Teatro e investidura: vivan los espectadores

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Una de las acusaciones que los líderes políticos de los cuatro grandes partidos españoles lanzaron al resto en el Debate de Investidura fue la de “hacer teatro”. Ellos emplean ese concepto como impostura, mentira, falsedad; alguno como comedia de enredo, farsa, show, espectáculo o vodevil, qué sinonimia, cielos. Quienes conocemos el teatro sabemos que en una sala oscura los actores son verdad en estado puro, la mayor parte de las veces mucha más que en un atril parlamentario. Sabemos que actuar no es fingir, sino que es poner uno de tus “yoes” en acción. Y no hay mentira en los actores porque la falta de verdad escénica hace increíble su trabajo y los espectadores desertarían de los teatros en masa.

Ellos sin embargo, muchísimos de los políticos profesionales, que desconocen esto por pura incultura, lo entienden al revés. No se dan cuenta de que quienes les escuchamos desertamos de ellos precisamente porque vemos las costuras, la falsedad y el interés por que no se note demasiado la diferencia entre lo que dicen que van a hacer y lo que efectivamente hacen luego. Bueno, no se dan cuenta, o tal vez no les importa que nos vayamos.

Sin embargo, la primera jornada de debate parlamentario sobre la investidura del candidato Pedro Sánchez, provocó en mí otras reflexiones que tenían el teatro como fondo. Sí, porque cada uno de los candidatos, su discurso, sus formas, su tono, se encuadraban a mis ojos en diversos segmentos del teatro español de hoy. Se lo cuento, a ver qué les parece.

A Mariano Rajoy lo ubicaría indiscutiblemente en el teatro decimonónico, con su lenguaje antiguo, su aire antiguo, sus antiguos ademanes, su antigua y aristocrática displicencia sobre los demás. Aliñada faena la suya, sí, pero imposible que formas y mensajes, su oferta “teatral” en definitiva, encandilara más allá de los propios aficionados. Y ni siquiera a todos los propios. ¡Por dios, Mariano, ¿rigodón?!

A Manuel Iglesias -le ahorro el descredito que debe sentir sobre su nombre por el desprecio con que trató al partido que su homónimo fundó-, lo encuadro sin duda en el teatro alternativo, experimental, en el Off: su juvenil altanería intelectual, su yo sé más que nadie y sé más que tú, su aferramiento a un aire juvenil impostado, su adolescente desprecio por todo lo que no sea como él, su fe ciega en que su universitaria receta debe ser impuesta a todos los demás como si fuera la única valida, la sola que merece respirar.

A Pedro Sánchez lo relaciono de inmediato con los defectos del llamado “teatro público”, ese que se hace con fondos de todos a veces dilapidándolos, aseado y frío, correcto y formal, pedagógico y no pocas veces aburrido por previsible, autoconsciente de su responsabilidad cultural, pero sin alma, con muy poca capacidad de entusiasmar.

A Albert Rivera lo encuadro en el teatro comercial de calidad, claramente orientado a gustar a mayorías, camaleónicamente capaz de cambiar de aspecto con el expreso fin de seducir a tirias y a troyanos, atento a las formas externas pero tan a menudo olvidado de contenidos valiosos y profundos, con un lejano aire de vendedor elegante en el lejano Oeste.

Tras el debate saqué la conclusión de que todos tenían algo importante en común, algo malo en común: los cuatro creían que su tipo de teatro era el mejor y debía gustarnos a todos, debía imponérsenos a todos. Como si no les gustara nada que los distintos públicos se mezclaran. Y más allá, que los espectadores debíamos odiar los otros tipos de teatro por su maldad intrínseca, y que en su oferta teatral, sobre todo, no habría sitio para los otros tipos de teatro, para los demás. ¡Vaya mierda, con perdón!

Ciertamente hubo otras intervenciones asimilables a otros tipos de teatro, minoritarios e incluso muy minoritarios, pero que desgraciadamente se mostraban orgullosamente contagiados por los defectos de los grandes otros: onanistas preocupados por sus cosas, por hablar de su libro, e incapaces de asomarse a los gustos y necesidades de todos. Tal vez les influyó en algo el miedo escénico o el ambiente.

Si Patxi López me hubiera dado un minuto, les hubiera dicho a todos que no hay solución si no participamos todos en ella; que no hay teatro sin todo el teatro. No hay libertad de opción si no están todas las opciones de alguna manera presentes. Que todos los espectadores, los que aman el off, los que gustan del comercial, los seguidores de los centros dramáticos nacionales o regionales, y los que se pirran por el teatro demodé, tenemos el mismo derecho a que nuestros gustos y deseos se tengan en cuenta en la proporción en la que asistimos. En nuestros votos.

Menos mal que nadie tiene los suficientes. No quiero pensar en lo que pasaría a los amantes del teatro, de todo el teatro, ya me entienden, si de nuevo uno de esos tipos pudiera decidir por todos.

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