De emociones, gestión y artísticas elecciones

No suelo llorar a menudo mientras veo o al acabar de ver un espectáculo. Lo he hecho, sobre todo, en música clásica. No sé, pero hay acordes, instrumentos determinados que llaman a la parte íntima más sensible de mi alma y la hacen derramar lágrimas tranquilas. De alegría. Por reconocerme como ser humano. Me resulta interesante comprobar que las dos últimas veces en que me ha ocurrido ha sido en dos espectáculos teatrales “aficionados”. El pasado año, un grupo de Manacor, participante en los Premios “Buero” de Teatro Joven, con una versión del Cyrano, plena de calidad. Y de verdad. Hace dos semanas con una puesta en escena, íntegra y entregada, de una de las obras menos conocidas de Paloma Pedrero, En el túnel un pájaro.

En ambas, los defectos eran aplastantemente vencidos por energías menos transitadas en el arte profesional. Energías que provienen del amor desinteresado, la entrega absoluta, el hacer bien las cosas porque eso y no otra cosa es crear, de elegir los textos en función de que mueve el alma de los dinamizadores del proyecto y no de su posible éxito. En ambas, los actores  nada más acabar la representación, reclamaban humildemente opiniones sobre su trabajo, dispuestos a crecer. ¡Cuántas veces he afirmado que los proyectos culturales han de asentarse en modelos de gestión modernos y profesionales! Pues bien, la parte artística debe asentarse en la elección de motivos –musicales, textuales…- que muevan el alma de los promotores, que la hagan transitar por las más altas cimas. Desde la humildad, desde las ganas de hacerlo cada vez mejor.

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