Yo no puedo ser Charlie

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Yo soy más de monte o de mar, incluso de campo, pero hoy voy a meterme en un jardín afirmando blogueramente: Yo no puedo ser Charlie.

Semanas después del asesinato de los caricaturistas de la revista francesa, brutal por desalmado, bárbaro por insensible al dolor del otro, inútil porque los criminales lo que mueven lo mueven hacia el infierno, es momento, tal vez, de darle un par de vueltas a este tema en relación al mundo de la cultura. Empiezo diciendo que “Yo no puedo ser Charlie”, y me explico.

  1. Yo “soy” víctima y me coloco del lado de todas las víctimas que han sido agredidas, maltratadas, asesinadas en la historia. Con Walter Benjamin pienso que tenemos una enorme deuda con cuantos han sufrido y nos han precedido. Estoy al lado de todas las víctimas pues, sea cual sea su origen, su credo, su género o su ideario, incluso cuando no me guste; incluso cuando se oponga a cosas en que creo, que amo o deseo. Ser solidario y empático con las víctimas ha de sacar lo mejor de los seres humanos. Defenderé pues la revista Charlie Hebdo, y su derecho democrático a expresarse por medio del cómic y la caricatura como lo sienta o desee. Siempre. Aunque no me identifique con los insultos, los ataques o las ridiculizaciones.
  2. Quienes cometen crímenes no representan credos, son simplemente criminales, sea Atocha, Nueva York, Marraquech o Bagdad su escenario. Los verdugos de todos los tiempos y todas las religiones quieren siempre ser tenidos por representantes aventajados de terceros. Pero asumir que son representativos, o actuar como si lo fueran, es hacerles el juego a los malos. Es cierto que diferenciar es difícil, sobre todo cuando desde el interior del islam no se han levantado todavía voces suficientes para denunciar a quienes usurpan una representación que nadie les otorga. Pero en Occidente hemos de asumir nuestra responsabilidad, que no es otra que distinguir a la inmensa mayoría de musulmanes que son sencillos creyentes con reglas distintas a las cristianas, de los que reclamándose de esas creencias son capaces de asesinar. El odio no está recogido en ninguna religión como regla, y dar por hecho que una o algunas religiones son en esencia violentas, es dar por cierto que la violencia es la base de nuestra relación con ellas. Gracias a los dioses, a los diversos dioses, nuestro país es testigo histórico a través de nuestra Edad Media de que la convivencia entre religiones no solo es posible sino que puede llegar a ser sustancialmente enriquecedora.
  3. La cultura y el arte son herramientas de encuentro, de relación. La cultura y el arte han de estar al servicio de reconocernos como pertenecientes al género humano y alentar la comprensión del otro, la aceptación de la diferencia, el compasivo reconocimiento en el otro de mí, de mis diferencias e incluso de mis defectos. La cultura y el arte no deben ser altaneros, ni mirar otras civilizaciones desde la suficiencia y el menosprecio. Occidente lo ha hecho durante cientos de años. Hoy, ese Occidente que vuelve, se encuentra en el camino con otras expresiones que todavía van, particularmente algunas interpretaciones del islam. Algunas de esas expresiones particulares parten de que la simple diferencia ideológica, religiosa o de vestimenta, merece la pena de muerte. Quienes así piensan, perdón, quienes actúan en consecuencia a esas ideas, son asesinos y deben ser perseguidos por la justicia del país donde cometan sus fechorías. El hecho de que una caricatura saque de quicio, o sea empleada para justificar ataques brutales a la libertad y a la vida, refleja una extrema fragilidad de pensamiento de quienes así actúan. Pero nuestra historia no es ajena a ello, ni está libre de pecado, y no nos permite tirar demasiadas piedras. En mi opinión, ni los dominicos autores del Malleus maleficarum, manual católico antibrujeril que costó la vida a miles y miles de inocentes en la Edad Media cristiana, ni quienes defienden una interpretación de El Corán que bendiga acabar con la vida de inocentes, aportan más al mundo que dolor. Ambos, con siglos de distancia eso sí, juegan en el mismo equipo intelectual.
  4. No me gusta ridiculizar al “otro”, subrayar con desprecio las diferencias. Quienes sentimos que la cultura y el arte no tienen fronteras y que por ello buscamos en el “otro” idéntico reconocimiento como seres humanos, estamos obligados a no despreciar la diferencia cultural e incluso a entender que otras personas, en otras partes del mundo, piensen y vivan de manera distinta e incluso opuesta a la que nosotros hemos elegido. Más aún en tiempos de globalización y de intercomunicación instantánea. La riqueza de la diversidad. (Lean, por favor a Tzvetan Todorov). Ello no quiere decir que aceptemos en nuestros países otras leyes que las que libremente nos hemos dado. Ello no quiere decir que nos gusten modelos civilizatorios en los que la igualdad de géneros no existe, o en los que la fuerza bruta predomina sobre el pensamiento y los derechos. Pero, en realidad, la ridiculización, ayuda no pocas veces a identificar al otro como inferior, retrasado o simplemente como enemigo. Y si queremos convencer a alguien, o señalar a otros las bondades de nuestro camino, y hablo de seres humanos que viven en otras sociedades, no será fácil hacerlo insultando o caricaturizando sus creencias. Y viceversa.

En resumen:

La interpretación del mundo como un espacio de seres susceptibles de ser sometidos a una sola religión o/y cosmogonía, no es aceptable, y no puede ser respondida con cultura altiva occidental que mire por encima del hombro a otras religiones o formas de entender las relaciones sociales… Eso no sirve para construir, además de mostrar el poco aprovechamiento y escaso aprendizaje que hemos extraído de nuestro propio pasado.

Soy víctima, pero no me gusta burlarme de otras civilizaciones. Ni en cómic. Y sé que unos miles de personas no representan a toda la sociedad, ni en el mundo cristiano ni en el musulmán. Ni desde el grito o el exabrupto, ni desde el crimen. La razón por encima de la pasión, el puente más que el barranco, la compasión muy por encima del odio.

Estaría bien, además de todas estas reflexiones, que nos preguntáramos qué ha ocurrido en los últimos 80 años en las relaciones internacionales para que una parte del mundo musulmán acepte el terror y la venganza como herramientas de presencia. ¿Aporta alguna explicación o información la constitución del Estado de Israel tras la II Guerra Mundial en suelo palestino; o la promoción de los talibán por la inteligencia norteamericana para expulsar a las tropas rusas de Afganistán; o la invasión de Irak argumentada en falacias y que llevó a cientos de miles de soldados a decenas de miles de kilómetros de sus casas?

No me identifico con quienes diciendo “Yo soy Charlie” asumían/asumen el insulto o la burla como herramienta de relación con los otros, con cualquier “otro”. Quienes decían “Yo soy Charlie” como expresión de solidaridad con las víctimas y de oposición a los verdugos, cuentan sin embargo con toda mi simpatía.

Pero, aunque yo no sea Charlie defenderé con todas mis fuerzas que todos los Charlies del mundo opinen libremente, incluso aunque lo hagan desde el desprecio al otro. Es la diferencia entre la opinión y la bala. Y estaré enfrente de quien ataque, maltrate, amenace, hiera o mate a cualquier Charlie. Es la aportación de quienes no queremos imponer nuestra mirada a nadie, de quienes aspiramos a un mundo mejor y diverso. De quienes intentamos superar día a día el temor de ir hacia un mundo en que el dolor ajeno sea moneda de cambio.

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1 Comment

Filed under Cultura, El Blog Cultural de Robert Muro, General

One Response to Yo no puedo ser Charlie

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