Darío Barrio. Lo siento. Tanto.

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Cuesta creer que Darío Barrio haya muerto. No por no merodear los más altos riesgos, cosa que hacía constantemente, como una necesidad que brotaba de los más profundos adentros. Cuesta creerlo porque Darío estaba tan vivo que parecía inmune a los ataques, casi superman.

Conocido a través de compañeros de viaje comunes, desde el primer momento conectamos y nos guiñamos el ojo. Me gustaba frecuentar Dassa Bassa, esa gruta gastronómica de la calle Villalar vecina a la embajada francesa, amable y acogedora, a la que a tantos amigos he llevado a comer, y siempre con Darío amenizando las sobremesas con su último viaje, su último salto, su última aventura.

Juntos hicimos una locura haciendo monte, para él menor: bajar la Pedriza corriendo en grupo, por nada, por hacerlo distinto, por ver si ganábamos a la adrenalina. Si alguno de nosotros se hubiera caído el golpe hubiera tenido muy mala gestión, pero él tenía la enorme capacidad de hacer olvidar las preguntas que en otros se transforman en frenos. Y, hala, a tumba abierta, con algo más para contar a los nietos.

Él, hombre alegre por naturaleza, negociaba el bien con su conciencia sin prejuicio alguno, y así, le pedimos unas notas sobre Caídos del Cielo, la obra de Paloma Pedrero sobre los “sin hogar”, cuando se editó en la colección El Teatro Puede de la Fundación Coca-Cola. Sus palabras acompañaban y acompañan la contraportada de aquel grito teatral que buscaba dar algo de cobijo a quienes lo necesitan.

Fui a verle hace un mes al restaurante donde iba a tener lugar la reunión del jurado madrileño de los Premios Buero de Teatro Joven, por verle, por darle un abrazo, que hacía unos meses que no nos veíamos. No vino ese día porque andaba, volaba, por alguna cumbre.

Lo siento. Tanto.

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