Contra Darwin, pobrecillo

El resultado electoral pone todavía más al día tareas urgentes para la supervivencia de la cultura como servicio. Un resultado, por cierto, esperado, batacazo socialista incluido. Quienes desde la izquierda y contra natura han estado dos años haciendo la política que le correspondía a un gobierno de derecha o de concentración, han asumido el desgaste y el afán de poder y lo han pagado. Perdonen, pero cada uno elige su destino.

Vienen tiempos en que las propias fuerzas, más que ningún otro aspecto, serán determinantes para la supervivencia propia y ajena. Tiempos darwinianos, de  animalidad, de fuerza. Tiempos, también, para desarrollar la solidaridad, el alma buena de las personas y de las organizaciones. Quienes más tienen y quienes más conscientes son de que esta situación va a cebarse en los humildes, tienen una enorme responsabilidad, por un lado de solidaridad y por otro de alzar la voz. Las grandes organizaciones han de ser conscientes de que el ecosistema cultural exige la supervivencia del máximo de especies, y han de apoyar y proteger las que puedan. ¿Se imaginan al Prado acogiendo exposiciones conjuntas con museos en riesgo de extinción? ¿Se imaginan a los grandes teatros, públicos y privados, ofreciendo after hour sus espacios a pequeñas compañías?

Y por otro lado, las empresas y organizaciones dedicadas a la cultura deben unirse, agrupar fuerzas, compartir espacios, almacenes, personal, establecer fórmulas que abaraten su gestión diaria, compartir, sentirse, en fin, miembros de una colonia cuya supervivencia depende del grado de fortaleza conjunta que sus miembros sean capaces de desarrollar.

Y es ya, no mañana. Ya.

Y en paralelo, alzar la voz colectiva, defender el servicio imprescindible para el alma de los ciudadanos que es la cultura. Sin quejas. Combatiendo con arte y generosidad.

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