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Miguel del Arco y la zarzuela: ¡Cómo está Madriz!

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“Stay hungry, stay foolish.”

La puesta en escena de ¡Cómo está Madriz!, ha causado un maremoto lírico sobre el que conviene reflexionar desde la perspectiva de los públicos, del desarrollo de audiencias.

Miguel del Arco, al que siempre hay que reconocer hambre de cambios y valor para capitanearlos, ha montado un espectáculo zarzuelero difícil de olvidar. Dos piezas de finales del XIX –La Gran Vía y El año pasado por agua– unidas con nuevos textos, traídas al hoy más rabioso y puestas en escena sin complejos y rebosando humor. Bueno, hay que recordar que las obras de Chueca y Valverde ya eran críticas y satíricas en su momento, como lo era buena parte del género chico. Como anécdota recordemos que Nietsche, sí, Don Federico, cuando escuchó La Gran Vía en Turín quedó prendado de la opereta, y del valor y la genialidad inclasificable del número musical de “Los ratas”.

Difícil, muy difícil no pasarlo bien con este “experimento” y no encontrar referencias al presente de las que ayudan a interpretarlo…, y a comprobar que hace casi ciento cincuenta años buena parte de los problemas de corrupción –general y municipal- estaban bien presentes en Madriz.

Claro que esa visión ha molestado –a veces hasta el extremo- al público habitual de zarzuela, acostumbrado al gusto de la repetición del repertorio sin cambios o con leves y cosméticas modificaciones. Un público que podríamos decir de siempre y que los estudios demoscópicos ubican en la franja de edad superior a los 60 años. Un público que tiene sus derechos, que conoce perfectamente el repertorio y que es fiel a él. Pero un público progresivamente más escaso, y cuyo número cada vez justifica menos la pervivencia del género.

Lo que han hecho Del Arco y el Teatro de La Zarzuela, podría ser analizado desde la perspectiva de la gestión de públicos. Uno de los objetivos del desarrollo de audiencias, como herramienta fundamental del marketing de Las Artes, es el aumento de espectadores y en particular el acercamiento de nuevos y más jóvenes públicos, y el mayor consumo e implicación de los actuales. Incluso asumiendo que la oferta de programación de zarzuela, y otras expresiones escénicas, forma parte de un servicio público recogido en la Constitución, su legitimidad viene dada por el número de personas que lo utilizan. Así que todos cuantos amen la zarzuela y su pervivencia en el ecosistema escénico español, deben estar preocupados por el futuro de esa expresión, y por lo tanto del número de personas que la siguen.

Para los espectadores clásicos y los aficionados actuales, la defensa del repertorio es lo esencial. Para ellos la ampliación de la experiencia y la novedad que propone Del Arco generan incomodidad, y desasosiego, hasta el punto de que algunos de ellos abandonaban la sala e incluso boicotearon una de las funciones. El problema de fondo es que sin introducir novedades y alterar el modelo, sin una profunda innovación, lo que es seguro es que no se acercarán nuevos públicos.

La zarzuela –también otras expresiones- plantea a los nuevos y jóvenes públicos unas barreras históricas relacionadas con la edad (es cosa de “viejos”), los códigos formales de acceso (no es para “nosotros”), el tipo de oferta misma (es largo y aburrido) y hasta el precio (es muy caro). Para los hipotéticos nuevos espectadores, la zarzuela produce sin duda temor al aburrimiento, distancia por desconocimiento, y una barrera añadida, la falta de interés en el entorno social de los posibles y futuros clientes: menos del 3% de los espectadores van a la lírica al menos una vez al año.

Esas barreras hay que demolerlas sin piedad si se quiere abrir este género a nuevos y más jóvenes públicos. Le decía a Miguel del Arco cuando le felicitaba por su apasionada y apasionante propuesta que yo dudaba que pese al esfuerzo -y al esfuerzo continuado-, la zarzuela pudiera atraer al publico joven. Pero de lo que no tengo duda alguna es de que si no se hace ese esfuerzo, la zarzuela tiene fecha de caducidad, tal y como hoy la conocemos, en su formato escénico.

Si desde una institución pública, en realidad desde cualquier organización, se quieren incorporar nuevos públicos, hay que avanzar en varias direcciones. La primera es la oferta, que debe estar adaptada a la actualidad, con productos en los que se destaquen los vínculos con el presente, su utilidad, su placer, su divertimento… Son muchas las cosas que se pueden hacer en esta dirección y ¡Cómo está Madriz! propone con éxito algunas de ellas, a las que deben unirse los formatos, duraciones, protagonistas… Otra dirección es la forma de comunicarla, que ha de adecuarse a los mecanismos empleados por quienes queremos que vengan. Sistemas que sirven para que vengan los ya aficionados no serán útiles para los que no lo son. Las redes sociales pasan a ser capitales.

Cuidado, ya sabemos que cualquier política de programación lírica debe caminar con los pies del presente (los públicos actuales), y del futuro (los públicos que han de venir). Y los responsables de programación han de ofertar producciones nuevas, adaptadas y acordes a los nuevos códigos de recepción, al tiempo que han de defender el repertorio y conservar los públicos actuales.

A éstos últimos les queda defender el purismo sabiendo que pertenecen a la gloriosa estirpe del último mohicano, o que reciben con los brazos abiertos a los nuevos compañeros de asiento, aunque lleven rastas y sean sus hijos. O más bien por eso.

Ah, una última anécdota. Hace casi veinte años acudí a un debate internacional sobre producción organizado por SGAE. Un productor de musicales norteamericano, ante una pregunta sobre el incipiente éxito que en nuestro país estaba teniendo el género musical, dijo con énfasis que ellos habían tenido que crearlo pero que en España existía un género musical propio, característico y de calidad que solamente necesitaba ser adaptado y puesto al día: la zarzuela. Supongo que en aquel momento todos los asistentes tomamos como un piropo la respuesta y la olvidamos de inmediato. En España siempre hemos tendido a minusvalorar lo propio obnubilados por el glamour ajeno, convencidos de que somos un pueblo al que queda siempre largo trecho para ser desasnado. Si viajáramos algo más comprobaríamos que en todas partes cuecen asnos, pero que aquí lo publicitamos.

Pues eso, Miguel, como decía Steve Jobs haciéndose eco de la famosa frase del Whole Earth Catalog (¡1971!), stay hungry, stay foolish.

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De Fernando Bernués a Asier Etxeandia: Max, la casa grande del teatro

Como cuando le vi por primera vez en El intérprete, ayer, al salir de la ceremonia de los Premios Max, iba yo bailando por la calle esperando que mis pies me llevaran a no sé dónde, qué más daba después de asistir a una fiesta de lujo con un final feliz, energético y que te recuerda movimientos olvidados en las caderas del alma.

Sí, Asier Etxeandia, cerró con su famosa coreografía el encuentro de las artes escénicas de España. Un encuentro que mostró el estado de gracia creativo en el que se encuentra, y que plasmó su director, Fernando Bernués, con belleza y plasticidad a raudales con la danza como motivo permanente. Todo, la decoración, el uso del espacio, las coreografías y los intérpretes, la iluminación y los recursos audiovisuales, todo, brilló en el Price. La selección artística fue deslumbrante: un despliegue, casi una borrachera. La danza da mucho, más si es magnífica: Brodas Bros, Funamviolistas, Losdedae, Compañía Nacional de Danza, Kukai Dantza (¡Qué aurresku!), Larumbe (¡Qué flashmob!), Compañía de Antonio Gades… Y es que con belleza y plasticidad, con buena música y con argumento las historias fluyen como un río guapo sobre el que flotan los mensajes.

Sin conductor/a, las palabras de la gala quedaron en manos de los agradecimientos, tan a menudo largos y leves, siempre onanistas, siempre renuentes al interés del espectador, a veces hasta puntualmente mal educados, como exabruptos lanzados como piedras (¿¡puto PP!?). Recordemos estas cosas para que no se repitan.

Pero las más de las palabras, otros agradecimientos, aprovecharon para recordarnos los momentos de cambio esperanzado y también de dolor que vivimos: cambios políticos, de movimientos de alfombras, de los que muchas gentes esperan beneficios netos para los humildes; momentos también de dolor, por las fronteras cerradas de Europa ante las que se acumulan quienes huyen del mal. Lluis Pascual y Pepe Viyuela nos lo recordaron, este último además, nos trajo a la memoria a los titiriteros encarcelados unos días hace unos meses. Gracias. El teatro es memoria buena. También fueron memoria y aviso para navegantes futuros las abundantes referencias a la necesidad de protagonismo de la mujer en la creación. Conejero, en su agradecimiento, reclamó para su hija, si un día quería dedicarse a escribir, las mismas facilidades y dificultades que él mismo. Bien.

El ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, que tiene mucho más humor y aguante que su predecesor, estaba junto al nuevo y por los pelos, presidente de SGAE y a menos de un metro de la concejal madrileña de lo mismo, Celia Mayer: ¿Hablarían de errores, de ivas, de necesidades culturales de los ciudadanos acaso? No creo. Junto a ellos, Pablo Berástegui, que comanda la capitalidad cultural europea de Donostia, tan presente en estos premios, me decía que la versión que se prepara para el verano del Sueño de una noche de verano, se haría en el parque de Cristina Enea, junto a Tabakalera, y en la organización participará el Basque Culinary Center. Porque los Max sirven también para verse –ahí estaban cerca, Santi Eraso, Jesús Cimarro, Alonso de Santos, Elisa Sanz…-, cada vez más guapos y guapas por cierto: apenas vi pantalones vaqueros, pero me harté de ver pajaritas a juego con bellos pañuelos de bolsillo (Ángel Ruiz). Y es que las gentes de las artes escénicas parecen haber entendido la necesidad de que fuera del escenario también transmitamos belleza, estética adecuada, y si es necesario, glamour.

Y hablando del logos, allí estaba Manuel Aguilar, presidente de Fundación SGAE con un bravo discurso, comprometido con la cultura y con el autor. Me gustó que tradujera el free inglés en sus dos acepciones-libre y gratis- para reivindicar que los creadores necesitan vivir de su trabajo y cobrar por él.

Lola Herrera, Max de Honor, presentada con silbo gomero, recomendó pasión, pasión para vivir y vivir bien. Y Marián Osácar, alma de FETÉN, recogió un merecidísimo Max. Fetén, Marián.

Y ya en el mejunje, qué decir. Que la salud de las artes escénicas es buena. Los espectáculos tienen calidad y retoman la senda del crecimiento, detenido abruptamente por la crisis y el maltrato político. La dramaturgia joven apresta su incorporación a los grandes nombres sin recato alguno, qué bien. La piedra oscura, de Alberto Conejero, dirigida por Messiez y con Daniel Grao y Nacho Sánchez de intérpretes, se llevó la cesta llena de los mejores halagos incluido espacio e iluminación. No sorprendieron. Tampoco sorprendió la calidad de otro espectáculo premiado, Pinoxxio, de la valenciana compañía Ananda Dansa, con coreografía de Rosángels Valls y Toni Aparisi. Pero sí fue sorprendente la cesta completada por este espectáculo infantil que batió en categorías abiertas –no específicamente de teatro infantil o familiar- a obras vistas en directo, es de suponer, por muchísimos más académicos que o no tienen hijos o los tienen en edades en que no consumen ese teatro. Los sistemas de votación de los Max deben atender a estas situaciones en las que el merecido entusiasmo por un espectáculo, o por alguno de sus promotores o protagonistas, “arrastra” el voto en categorías en que por pura lógica no les debiera ser fácil competir. Lean el listado de premios y entenderán lo que digo.

La Academia de las Artes Escénicas, estuvo presente esta vez en el logos de casi todos los galardonados. La Academia ha de seguir su largo camino de crecimiento y hacerlo en modo abierto para alcanzar la representatividad verdadera del conjunto del sector y no solo de los académicos.

Gloria y loor a los Max. Loor a la organización, perfecta. Gloria al teatro y la danza, herramientas inconmensurables de transformación individual y de conciencia colectiva.

Ah, Asier: como el teatro, tú te me dejas querer. Todavía sigo bailando… ¡y estoy en la oficina! (Pero nadie me lo nota, que muevo los pies bajo la mesa y tarareo bajito)

 

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Manifiesto personal de amor al teatro

"Ana el once de marzo", de Paloma Pedrero. ´Producción elmuro, que actualmente hace temporada en el Teatro Español, hasta el 10 de abril.

«Ana el once de marzo» de Paloma Pedrero. Producción elmuro y actualmente en el Teatro Español hasta el 10 de abril.

El teatro es la representación de nuestras emociones, de nuestras fragilidades y pasiones, de nuestros deseos y miedos más profundos, en un encuentro colectivo en el que son tan importantes, tan imprescindibles los intérpretes y creadores como los espectadores.

El teatro, es un juego, y desde que nació, en los orígenes mismos de la colectividad humana, alienta nuestros anhelos. Y lo hace ante nosotros y con nosotros en una ceremonia que por más que se repite siempre es diferente.

El teatro es un reflejo, y al mostrarnos en el espejo, ayuda a la reflexión, a la comprensión y la aceptación del otro, a la articulación de la diferencia entre los seres humanos como un tesoro. De todo tipo de diferencias. Por eso, el teatro, es capaz de cambiarnos individual y colectivamente, mejorar la convivencia desde la diversidad.

El teatro es magia, porque ayuda a transformar el dolor en belleza, la frustración en esperanza, la injusticia en energía colectiva de cambio. Ayuda a entender las diferencias y aceptarlas con alegría y como enriquecimiento.

El teatro es memoria, y al serlo entrega a cada generación el testimonio de cómo ha sido el camino recorrido por la humanidad hasta aquí, sus hallazgos, las piedras encontradas y las caídas, las rupturas y las reconciliaciones.

El teatro es reclamación y es futuro; en un mundo en el que cada día es preciso plantar cara a la injusticia para seguir recibiendo honorablemente el calificativo de ser humano, el teatro es vida, y ladrillo, y cemento y herramienta, y por ello puede cambiar las cosas desde la humildad de la dimensión humana, de pequeño albañil del porvenir, de proveedor de conciencia colectiva.

Por eso, simplemente, el teatro es fuerza y energía que puede.

Viva y viva siempre el teatro

Goratagorabetiantzerkia

Viscay viscasempreel teatre

Viva e viva sempre o teatro

 

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En democracia las formas son casi todo: el cese de Pérez de la Fuente

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Juan Carlos Pérez de la Fuente llegó a la dirección del teatro Español mediante un concurso. Por primera vez en la historia madrileña un responsable de un centro público accedía a la dirección habiendo pasado la evaluación y proceso de selección de un jurado compuesto por siete profesionales de las artes escénicas. Las bases del concurso marcaban que ese jurado pasaría una terna al ayuntamiento para que entre esos tres nombres fuera elegido/designado el nuevo director de los teatros municipales.

No se discute aquí si aquel concurso fue un maravilloso y transparente proceso de selección. En su momento nadie lo denunció formalmente. Por mi parte, escribí entonces que un proceso incompleto o deficiente es mejor que una designación, digital sistema por el que habían llegado hasta ese momento todos, subrayo, todos, los directores del Español.

Este lunes, Santiago Eraso, por quien cuando fue designado expresé mi respeto profesional -igual que subrayé mi extrañeza crítica porque su puesto no fuera cubierto por concurso-, ha anunciado el cese de Pérez de la Fuente.

Cuando más necesitada está la cultura, y la gestión de la cultura, de diálogo y entendimiento a favor de los ciudadanos y en contra de la parálisis que atenaza a Madrid, se opta por el cese, denominación que me recuerda a pasados sombríos: aquellos en que las diferencias se solucionaban con el dedo del poder.

A muchos no les gusta la gestión de Pérez de la Fuente, probablemente a tantos como la considerarán profesional. Pero no se trata de eso, sino de los modos, de las formas con que las decisiones se toman en cultura. Alguien que llegó por concurso –mejor o peor, pero concurso- no puede, no debe ser cesado, al menos sin antes tratar de llegar a acuerdos y cambios de modelos, siempre menos perjudiciales para el funcionamiento de las instituciones.

Los responsables municipales actuales, elegidos democráticamente, tienen derecho a que los gestores provenientes del anterior gobierno por concurso y con contrato en vigor atiendan las sensibilidades políticas de la nueva mayoría social. Pero la solución de ese desajuste temporal ha de buscarse mediante el acuerdo para beneficio del conjunto de la ciudadanía. Y cuando llegue su momento, mediante la convocatoria democrática de nuevos procesos de elección que mejoren los anteriores.

Hace apenas un mes escribía reclamando mecanismos democráticos de acceso a los cargos públicos culturales. Por cierto, a todos los cargos públicos culturales relevantes, no electos. Ahora se comunica que el proceso de elección de los nuevos tres responsables, será transparente y abierto, streaming incluido. ¡Qué bien: que las defensas y las evaluaciones sean públicas, sí! Pero la gestión democrática exige también acuerdos, debate, diálogo, encuentro. Y el cese es la antítesis de esos términos.

Tal vez si conociéramos la política cultural que Ahora Madrid quiere hacer…; tal vez si conociéramos en profundidad los argumentos para el cese de Pérez de la Fuente…; tal vez si se tuviera en cuenta al tejido social y cultural de la ciudad para este tipo de decisiones…; tal vez si… Pero no ha habido tal vez, solamente cese es la palabra dominante en la información.

Hace apenas diez días, hablaba también en este blog de la imprescindible convocatoria y puesta en funcionamiento de un Consejo Municipal de Cultura. De existir, este tema se hubiera sin duda resuelto mejor.

(Desgraciadamente este precedente puede abrir la puerta futura a otros ceses, a más ceses, cuando alcancen el gobierno corrientes políticas otras, y los nuevos regidores no quieran esperar a los plazos estipulados en los concursos para que, por lo tanto, los gestores elegidos puedan cumplir sus contratos. Será un desastre más para la cultura; y, sobre todo, para los ciudadanos.)

Alcanzar el poder es relativamente fácil: son siempre los ciudadanos quienes deciden. Gestionarlo democráticamente poniendo a los ciudadanos por delante de las querellas se antoja tarea heroica. Y no parece que haya muchos héroes a la vista.

 

NOTA: Ya se barajan nombres par ocupar los puestos de gerente del teatro Español (¿sin concurso público?), y de directores de los espacios. El cese está todavía caliente pero ya se está repartiendo las vestiduras del cesado. Me avergüenzo íntimamente de estas situaciones en las que lo único claro es el poder. Y allí, a lo lejos, los ciudadanos, sus derechos, sus intereses.

 

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Consejo Municipal de Cultura: La participación ciudadana, camino y meta. 2

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Uno de los mensajes centrales con el que el actual equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid llegó al poder era el de la participación de los ciudadanos en la tarea de gobierno. Solo así, decían, se cambiaría el modelo de gestión habido en Madrid las últimas décadas. Un cambio de modelo necesario y urgente.

Nueve meses después de la constitución del ayuntamiento, y en lo que respecta al mundo de la cultura, no se han dado pasos consistentes en la dirección de fomentar y articular la participación ciudadana. Y promover y organizar la participación es la prueba del nueve de que se gobierna para todos los ciudadanos, y no solo para los propios. Da la impresión que el mensaje de participación se transforme, en cuanto se alcanza el poder, un recurso retórico, huero. Lástima, porque, como reconoce la alcaldesa, Manuel Carmena, parte del actual equipo, proveniente de la acción política de base, requiere de conocimientos ajenos para mejorar su limitado conocimiento de los mecanismos de gestión pública. Un Consejo Municipal de la Cultura, conformado por asociaciones y profesionales expertos reconocidos, podría ser en estos momentos de una ayuda enorme. Porque, a través de la participación podrían alcanzarse al menos dos objetivos urgentes para el actual equipo: informar, contrastar y transmitir su política antes de aplicarla, y disponer de asesoramiento experto y de ojos que la analicen y enriquezcan.

Desgraciadamente el poder parece convertir a cuantos lo alcanzan en duros de oído a razones ajenas y en gestores altivos; incluso más aún cuando carecen de la suficiente experiencia en gestión pública para acometer la ingente tarea de servir a varios millones de ciudadanos en sus necesidades más cercanas.

En fin, que se impone urgentemente, muy urgentemente, la creación de un Consejo Municipal de Cultura en Madrid. Un consejo en el que estén representados los movimientos culturales organizados en asociaciones, y aquellas personas expertas y profesionales que puedan aportar valor al diseño y la ejecución de la política cultural municipal. No es una iniciativa original: en España son decenas los consejos creados en los últimos veinte años. Tecleen en cualquier buscador de internet.

Las tareas de un consejo municipal son tan necesarias y elementales que sorprende que anteriores equipos no lo hubieran puesto en marcha: esa es su responsabilidad. Pero si no lo hace el actual equipo dará alas a cuantos piensan que su discurso participativo era impostura y solo buscaba atraer votos y acercarse al poder.

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Nunca te releas si rehúyes la melancolía

Man Reading Book and Sitting on Bookshelf in Library --- Image by © Royalty-Free/Corbis

 

1.- Los concursos en la gestión cultural pública

Rara vez releo lo que publico: como no puedo corregirlo, es mejor considerar lo escrito como poseído por un papel volandero que, llegue a donde llegue, jamás podrás ya alterar porque pertenece a quien lo lee.

Con motivo de los rumores de cambios en la dirección del Teatro Español y las Naves del Matadero de Madrid, he releído, sin embargo, lo que escribí hace apenas nueve meses –mayo de 2015- justo antes de las elecciones, y otros post en los que proponía fórmulas de democracia cultural municipal, mecanismos democráticos de acceso a los cargos públicos, e incluso la creación de un Consejo Municipal de Cultura.

Releer mis propias letras me ha producido una incontenible melancolía, cercana a la tristeza. No, a la desesperanza no. Tristeza, por lo lejos que aún queda el siguiente paso en el camino de la democratización de la cosa pública.

Me voy a detener hoy, simplemente en el tema de cómo se debe elegir a los responsables, cuáles son los mecanismos para seleccionar a los directores o gerentes de las instituciones públicas. Decía entonces que esos procesos deben ser organizados globalmente siguiendo una serie de pasos lógicos e ineludibles si los responsables políticos usan la palabra democracia para algo más que enjuagarse la boca con ella.

Primero, su política cultural debe ser clara y conocida, sus objetivos en la gestión de los servicios públicos culturales han de ser explicitados previamente, y han de estar presentes en la convocatoria de selección. No se elige a alguien para dirigir un teatro, sino para hacer determinada política cultural en ese teatro.

En segundo lugar, la convocatoria del proceso de selección ha de ser pública y publicitada ampliamente para garantizar la libre competencia de los candidatos.

En tercer lugar, será obligatorio para los candidatos, presentar un proyecto de gestión integral, que incluya objetivos, planes marco de comunicación y marketing, de financiación, de participación, de gestión de equipos… Su perfil habrá de contener los matices profesionales que el trabajo demande, y que como reclama la contemporaneidad, van mucho más allá de saber de arte y cultura. Sus proyectos serán de conocimiento público para que organizaciones y ciudadanos puedan conocerlos.

Cuarto, el proceso de selección ha de ser democrático, transparente y evaluado públicamente por un jurado capaz, competente e independiente. Cada candidato defenderá públicamente su proyecto de gestión e igualmente pública será la evaluación.

Quinto, la persona elegida y finalmente designada por el poder político al que competa la decisión final, suscribirá un compromiso de ejecución del proyecto presentado, con las adendas que se incorporen en el proceso. Ese Contrato Programa le comprometerá y establecerá las condiciones y obligaciones de las partes.

Sexto, los responsables elegidos presentarán anualmente un Informe balance de su gestión en relación con los objetivos recogidos en el Contrato Programa, que será público y auditado por profesionales independientes.

 

La elección de cargos políticos de gestión en España va del rosa al amarillo, de la oscuridad más absoluta a la proclama del democraticismo más obcecado. El camino es más sencillo, pero no menos exigente: para quienes tienden al rosa, y para quienes tienden al amarillo.

Remover la elección del actual responsable del Teatro Español, salido de un proceso imperfecto y manifiestamente mejorable, pero proceso al fin, frente a la habitual designación digital, es dar un paso atrás.

No digo nada nuevo. Simplemente repito, me repito. He ahí el origen de la melancolía.

En unos días el post 2 de esta miniserie: ¿Para cuándo el Consejo Municipal de Cultura?

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Expediente Guadalajara: ciudadanos que hacen Cultura

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Hace unos días se clausuró el Festival de Cine Solidario de Guadalajara FESCIGU, un encuentro en torno al cortometraje sensible con lo que pasa en el mundo. El año pasado desde elmuro apoyamos ese festival aportando patrocinio, y produciendo la gala de clausura lo mismo que este año. Esperen, que lo que les quiero contar va mucho mas allá de la autoloa. El FESCIGU, está organizado por una asociación sin ánimo de lucro –Cinefilia– y su actividad es apoyada por decenas de “nativos” que aportan esfuerzo y pasión para que tenga éxito. Y éxito es que cientos de creadores envían sus cortos y requetecortos desde España, y también desde otros muchos lugares, algunos muy lejanos; éxito es que miles de personas cada año acuden a ver esas películas a lo largo de la primera semana de octubre llenando el Auditorio Buero Vallejo; éxito es que muchísimos escolares se acercan a este tipo de cine por primera vez a través de este festival.

Unos días antes, el miércoles 1 de octubre, asistí como invitado a la presentación de los 25 años del Tenorio Mendocino; una representación popular que se celebra por Todos los Santos en exteriores de edificios relacionados con los Mendoza de la capital alcarreña, promovida por la asociación Gentes de Guadalajara. Durante meses ensayan decenas de actores no profesionales que dan su carácter a los principales personajes de la obra de Zorrilla, y movilizan cientos de personas para la figuración y equipos técnicos y de organización y producción. El resultado, magnífico en lo artístico, es visto las dos noches en que se representa por miles de espectadores que siguen las escenas por los rincones bellos de la ciudad. El Tenorio Mendocino se ha convertido en un referente ciudadano de primer orden y uno al verlo tiene la gratificante emoción de contemplar cómo algo se está convirtiendo en tradición ante sus ojos.

En torno al final de la primavera, desde hace la intemerata -24 años-, también en Guadalajara, se celebra el Maratón de los Cuentos, promovido por otra asociación, el Seminario de Literatura infantil y juvenil. Una iniciativa que canaliza y estimula el empuje y la participación ciudadana. Las muchas actividades del Maratón, y los Viernes de los cuentos durante el año, dinamizan y acercan la literatura y la narración a miles y miles de personas, particularmente de niños, en una tarea asumida por los propios vecinos organizados.

En la misma ciudad también, la Fundación Siglo Futuro forma parte desde hace décadas ya de ese tejido asociativo que ha decidido aportar su esfuerzo a la ingente tarea de hacer de la cultura y el arte lugares de encuentro y de crecimiento ciudadano. Decenas de conferencias, conciertos, actividades de divulgación para las que la asociación busca bajo las piedras fondos con los que mantener su oferta anual.

Son cuatro de las más relevantes actividades cultuales que cada año nutren a los ciudadanos, a las que se suman otras muchas de menor perfil, claro. A ello hay que añadir la actividad cultural promovida por el ayuntamiento y cuyo buque insignia es el Auditorio Buero Vallejo. Pero sin lo que aquellas asociaciones hacen, nada sería igual en esa ciudad. Visualizarán mejor su relevancia si trasladáramos proporcionalmente tamaña actividad a cualquier otra ciudad de mayores dimensiones: como si los festivales de Jazz y de cine de mi querida Donostia los organizaran asociaciones sin animo de lucro, vamos.

¿Por qué cuento esto? Porque la esencia de la cultura es que las gentes asuman no solo el honorable papel de consumidor, sino el imprescindible papel de generador. La cultura ocurre porque alguien la hace, y cuando son asociaciones ciudadanas sin ánimo de lucro, como en el caso guadalajareño, o grupos de personas que toman sobre sus espaldas la noble tarea de “hacer”, tenemos ante nosotros el perfecto ejemplo de la democracia cultural, esa que se hace porque las personas la hacen, y no sólo o principalmente porque las instituciones la pagan.

La cultura de la queja, expresada en nuestro país tantas veces por esa mirada hacia otros, hacia las instituciones responsabilizando de situaciones o demandando dinero o medios, deja paso aquí a la cultura de la responsabilidad ciudadana que asume sin buscar el beneficio económico que las cosas ocurrirán si quienes las desean las ponen en pie. Que la maravilla no es tener dinero para comprar en el mercado cultural, sino tener el deseo y el talento de hacer cosas –actividades culturales- para tus conciudadanos.

A las instituciones públicas, tan celosas de su poder, les queda el mandato constitucional de promover la cultura, que no es otro en relación a lo que hablamos, que facilitar los medios para que los ciudadanos asuman cada día más responsabilidad en su propio devenir cultural.

El caso de Guadalajara es un ejemplo. Un ejemplo de cuya trascendencia probablemente ni sus protagonistas, ni por supuesto las autoridades locales, son conscientes.

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Ana Diosdado: una dramaturga

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Mujer de raza, de las que contiene en un fino y frágil cuerpo una energía y una determinación inconmensurables, ha muerto dulcemente en su puesto en la directiva de SGAE, durante una reunión, acompañada en el final por la mano amiga de Paloma Pedrero.

Esta primavera me llamó para que fuera al estreno en el Lienzo Norte, de Ávila, de “El cielo que me tienes prometido”, la obra que había escrito con motivo del centenario de Teresa, la mística abulense. Consumida por el mal, pero fuerte y sin una sola queja, recibió feliz la ovación tras el final y luego, ya en petit comité, charlamos con un vino en la mano de futuro; como siempre: con ella siempre se hablaba de planes.

Ana Diosdado no solo era una gran autora teatral, era el mascarón de proa de un cambio producido en el teatro español a comienzos de los ochenta, casi en medio de la Transición a la democracia. Y ese cambio, revolucionario por radical, consistió en que las masculinas murallas de la escritura teatral se abrieron al toque de trompeta de una brava mujer, sí, una mujer, que osaba no solo a competir en un territorio reservado a las corbatas, sino que, además, abordaba temas y creaba tramas y personajes desde una perspectiva hasta entonces casi ausente en la dramaturgia española.

Porque ésa es precisamente la clave de su aportación y lo que hay que recordar en estos momentos en los que los tópicos suelen flotar por encima de las grandes verdades. Se dice tantas veces que no importa el género de los autores y que lo que importa es la calidad, que se olvida que eso se suele afirmar partiendo de un molde masculino, acuñado por hombres que deciden lo que es y no es canónico, que dice que hay temas y personajes importantes, y temas y personajes poco relevantes. La perspectiva desde la que buena parte de las mujeres autoras escriben no es la de los grandes personajes, reyes, políticos, líderes o celebridades, ni sus temas son la guerra, la ambición, la política o el triunfo. No, ellas suelen elegir personas humildes, héroes a menudo anónimos, incluso osan convertir en protagonistas de sus obras a mujeres. De pronto, la vida representada en escena, se abre a una mirada diferente, y se abordan temas cotidianos, más cercanos a la medida de lo humano y no de dioses o héroes. Relean “Usted también podrá disfrutar de ella”, “Cristal de Bohemia” o “La última aventura”. No ceo en el teatro de género, pero sí creo en que muchas autoras tienen una mirada propia muy difícil de impostar por los autores. Es su aportación específica, sin la que el teatro quedaría incompleto.

Por eso, y por tantas otras cosas, gloria a Ana Diosdado, honor a la dramaturga.

PS.: La muerte de Henning Mankell, también dramaturgo y novelista, el mismo día y casi a la misma hora que Diosdado, convierte esta pena en pareada. No se me ocurre mejor homenaje que releer inmediatamente alguna de sus obras. De Ana, Usted también podrá disfrutar de ella; de Mankell tal vez Antes de que hiele, o El chino.

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Mucho más que teatro joven. Mucho más que Coca-Cola

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Unos compases de violín que inexplicablemente descubren en nosotros emociones imprevistas; unos versos de Neruda que devuelven a la memoria vívidamente amores, tal vez perdidos, tal vez recién hallados; unas frases de Shakespeare que nos ayudan a definir pasiones humanas y a entenderlas; un cuadro de Klimt, de Leonardo o de Goya que son ventanas abiertas a mundos imaginados; una interpretación del Cyrano que nos alinea con los planetas del orgullo y la humildad con una leve mirada a una luna pintada… Estas y otras muchas experiencias artísticas no están al alcance de todos…, todavía. Pero todos y cada uno de cuantos formamos parte del género humano estamos dotados para ese contacto inefable, para gozar y descubrir en concretos momentos territorios que solo el arte transita. El hecho cierto de que estamos dotados también para crear maldad y horror hace todavía más importante el arte.

Es verdad que la felicidad no depende del nivel del contacto con el arte. En el mundo y en su historia millones de personas han conocido el amor y la alegría sin leer, disfrutar de un cuadro, o asistir a un concierto o una obra de teatro. Pero también es cierto que hay cosas que existen en el mundo, que solamente se pueden entender y vivir en todas sus dimensiones desde el arte: la belleza sobrevenida, el llanto sin razón aparente, la comprensión de un arcano que nos atenazaba…, quedan develados en ese momento inefable, que, como dice el verso de Lope, “quien lo probó lo sabe”.

Estos días se celebra la Semana del Teatro Joven y un centenar de ellos traen a Madrid cuatro obras selectas, las que un competente Jurado Nacional ha destacado sobre las 338 presentadas, récord de su historia. Cien jóvenes que representan a muchos miles que, además de atender a sus tareas habituales, han ensayado durante meses, en equipo, han memorizando papeles y entrando en la piel de personajes lejanos a ellos…, y luego han representado las obras ante miles y miles de espectadores. Probablemente, además, han descubierto rincones propios que desconocían y que les ayudarán en la vida. Estos días, también, un puñado de profesores, en nombre y razón de muchos cientos de ellos que impulsan en silencio el teatro de base, están en Madrid en el Campus Coca-Cola de Teatro Joven.

Más allá de la relación beneficiosa entre una marca comercial y el teatro juvenil en el que las partes dan y reciben, la colaboración tiene la importancia decisiva de acercar el arte a las personas, proponerles una herramienta diferente, específica y especial para mirar el mundo y entenderlo algo mejor.

Se dice muchas veces que el arte cambia a las personas y que solo por ello merece ser vivido, y por ello solo merece el apoyo de instituciones y empresas. No sé si cambia a las personas. Lo que sé es que ofrece la oportunidad de que las personas vivan experiencias, emociones, situaciones…, en las que el cambio es posible porque el lugar desde el que miras, el lugar desde el que te ves a ti mismo, es simplemente distinto.

Gloria y loor a jóvenes teatreros y profesores entregados; gloria y loor a las instituciones que apoyan estos Premios “Buero” de Teatro Joven; gloria y loor a Coca-Cola por hacerlos posibles, y al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte por su colaboración. Toda gran transformación parte de uno o varios pequeños cambios. Miles de jóvenes lo intentan cada día haciendo del teatro una palanca guapa. Y encima se divierten. Y encima, divierten a un montón de gente.

Lo dicho, mucho más que teatro. Mucho más que un refresco.

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Veamos los Max en lontananza

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SGAE, la Academia y los premios de las Artes Escénicas

La ceremonia de entrega de los Premios Max trae cada año, junto a las manzanitas y el glamour, un poco de debate, cosa buena. Esta vez la fiesta fue en Barcelona, cada vez más guapa.

Nadie duda de que el teatro y la danza necesitan unos premios que acrediten ante la sociedad la relevancia de estas artes universales y magníficas, tan útiles para entender al ser humano. Unos premios, los Max, que todavía requieren mucho apoyo y afecto, porque es corto en España el sentimiento de defensa de lo propio, necesario para que eso propio crezca y desarrolle sus potencialidades.

Bien, no sé para qué este ex cursus si de lo que quería hablar es de que estuve allí, en el Paral.lel barcelonés y el blog me parece un buen espacio para evaluar someramente, como corresponde a este espacio, cuanto vi.

La organización buena; buena la producción; buena la dirección artística de Esteve Ferrer, que eligió para articular la entrega el obvio tema del Paralelo musical (pues en uno de sus teatros tenía lugar la gala); buena la selección de las presentadoras y entregadoras, y también el leit motiv de la mujer en la escena. Bien. Bien también el discurso de Alonso de Santos, presidente de la Academia de las Artes Escénicas de España, cada día más cercano al factor humano, al factor sabio; aunque nadie explicó por qué la presencia de una institución –la Academia- que no volvió a aparecer en el ruedo. Bien, también, un puñado de discursos hondos, medidos, y bueno que se contuviera la tendencia a la eternización en los agradecimientos a familiares en cuarto grado. Por último, hemos de felicitar a la organización, SGAE, que con su equipo de vigías logró llevar a buen puerto una noche que se supervisa con lupa desde posiciones tirias y desde atalayas troyanas.

Y dicho esto, vayamos con algunos comentarios críticos, primero sobre aspectos que bien podrían servir para mejorar próximas entregas; y después sobre cuestiones más de fondo y por ello buscadoras de reflexión compartida.

Las críticas, de menor calibre, van en forma de pregunta.

¿Por qué siendo la organizadora la sociedad de los autores, el premio que le es propio, el premio principal a la mejor autoría, en vez de ensalzarlo y diferenciarlo apareció algo perdido y rodeado de premios menores?

¿Por qué las ceremonias de los Max no acaban de ser el encuentro anual de los profesionales de la escena con mayor proyección, muchos de los cuales no acuden? ¿No convendría tomarse este punto como objetivo de mejora para el inmediato futuro?

¿Por qué esa magnífica propuesta de hacer de la mujer el hilo conductor de la gala olvidó casi por completo a cuantas no fueran actrices? ¿Dónde estaban las autoras, dónde las directoras, escenógrafas, figurinistas…?

¿No podía haberse buscado para la gala un aire conceptual más joven, fresco y contemporáneo? ¿Alguien cree que en la propuesta artística ese factor era dominante? ¿No hay nadie que piense que ese, precisamente ese, es uno de los factores fundamentales a hacer presente en el futuro de los premios Max? Un tema que se relaciona, al menos en parte, con la presencia de jóvenes artistas consagrados, realmente escasa al margen de los acompañantes de los finalistas.

Hay otras cuestiones a valorar, claro, relacionadas con la definición de las categorías, la falta de lógica de confrontar trabajos de centros dramáticos con el de salas alternativas, o por supuesto de los sistemas de selección y votación de finalistas y ganadores. Pero esto es un humilde post, y no una tesis.

Y por último, dos reflexiones más de fondo.

La primera tiene que ver con una percepción personal, pero compartida, de que la profesión escénica se sigue mirando el ombligo en las grandes ocasiones, y le resulta muy difícil evitar su tendencia al onanismo en esos momentos clave en que tantos cientos de miles de personas nos están viendo. Miren ustedes, si quiero seducir a alguien –y los Max son la noche por excelencia en que el teatro quiere seducir a la sociedad- no le hablo de mis problemas de colon, o de lo mal que me trata el presidente de mi comunidad de vecinos. Le hablo de luz, belleza, me pongo sexi, le guiño un ojo o los dos…, y si en algún momento tengo que hablarle de problemas lo hago comedidamente y desde el humor. Si alguna vez los Max quieren ser un programa visto y disfrutado por millones de españoles e hispanohablantes, los profesionales y los organizadores habrán de entender que esa no es la noche para hablar de los problemas, sino la noche en que nos vestimos para seducir y gustar. Otros momentos, otros lugares, otras personas, tal vez, habrán de afrontar la tarea de la reivindicación política. Ojo, que no digo que no haya que poner el dedo en alguna llaga: digo que hay que elegir las palabras, saber quién está escuchando y saber que el objetivo no es quedarse a gusto con el exabrupto o el titular, sino lograr cómplices y amores en la masa ciudadana. Lograr nuevos y más compañeros de viaje

La segunda reflexión tiene que ver con SGAE y su papel en estos premios. Defiendo con coraje en estos tiempos la necesidad de esa asociación que defiende los derechos de los creadores y se encarga de recaudar sus ingresos, su sustento. La asociación de los autores, esa es la clave. Los Premios Max son los premios para todas las profesiones escénicas, y por ello debieran estar todas ellas implicadas. Hoy, la organización que agrupa y representa a todas las profesiones es la Academia de las Artes Escénicas de España. Hay que agradecer a SGAE su impagable contribución a crear estos galardones, y probablemente ese agradecimiento deberá incluir un estatuto de privilegio en el futuro de los Max, pero convendría plantear a debate –sin prisa, pero sin excusas- esta cuestión de fondo. No soy partidario de que la Academia cree otros premios, pardiez; sino de que asuma sus responsabilidades en la organización de los que hay. Hace un año la Academia nacía, de la mano de un puñado de académicos, y con el apoyo de SGAE –no hay que esconderlo, más bien al contrario-, que continúa a día de hoy, gracias a los cielos. Pero la Academia y SGAE, han de pensar en que la lógica ha de imponerse, más temprano que tarde, y que en cuanto se alcance la mayoría de edad –o incluso, para alcanzarla- los académicos y su asociación habrán de asumir la hercúlea tarea de organizar los Max.

Sirvan estas líneas para promover el debate, para otear el futuro, y mirar los Max en lontananza.

NOTA: “Ojalá este domingo regrese la decencia”, reza desde El País Emilio Lledó, flamante Premio Princesa de Asturias de Humanidades. Bella palabra -“decencia”, que para muchos tiene resonancias éticas, además de las que le atribuye la RAE. No sé si en un día de elecciones se logra tamaño objetivo, pero sí que sería un excelente punto de partida para ver cómo los ciudadanos asumen su tarea de vigilantes de la dignidad y de guardianes de la honradez en la cosa pública, ése y cada uno de los días que sigan al 24 de mayo.

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