismo debo decidir mi voto –lo hago por correo- y siento que nadie me enamora lo suficiente para darle mi sí. La desconfianza es un derecho, pero no debe llevar a la inacción. Porque, no se me va a olvidar decirlo, el voto más valioso de cada ciudadano ha de emitirse, puede emitirse, día a día, haciendo lo que cada uno pueda en su inmediato derredor por mejorar la calidad de nuestro entorno social, cultural, laboral… Ahí, el protagonista es uno, sin excusas que echar a la cara a nadie durante los cuatro años. La realidad la cambian las leyes…, y los ciudadanos.

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Miguel del Arco y la zarzuela: ¡Cómo está Madriz!

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“Stay hungry, stay foolish.”

La puesta en escena de ¡Cómo está Madriz!, ha causado un maremoto lírico sobre el que conviene reflexionar desde la perspectiva de los públicos, del desarrollo de audiencias.

Miguel del Arco, al que siempre hay que reconocer hambre de cambios y valor para capitanearlos, ha montado un espectáculo zarzuelero difícil de olvidar. Dos piezas de finales del XIX –La Gran Vía y El año pasado por agua– unidas con nuevos textos, traídas al hoy más rabioso y puestas en escena sin complejos y rebosando humor. Bueno, hay que recordar que las obras de Chueca y Valverde ya eran críticas y satíricas en su momento, como lo era buena parte del género chico. Como anécdota recordemos que Nietsche, sí, Don Federico, cuando escuchó La Gran Vía en Turín quedó prendado de la opereta, y del valor y la genialidad inclasificable del número musical de “Los ratas”.

Difícil, muy difícil no pasarlo bien con este “experimento” y no encontrar referencias al presente de las que ayudan a interpretarlo…, y a comprobar que hace casi ciento cincuenta años buena parte de los problemas de corrupción –general y municipal- estaban bien presentes en Madriz.

Claro que esa visión ha molestado –a veces hasta el extremo- al público habitual de zarzuela, acostumbrado al gusto de la repetición del repertorio sin cambios o con leves y cosméticas modificaciones. Un público que podríamos decir de siempre y que los estudios demoscópicos ubican en la franja de edad superior a los 60 años. Un público que tiene sus derechos, que conoce perfectamente el repertorio y que es fiel a él. Pero un público progresivamente más escaso, y cuyo número cada vez justifica menos la pervivencia del género.

Lo que han hecho Del Arco y el Teatro de La Zarzuela, podría ser analizado desde la perspectiva de la gestión de públicos. Uno de los objetivos del desarrollo de audiencias, como herramienta fundamental del marketing de Las Artes, es el aumento de espectadores y en particular el acercamiento de nuevos y más jóvenes públicos, y el mayor consumo e implicación de los actuales. Incluso asumiendo que la oferta de programación de zarzuela, y otras expresiones escénicas, forma parte de un servicio público recogido en la Constitución, su legitimidad viene dada por el número de personas que lo utilizan. Así que todos cuantos amen la zarzuela y su pervivencia en el ecosistema escénico español, deben estar preocupados por el futuro de esa expresión, y por lo tanto del número de personas que la siguen.

Para los espectadores clásicos y los aficionados actuales, la defensa del repertorio es lo esencial. Para ellos la ampliación de la experiencia y la novedad que propone Del Arco generan incomodidad, y desasosiego, hasta el punto de que algunos de ellos abandonaban la sala e incluso boicotearon una de las funciones. El problema de fondo es que sin introducir novedades y alterar el modelo, sin una profunda innovación, lo que es seguro es que no se acercarán nuevos públicos.

La zarzuela –también otras expresiones- plantea a los nuevos y jóvenes públicos unas barreras históricas relacionadas con la edad (es cosa de “viejos”), los códigos formales de acceso (no es para “nosotros”), el tipo de oferta misma (es largo y aburrido) y hasta el precio (es muy caro). Para los hipotéticos nuevos espectadores, la zarzuela produce sin duda temor al aburrimiento, distancia por desconocimiento, y una barrera añadida, la falta de interés en el entorno social de los posibles y futuros clientes: menos del 3% de los espectadores van a la lírica al menos una vez al año.

Esas barreras hay que demolerlas sin piedad si se quiere abrir este género a nuevos y más jóvenes públicos. Le decía a Miguel del Arco cuando le felicitaba por su apasionada y apasionante propuesta que yo dudaba que pese al esfuerzo -y al esfuerzo continuado-, la zarzuela pudiera atraer al publico joven. Pero de lo que no tengo duda alguna es de que si no se hace ese esfuerzo, la zarzuela tiene fecha de caducidad, tal y como hoy la conocemos, en su formato escénico.

Si desde una institución pública, en realidad desde cualquier organización, se quieren incorporar nuevos públicos, hay que avanzar en varias direcciones. La primera es la oferta, que debe estar adaptada a la actualidad, con productos en los que se destaquen los vínculos con el presente, su utilidad, su placer, su divertimento… Son muchas las cosas que se pueden hacer en esta dirección y ¡Cómo está Madriz! propone con éxito algunas de ellas, a las que deben unirse los formatos, duraciones, protagonistas… Otra dirección es la forma de comunicarla, que ha de adecuarse a los mecanismos empleados por quienes queremos que vengan. Sistemas que sirven para que vengan los ya aficionados no serán útiles para los que no lo son. Las redes sociales pasan a ser capitales.

Cuidado, ya sabemos que cualquier política de programación lírica debe caminar con los pies del presente (los públicos actuales), y del futuro (los públicos que han de venir). Y los responsables de programación han de ofertar producciones nuevas, adaptadas y acordes a los nuevos códigos de recepción, al tiempo que han de defender el repertorio y conservar los públicos actuales.

A éstos últimos les queda defender el purismo sabiendo que pertenecen a la gloriosa estirpe del último mohicano, o que reciben con los brazos abiertos a los nuevos compañeros de asiento, aunque lleven rastas y sean sus hijos. O más bien por eso.

Ah, una última anécdota. Hace casi veinte años acudí a un debate internacional sobre producción organizado por SGAE. Un productor de musicales norteamericano, ante una pregunta sobre el incipiente éxito que en nuestro país estaba teniendo el género musical, dijo con énfasis que ellos habían tenido que crearlo pero que en España existía un género musical propio, característico y de calidad que solamente necesitaba ser adaptado y puesto al día: la zarzuela. Supongo que en aquel momento todos los asistentes tomamos como un piropo la respuesta y la olvidamos de inmediato. En España siempre hemos tendido a minusvalorar lo propio obnubilados por el glamour ajeno, convencidos de que somos un pueblo al que queda siempre largo trecho para ser desasnado. Si viajáramos algo más comprobaríamos que en todas partes cuecen asnos, pero que aquí lo publicitamos.

Pues eso, Miguel, como decía Steve Jobs haciéndose eco de la famosa frase del Whole Earth Catalog (¡1971!), stay hungry, stay foolish.

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Debate en Teatros Luchana: hasta con medio Pactito por la Cultura nos vale

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En lo pequeño está el germen de toda belleza

Las elecciones bis están al caer y conviene que, superando desconfianzas y descreencias, nos apliquemos a la tarea de señalar con el dedo lo que debiera hacerse. Mirar a otro lado, dar la espalda a ególatras y narcisistas, que es lo que demanda el cuerpo tras estos seis meses perdidos, no es solución, no una buena solución.

El equipo de Teatros Luchana organizó el pasado lunes un debate de clarificación electoral para celebrar el primer aniversario de su nacimiento. Allí estábamos por la parte “civil” Berta Ojea, Jesús Cimarro y yo mismo; y por la política madrileña, Ángel Martínez Roger, Isabel González y Pablo Iglesias Simón (nunca el apellido materno fue tan necesario), representando al PSOE, PP y Podemos, respectivamente.

Del debate, pulido y modoso, poco se puede decir más allá de constatar que las palabras pueden con todo y que todos pueden decir muchas palabras, incluso muy parecidas palabras, sin que ello sea garantía alguna de que llegados al poder los decidores conviertan su verbo en hechos.

Si una idea revoloteó con cierta persistencia fue la del Pacto por la Cultura. La idea de que se produzca el milagro de que algo una a todos los partidos es seminal aunque al parecer con espermatozoides tirando a vagos. Yo, que como me afeó con gracia Martínez Roger, tiendo confesamente a poetizar, al Pacto lo llamo desde hace años Contrato Ciudadano por el Arte y la Cultura. El problema es que el concepto mismo de pacto es impensable en una situación política en que cada partido, para combatir al otro y hacerle luz de gas, utiliza hasta los kleenex.

Soy partidario de ir de lo pequeño a lo grande. O más bien, de apostar por lo pequeño para no perder la esperanza en lo grande. Lo grande es el CAMBIO, ese que impulsará la Cultura como motor de país (y el PACTO para lograrlo); lo pequeño es el pactito, incluso aunque sea un poco feo. Porque el pactito expresará que los partidos piensan y hacen en clave de bien común no de boquilla; expresará que por encima de discrepancias, se comprometen a que los acuerditos se ejecuten.

Y ahí va mi propuesta: que los partidos elijan de su propio programa electoral de Cultura, aquellas medidas comunes en las que podría haber o tejerse un acuerdo. No es necesario que sean muchas; no es necesario que sean muy importantes; lo imprescindible es que el acuerdo en torno a ellas, se lleve a la práctica por cualquiera de ellos si llega al gobierno (solo o acompañado). No vale que todos digan con la boca chica que quieren un Pacto por la Cultura. Solamente vale que hagan –antes de las elecciones- un pactito por la cultura en torno a uno, dos tres, cuatro puntos. ¡Por dios, no hace falta más! Porque suscribir un pactito de tres puntos y comprometerse a cumplirlo gobierne quien gobierne, aunque el contenido sea aparentemente nimio, expresará que el gran pacto es posible. Que el pacto que necesitamos, ese que se orienta a hacer de la cultura una seña de identidad de todos los ciudadanos y de todo el país, es posible.

Humildemente señalo cinco posibles temas para que nuestros políticos partidos elijan tres de ellos para comprometerse a concertar y cumplir. Excluyo la bajada del IVA, claro, por ser una reivindicación ya amortizada. 1) Leyes para que la gestión pública de la cultura, y la gestión privada de los servicios públicos culturales, estén regidos por la transparencia (concursos, ayudas, privatizaciones…); 2. Elección de todos los cargos de responsabilidad cultural por concurso y ejerciéndose mediante contrato programa; 3. Ley de Patrocinio y Mecenazgo (incluidos incentivos fiscales para el consumo cultural de los ciudadanos); 4 . Aprobación de normas que promuevan la participación ciudadana en la gestión de la Cultura (asociacionismo, fórmulas de gestión participativas, consejos municipales del arte y la cultura…); y 5. Promover y extender las residencias artísticas a todos los centros culturales y espacios públicos como fórmula de creación y democratización.

Ya, ya sé que estos puntos para muchos son minucia. Pero si no gustan estos tengo otros, como decía Groucho con sus principios, igual de buenos para un pactito.

Lo dicho, bastaría con que antes de las elecciones sacaran del debate electoral las diferencias políticas en Cultura y se comprometieran todos a un programa de cambios pequeño pero común. Dentro de cuatro años, podríamos subir otro peldaño en la escalera de hacer de la Cultura algo relevante en la vida de los ciudadanos.

Para ilustrar la relevancia de las actitudes para los pequeños acuerdos, no me resisto a recordar esa historia del explorador inglés que de vuelta de sus viajes por el África más remota relataba a sus compañeros de sociedad geográfica del momento en que se vio rodeado por cincuenta leones y cómo salió valientemente del paso en aquella comprometida situación. “Cincuenta”, repitió con sorna” uno de los contertulios. “Ciertamente no los conté, tal vez solo eran 25”, respondió el explorador. “¿Veinticinco leones?”. “Bueno, si nos ponemos exigentes con el número, preferiría reducir el número a cinco leones, bien grandes, por cierto.” El cada vez más desconfiado oyente, repitió en tono incrédulo la cifra última: “¿Cinco?” A lo que el explorador, sintiéndose ya acorralado, acertó malamente a contestar: “Bueno, bueno, no había leones, pero no saben ustedes lo que olía a león. Apestaba”.

Pues eso, que al menos en las próximas semanas huela a pactito. Y mi voto para quien se lo trabaje.

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Nace mediantescultura, una empresa del Cuarto Sector

Gestión privada de servicios públicos culturales

La semana pasada se presentó públicamente en Madrid mediantescultura – elmuro, una empresa de gestión privada de servicios públicos culturales, que se guía por el servicio a los ciudadanos. En el recoleta sala de cine de Artistic Metropol, Salvador Sanz y yo mismo, promotores del proyecto, desgranamos las razones de su nacimiento. ¿Es posible que una empresa priorice el servicio publico y el beneficio de los ciudadanos compaginándolos con la sostenibilidad de la empresa? No me digan que no les suena que esta precisamente es una de las características no expresadas de toda una pléyade de empresas culturales y artísticas de nuestro país. mediantescultura, tiene esa filosofía y se reclama capaz de mantener y armonizar los beneficios de la gestión privada, eficaz y eficiente, profesional, con los beneficios sociales propios y característicos de la cultura.

No somos pocas las personas y organizaciones de todo tipo que desde el ámbito cultural aspiramos, deseamos, soñamos e incluso humildemente laboramos por una sociedad más igualitaria en derechos y obligaciones y en la que tener mucho más que otro, además de no ser visto como un ejemplo, sea finalmente, inútil, innecesario. Pero entre tanto se acerca ese momento histórico en el que tantos necesitamos creer, creo, también en que es necesario dar pequeños pasos que mejoren, que “contaminen” positivamente, que ilustren desde la humildad lo mucho que ganaría la sociedad con menos desigualdad. Uno de esos pequeños pasos es el desarrollo del llamado Cuarto Sector de la economía, aplicado a la cultura en el que mediantescultura se inscribe por propia voluntad.

Es bien sabido que el Primer sector se identifica con la empresa privada, el Segundo, el sector público, y el Tercero, el de las organizaciones no lucrativas, pero, ¿qué es eso del Cuarto Sector del que hablamos?

Enunciativamente podemos decir que lo conforman empresas con responsabilidad ante el devenir del bien común, empresas que anteponen el beneficio social al económico porque creen y demuestran que maximizar el beneficio social no es incompatible con ser rentable económicamente. En tanto que maximizar el beneficio económico por encima de todo sí es incompatible con el beneficio social. ¿Os es que no podemos aprovechar la creatividad, el trabajo, el esfuerzo, el ingenio más que para hacer dinero? ¿Es que la profesionalidad y la eficiencia empresarial no puede disponer de alma?

Las empresas que nos acogemos al concepto de Cuarto Sector asumimos unos compromisos públicos concretos en sintonía con el propósito social. Nuestros métodos de negocio deben ser escrupulosos con la legalidad y con ese propósito social; deben atenerse al concepto práctico de ganancias razonables, lo que a menudo implica la autolimitación expresa del volumen de beneficios y obliga a la reinversión; la transparencia y la apertura a auditorías, especialmente en las tareas relacionadas con instituciones publicas; la responsabilidad social y medioambiental; y compromisos estrictos en torno a los derechos laborales y sociales de cuantos se relacionan con la empresa.

Una buena parte de las organizaciones y empresas culturales (incluso algunas encuadradas en el Tercer Sector) cumple algunas o varias de estas características y lo hacen, además, en un sector –el de la Cultura- considerado en nuestro ordenamiento constitucional y en nuestro entorno, como uno de los servicios que las administraciones ofrecen y han de garantizar a los ciudadanos.

Es ilusionante que cada día más organizaciones y empresas del ámbito cultural se adscriban a este concepto práctico del Cuarto Sector. Es estimulante que muchas empresas eficaces, eficientes y profesionales, consideren que es posible compaginar rentabilidad económica y social, y que lo demuestren. Pero para que adquiera cada día más relevancia real es imprescindible que desde el propio sector y desde las instituciones públicas, se tomen algunas medidas urgentes.

Desde el propio sector, hay que crear una normativa auto-reguladora de cumplimiento de las medidas enunciadas que permita diferenciar a aquellas empresas presentes en el ámbito de la cultura que priorizan el negocio, de aquellas que priorizan el beneficio social. El primer paso es el encuentro y el acuerdo de aquellas organizaciones que se sitúan en esta perspectiva.

Desde las administraciones públicas se debe, por un lado, legislar con urgencia medidas para favorecer el desarrollo y la presencia de empresas del Cuarto Sector en todos aquellos servicios públicos que requieran de gestión privada; y por otro, favorecer en cuantos concursos, licitaciones y encargos requieran de la participación de empresas en servicios públicos, que sean empresas con autolimitación de beneficios y responsabilidad social las receptoras de los encargos.

No se trata de inventar un nuevo sector, se trata de estimularlo, de regularlo, de tipificarlo al servicio de una mejor gestión de los servicios públicos y de garantizar en ella el compromiso de las empresas contratadas con el propósito social.

Es posible servir a la sociedad desde la empresa siempre que ese objetivo sea fundamental y no accesorio en su estrategia empresarial. Es posible hacer empresas sostenibles en Cultura combinando rentabilidad social y rentabilidad.

Hagámoslo.

 

NOTA: En próximas e inmediatas entregas iremos describiendo mediantescultura, y sus áreas de actividad.

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De Fernando Bernués a Asier Etxeandia: Max, la casa grande del teatro

Como cuando le vi por primera vez en El intérprete, ayer, al salir de la ceremonia de los Premios Max, iba yo bailando por la calle esperando que mis pies me llevaran a no sé dónde, qué más daba después de asistir a una fiesta de lujo con un final feliz, energético y que te recuerda movimientos olvidados en las caderas del alma.

Sí, Asier Etxeandia, cerró con su famosa coreografía el encuentro de las artes escénicas de España. Un encuentro que mostró el estado de gracia creativo en el que se encuentra, y que plasmó su director, Fernando Bernués, con belleza y plasticidad a raudales con la danza como motivo permanente. Todo, la decoración, el uso del espacio, las coreografías y los intérpretes, la iluminación y los recursos audiovisuales, todo, brilló en el Price. La selección artística fue deslumbrante: un despliegue, casi una borrachera. La danza da mucho, más si es magnífica: Brodas Bros, Funamviolistas, Losdedae, Compañía Nacional de Danza, Kukai Dantza (¡Qué aurresku!), Larumbe (¡Qué flashmob!), Compañía de Antonio Gades… Y es que con belleza y plasticidad, con buena música y con argumento las historias fluyen como un río guapo sobre el que flotan los mensajes.

Sin conductor/a, las palabras de la gala quedaron en manos de los agradecimientos, tan a menudo largos y leves, siempre onanistas, siempre renuentes al interés del espectador, a veces hasta puntualmente mal educados, como exabruptos lanzados como piedras (¿¡puto PP!?). Recordemos estas cosas para que no se repitan.

Pero las más de las palabras, otros agradecimientos, aprovecharon para recordarnos los momentos de cambio esperanzado y también de dolor que vivimos: cambios políticos, de movimientos de alfombras, de los que muchas gentes esperan beneficios netos para los humildes; momentos también de dolor, por las fronteras cerradas de Europa ante las que se acumulan quienes huyen del mal. Lluis Pascual y Pepe Viyuela nos lo recordaron, este último además, nos trajo a la memoria a los titiriteros encarcelados unos días hace unos meses. Gracias. El teatro es memoria buena. También fueron memoria y aviso para navegantes futuros las abundantes referencias a la necesidad de protagonismo de la mujer en la creación. Conejero, en su agradecimiento, reclamó para su hija, si un día quería dedicarse a escribir, las mismas facilidades y dificultades que él mismo. Bien.

El ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, que tiene mucho más humor y aguante que su predecesor, estaba junto al nuevo y por los pelos, presidente de SGAE y a menos de un metro de la concejal madrileña de lo mismo, Celia Mayer: ¿Hablarían de errores, de ivas, de necesidades culturales de los ciudadanos acaso? No creo. Junto a ellos, Pablo Berástegui, que comanda la capitalidad cultural europea de Donostia, tan presente en estos premios, me decía que la versión que se prepara para el verano del Sueño de una noche de verano, se haría en el parque de Cristina Enea, junto a Tabakalera, y en la organización participará el Basque Culinary Center. Porque los Max sirven también para verse –ahí estaban cerca, Santi Eraso, Jesús Cimarro, Alonso de Santos, Elisa Sanz…-, cada vez más guapos y guapas por cierto: apenas vi pantalones vaqueros, pero me harté de ver pajaritas a juego con bellos pañuelos de bolsillo (Ángel Ruiz). Y es que las gentes de las artes escénicas parecen haber entendido la necesidad de que fuera del escenario también transmitamos belleza, estética adecuada, y si es necesario, glamour.

Y hablando del logos, allí estaba Manuel Aguilar, presidente de Fundación SGAE con un bravo discurso, comprometido con la cultura y con el autor. Me gustó que tradujera el free inglés en sus dos acepciones-libre y gratis- para reivindicar que los creadores necesitan vivir de su trabajo y cobrar por él.

Lola Herrera, Max de Honor, presentada con silbo gomero, recomendó pasión, pasión para vivir y vivir bien. Y Marián Osácar, alma de FETÉN, recogió un merecidísimo Max. Fetén, Marián.

Y ya en el mejunje, qué decir. Que la salud de las artes escénicas es buena. Los espectáculos tienen calidad y retoman la senda del crecimiento, detenido abruptamente por la crisis y el maltrato político. La dramaturgia joven apresta su incorporación a los grandes nombres sin recato alguno, qué bien. La piedra oscura, de Alberto Conejero, dirigida por Messiez y con Daniel Grao y Nacho Sánchez de intérpretes, se llevó la cesta llena de los mejores halagos incluido espacio e iluminación. No sorprendieron. Tampoco sorprendió la calidad de otro espectáculo premiado, Pinoxxio, de la valenciana compañía Ananda Dansa, con coreografía de Rosángels Valls y Toni Aparisi. Pero sí fue sorprendente la cesta completada por este espectáculo infantil que batió en categorías abiertas –no específicamente de teatro infantil o familiar- a obras vistas en directo, es de suponer, por muchísimos más académicos que o no tienen hijos o los tienen en edades en que no consumen ese teatro. Los sistemas de votación de los Max deben atender a estas situaciones en las que el merecido entusiasmo por un espectáculo, o por alguno de sus promotores o protagonistas, “arrastra” el voto en categorías en que por pura lógica no les debiera ser fácil competir. Lean el listado de premios y entenderán lo que digo.

La Academia de las Artes Escénicas, estuvo presente esta vez en el logos de casi todos los galardonados. La Academia ha de seguir su largo camino de crecimiento y hacerlo en modo abierto para alcanzar la representatividad verdadera del conjunto del sector y no solo de los académicos.

Gloria y loor a los Max. Loor a la organización, perfecta. Gloria al teatro y la danza, herramientas inconmensurables de transformación individual y de conciencia colectiva.

Ah, Asier: como el teatro, tú te me dejas querer. Todavía sigo bailando… ¡y estoy en la oficina! (Pero nadie me lo nota, que muevo los pies bajo la mesa y tarareo bajito)

 

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Manifiesto personal de amor al teatro

"Ana el once de marzo", de Paloma Pedrero. ´Producción elmuro, que actualmente hace temporada en el Teatro Español, hasta el 10 de abril.

“Ana el once de marzo” de Paloma Pedrero. Producción elmuro y actualmente en el Teatro Español hasta el 10 de abril.

El teatro es la representación de nuestras emociones, de nuestras fragilidades y pasiones, de nuestros deseos y miedos más profundos, en un encuentro colectivo en el que son tan importantes, tan imprescindibles los intérpretes y creadores como los espectadores.

El teatro, es un juego, y desde que nació, en los orígenes mismos de la colectividad humana, alienta nuestros anhelos. Y lo hace ante nosotros y con nosotros en una ceremonia que por más que se repite siempre es diferente.

El teatro es un reflejo, y al mostrarnos en el espejo, ayuda a la reflexión, a la comprensión y la aceptación del otro, a la articulación de la diferencia entre los seres humanos como un tesoro. De todo tipo de diferencias. Por eso, el teatro, es capaz de cambiarnos individual y colectivamente, mejorar la convivencia desde la diversidad.

El teatro es magia, porque ayuda a transformar el dolor en belleza, la frustración en esperanza, la injusticia en energía colectiva de cambio. Ayuda a entender las diferencias y aceptarlas con alegría y como enriquecimiento.

El teatro es memoria, y al serlo entrega a cada generación el testimonio de cómo ha sido el camino recorrido por la humanidad hasta aquí, sus hallazgos, las piedras encontradas y las caídas, las rupturas y las reconciliaciones.

El teatro es reclamación y es futuro; en un mundo en el que cada día es preciso plantar cara a la injusticia para seguir recibiendo honorablemente el calificativo de ser humano, el teatro es vida, y ladrillo, y cemento y herramienta, y por ello puede cambiar las cosas desde la humildad de la dimensión humana, de pequeño albañil del porvenir, de proveedor de conciencia colectiva.

Por eso, simplemente, el teatro es fuerza y energía que puede.

Viva y viva siempre el teatro

Goratagorabetiantzerkia

Viscay viscasempreel teatre

Viva e viva sempre o teatro

 

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