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Teatro e investidura: vivan los espectadores

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Una de las acusaciones que los líderes políticos de los cuatro grandes partidos españoles lanzaron al resto en el Debate de Investidura fue la de “hacer teatro”. Ellos emplean ese concepto como impostura, mentira, falsedad; alguno como comedia de enredo, farsa, show, espectáculo o vodevil, qué sinonimia, cielos. Quienes conocemos el teatro sabemos que en una sala oscura los actores son verdad en estado puro, la mayor parte de las veces mucha más que en un atril parlamentario. Sabemos que actuar no es fingir, sino que es poner uno de tus “yoes” en acción. Y no hay mentira en los actores porque la falta de verdad escénica hace increíble su trabajo y los espectadores desertarían de los teatros en masa.

Ellos sin embargo, muchísimos de los políticos profesionales, que desconocen esto por pura incultura, lo entienden al revés. No se dan cuenta de que quienes les escuchamos desertamos de ellos precisamente porque vemos las costuras, la falsedad y el interés por que no se note demasiado la diferencia entre lo que dicen que van a hacer y lo que efectivamente hacen luego. Bueno, no se dan cuenta, o tal vez no les importa que nos vayamos.

Sin embargo, la primera jornada de debate parlamentario sobre la investidura del candidato Pedro Sánchez, provocó en mí otras reflexiones que tenían el teatro como fondo. Sí, porque cada uno de los candidatos, su discurso, sus formas, su tono, se encuadraban a mis ojos en diversos segmentos del teatro español de hoy. Se lo cuento, a ver qué les parece.

A Mariano Rajoy lo ubicaría indiscutiblemente en el teatro decimonónico, con su lenguaje antiguo, su aire antiguo, sus antiguos ademanes, su antigua y aristocrática displicencia sobre los demás. Aliñada faena la suya, sí, pero imposible que formas y mensajes, su oferta “teatral” en definitiva, encandilara más allá de los propios aficionados. Y ni siquiera a todos los propios. ¡Por dios, Mariano, ¿rigodón?!

A Manuel Iglesias -le ahorro el descredito que debe sentir sobre su nombre por el desprecio con que trató al partido que su homónimo fundó-, lo encuadro sin duda en el teatro alternativo, experimental, en el Off: su juvenil altanería intelectual, su yo sé más que nadie y sé más que tú, su aferramiento a un aire juvenil impostado, su adolescente desprecio por todo lo que no sea como él, su fe ciega en que su universitaria receta debe ser impuesta a todos los demás como si fuera la única valida, la sola que merece respirar.

A Pedro Sánchez lo relaciono de inmediato con los defectos del llamado “teatro público”, ese que se hace con fondos de todos a veces dilapidándolos, aseado y frío, correcto y formal, pedagógico y no pocas veces aburrido por previsible, autoconsciente de su responsabilidad cultural, pero sin alma, con muy poca capacidad de entusiasmar.

A Albert Rivera lo encuadro en el teatro comercial de calidad, claramente orientado a gustar a mayorías, camaleónicamente capaz de cambiar de aspecto con el expreso fin de seducir a tirias y a troyanos, atento a las formas externas pero tan a menudo olvidado de contenidos valiosos y profundos, con un lejano aire de vendedor elegante en el lejano Oeste.

Tras el debate saqué la conclusión de que todos tenían algo importante en común, algo malo en común: los cuatro creían que su tipo de teatro era el mejor y debía gustarnos a todos, debía imponérsenos a todos. Como si no les gustara nada que los distintos públicos se mezclaran. Y más allá, que los espectadores debíamos odiar los otros tipos de teatro por su maldad intrínseca, y que en su oferta teatral, sobre todo, no habría sitio para los otros tipos de teatro, para los demás. ¡Vaya mierda, con perdón!

Ciertamente hubo otras intervenciones asimilables a otros tipos de teatro, minoritarios e incluso muy minoritarios, pero que desgraciadamente se mostraban orgullosamente contagiados por los defectos de los grandes otros: onanistas preocupados por sus cosas, por hablar de su libro, e incapaces de asomarse a los gustos y necesidades de todos. Tal vez les influyó en algo el miedo escénico o el ambiente.

Si Patxi López me hubiera dado un minuto, les hubiera dicho a todos que no hay solución si no participamos todos en ella; que no hay teatro sin todo el teatro. No hay libertad de opción si no están todas las opciones de alguna manera presentes. Que todos los espectadores, los que aman el off, los que gustan del comercial, los seguidores de los centros dramáticos nacionales o regionales, y los que se pirran por el teatro demodé, tenemos el mismo derecho a que nuestros gustos y deseos se tengan en cuenta en la proporción en la que asistimos. En nuestros votos.

Menos mal que nadie tiene los suficientes. No quiero pensar en lo que pasaría a los amantes del teatro, de todo el teatro, ya me entienden, si de nuevo uno de esos tipos pudiera decidir por todos.

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Consejo Municipal de Cultura: La participación ciudadana, camino y meta. 2

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Uno de los mensajes centrales con el que el actual equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid llegó al poder era el de la participación de los ciudadanos en la tarea de gobierno. Solo así, decían, se cambiaría el modelo de gestión habido en Madrid las últimas décadas. Un cambio de modelo necesario y urgente.

Nueve meses después de la constitución del ayuntamiento, y en lo que respecta al mundo de la cultura, no se han dado pasos consistentes en la dirección de fomentar y articular la participación ciudadana. Y promover y organizar la participación es la prueba del nueve de que se gobierna para todos los ciudadanos, y no solo para los propios. Da la impresión que el mensaje de participación se transforme, en cuanto se alcanza el poder, un recurso retórico, huero. Lástima, porque, como reconoce la alcaldesa, Manuel Carmena, parte del actual equipo, proveniente de la acción política de base, requiere de conocimientos ajenos para mejorar su limitado conocimiento de los mecanismos de gestión pública. Un Consejo Municipal de la Cultura, conformado por asociaciones y profesionales expertos reconocidos, podría ser en estos momentos de una ayuda enorme. Porque, a través de la participación podrían alcanzarse al menos dos objetivos urgentes para el actual equipo: informar, contrastar y transmitir su política antes de aplicarla, y disponer de asesoramiento experto y de ojos que la analicen y enriquezcan.

Desgraciadamente el poder parece convertir a cuantos lo alcanzan en duros de oído a razones ajenas y en gestores altivos; incluso más aún cuando carecen de la suficiente experiencia en gestión pública para acometer la ingente tarea de servir a varios millones de ciudadanos en sus necesidades más cercanas.

En fin, que se impone urgentemente, muy urgentemente, la creación de un Consejo Municipal de Cultura en Madrid. Un consejo en el que estén representados los movimientos culturales organizados en asociaciones, y aquellas personas expertas y profesionales que puedan aportar valor al diseño y la ejecución de la política cultural municipal. No es una iniciativa original: en España son decenas los consejos creados en los últimos veinte años. Tecleen en cualquier buscador de internet.

Las tareas de un consejo municipal son tan necesarias y elementales que sorprende que anteriores equipos no lo hubieran puesto en marcha: esa es su responsabilidad. Pero si no lo hace el actual equipo dará alas a cuantos piensan que su discurso participativo era impostura y solo buscaba atraer votos y acercarse al poder.

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Nunca te releas si rehúyes la melancolía

Man Reading Book and Sitting on Bookshelf in Library --- Image by © Royalty-Free/Corbis

 

1.- Los concursos en la gestión cultural pública

Rara vez releo lo que publico: como no puedo corregirlo, es mejor considerar lo escrito como poseído por un papel volandero que, llegue a donde llegue, jamás podrás ya alterar porque pertenece a quien lo lee.

Con motivo de los rumores de cambios en la dirección del Teatro Español y las Naves del Matadero de Madrid, he releído, sin embargo, lo que escribí hace apenas nueve meses –mayo de 2015- justo antes de las elecciones, y otros post en los que proponía fórmulas de democracia cultural municipal, mecanismos democráticos de acceso a los cargos públicos, e incluso la creación de un Consejo Municipal de Cultura.

Releer mis propias letras me ha producido una incontenible melancolía, cercana a la tristeza. No, a la desesperanza no. Tristeza, por lo lejos que aún queda el siguiente paso en el camino de la democratización de la cosa pública.

Me voy a detener hoy, simplemente en el tema de cómo se debe elegir a los responsables, cuáles son los mecanismos para seleccionar a los directores o gerentes de las instituciones públicas. Decía entonces que esos procesos deben ser organizados globalmente siguiendo una serie de pasos lógicos e ineludibles si los responsables políticos usan la palabra democracia para algo más que enjuagarse la boca con ella.

Primero, su política cultural debe ser clara y conocida, sus objetivos en la gestión de los servicios públicos culturales han de ser explicitados previamente, y han de estar presentes en la convocatoria de selección. No se elige a alguien para dirigir un teatro, sino para hacer determinada política cultural en ese teatro.

En segundo lugar, la convocatoria del proceso de selección ha de ser pública y publicitada ampliamente para garantizar la libre competencia de los candidatos.

En tercer lugar, será obligatorio para los candidatos, presentar un proyecto de gestión integral, que incluya objetivos, planes marco de comunicación y marketing, de financiación, de participación, de gestión de equipos… Su perfil habrá de contener los matices profesionales que el trabajo demande, y que como reclama la contemporaneidad, van mucho más allá de saber de arte y cultura. Sus proyectos serán de conocimiento público para que organizaciones y ciudadanos puedan conocerlos.

Cuarto, el proceso de selección ha de ser democrático, transparente y evaluado públicamente por un jurado capaz, competente e independiente. Cada candidato defenderá públicamente su proyecto de gestión e igualmente pública será la evaluación.

Quinto, la persona elegida y finalmente designada por el poder político al que competa la decisión final, suscribirá un compromiso de ejecución del proyecto presentado, con las adendas que se incorporen en el proceso. Ese Contrato Programa le comprometerá y establecerá las condiciones y obligaciones de las partes.

Sexto, los responsables elegidos presentarán anualmente un Informe balance de su gestión en relación con los objetivos recogidos en el Contrato Programa, que será público y auditado por profesionales independientes.

 

La elección de cargos políticos de gestión en España va del rosa al amarillo, de la oscuridad más absoluta a la proclama del democraticismo más obcecado. El camino es más sencillo, pero no menos exigente: para quienes tienden al rosa, y para quienes tienden al amarillo.

Remover la elección del actual responsable del Teatro Español, salido de un proceso imperfecto y manifiestamente mejorable, pero proceso al fin, frente a la habitual designación digital, es dar un paso atrás.

No digo nada nuevo. Simplemente repito, me repito. He ahí el origen de la melancolía.

En unos días el post 2 de esta miniserie: ¿Para cuándo el Consejo Municipal de Cultura?

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Organizaciones culturales: mirar más allá del espejo

elmuro-masalladelespejoLas organizaciones culturales en España tienen ante sí el reto de la relevancia: es decir, el de ser relevantes –ellas, por lo que hacen- en la vida cotidiana de los ciudadanos y en la marcha de la sociedad. Más allá de los retos procedentes de la esencia artística y relacionados con auto-exigirse la calidad máxima, el verdadero reto es ser agente activo en la transformación social, de la que cultura y educación son palancas imprescindibles. Ciertamente es un reto que tienen todas las organizaciones relacionadas con la cultura y el arte, en España y en el mundo. Es extendida la conciencia de que cultura y arte –expresiones específicas y diferenciadoras de “ser” humano- tienen la capacidad intrínseca de aportar valor positivo y transformador al conjunto de la humanidad, más allá de las diferencias religiosas, ideológicas y políticas de sus componentes.

La cultura y el arte proporcionan a quienes los disfrutan herramientas de comprensión del mundo inefables y únicas. Porque solo a través de la música, la danza, la pintura, el teatro se accede a determinadas emociones y a la comprensión profunda, íntima, de que el ser humano puede hacer cosas sublimes…, por más que al dejar de sonar la música veamos también la capacidad humana de destruir la belleza y la bondad.

Pero para las organizaciones no es una tarea fácil mirar hacia fuera, hacia su “exterior” social. Principalmente orientadas a la creación o al trabajo con creadores y artistas de todo tipo, se han dejado arrastrar por el ensimismamiento y el placer por el propio trabajo, y solo en menor medida ha jugado en ellas un papel la preocupación por el efecto que su labor tenía socialmente.

Los poderes políticos y económicos de todo tipo, entendiendo y aprovechando esta debilidad estratégica –cuando miras en corto y solamente tus problemas caes enseguida en la fragilidad y la dependencia- han desatendido la cultura y han despreciado esta herramienta de transformación de primera. La sociedad, finalmente ha pagado esa desatención.

Para incrementar la relevancia, paso imprescindible para aportar cualquier valor a la cotidianidad de los ciudadanos, las organizaciones deben introducir en sus misiones al menos dos elementos esenciales.

El primero, poner a los destinatarios de su actividad –sus clientes, sí, pero entendidos también como ciudadanos- en el centro de su actividad, lo que implica escuchar sus deseos, sus preocupaciones, sus intereses, e implica, además, establecer y desarrollar instrumentos reales, operativos de participación y decisión, en las organizaciones y en los procesos culturales. Mirar más allá, por la ventana, en vez de mirarse al espejo.

El segundo, participar en una estrategia común de sector, pero también ciudadana, que favorezca ese papel que la cultura y el arte tienen como motores del cambio social, del cambio en la sociedad. Los valores positivos de la cultura y el arte, que le permiten reducir los conflictos, ayudar a entender las diferencias, favorecer la integración, hacer ciudadanía…, deben conformar una bandera común que unifique a las organizaciones. Y que tenga consecuencias, por supuesto. Consecuencias en la acumulación de energía para presionar para que los presupuestos de las administraciones públicas a la cultura –y su primer escalón, la educación- se incrementen, para exigir una nueva concepción fiscal en la que la creación y el consumo de cultura no sufran impuestos; para conseguir que la cultura sea tratada por los poderes como motor del alma de la comunidad, que es lo que en realidad son históricamente la cultura y el arte.

Lograr relevancia no es sencillo, pero es imposible si las organizaciones ni siquiera se lo plantean.

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Rebuznan, luego cocean: Wally o la cultura

Captura de pantalla 2015-12-18 a las 12.30.02La campaña electoral ha sido una limpieza étnica para muchos temas verdaderamente importantes, arrumbados por el enfangamiento y el engolfamiento en que ha devenido parte sustancial de la política en nuestro país. Hasta la televisión, sobre todo la televisión, ha sido el escenario privilegiado para alcanzar tan bajas metas.

Uno de los temas tan importante como missing es el de la Cultura. Nada sabemos de lo que tirios y troyanos quieren hacer tras las elecciones. Probablemente porque ni ellos mismos lo saben. Casi seguro porque no les interesa lo suficiente para saberlo. Bueno, es cierto que alguno ha hablado de bajar algo el IVA al consumo cultural: todo un alarde de novedad y compromiso. Eso sí, si las circunstancias lo permiten, claro. ¡Como si el IVA fuera el único o el principal problema de la cultura en España¡ Rebuznan, luego pueden cocear.

Lo grave, lo verdaderamente trascendental, no es que los partidos políticos tengan esa escasa consideración con la cultura, el alimento espiritual de las personas y de las sociedades, no lo olvidemos; no, lo relevante e ilustrador de la situación es que cuantos son sensibles a esa componente de lo humano han visto pasar la película electoral sin levantar la mano para preguntar de lo suyo. Lo definitivo es que cuantos sentimos que la cultura son las carreteras por las que transita la imaginación, la creatividad, el alma de las gentes, no hayamos dicho ni pío.

Para más adelante, como tantas otras veces, queda la tarea de centrar el tiro de las exigencias mínimas, ese programa básico del que en muchas ocasiones he hablado, que debería configurar el horizonte de la acción de la cultura y de la sociedad misma para construir futuro.

En el Génesis, Yahveh contestaba a Lot, que le pedía que no destruyera las corruptas ciudades de Sodoma y Gomorra, que no lo haría si hubiese un justo en ellas. Qué metáfora. Hoy, hambriento como me encuentro, admitiría, bajando el nivel de exigencia, que cualquier partido merecería ser votado desde la perspectiva cultural si tuviera tres o cuatro compromisos importantes en su programa; dos o tres compromisos en su programa. Dos o uno. Algún compromiso relevante y diferencial en su programa.

 

¿Con cuáles me conformaría?

Uno, sí, con la bajada del IVA al 4% -porque el alimento espiritual no debe tener impuestos-. Pero el 4% debe aplicarse tanto al consumo, como a la producción, porque quienes generan arte y cultura no deben ser tratados como si se dedicaran a la banca, a la energía nuclear o al tráfico inmobiliario (me limito a recordar la diferencia que para la cultura establece la Constitución). Limitar el problema impositivo de la cultura solo a quienes compran entradas es demagógico y mortífero para los creadores y las organizaciones creativas.

Dos, una legislación que articule, facilite, provoque, ayude… a que los ciudadanos y las empresas colaboren en el devenir cultural. Una ley que facilite la aportación de fondos económicos a la producción de cultura, y que al mismo tiempo favorezca la implicación de la sociedad en el devenir del arte y al cultura en España. Algunos la llaman reduccionistamente Ley de Mecenazgo. Visto lo visto, me conformaría con una que no fuese mala, copiada de algún país de esos de allende Pirineos que nos llevan alguna ventaja en esto.

En realidad sería suficiente con cualquier cosilla: un plan nacional de promoción e impulso de la lectura, la recuperación porcentual en los próximos presupuestos de las cantidades recortadas los últimos ocho años, el acceso a todos los cargos públicos culturales de designación mediante convocatorias democráticas y transparentes y con contratos programa, la presencia en lugar preferente de la cultura en la acción exterior, la incorporación destacada y relevante del arte y la cultura a los medios públicos de comunicación…

Unos pintxitos, vamos, pero que expresen la apuesta decidida por un cambio de fondo en el “hacia dónde” vamos todos y hacia dónde la cultura de España. Porque la responsabilidad de lo que afecta a todos, es esencialmente pública.

 

Casi nada, es verdad. Unas minucias.

Lo dicho, daría mi apoyo a quien prometiera y comprometiera alguna de estas medidas. Una tan solo. Incluso una que oliera a una. Pero, ¿hay un solo (partido) justo?

Como Lot, me preparo para salir de la ciudad este domingo.

Y no volveré la vista atrás.

 

NOTA: Más de un mes sin escribir un post, y mira que había temas, eh, pero los tiempos mandan. Ahora que la dulce Navidad acecha, habrá seguramente tiempo para otro antes de que acabe el año.

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Cultura y empresa, una buena pareja. ¿Bailamos?

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A propósito del I Foro Cultura & Empresa

Se suele pensar que la esencia de la colaboración entre empresas y artes/cultura radica únicamente en que sea beneficiosa para las dos partes. Bueno, es obvio que en su colaboración con proyectos artísticos y culturales las empresas ganan nuevos públicos, mejoran su imagen o encuentran contenidos útiles para sus estrategias de marketing…, entre otros muchos beneficios. Y que, por su parte, las organizaciones y proyectos artísticos y culturales hallan en la colaboración de las empresas sustento para sus iniciativas, cobertura financiera para sus creaciones, difusión, viabilidad y hasta legitimidad.

Pero me parece mucho más relevante afirmar que la colaboración entre unos y otros en torno al arte, a quien beneficia en última instancia es a las gentes, a la sociedad. Más aún en un momento en que los responsables políticos recortan en los presupuestos las partidas destinadas a salud, cooperación, cultura, derechos sociales o educación, es decir, al bien colectivo. Pero, ¿porqué ha de ser importante esta perspectiva para las empresas, a las que siempre se achaca el objetivo esencial del beneficio propio? Voy a dar mi opinión, y para ello es imprescindible argumentar también el valor intrínseco y diferencial del arte y la cultura.

No es difícil definir el arte y sus beneficios; tal vez podríamos decir poéticamente del arte que es aquello que suspende en un instante nuestra rutina elevándonos a un lugar inefable en el que somos conscientes de que la vida es bella, y sobre todo, puede serlo más aún. Solo dejarán de entender lo que digo quienes nunca han sentido todavía un pinchazo íntimo, profundo, por un verso, unas imágenes, una canción, un paso de danza, una pintura o unos acordes de violín, por poner ejemplos variados. El arte, cualquier forma de arte, nos ayuda a entender la complejidad, la profunda belleza, las capacidades del ser humano. El arte, cualquier expresión del arte, permite que entendamos –a veces inexplicablemente- aspectos de la vida y sus lugares más recónditos a los que no es posible acceder de otro modo. El arte representa la complejidad del pensamiento frente a la uniformidad, la unión de las personas a través de la creatividad y la belleza frente al miedo a la diferencia y la diversidad. Las artes, los lenguajes artísticos, representan probablemente la esencia diferencial de ser humano. Más que en ningún otro momento, el arte es socialmente útil cuando las gentes viven momentos de incertidumbre, de violencia e injusticia, de confrontación y abuso de poder. Cuando necesitan ver en los ojos del otro esperanza para todos. Porque el arte y su belleza permiten elevar la mirada del suelo al cielo y posibilita que los seres humanos se reconcilien con su esencia buena. Por eso puede ser tan útil, además de por otras cosas, el arte y la cultura.

¿De verdad que las empresas –conformadas por personas- y muchos ciudadanos, habría que decir- deben permanecer al margen de la marcha global de la sociedad y de su bienestar?

Lo que digo pueden parecer sensiblerías intelectuales. Pero la perspectiva que planteo no es otra que la del beneficio de todos como guía del desarrollo de la sociedad, el manoseado bien común en cuya consecución todos los agentes sociales –instituciones, personas, organizaciones y empresas…- deben colaborar. Y que las artes y la cultura –también la solidaridad, la salud, la educación, el medio ambiente y la vida saludable, entre otros- son un territorio natural para esa colaboración.

Sí, lo que digo parece asignar nuevas tareas, responsabilidades a creadores y artistas y a dirigentes empresariales y empresas más allá de las de lograr que sus propios proyectos sean un éxito mayor basado en la colaboración y el beneficio mutuo. Afirmo que ese nuevo papel determina que en el futuro todos los agentes que participan en el devenir social deben laborar TAMBIÉN, por el beneficio colectivo, por el bien de todos. El principio de que lo que conviene a todos me conviene a mí –y no al revés- conduce en el territorio del que hablamos a que personas, organizaciones y empresas destinen esfuerzos específicos a aportar valor a la sociedad. Mejor aun si es conformando equipos y proyectos conjuntos en los que sinergias de origen diferente se conjugan para producir bienes, para los propios y para todos. Las artes y la cultura forman parte esencial de esos bienes.

El 25 de noviembre próximo va a tener lugar un encuentro, el Foro Cultura & Empresa, organizado por ActúaEmpresa-elmuro, el primero de estas características, que reunirá a directivos de empresas, de grandes empresas, y a líderes de organizaciones y proyectos culturales para presentar públicamente casos de buenas y fructíferas prácticas colaborativas. Allí estarán Mastercard, Adecco, Coca-Cola, AtresMedia, Endesa…, junto a Matadero, Focus, Pentación-Festival de Mérida, Publicis, FCB o la Fundación First Team, entre otros. Asistiremos con toda seguridad a la constatación de que en el seno de muchas empresas empieza a asumirse una cuota de responsabilidad ante el acontecer social, más allá de la consabida RSC; y que en las organizaciones artísticas y entre los creadores hay muchos que piensan en el arte no solo como expresión de libertad propia sino como en un terreno de aportación de valor para otros.

Estoy deseando que llegue ese día y que nos veamos en la Sala Berlanga de SGAE. No te debes perder este baile.

 

P.S: Explicar el valor de la cultura y las artes en la vida de las personas y su poder transformador, no es difícil, pero necesitamos encontrar un lenguaje que haga más objetivable esa descripción. Ahí ando, trabajando en ello.

 

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Expediente Guadalajara: ciudadanos que hacen Cultura

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Hace unos días se clausuró el Festival de Cine Solidario de Guadalajara FESCIGU, un encuentro en torno al cortometraje sensible con lo que pasa en el mundo. El año pasado desde elmuro apoyamos ese festival aportando patrocinio, y produciendo la gala de clausura lo mismo que este año. Esperen, que lo que les quiero contar va mucho mas allá de la autoloa. El FESCIGU, está organizado por una asociación sin ánimo de lucro –Cinefilia– y su actividad es apoyada por decenas de “nativos” que aportan esfuerzo y pasión para que tenga éxito. Y éxito es que cientos de creadores envían sus cortos y requetecortos desde España, y también desde otros muchos lugares, algunos muy lejanos; éxito es que miles de personas cada año acuden a ver esas películas a lo largo de la primera semana de octubre llenando el Auditorio Buero Vallejo; éxito es que muchísimos escolares se acercan a este tipo de cine por primera vez a través de este festival.

Unos días antes, el miércoles 1 de octubre, asistí como invitado a la presentación de los 25 años del Tenorio Mendocino; una representación popular que se celebra por Todos los Santos en exteriores de edificios relacionados con los Mendoza de la capital alcarreña, promovida por la asociación Gentes de Guadalajara. Durante meses ensayan decenas de actores no profesionales que dan su carácter a los principales personajes de la obra de Zorrilla, y movilizan cientos de personas para la figuración y equipos técnicos y de organización y producción. El resultado, magnífico en lo artístico, es visto las dos noches en que se representa por miles de espectadores que siguen las escenas por los rincones bellos de la ciudad. El Tenorio Mendocino se ha convertido en un referente ciudadano de primer orden y uno al verlo tiene la gratificante emoción de contemplar cómo algo se está convirtiendo en tradición ante sus ojos.

En torno al final de la primavera, desde hace la intemerata -24 años-, también en Guadalajara, se celebra el Maratón de los Cuentos, promovido por otra asociación, el Seminario de Literatura infantil y juvenil. Una iniciativa que canaliza y estimula el empuje y la participación ciudadana. Las muchas actividades del Maratón, y los Viernes de los cuentos durante el año, dinamizan y acercan la literatura y la narración a miles y miles de personas, particularmente de niños, en una tarea asumida por los propios vecinos organizados.

En la misma ciudad también, la Fundación Siglo Futuro forma parte desde hace décadas ya de ese tejido asociativo que ha decidido aportar su esfuerzo a la ingente tarea de hacer de la cultura y el arte lugares de encuentro y de crecimiento ciudadano. Decenas de conferencias, conciertos, actividades de divulgación para las que la asociación busca bajo las piedras fondos con los que mantener su oferta anual.

Son cuatro de las más relevantes actividades cultuales que cada año nutren a los ciudadanos, a las que se suman otras muchas de menor perfil, claro. A ello hay que añadir la actividad cultural promovida por el ayuntamiento y cuyo buque insignia es el Auditorio Buero Vallejo. Pero sin lo que aquellas asociaciones hacen, nada sería igual en esa ciudad. Visualizarán mejor su relevancia si trasladáramos proporcionalmente tamaña actividad a cualquier otra ciudad de mayores dimensiones: como si los festivales de Jazz y de cine de mi querida Donostia los organizaran asociaciones sin animo de lucro, vamos.

¿Por qué cuento esto? Porque la esencia de la cultura es que las gentes asuman no solo el honorable papel de consumidor, sino el imprescindible papel de generador. La cultura ocurre porque alguien la hace, y cuando son asociaciones ciudadanas sin ánimo de lucro, como en el caso guadalajareño, o grupos de personas que toman sobre sus espaldas la noble tarea de “hacer”, tenemos ante nosotros el perfecto ejemplo de la democracia cultural, esa que se hace porque las personas la hacen, y no sólo o principalmente porque las instituciones la pagan.

La cultura de la queja, expresada en nuestro país tantas veces por esa mirada hacia otros, hacia las instituciones responsabilizando de situaciones o demandando dinero o medios, deja paso aquí a la cultura de la responsabilidad ciudadana que asume sin buscar el beneficio económico que las cosas ocurrirán si quienes las desean las ponen en pie. Que la maravilla no es tener dinero para comprar en el mercado cultural, sino tener el deseo y el talento de hacer cosas –actividades culturales- para tus conciudadanos.

A las instituciones públicas, tan celosas de su poder, les queda el mandato constitucional de promover la cultura, que no es otro en relación a lo que hablamos, que facilitar los medios para que los ciudadanos asuman cada día más responsabilidad en su propio devenir cultural.

El caso de Guadalajara es un ejemplo. Un ejemplo de cuya trascendencia probablemente ni sus protagonistas, ni por supuesto las autoridades locales, son conscientes.

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Santiago Eraso: Destino Madrid Destino

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Madrid Destino, la empresa municipal de gestión dedicada a la cultura, el turismo y la rentabilización de espacios, estará en el futuro inmediato en primer plano del debate sobre la política cultural y, más allá, sobre el modelo de gestión municipal. Y es que, probablemente una de las medidas más relevantes tomadas hasta ahora por el equipo de Manuel Carmena, al frente del ayuntamiento madrileño, sea el nombramiento de Santiago Eraso para Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio. Un nombramiento que, para quienes hemos seguido su firme y brillante recorrido previo en Donostia, augura una reorientación profunda de la empresa pública municipal.

En un país con una estructura pública fuertemente funcionarizada y en el que las administraciones públicas tienen grandes trabas y controles que las hacen en ocasiones poco operativas, la creación de empresas públicas se ha ofrecido históricamente como un instrumento alternativo de gestión de lo público, más eficiente y más flexible para dar respuesta rápida a las necesidades ciudadanas.

En una entrevista para eldiario.es publicada el 26 de julio, Eraso se refiere a Madrid Destino como una “empresa que se creó para favorecer la liberalización de las políticas culturales”. La práctica confirma el aserto y probablemente este tema sea el corazón del debate en torno al sentido de esa empresa pública municipal.

Las empresas públicas –las administraciones públicas- deben tener como guía el servicio al ciudadano, y en un paso previo, ser un instrumento de gestión técnica y profesional al servicio de la política cultural del equipo de gobierno, siempre en el marco del servicio público al que debe ser útil. No olvidemos que la Constitución fija la obligación a los poderes públicos de promover la cultura. En otras áreas de la actividad económica, en las que la acción privada no encuentra estímulo o beneficio inmediato, como por ejemplo las infraestructuras de comunicación y transporte, la energía, la sanidad, la educación…, las empresas públicas han de responsabilizarse de que los servicios correspondientes queden garantizados para los ciudadanos. En el ámbito de la cultura –y en todos los ámbitos- este tipo de herramientas de gestión corre el peligro de convertirse en un instrumento de ahorro y de comportarse acríticamente como demande el mercado.

La fusión hace unos años de Madrid Arte y Cultura S.A. (Macsa), Madrid Visitors & Convention Bureau, y Madrid Espacios y Congresos, dio a luz una enorme, disforme y poco operativa empresa, carente de personalidad, de misión e incapaz de transmitir a los ciudadanos su propio sentido. El mensaje principal de la fusión era indudable: ahorrar, crecer y ganar dinero; criterios básicos de cualquier empresa…, privada.

La captación de recursos, la gestión de alquileres y patrocinios, el abaratamiento a toda costa de los costes, llevó incluso a transmitir que era mucho más importante el beneficio económico que el social. Así, junto a cosas positivas relacionadas con el aumento de la eficiencia, se pusieron en juego principios mercantiles impropios en un servicio público. Este último, el beneficio social –por encima del económico-, es la guía fundamental de toda política cultural y toda herramienta que sirva para implementarla. Y en eso es en lo que probablemente se ha fallado: en la dirección y estrategia, en los objetivos, en la misión de Madrid Destino. Mal que, como decía, creo que acompaña a su nacimiento.

Si alguien me preguntara cuáles debieran ser los primeros pasos, qué tres o cuatro cosas debiera acometer Madrid Destino frente al espejo en estos sus compases iniciales, le contestaría lo siguiente:

Primero, separar orgánicamente las áreas de actividad, para reducir su tamaño y hacer más operativas las empresas resultantes. La transversalidad que debe ser característica de toda política cultural no es óbice para adecuar estructuras, equipos, tamaños… a la misión de cada empresa municipal resultante. La puesta en valor de espacios como el Palacio Municipal de Congresos o la Caja Mágica tiene poco que ver con la gestión del Teatro Circo Price o Veranos de la Villa, por poner un par de ejemplos de choque. Más en común tienen las áreas de turismo y cultura pero creo que cada cual tiene la suficiente personalidad como para caminar por separado, la primera para mejorar el posicionamiento nacional e internacional de Madrid, lo que la vincula a sectores económicos; la cultura para hacer de ella un elemento de mejora ciudadana y de orgullo.

Segundo, marcar una misión para cada una de ellas que, por delante de la eficiencia o el impulso económico, recoja su papel de servicio público por encima de cualquier otro. La actividad de las nuevas empresas municipales debe poner en primer plano el servicio y la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, muy por encima de consideraciones económicas. Prestar mejores –los mejores- servicios que permitan los presupuestos y buscar el beneficio social: esos son los retos prioritarios no instrumentales.

Tercero, fijar unos criterios de financiación que recojan todas las fuentes posibles. Ciertamente, las empresas municipales no tienen por qué establecer sus presupuestos exclusivamente a partir de los fondos públicos. Una adecuada gestión comercial de sus espacios, un más hábil, generoso e inclusivo empleo del patrocinio, la autofinanciación basada en la venta de servicios y entradas…, deben ser compaginados sabiamente. Pero la mezcla resultante, que sin duda ha de buscar la máxima autonomía, deberá mirar constantemente al cumplimiento de su misión de servicio público.

Cuarto, pasados los primeros tiempos de la nueva gestión, someterse en sus puestos directivos al modelo de contratación abierta, transparente, por concurso y con programa. Entiendo que el equipo de gobierno esté urgido por hacer frente a un sinnúmero de tareas, muchas de las cuales –estoy razonablemente convencido- no entraban en sus previsiones. Pero los modos y las formas son esenciales y la elección de los directivos de las empresas públicas –y de los teatros, de los centros culturales, de los museos, de los festivales…- debe estar sometida a modelos democráticos de elección.

Es tarea prioritaria la reconducción de la política municipal madrileña al concepto de servicio cultural, alejada de la rentabilidad como condicionante esencial, y del rasgo espectacular en la programación de contenidos como criterio de éxito. Probablemente la situación de las arcas municipales no permita grandes alegrías e inversiones en el inmediato futuro, pero como recuerda Santi Eraso poniendo de ejemplo el festival de jazz de San Sebastián –Heineken Jazzaldia- hay que explorar fórmulas para conjugar todas las energías sociales en beneficio de recolocar la cultura como servicio, y al ciudadano como destinatario y protagonista de ese servicio reconocido como tal por la Constitución.

En la reorientación del rumbo va a contar con el apoyo apasionado de muchos creadores, de muchas organizaciones culturales, de muchísimos ciudadanos y de todos cuantos creemos en la cultura como palanca de transformación individual y social. Y de los que creemos también en las oportunidades que algunas herramientas empresariales ofrecen a la cultura.

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Cambio y Cultura: el bien común está en juego

Lego school

Una cosa es acceder al poder, al gobierno, y otra gobernar: distintos son los discursos, los caminos y hasta los equipos humanos. Ya sé que no expreso ningún pensamiento original. Un recio refrán lo dice a la castellana manera estableciendo lo diferente que es predicar y dar trigo. La historia del cambio social, a veces revolucionario, del que tenemos abundante constancia a lo largo del pasado siglo XX, muestra esta terrible verdad: tan incontables han sido las revoluciones como los fracasos posteriores al intentar construir sociedades mejores y diferentes una vez tomado el poder. Resumen: los cambios son posibles…, y difíciles.

Viene este ex cursus a cuento de que hace unos días asistí en el Matadero a una reunión de la asamblea de Cultura de Ahora Madrid, sobre el tema de los centros culturales. Amigos que simpatizan con ese movimiento me invitaron y no me reconocería a mí mismo si no acepto la invitación de un amigo. Aunque sea a título de oyente. No dije nada porque desde hace años no estoy en ningún equipo, pero observé. Vayan estas líneas como resultado breve de lo que esa reunión me sugirió. Muy poco, por cierto, relacionado con lo allí hablado.

Que el cambio en Madrid, y en otras partes de España, era tan necesario como urgente lo muestra tanto el deseo de esos miles y miles de personas que dieron en mayo su voto a nuevas opciones políticas, como la sordera de los partidos tradicionales a un runrún que desde hace mucho tiempo anunciaba por las calles que los ciudadanos estaban ahítos de no ser escuchados, de los viejos modos; incluso de corrupción.

Pero una vez producido el cambio los nuevos regidores han de dirigir la política y los presupuestos a satisfacer las necesidades ciudadanas. En el caso de Madrid, de una ciudad de varios millones de habitantes, compleja y llena de dificultades administrativas. Y hay que saber mucho, ser muy humilde y estar dispuesto a aprender a toda velocidad…, si es que no sabes lo suficiente o el tren de la responsabilidad te ha llegado mucho antes de lo esperado. Puede ocurrir, también, que en la más ingenua ignorancia algunos de los electos creyeran que para dirigir el destino de una ciudad como Madrid bastaba saber cuatro cosas. La realidad, terrible, de las democracias capitalistas saca del ensueño de inmediato y demanda economistas consagrados, políticos no becarios, abogados expertos, comunicadores no aficionados, sabios gestores de equipos… En fin, exige voces, susurros, experiencia, negociaciones, no gritos. El bien común está en juego.

La gestión del área de Cultura en Madrid tiene delante retos enormes. Y sus nuevos responsables van a tener que apoyarse de verdad en lo que afirman que es su base filosófica: la participación democrática. Ya están tardando en convocar un Consejo Ciudadano de Cultura en el que efectivamente esté el senado cultural de esta ciudad. Un Consejo que reúna a los mejores y a quienes más saben de la cosa pública cultural. Un consejo con capacidad de proponer medidas estratégicas, reflexiones, líneas de acción. Un consejo que supervise y dé voz.

Los dirigentes municipales de Cultura tienen la obligación, ahora que sus dedos saben qué es eso del poder, de redefinir sus objetivos y su programa, porque todos -tirios y troyanos- sabemos que el que emplearon para ganar sus votos, no podrán aplicarlo ni en toda su extensión ni en el ritmo soñado. Pero sería nefasto que algunas de las cosas prometidas no se cumplieran. Propongo, además de la creación del Consejo Ciudadano de Cultura, algunas otras medidas urgentes:

La primera, definir los objetivos, presupuestos y recursos, incluidos los de personal, para los grandes contenedores culturales de la ciudad dependientes del Ayuntamiento: Conde Duque, Matadero, Fernán Gómez, Español, festivales… Probablemente para ello habrán de separar responsabilidades de gestión y desconcentrando poder, lo que no quiere decir que no respondan a una sola política cultural. En este apartado es imprescindible sacarle el máximo partido a la empresa municipal Madrid Destino, una herramienta de gestión profesional que debe servir -probablemente después de revisar su actual estructura y misión- para facilitar la aplicación concreta de la política municipal.

La segunda, fijar los nuevos criterios de acceso a los cargos de responsabilidad de todos los centros culturales municipales –centrales y distritales- en base a normas basadas en el contrato programa, es decir, en que su elección sea por concurso, transparente, y previa presentación pública de un programa de acción –enmarcado en la política municipal- de cuyo compromiso se hace responsable formalmente y por contrato quien lo obtenga.

La tercera, fijar nuevas normas de licitación para los contratos de gestión de los servicios culturales municipales que atienda a criterios de política cultural y no de economía de costes, y fije su objetivo en la satisfacción ciudadana del servicio cultural. Unos pliegos de licitación que desglosen y diferencien las partidas técnicas, de gestión, de comunicación…, de las de programación y contratación, que garanticen que todos los participantes cobren con dignidad; que fijen límites concretos al beneficio económico de la empresa que gane la licitación; que la decisión se tome en acto público y previa presentación y defensa de las diversas propuestas; que la ejecución sea justificada posteriormente factura a factura ante el ayuntamiento; unos pliegos que prohíban taxativamente la subcontratación…

La cuarta, convertir los centros culturales de proximidad en centros de irradiación cultural y de participación artística de las fuerzas creativas de cada barrio y de los ciudadanos que lo deseen. Las residencias artísticas, la apertura de los centros a los vecinos para su utilización y para que participen en la programación, la creación de consejos de barrio que trasladen opiniones y propuestas… han de formar parte fundamental del nuevo modelo de gestión.

En fin, son muchas las iniciativas y medidas que es preciso poner en pie urgentemente en este periodo transitorio. Más allá de debates hoy es prioritario dar pasos en la dirección de acercar la cultura y el arte a los ciudadanos, y hacer más democrático y transformador ese contacto. El bien común cultural.

En mi opinión no es tan urgente hacer muchas cosas nuevas, como hacer bien las que están en marcha y ponerlas al servicio de los ciudadanos, introduciendo pequeñas cuñas que hagan de semilla de futuro.

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Mucho más que teatro joven. Mucho más que Coca-Cola

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Unos compases de violín que inexplicablemente descubren en nosotros emociones imprevistas; unos versos de Neruda que devuelven a la memoria vívidamente amores, tal vez perdidos, tal vez recién hallados; unas frases de Shakespeare que nos ayudan a definir pasiones humanas y a entenderlas; un cuadro de Klimt, de Leonardo o de Goya que son ventanas abiertas a mundos imaginados; una interpretación del Cyrano que nos alinea con los planetas del orgullo y la humildad con una leve mirada a una luna pintada… Estas y otras muchas experiencias artísticas no están al alcance de todos…, todavía. Pero todos y cada uno de cuantos formamos parte del género humano estamos dotados para ese contacto inefable, para gozar y descubrir en concretos momentos territorios que solo el arte transita. El hecho cierto de que estamos dotados también para crear maldad y horror hace todavía más importante el arte.

Es verdad que la felicidad no depende del nivel del contacto con el arte. En el mundo y en su historia millones de personas han conocido el amor y la alegría sin leer, disfrutar de un cuadro, o asistir a un concierto o una obra de teatro. Pero también es cierto que hay cosas que existen en el mundo, que solamente se pueden entender y vivir en todas sus dimensiones desde el arte: la belleza sobrevenida, el llanto sin razón aparente, la comprensión de un arcano que nos atenazaba…, quedan develados en ese momento inefable, que, como dice el verso de Lope, “quien lo probó lo sabe”.

Estos días se celebra la Semana del Teatro Joven y un centenar de ellos traen a Madrid cuatro obras selectas, las que un competente Jurado Nacional ha destacado sobre las 338 presentadas, récord de su historia. Cien jóvenes que representan a muchos miles que, además de atender a sus tareas habituales, han ensayado durante meses, en equipo, han memorizando papeles y entrando en la piel de personajes lejanos a ellos…, y luego han representado las obras ante miles y miles de espectadores. Probablemente, además, han descubierto rincones propios que desconocían y que les ayudarán en la vida. Estos días, también, un puñado de profesores, en nombre y razón de muchos cientos de ellos que impulsan en silencio el teatro de base, están en Madrid en el Campus Coca-Cola de Teatro Joven.

Más allá de la relación beneficiosa entre una marca comercial y el teatro juvenil en el que las partes dan y reciben, la colaboración tiene la importancia decisiva de acercar el arte a las personas, proponerles una herramienta diferente, específica y especial para mirar el mundo y entenderlo algo mejor.

Se dice muchas veces que el arte cambia a las personas y que solo por ello merece ser vivido, y por ello solo merece el apoyo de instituciones y empresas. No sé si cambia a las personas. Lo que sé es que ofrece la oportunidad de que las personas vivan experiencias, emociones, situaciones…, en las que el cambio es posible porque el lugar desde el que miras, el lugar desde el que te ves a ti mismo, es simplemente distinto.

Gloria y loor a jóvenes teatreros y profesores entregados; gloria y loor a las instituciones que apoyan estos Premios “Buero” de Teatro Joven; gloria y loor a Coca-Cola por hacerlos posibles, y al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte por su colaboración. Toda gran transformación parte de uno o varios pequeños cambios. Miles de jóvenes lo intentan cada día haciendo del teatro una palanca guapa. Y encima se divierten. Y encima, divierten a un montón de gente.

Lo dicho, mucho más que teatro. Mucho más que un refresco.

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