Cultura y vida más allá del miedo al final: una nueva fe civil (1)

Una de las preocupaciones más verdaderas/genuinas que me atormentan y que creo que a cada uno de los seres humanos debería atormentarle cuanto antes, es la de la salud del planetaEn tiempos de tanto ruido las palabras se desgastan velozmente y la realidad parece reclamar sencillez. Sí, la vida del planeta; por lo tanto, también la nuestra. La calidad de la vida, el sabor de la vida, el olor de la vida, la duración de la vida, el futuro de la vida. Que no es otra cosa que nuestro absoluto presente: el futuro hoy. Y me preocupa, supongo, porque cada vez me afectan menos las pequeñas cosas y más las grandes, pocas; y ésta es una gran cosa: la más grande que tiene entre manos la humanidad desde que tiene memoria de sí misma. Es tan grande como un elefante que tenemos a diez centímetros: no lo vemos, no sabemos lo que es.

Cuando leo los famosos e intonsos Objetivos de Desarrollo Sostenible que Naciones Unidas declararon para el mundo, me debato entre el escepticismo y la credulidad. Lo primero lo reclama el lenguaje políticamente correcto, la cierta grandilocuencia de las metas multinacionales, un aire que podríamos denominar “buenista” que atraviesa los diecisiete objetivos. Una especie de “portémonos bien” brindado al sol. Lo segundo, la credulidad, o más bien la fe, deviene obligación: necesito, necesitamos, creer firmemente en que es posible cambiar la dirección de la historia de la humanidad (Para algunos, bastaría como éxito ralentizar su evolución negativa). Cuesta creer, es cierto, que un modelo económico triunfante, ya indiscutido y sin oposición, el capitalismo, basado en la acumulación progresiva en menos manos del poder económico, y que tiene como motor el consumo desaforado y como consecuencia el incremento imparable de la desigualdad, cuesta creer, digo, que cambie de dirección o se paralice, e incluso que vaya a ralentizar su desarrollo. En su corta historia tan solo los conflictos militares mundiales han servido para desacelerar temporalmente la marcha del llamado impropiamente progreso. (Progreso, un concepto sobre el que hay que volver una y otra vez de la mano de Walter Benjamin para des-estimarlo.)

Pero necesitamos creer en que otro futuro es posible, porque sin creer en ello lo que resulta imposible es hacer algo ahora, cualquier cosa para cambiarlo; y cunde el desánimo. A menudo pienso que mezclamos conscientemente el plástico con el cristal y otros residuos en la misma bolsa no por desconocimiento, que también, sino por falta de fe. Una fe civil, claro. Lo que hagamos hoy pensando en mañana no sirve solo para el futuro, nos sirve ya hoy porque introduce algo guapo en nuestras vidas, en nuestro día a día.

Y no obstante siento que los llamados ODS son extraordinariamente importantes a pesar de lo dicho. Porque inoculan el valor del desiderátum, de lo deseable. Además, claro, del interés que tiene marcar metas cuantificables, aunque sean pocas y todos sepamos que si no se cumplen ningún culpable pagará por ello. El deseo es lo que mueve el mundo y las personas. Una buena meta, perseguir el deseo.

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  2. joseaveatar

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