Gritos y susurros. Cinco medidas para encauzar el mal llamado “problema catalán” ¿Nos apoyamos en el intelecto y la cultura?

Juan Genovés – El abrazo

Parece que no aprendemos. Tanto lo parece que probablemente nuestra recalcitrante tendencia a convertir cada problema en una partida de mus esté cosida ya a nuestro ADN y haya que aceptarla hasta con cariño/resignación. Si a esa tendencia se le suma la indubitada de gritar, para todo, el lío en la familia está armado.

Y lo que precisamente requiere esta cuestión, este contencioso, es actitud y olvido.

Olvido de agravios, en primer lugar. Los agravios son constructos la mayor parte de las veces justificatorios de posiciones de prejuicio. Las sociedades no hieren a las sociedades, son personas de esas sociedades las que pueden intentar herir a otras personas o sensibilidades, y a veces lo consiguen. El odio, el desprecio, la manipulación, por muy alta posición social que se ocupe, nunca debe hacernos olvidar que solo representa el odio, el desprecio, el afán manipulador del protagonista, habitualmente para obtener más poder o para ocultar alguna vergüenza. Esto respecto al olvido.

Requiere una actitud, en segundo lugar, de resolución y no de agudización del conflicto. Una actitud innovadora que nos acerque a la solución del problema, y si ésta no es posible, a la convivencia amable y educada con él. Una actitud de escucha, de atención sincera a las razones ajenas. Una escucha que no niegue los contenciosos, sino que los reconozca y los aborde desde la mutua comprensión, no desde el mando, el odio o el rencor. No es fácil escuchar: requiere desnudarse de prejuicios, reconocer diferencias que pueden no gustar, reconocer que podemos estar equivocados, reconocer que el otro forma parte de la solución. Sea cual sea la solución.

Y ahora la humildísima propuesta para abordar este lío; lío, que, si miramos a derecha e izquierda, arriba y abajo del mundo, es un pequeño lío, que engordamos y sentimos grande porque es “nuestro” lío. De verdad, para lío lío, Oriente Medio, África subsahariana, el de los kurdos, el de Irak, el de la salud del planeta, el de Filipinas o el de Estados Unidos… Desde nuestro diminuto lugar del mapa, deberíamos encontrar fácilmente el clima para el re-encuentro, el encuentro para el debate, el debate para buscar las soluciones. Es la primera vez en la historia de España que, dotados de una legalidad democrática indiscutible (aunque tenga fallas), podemos abordar cualquier cuestión y resolverla al gusto de grandes mayorías. Digo grandes mayorías, no exiguas mayorías, mitades, o fragmentos.

La primera medida, imperiosa, es desinflamar. No me gusta la terminología médica en el ámbito social, pero no se me ocurre un palabro que exprese mejor la necesidad de bajar el volumen, la exaltación inútil, las amenazas; desterrar el quien es más fuerte o es capaz de molestar más a la otra parte. Desinflamar es bajar la tensión: no llevar los problemas fuera de las fronteras o a instancias internacionales ni tildar de dictadura represora a España; mandar a los gritones al banquillo; bajar la voz. Incluso callar durante un tiempo.

Esa es precisamente la segunda medida: tiempo. Este conflicto necesita tiempo de calma para que las partes y las personas redimensionen el conjunto. Necesita parar el reloj, detener la partida. Con toda seguridad el tiempo ayudará a reducir la proporción del problema. En las condiciones en que vive la inmensa mayoría de las personas, disfrutar del día a día sin que la sensación de responsabilidad histórica las atenace, ayudará a creer que es posible la solución, el entendimiento.

En tercer lugar, es necesario que todos asumamos un mismo y único concepto de democracia que incluye como dos caras de una sola moneda libertad y ley. Con una cara sin la otra se pone en grave riesgo la democracia, el gobierno de las mayorías. Esto significa que las urnas y las votaciones populares y la acción parlamentaria tienen que someterse a la ley (no todo se puede votar, no de cualquier manera, no con cualquier mayoría); significa que la ley no se puede emplear como arma amenazante, sino como garantía de que todos pueden jugar. Juego en el que las leyes incluso, pueden ser cambiadas. Esto requiere una declaración lo más formal posible de las partes: unos, con el compromiso de no volver a saltarse las leyes (“lo volveremos a hacer”); los otros, con el compromiso de aceptar cambios oportunos para encontrar el acomodo a esa parte notable de catalanes que hoy no están a gusto, lo que inevitablemente significa cambios constitucionales si una mayoría cualificada los demanda consistentemente.  Y, por favor, seamos serios, no la mitad más uno ni más dos. Resolvamos lo que podemos resolver, que seguro no será todo.

En cuarto lugar, los partidos con más responsabilidades, deben promover ya medidas de gobierno concretas que estimulen el sentimiento de que la solución es posible, que expresen públicamente que algo puede cambiar. En eso, los medios de comunicación públicos, en Cataluña y en Madrid, han de asumir una alta responsabilidad en el lenguaje, en el tono y el peso de noticias, en la asunción de que la cultura común debe tener su espacio, en el tiempo que la cultura catalana -y todas las lenguas y culturas de España merecen en los medios. Que se produzca ese tipo de cambios alentará la credibilidad de un proceso que sin duda será largo.

El llamado problema catalán no es de los catalanes, ni de los españoles. Es de personas que tienden a interpretar al “otro” en las relaciones sociales y políticas como enemigo o al menos como a alguien al que derrotar. Los líderes deben hacer autocrítica y superar prejuicios.

La última medida que propongo es que la cultura, el arte, el pensamiento asuman una humilde responsabilidad en la reconducción de esta cuestión. Un grupo de trabajo formado por intelectuales indiscutidos y conciliadores debería poder estudiar y resituar este conflicto y la propuesta de un camino hacia la solución. De ellos/ellas debería esperarse que en silencio y sin luces distorsionadoras pudieran sugerir al menos una interpretación abierta, comprensiva y compartida de cómo hemos llegado hasta aquí. Y con ella, un atisbo de luz.

Tres o cuatro años para todo esto no es demasiado tiempo ni demasiado poco. Hay que tomar la sentencia del Tribunal Supremo en este sentido como un punto de partida. La salida de la cárcel de los políticos encarcelados, muy próxima ya, también aportará sosiego al sosiego necesario.

Epílogo

La cultura tiene mucho que decir. La cultura en versión antropológica, entendida como el conjunto de rasgos sociales configuradores de modelos, puede hacer mucho, porque quienes habitamos en esta parte ibérica del mundo tenemos escasas diferencias entre nosotros más allá de barretinas o txapelas, más allá de flamencos, jotas, isas o muñeiras. A menos que las lenguas, por encima de las personas, exijan ineluctablemente constituir a quienes las hablan en ciudadanos de un estado independiente. Sabernos partícipes de una cultura similar, promover la comprensión y la aceptación de la diferencia, sí eso que les decimos a los niños, es más importante para hallar la salida que los partidos y las ideologías. Y la cultura en versión arte, también. Porque nuestros grandes referentes artísticos son los mismos, porque el entramado creativo es más rico con diferencias, porque en Madrid nos gusta La Cubana y en Barcelona Almodóvar. Porque somos más fuertes si compartimos más. Pues eso.                                                                

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San Sebastián International Film Festival. La magia del cine.

Público festival de Cine de San Sebastián

Es maravilloso ver cine último, nacional o internacional, ese que todavía nadie ha visto y en el que predomina la sorpresa. Tienes la íntima conciencia del privilegio, de la degustación primera, del primer aplauso o giro de la espalda…, y con los protagonistas artísticos presentes.

Pero, además, el San Sebastián Internacional Film Festival, que se celebra en el mejor de los escenarios posibles en nuestro país, tiene una diversidad de oferta verdaderamente enriquecedora para artistas y espectadores. Las secciones de Perlak,  Horizontes latinos, Zabaltegi, Nuevos directores, Culinary Zinema o Made in Spain, además de otras muchas y de la Sección oficial, permiten en ese maratón gozar de una visión global del año como solo la proporcionan los grandes festivales.

Las cifras hablan de un enorme acontecimiento social y cultural dirigido por José Luis Rebordinos: además de los 4.144 acreditados, acudieron a los pases un total de 175.011 espectadores, prácticamente los mismos habitantes de la ciudad (¡¡¡Como si en un festival similar en Madrid hubieran acudido cerca de cuatro millones de espectadores!!!). Público que corría de unas proyecciones y salas a otras, público que las llenaba y que permanecía a escuchar y participar en los debates posteriores. La ciudad “huele” a cine, a cine en sala acompañado en la intimidad de la negrura. Qué bien.

Yo acudí, en el papel de Secretario General de la Academia de las Artes Escénicas a ver, sobre todo, la sección de cine que acoge las últimas películas españolas, y constaté el alto nivel artístico general, el excelente momento de forma de nuestro cine, incluido el que se rueda en catalán y en euskera. Bravo.

Aunque lo amo no soy de este gremio, sino del teatral, y el objetivo era ver los trabajos de interpretación de esa multitud de actores y actrices, -también directores- que compaginan el trabajo sobre los escenarios y sobre los platós: Emma Suárez, Daniel Sánchez Arévalo, Nacho Sánchez, David Verdaguer, María Rodríguez, Eduard Fernández, Ramón Agirre, Verónica Forqué… O que deberían hacerlo como Greta Fernández, Penélope Cruz o Biel Montoro. En Historias de nuestro cine, guiada por Antonio Resines y por la que pasan muchas de las glorias de la interpretación y la dirección de las últimas décadas, eran muchos los entrevistados que hablaban de la interpretación teatral sin solución de continuidad con la cinematográfica. Me gustó que el discurso de fondo expresara el enorme valor formativo y de solidificación que suponen las técnicas teatrales, y la constatación de que son artes hermanas y mutuamente reconocidas.

Hubo algunas reivindicaciones en los debates, a veces reiteradas y con cierto tono de queja, sobre lo diferencial de ver el cien en salas o frente a la televisión. La queja, a menudo una simple constatación, no mueve montañas. Lo que mueve montañas, es decir, lo que hará que el público no solo permanezca en salas sino que crezca, dependerá de lo que el cine en sala ofrezca. Hoy tiene grandes déficits. Si los espectadores quieren vivir experiencias, quieren, entonces, que su viaje del usuario en la sala sea magnífico en precios, en comodidad, en elegancia en el trato, en servicios añadidos…

Y para terminar otra sorpresa: el peso de las grandes productoras audiovisuales en el mercado –Netflix es un buen ejemplo- es consistente y ellas han venido para quedarse. No parece malo para el cine si no reduce la diversidad, si la calidad no disminuye y si la multiplicación creativa que aportan es aprovechada por el sector de la distribución en sala, y por el conjunto del sector. Sin miedos, aunque con cuidados.

En fin, el año que viene ya he reservado volver a esa tierra maravillosa en la que la cultura sigue jugando un papel tan importante. ¡Viva el cine!

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El retorno del Yeti: Cultura y ecología

Me siento un poco abominable por haber dejado pasar tanto tiempo desde la anterior entrada de este blog, así que asumo el nombre de ese animal que transita en el misterio por las más altas montañas tibetanas, para retornar: el retorno del Yeti.

Y para la vuelta al papel elijo un tema del que este verano se ha hablado no poco en prensa: la sostenibilidad, en las altas cumbres del Himalaya y en el planeta. De hecho, el pasado sábado se celebró en el mundo una jornada de fe y amor por la salud de la Tierra y de cuantos la habitamos.

Pero, ¿puede hacer algo la Cultura por la sostenibilidad medioambiental de este pequeño planeta del sistema solar? ¿Podemos aportar algo diferencial las gentes que nos dedicamos a la acción cultural y artística? Sin duda alguna. La tarea de frenar el modelo de desarrollo impuesto por el capitalismo en el último siglo y medio es tarea de todas las personas, todas las organizaciones y todas las naciones. Frenar esta evolución hacia el mañana, basada en la explotación, el consumo desaforado y la falta de respeto por el presente y por el futuro, e incluso retroceder en el modelo de desarrollo, son retos de los que nadie puede sentirse ajeno. Las empresas mismas y quienes las dirigen, sujetos activos del modelo económico dominante, han de preocuparse sinceramente por parar, y no solamente meter una marcha reductora sino echar marcha atrás. De ello también depende su futuro. El mito de que este modelo solamente funciona si da cada vez mayores beneficios es el contagioso pecado original que nos mancha a todos y a todas y que exige compromisos personales de romperlo en nuestro día a día.

Ahí, precisamente ahí es donde la Cultura y sus gentes pueden hacer mucho más de lo que hacen en la actualidad; para empezar por los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El arte y la cultura, reconocidos en todas las sociedades como intérpretes privilegiados de lo humano son narradores y memoria y pueden por ello incorporar a sus temas esta preocupación decisiva de los seres humanos de hoy; pueden, también, dar voz e imagen al movimiento que en el mundo lidera la lucha por mantener el planeta como hogar común habitable. Y pueden, también y sobre todo, plantar su propio árbol, es decir, implementar medidas específicas, compromisos ejemplarizantes para que la actividad de las artes cumpla con las leyes prácticas y concretas de la sostenibilidad.

Reutilizando materiales, reduciendo el consumo y reciclando en todas las fases creativas y de producción; disminuyendo el consumo de energía y por tanto la huella de carbono en todos los momentos, especialmente en los que el arte se encuentra con sus públicos: teatros, museos, cines, festivales…; haciendo que esos espacios sean lugares comprometidos y coherentes en la práctica con la defensa de la sostenibilidad; pueden liderar socialmente estos mensajes ante empresas e instituciones; pueden promover su propia certificación medioambiental específica para incorporar a ella a todos los procesos y organizaciones creativas y artísticas.

Hace unos meses, con ocasión del Foro Cultura & Empresa, este año dedicado a la sostenibilidad, numerosos artistas y representantes de organizaciones suscribieron un documento clave en este sentido. El manifiesto se llamaba ¡Claro que podemos hacer algo por la salud del planeta! Una contribución práctica del arte y la cultura a la sostenibilidad. Léanlo y hagámoslo nuestro, de cada uno, en la actividad cotidiana.

P.S.: El retorno del Yeti no quedará aquí. En su nombre les prometo que no tardará en aparecer en este blog una nueva entrada.

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¿Tiene sentido diseñar una política conjunta deportivo-cultural?

Mens sana in corpore sano

Me vino esta pregunta a la cabeza al ver la fotografía de Rafa Nadal y Garbiñe Muguruza en el Museo del Prado, ante el cuadro de La rendición de Breda. El Mutua Madrid Open se presentaba de la mano de estos y otros tenistas en uno de los museos más importantes del mundo.

Lejos de la anécdota, la imagen -y el hecho en sí- ilustra a la perfección la práctica inexistencia de puentes entre ambos tipos de actividad, y por ende, las tan inexploradas como enormes posibilidades de colaboración de ambos mundos en la común tarea de alimentar a un ser humano más rico en matices, con más perfiles, más holístico. ¿Es posible crear sinergias entre las políticas públicas deportivas y las culturales? ¿Es posible que no solamente se produzcan ahorros para las administraciones sino, lo más importante, beneficios para la ciudadanía en un espacio comunitario novedoso? Sin duda la respuesta a ambas preguntas es positiva y abre terrenos de acción estratégica conjunta de poderosas consecuencias.

Imaginemos.

Imaginemos que los recintos deportivos formen parte de los espacios que acogen actividades culturales, ya sean puras o mixtas. Por ejemplo, que el polideportivo acoja expresiones fronterizas de enganche como el break dance, o puras como la música y la performance o el teatro. Imaginemos que ello conlleva beneficios concretos -reducción de precios, bonos de consumo cultural…- para quienes disfrutan habitualmente de esos espacios deportivos.

Imaginemos que las bases de datos y los canales que comunican la acción pública a los ciudadanos, apps incluidas, son los mismos para los interesados en el deporte que para quienes gustan de la cultura. Y más allá, imaginemos que los beneficios son cruzados, que los usuarios culturales tienen ventajas en el empleo de los recursos saludables y los usuarios de espacios deportivos obtiene estímulos para disfrutar del consumo cultural.

Personalmente no me cuesta nada imaginar acciones y programas concretos que mezclen la información, la promoción y el consumo…, e incluso incorporar a los programas otras variables claves como educación, juventud y transporte. No me cuesta imaginar usos comunes y complementarios. No me cuesta imaginar que todo ello tiene una expresión en forma de carnet y que el carnet sirve también para acumular puntos, medir utilizaciones, impulsar consumos, crear comunidad…

Ya hay experiencias en este sentido en Cataluña, el Atrium de Viladecans, un espacio que une en una misma instalación servicios deportivos y culturales.

Por dios, el juego que da una fotografía. ¡¡¡Y sin tomar nada!!!

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74”

¡Cuánto desprecio a la Cultura cabe en tan poco tiempo!

Toda la preocupación por la cultura, todas las propuestas sobre la cultura, todo el interés por la cultura cabe en setenta y cuatro segundos. Ese es el tiempo que dedicaron los cuatro candidatos a presidir el Gobierno de España en el debate del martes 23 de abril en Antena 3.

Ciertamente, da la medida exacta de la relevancia que le conceden al arte y la cultura esos políticos -y lo que representan- en la vida de un país, en la vida de sus gentes. Muchos pensamos que si el arte y la cultura, y su derivada natural previa, la educación, tuvieran más peso en la vida cotidiana de las personas, este país iría mejor, el español en el mundo iría mejor, nuestro cine, nuestro teatro, nuestra creación iría mejor, y nuestra vida política sería, sin duda, menos zafia, más educada. ¡Qué vergüenza, por dios!

Esos 74 segundos a mí me parecieron un insulto a la cultura y a la inteligencia de los ciudadanos. Esos 74 segundos expresen a la perfección el nivel de compromiso con el arte y las muchas culturas y lenguas de este gran país.

Hay una parte de razón en esa expresión, casi lugar común, que afirma que las sociedades, los ciudadanos, tienen lo que se merecen. Y esa parte de razón estriba en que la vida política de un país, y la calidad de sus políticos tiene relación directa con la acción cotidiana, diaria, persistente, constante…, de los ciudadanos, con su implicación concreta en la marcha de su comunidad. El voto, la democracia entendida al minúsculo modo en que la entendemos en España hoy, es necesaria, absolutamente necesaria, pero insuficiente, absolutamente insuficiente.

¿Y qué es necesario, pues? Que las gentes, las más posibles, se organicen según sus intereses y preocupaciones, que dediquen algo más de su tiempo a la acción que a la “dicción”. Que, como decía Buero, duden, pero no dejen de actuar.

En la cultura no es poca la tarea que tenemos planteada en este sentido. Fortalecer las organizaciones culturales de todo tipo, y su relación con la sociedad, con los ciudadanos, es cada día más una tarea de enorme valor estratégico. Pasar del club de amigos de la queja, al grupo de compañeros de la acción positiva. (Una sugerencia: lean España en Marcha, de Gabriel Celaya).

Y más allá de lo que cada persona consciente, y cada organización comprometida quiera y pueda hacer, hay otra tarea que debe asumir el sector organizado de la cultura en su conjunto. Dar pasos en la unidad estratégica, en la unidad de discurso, en la unidad de reivindicaciones, en la unidad de cambio. Conformar una voz, fuerte, consistente, indiscutida, grande, es la única manera de hacer oír la voz de la cultura y, con ella, de las necesidades de los ciudadanos.

Basta para ir en esa dirección con centrar el tiro, asumir liderazgos y ser lo más autónomos y autosuficientes posible.

Centrar el tiro quiere decir que debemos concretar un pequeño pero importante cuerpo de transformaciones a impulsar que afecten a todos los ámbitos culturales y artísticos: la ley de mecenazgo, la reducción de los impuestos a la creación y producción culturales, un nuevo modelo de empresa para la actividad cultural, la asunción de compromisos concretos con la sostenibilidad, la promoción de la igualdad de género, y un nuevo papel de la cultura en la acción exterior serían seis claves estratégicas de enorme trascendencia.

Asumir liderazgos quiere decir que las organizaciones representativas de los diversos sectores culturales (museos, cine y audiovisual, edición, artes escénicas…), sean sindicales, profesionales o académicas, deben reunirse y avanzar en ese programa que les una y nos una; deben avanzar en la configuración de una voz, alta y clara. Me gustaría enormemente que la Academia de las Artes Escénicas, a la que pertenezco, diera el primer paso.

Ser lo más autónomos y autosuficientes posible quiere decir que debemos romper la tradicional dependencia de los poderes políticos, esa dependencia que hace que el arte y la cultura española no vuelen esperando como los pájaros recién nacidos que Mamá Estado les proporcione el alimento. Hay cosas, muchas, que podemos hacer sin depender de la política, desde crear sinergias entre los diversos sectores culturales beneficiosas para los ciudadanos, hasta introducir en la vida de las organizaciones culturales (museos, teatros, cines…) una mayor presencia participativa de las gentes; desde crear nuestros propios sellos de calidad hasta introducir compromisos de sostenibilidad en la gestión.

Un lugar común afirma que las cosas ocurren porque alguien las hace. Pues eso.

Los dioses quieran que aprovechemos positivamente el insulto de los 74”.

Notas de despedida y cierre de este post:

1. Qué casualidad que el debate de los 74” fuera el 23 de abril, día grande de las letras españolas, en el que una gran Ida Vitale recogía en Alcalá su merecido Cervantes. Sin comentarios. Por favor, lean su poema del Kit de supervivencia elmuro de este año: página 44.

2. Lástima que he votado por correo; si no lo hubiera hecho, esta vez iría a votar a mi colegio con una pinza de ropa en la nariz para visualizar el asqueo que produce el nivel de la política partidista a la que se ha dejado arrastrar nuestro sistema y nuestros medios de comunicación.

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¿Qué hemos hecho mal para merecer esto? Al Maestro Yoda las respuestas a estas preguntas pedir debemos.

A propósito de la elección del nuevo director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico

Fotografía del actor y director teatral Lluís Homar / Robin Townsend (EFE)

¿Qué entiende el Ministerio por “procesos públicos”?

¿Creen los responsables del Ministerio de Cultura que un proceso de evaluación de candidatos llevado a cabo en apenas tres semanas y sin ninguna información pública sobre los participantes ni sobre sus proyectos, puede calificarse de transparente?

¿Por qué no se hacen públicos los proyectos presentados por todos los candidatos, incluidos los cuatro finalistas, para que la opinión pública y los profesionales del sector puedan conocerlos?

Al menos, ¿cuál es el proyecto en concreto del nuevo director de la CNTC, para cuya ejecución ha sido contratado? ¿Se ha tenido en cuenta la posibilidad de convertirlo en un Contrato-Programa que debería firmarse?

¿Cuáles son los criterios de valoración concretos -y diferenciales respecto al resto de candidaturas- empleados en la toma de decisión? ¿Figuran entre ellos la experiencia en dirección o interpretación o el conocimiento de autores del Siglo de Oro y del verso clásico español?

¿Le parece bien a la directora del INAEM, la afirmación del nuevo director de la CNTC de que viene a aprender?

¿Qué puestas en escena de la CNTC o de teatro clásico español ha podido ver el nuevo director en los últimos años?

Además de su salario, ¿va el nuevo director a cobrar por los montajes que dirija?, y si es así, ¿va a descontar de su salario de director el tiempo que reste a sus responsabilidades en la CNTC? ¿Va a participar en puestas en escena externas o en proyectos audiovisuales ajenos a la CNTC durante su mandato?

¿Es mejor que se ofrezcan respuestas o que nos quedemos con las dudas?

En definitiva, Amaya de Miguel, ¿por qué?

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Una mujer fuerte para un trabajo hercúleo

Pilar Jurado al frente de SGAE

Pilar Jurado, amiga y admirada soprano, compañera de Junta Directiva de la Academia de las Artes Escénicas de España, acaba de ser elegida para dirigir SGAE en los próximos tiempos. AhÍ es nada, un reto de los lejanos tiempos de Hércules: manejar el timón de una nave con varios agujeros en su casco, con una marinería irredenta y dividida, en un mar incierto y proceloso que augura una travesía más que difícil.

Y sin embargo creo que es una de las personas que, con acierto que deben perseguir denodadamente ella y sus apoyadores, y con suerte sorpresiva inesperada, que siempre viene de los amigos y amigas buenos, puede llevar la nave a buen puerto.

Hoy me siento marinero. Bueno, siempre, pero esa imagen de mar bravío y cascarón de nueces es la primera que me ha venido al conocer la noticia de que una mujer retoma en solitario la tarea de presidir la sociedad de los creadores, de los autores. No vale el papel que cumplió la querida Ana Diosdado, porque a su vera estaba Teddy Bautista.

No, ahora Pilar Jurado asume el mando en las condiciones más inhóspitas y con la amenaza cerniéndose sobre SGAE de intervención del Ministerio de Cultura que, por otra parte, tampoco anda sobrado de tiempo.

Los males de SGAE son casi de todos conocidos: algunos de ellos tienen que ver con un pasado apenas lejano en el que la férrea dirección ponía enormes ventajas y enormes inconvenientes en la misma cesta. Algunos de aquellos inconvenientes, de aquellos polvos, derivaron en el lodazal en que a menudo aparece metida SGAE. Otros males, fundamentalmente los que tienen que ver con la recaudación y el reparto en las franjas nocturnas de las televisiones -que son una fuente considerable de los ingresos y del poder en consecuencia-, necesitan una urgente mano dura e izquierda para comenzar a resolverlos y pasar un poco la página.

Pilar Jurado, puede hacerlo. Tiene la mano suave, amable y sonriente, pero fuerte y espero que decidida para aplicar medidas imprescindibles e inevitables, y no demasiado agradables para la propia Junta directiva. Una receta difícil para la que necesita varios componentes no muy habituales en la casa: En primer lugar una mayoría suficiente que se avergüence del pasado (de su pasado) y que desee fervientemente recuperar su propio respeto. En segundo lugar, decisión para acometer las medidas, algunas duras y urgentes, que pueden salvar la SGAE; para ello debe mirar más allá de la Junta, a los miles de socios y de creadores que tienen en la SGAE el único valedor de sus derechos en tiempos en que los derechos de los creadores se respetan poco. Y en tercer lugar, debe abrir las ventanas, no para que entre el aire fresco, que también, sino para mirar hacia fuera, para sentir la mirada enojada de las gentes, para entender que su función fundamental es recuperar el respeto de la sociedad hacia los autores, hacia los creadores.

Ah, y recuerda que el mando es soledad, soledad de la verdadera, la que no entiende de camarillas, ni siquiera de amigos.

No temas a los lestrigones, ni a los cíclopes, ni al colérico Poseidón, Pilar, decía Cavafis en su enorme poema. Pues eso. 

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Se anuncia la convocatoria para las direcciones artísticas del INAEM: Una broma sin pizca de gracia

La web de la Cadena SER, en pleno fin de semana que se inicia el viernes, 1 de febrero de 2019, informa que el Ministerio de Cultura había publicado ese día en su web una noticia extraordinariamente relevante para la Cultura, por el fondo y la forma. La web del Ministerio adelantaba que el día 11 de este mes (diez días después), se convocaría el proceso de selección para las direcciones artísticas de las compañías nacionales dependientes del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM). La misma noticia informaba que el plazo de presentación de candidaturas se iniciaría el martes, 12 de febrero, y finalizaría el miércoles, 25 de febrero. Sí, han leído bien: el INAEM informa de que en el futuro se convocará el proceso, pero sin convocarlo, es decir, sin dar a conocer las bases de la convocatoria, los requisitos, las normas, los presupuestos… Nada. En definitiva, quienes aspiren a dirigir las organizaciones artísticas más importantes de España dispondrán de apenas trece días -13- para presentar su proyecto y preparar y presentar sus candidaturas en base a las condiciones que fije la convocatoria. Escasos días y muchos obstáculos para que los proyectos tengan la máxima calidad.

Como a los propios responsables este tiempo debe parecerles insuficiente, lo que hacen es avisar con antelación de que será muy poco el tiempo. Una broma. Una broma sin pizca de gracia.

¿Dónde queda la transparencia, dónde la publicidad, dónde la garantía de competencia, la profesionalidad exigible para que un proceso pueda ser aceptado como democrático?

Miren, el propio Código de buenas prácticas del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, vigente, señala en su artículo quinto que la selección de candidatos se llevará a cabo “mediante procedimientos que garanticen la publicidad y la concurrencia.” ¿Es por eso por lo que TODO el proceso de presentación se realiza en trece días? ¿Es así como se promueve la sana competencia, unos buenos proyectos, y se garantiza la transparencia y el principio de igualdad?

SI el INAEM quería que el proceso pareciera transparente y limpio, desde luego ha fracasado. No serán pocas las personas que pensarán que algunos privilegiados/as tendrán previamente la información suficiente para poder hacer bien los deberes en tan poco tiempo.

Era información conocida que los actuales directores tenían que irse al final de la temporada: entonces, ¿porqué ahora con esta premura, con esta prisa?

Nuestra CULTURA, con mayúsculas, no debería estar jugando a lo pequeño, a las lealtades mínimas, a las prisas, a la ausencia de estrategia.

A las mayúsculas renuncia este tipo de convocatorias apresuradas, con tiempos tan cortos para hacer las cosas bien, y casi en penumbra.

Y, por cierto, todo esto sobre las formas: hablaremos del contenido de la convocatoria…, cuando se conozca.

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Contar, hacer y propagar, tres tareas del arte ante el futuro (3)

Acordado que también el arte y la cultura pueden y deben aportar valor a los Objetivos de Desarrollo Sostenibles, entendiéndolos como un horizonte bueno al que orientar a la humanidad, ¿cuáles podrían ser sus tareas? O, por decirlo de otro modo, ¿qué pueden hacer el arte y la cultura a la sostenibilidad?

Yo creo que han de avanzar en tres direcciones en paralelo.

La primera, incorporar a sus contenidos creativos la preocupación, el problema del medio ambiente, la salud planetaria, y la responsabilidad en ella de la economía y las personas. Es decir, involucrarse artísticamente en los problemas y hacer de la belleza un medio para explicar, entender, transformar… La literatura, las artes plásticas, la música, las artes escénicas ya lo están comenzando a hacer, porque la mirada de sus creadores, humana al fin, no es ciega a la realidad. Ahí está el cine y el teatro que ha dado notables obras de arte que ayudan a entender y a cambiar; ahí esta la música de la que no me resisto a mencionar a Bebe y El Chojin, presentes este año en el Kit de supervivencia con dos hermosos temas. Contar, pues, es lo primero que debe hacer el arte: mirar al espejo, pero viendo más allá.

La segunda es hacer. Hacer es la demostración ética de que la preocupación por el futuro es cierta, no impostada. Las instituciones culturales públicas y privadas, las organizaciones creativas, las empresas, compañías, el sector cultural en su conjunto, debe implementar medidas de sostenibilidad en todas las fases y procesos de su acción. Las claves elementales de reutilizar, reciclar y reducir el consumo y la huella de carbono, deben ser incorporadas a las fases de producción y creación, de gestión y de encuentro del arte con los públicos. Los materiales empleados en las creaciones y su reciclaje (exposiciones, producciones escénicas y cinematográficas…), los recursos utilizados, la cantidad y la calidad de la energía consumida…, deben ser primero preocupaciones y luego ocupaciones concretas. 

Avanzar en crear protocolos asumidos por el conjunto del sector cultural es un reto que no debe demorarse, que hay que asumir ya, implicando a todos los agentes en el compromiso de reducir su huella de carbono, empezando por los que mayor rentabilidad obtienen de la actividad cultural.

La tercera dirección que deben emprender arte y cultura es la de propagar estas nuevas responsabilidades, que lo son también del conjunto de la sociedad. La cultura es percibida como una voz a la que escuchar, una voz con un cierto liderazgo que es bueno poner al servicio de esta -y otras- causas justas. Asociarnos a otros agentes para multiplicar el esfuerzo parece el mejor camino. En ese sentido debemos plantearnos el reto de la sostenibilidad en colaboración con empresas y marcas sensibles medioambientalmente y que desde posiciones sinceras opten por caminar con el arte para difundir sus mensajes. El IV Foro Cultura & Empresa que este año se dedica a la sostenibilidad puede ser una buena ocasión para explorar posibilidades concretas.

Es el comienzo de un camino difícil y apasionante, que va a plantear en paralelo un reto añadido poco  transitado, el de la ética.

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¿Son el arte y la cultura cosas de ricos? (2)

Blog Robert Muro

Hoy penetro un poco más en la relación de la cultura con la salud del planeta.

Una de los efectos que tiene una lectura detallada de los ODS y de sus metas es que la cultura y el arte son cosas de quienes tienen resuelto todo y pueden, por ello, preocuparse de cosas como la belleza, la música, la literatura… Cosas de pijos ricos.

¿Es eso cierto? Cuando se leen detenidamente las metas concretas de los ODS no queda otra que pensar que sí. Simplemente por incomparecencia. El arte, el teatro, la poesía…, no existen; y no aparecen porque en realidad son necesidades de estómagos satisfechos. Sin educación, sin alimento, sin salud, sin seguridad…, ¿se puede uno preocupar de otras cosas?

Pienso, sin embargo, que es un mal olvido de los ODS y que la cultura debería figurar entre los objetivos y las metas con papel destacado. Porque el ser humano debe abordar su propio desarrollo de un modo integral, incorporando a la dignidad de ser humano también el acceso al arte, su comprensión, su disfrute. Si algo debiera haber aprendido la humanidad de su desarrolla hasta aquí, es precisamente eso.

Nosotros, los que habitamos la parte “rica” tenemos también nuestras propias responsabilidades en el desarrollo del planeta, y en el cumplimiento de los ODS. ¿Cómo? Sencillo, cambiando lo que podamos en nuestro entorno inmediato. Cada país, cada institución, cada empresa, cada pequeño comercio; y sobre todo, cada persona, debe aportar algo concreto en la buena dirección. Y llevando el agua al molino que debo, los que apreciamos el arte debemos emplearlo al servicio de estas ideas y de estas prácticas reconfortantes con nuestro entorno. Bebe, poeta preciosa, lo dice en su Ska de la tierra: “La Tierra tiene fiebre, tiembla, llora,/ se duele del dolor más doloroso/ y es que piensa que ya no la quieren.”

El arte es la forma que ha ido empleando la humanidad para explicarse a sí misma cosas trascendentes, cosas que solamente se pueden expresar con y desde el arte. Quienes ante unos acordes de violín han sentido emociones profundas hasta la lágrima -es un ejemplo-, lo saben. Ya, ya sé que esto es una milonga para quien carece de lo elemental. Pero cada uno debe actuar sobre su medio. Y aquí, el arte y la cultura deben adquirir nuevos compromisos con el futuro, que hasta hace unos años eran simplemente impensables. Compromisos que se orientan a un nuevo horizonte, a un sueño: el de que algún día quienes no saben lo que es un violín, lloren de la felicidad apacible de conocerse un poco más a sí mismos.

Hacer consciente a la mayor parte de nuestros congéneres que hay cosas que solamente se pueden decir con el arte, y casi todas son bellas. Es nuestra tarea. 

Posibilitar a la mayoría de nuestros congéneres de ese disfrute. Que no tiene que ver con tener más o mejores cosas, sino con ofrecer, sentir y vivir más y mejores experiencias al alma.

Así que, ¿podemos hacer algo los pijos de este mundo, los pijos culturetas?

Sí. Contar la historia del mundo desde el arte. Contar el futuro del mundo con arte.

Contar, hacer y propagar: tres tareas del arte ante el futuro . Pero eso, mañana. 

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