Se alquila coliseo romano a buen precio

Una de las cosas que  no envidiamos a los italianos es su primer ministro, Berlusconi. Sus exabruptos, chistes de mal gusto, fiestas vergonzosas y corrupción le habrían costado en España el puesto hace tiempo.  Bueno, al menos las fiestas. Por no hablar de sus estiramientos quirúrgicos, que hablan de una patética incapacidad para aceptar la edad y su belleza. Benito, uno de sus antecesores en el puesto de Primer ministro italiano allá por los años cuarenta, hubiera considerado una “mariconada” eso de estirarse la cara, algo que según su modelo trasnochado de masculinidad, un verdadero hombre jamás haría. Esa obsesión por la estética es común también a Gadafi, el caudillo libio amante del botox. ¿Tendrá algo que ver que Libia fuese colonia italiana?

En fin, hoy debo estar extraordinariamente disperso porque de lo que quería hablar es de la ¿venta, alquiler, cesión contractual? por parte de Berlusconi del uso e imagen del famosísimo Coliseo, el anfiteatro Flavio, construido ahora hace dos mil años, al empresario Diego della Valle.  Bueno, también le autoriza a construir en él un centro de servicios de su  empresa. El acuerdo, todavía no dado a conocer en su integridad, cede por quince años y en exclusiva los derechos de imagen y de alquileres urbi et orbi– a cambio de sufragar la restauración del Coliseo, que costará 25 millones de euros, una cantidad que todas las fuentes califican de ganga. Lo verdaderamente grave de esta decisión –ese es el quid de la cuestión- es que impide legalmente durante ese tiempo al estado italiano cualquier acción o aprovechamiento diferente de esa parte sustancial del patrimonio arquitectónico, histórico y cultural de Roma. Privatización temporal lóbrega y encubierta habemus.

Cuando defendemos la capacidad de empresas e instituciones privadas de gestionar algunos servicios culturales, excluimos expresamente la transmisión de la propiedad o el alquiler del patrimonio cultural. Aquello que configura la herencia cultural inmaterial y material de una sociedad ha de permanecer siempre en manos públicas que garanticen su puesta al servicio del conjunto de los ciudadanos.

¡Ah, Silvio Benito¡, algo huele a podrido en nuestra amada Italia, y curiosamente todos saben lo que es, pero ya se sabe… el traje nuevo del emperador.

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