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Gritos y susurros. Cinco medidas para encauzar el mal llamado “problema catalán” ¿Nos apoyamos en el intelecto y la cultura?

Juan Genovés – El abrazo

Parece que no aprendemos. Tanto lo parece que probablemente nuestra recalcitrante tendencia a convertir cada problema en una partida de mus esté cosida ya a nuestro ADN y haya que aceptarla hasta con cariño/resignación. Si a esa tendencia se le suma la indubitada de gritar, para todo, el lío en la familia está armado.

Y lo que precisamente requiere esta cuestión, este contencioso, es actitud y olvido.

Olvido de agravios, en primer lugar. Los agravios son constructos la mayor parte de las veces justificatorios de posiciones de prejuicio. Las sociedades no hieren a las sociedades, son personas de esas sociedades las que pueden intentar herir a otras personas o sensibilidades, y a veces lo consiguen. El odio, el desprecio, la manipulación, por muy alta posición social que se ocupe, nunca debe hacernos olvidar que solo representa el odio, el desprecio, el afán manipulador del protagonista, habitualmente para obtener más poder o para ocultar alguna vergüenza. Esto respecto al olvido.

Requiere una actitud, en segundo lugar, de resolución y no de agudización del conflicto. Una actitud innovadora que nos acerque a la solución del problema, y si ésta no es posible, a la convivencia amable y educada con él. Una actitud de escucha, de atención sincera a las razones ajenas. Una escucha que no niegue los contenciosos, sino que los reconozca y los aborde desde la mutua comprensión, no desde el mando, el odio o el rencor. No es fácil escuchar: requiere desnudarse de prejuicios, reconocer diferencias que pueden no gustar, reconocer que podemos estar equivocados, reconocer que el otro forma parte de la solución. Sea cual sea la solución.

Y ahora la humildísima propuesta para abordar este lío; lío, que, si miramos a derecha e izquierda, arriba y abajo del mundo, es un pequeño lío, que engordamos y sentimos grande porque es “nuestro” lío. De verdad, para lío lío, Oriente Medio, África subsahariana, el de los kurdos, el de Irak, el de la salud del planeta, el de Filipinas o el de Estados Unidos… Desde nuestro diminuto lugar del mapa, deberíamos encontrar fácilmente el clima para el re-encuentro, el encuentro para el debate, el debate para buscar las soluciones. Es la primera vez en la historia de España que, dotados de una legalidad democrática indiscutible (aunque tenga fallas), podemos abordar cualquier cuestión y resolverla al gusto de grandes mayorías. Digo grandes mayorías, no exiguas mayorías, mitades, o fragmentos.

La primera medida, imperiosa, es desinflamar. No me gusta la terminología médica en el ámbito social, pero no se me ocurre un palabro que exprese mejor la necesidad de bajar el volumen, la exaltación inútil, las amenazas; desterrar el quien es más fuerte o es capaz de molestar más a la otra parte. Desinflamar es bajar la tensión: no llevar los problemas fuera de las fronteras o a instancias internacionales ni tildar de dictadura represora a España; mandar a los gritones al banquillo; bajar la voz. Incluso callar durante un tiempo.

Esa es precisamente la segunda medida: tiempo. Este conflicto necesita tiempo de calma para que las partes y las personas redimensionen el conjunto. Necesita parar el reloj, detener la partida. Con toda seguridad el tiempo ayudará a reducir la proporción del problema. En las condiciones en que vive la inmensa mayoría de las personas, disfrutar del día a día sin que la sensación de responsabilidad histórica las atenace, ayudará a creer que es posible la solución, el entendimiento.

En tercer lugar, es necesario que todos asumamos un mismo y único concepto de democracia que incluye como dos caras de una sola moneda libertad y ley. Con una cara sin la otra se pone en grave riesgo la democracia, el gobierno de las mayorías. Esto significa que las urnas y las votaciones populares y la acción parlamentaria tienen que someterse a la ley (no todo se puede votar, no de cualquier manera, no con cualquier mayoría); significa que la ley no se puede emplear como arma amenazante, sino como garantía de que todos pueden jugar. Juego en el que las leyes incluso, pueden ser cambiadas. Esto requiere una declaración lo más formal posible de las partes: unos, con el compromiso de no volver a saltarse las leyes (“lo volveremos a hacer”); los otros, con el compromiso de aceptar cambios oportunos para encontrar el acomodo a esa parte notable de catalanes que hoy no están a gusto, lo que inevitablemente significa cambios constitucionales si una mayoría cualificada los demanda consistentemente.  Y, por favor, seamos serios, no la mitad más uno ni más dos. Resolvamos lo que podemos resolver, que seguro no será todo.

En cuarto lugar, los partidos con más responsabilidades, deben promover ya medidas de gobierno concretas que estimulen el sentimiento de que la solución es posible, que expresen públicamente que algo puede cambiar. En eso, los medios de comunicación públicos, en Cataluña y en Madrid, han de asumir una alta responsabilidad en el lenguaje, en el tono y el peso de noticias, en la asunción de que la cultura común debe tener su espacio, en el tiempo que la cultura catalana -y todas las lenguas y culturas de España merecen en los medios. Que se produzca ese tipo de cambios alentará la credibilidad de un proceso que sin duda será largo.

El llamado problema catalán no es de los catalanes, ni de los españoles. Es de personas que tienden a interpretar al “otro” en las relaciones sociales y políticas como enemigo o al menos como a alguien al que derrotar. Los líderes deben hacer autocrítica y superar prejuicios.

La última medida que propongo es que la cultura, el arte, el pensamiento asuman una humilde responsabilidad en la reconducción de esta cuestión. Un grupo de trabajo formado por intelectuales indiscutidos y conciliadores debería poder estudiar y resituar este conflicto y la propuesta de un camino hacia la solución. De ellos/ellas debería esperarse que en silencio y sin luces distorsionadoras pudieran sugerir al menos una interpretación abierta, comprensiva y compartida de cómo hemos llegado hasta aquí. Y con ella, un atisbo de luz.

Tres o cuatro años para todo esto no es demasiado tiempo ni demasiado poco. Hay que tomar la sentencia del Tribunal Supremo en este sentido como un punto de partida. La salida de la cárcel de los políticos encarcelados, muy próxima ya, también aportará sosiego al sosiego necesario.

Epílogo

La cultura tiene mucho que decir. La cultura en versión antropológica, entendida como el conjunto de rasgos sociales configuradores de modelos, puede hacer mucho, porque quienes habitamos en esta parte ibérica del mundo tenemos escasas diferencias entre nosotros más allá de barretinas o txapelas, más allá de flamencos, jotas, isas o muñeiras. A menos que las lenguas, por encima de las personas, exijan ineluctablemente constituir a quienes las hablan en ciudadanos de un estado independiente. Sabernos partícipes de una cultura similar, promover la comprensión y la aceptación de la diferencia, sí eso que les decimos a los niños, es más importante para hallar la salida que los partidos y las ideologías. Y la cultura en versión arte, también. Porque nuestros grandes referentes artísticos son los mismos, porque el entramado creativo es más rico con diferencias, porque en Madrid nos gusta La Cubana y en Barcelona Almodóvar. Porque somos más fuertes si compartimos más. Pues eso.                                                                

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74”

¡Cuánto desprecio a la Cultura cabe en tan poco tiempo!

Toda la preocupación por la cultura, todas las propuestas sobre la cultura, todo el interés por la cultura cabe en setenta y cuatro segundos. Ese es el tiempo que dedicaron los cuatro candidatos a presidir el Gobierno de España en el debate del martes 23 de abril en Antena 3.

Ciertamente, da la medida exacta de la relevancia que le conceden al arte y la cultura esos políticos -y lo que representan- en la vida de un país, en la vida de sus gentes. Muchos pensamos que si el arte y la cultura, y su derivada natural previa, la educación, tuvieran más peso en la vida cotidiana de las personas, este país iría mejor, el español en el mundo iría mejor, nuestro cine, nuestro teatro, nuestra creación iría mejor, y nuestra vida política sería, sin duda, menos zafia, más educada. ¡Qué vergüenza, por dios!

Esos 74 segundos a mí me parecieron un insulto a la cultura y a la inteligencia de los ciudadanos. Esos 74 segundos expresen a la perfección el nivel de compromiso con el arte y las muchas culturas y lenguas de este gran país.

Hay una parte de razón en esa expresión, casi lugar común, que afirma que las sociedades, los ciudadanos, tienen lo que se merecen. Y esa parte de razón estriba en que la vida política de un país, y la calidad de sus políticos tiene relación directa con la acción cotidiana, diaria, persistente, constante…, de los ciudadanos, con su implicación concreta en la marcha de su comunidad. El voto, la democracia entendida al minúsculo modo en que la entendemos en España hoy, es necesaria, absolutamente necesaria, pero insuficiente, absolutamente insuficiente.

¿Y qué es necesario, pues? Que las gentes, las más posibles, se organicen según sus intereses y preocupaciones, que dediquen algo más de su tiempo a la acción que a la “dicción”. Que, como decía Buero, duden, pero no dejen de actuar.

En la cultura no es poca la tarea que tenemos planteada en este sentido. Fortalecer las organizaciones culturales de todo tipo, y su relación con la sociedad, con los ciudadanos, es cada día más una tarea de enorme valor estratégico. Pasar del club de amigos de la queja, al grupo de compañeros de la acción positiva. (Una sugerencia: lean España en Marcha, de Gabriel Celaya).

Y más allá de lo que cada persona consciente, y cada organización comprometida quiera y pueda hacer, hay otra tarea que debe asumir el sector organizado de la cultura en su conjunto. Dar pasos en la unidad estratégica, en la unidad de discurso, en la unidad de reivindicaciones, en la unidad de cambio. Conformar una voz, fuerte, consistente, indiscutida, grande, es la única manera de hacer oír la voz de la cultura y, con ella, de las necesidades de los ciudadanos.

Basta para ir en esa dirección con centrar el tiro, asumir liderazgos y ser lo más autónomos y autosuficientes posible.

Centrar el tiro quiere decir que debemos concretar un pequeño pero importante cuerpo de transformaciones a impulsar que afecten a todos los ámbitos culturales y artísticos: la ley de mecenazgo, la reducción de los impuestos a la creación y producción culturales, un nuevo modelo de empresa para la actividad cultural, la asunción de compromisos concretos con la sostenibilidad, la promoción de la igualdad de género, y un nuevo papel de la cultura en la acción exterior serían seis claves estratégicas de enorme trascendencia.

Asumir liderazgos quiere decir que las organizaciones representativas de los diversos sectores culturales (museos, cine y audiovisual, edición, artes escénicas…), sean sindicales, profesionales o académicas, deben reunirse y avanzar en ese programa que les una y nos una; deben avanzar en la configuración de una voz, alta y clara. Me gustaría enormemente que la Academia de las Artes Escénicas, a la que pertenezco, diera el primer paso.

Ser lo más autónomos y autosuficientes posible quiere decir que debemos romper la tradicional dependencia de los poderes políticos, esa dependencia que hace que el arte y la cultura española no vuelen esperando como los pájaros recién nacidos que Mamá Estado les proporcione el alimento. Hay cosas, muchas, que podemos hacer sin depender de la política, desde crear sinergias entre los diversos sectores culturales beneficiosas para los ciudadanos, hasta introducir en la vida de las organizaciones culturales (museos, teatros, cines…) una mayor presencia participativa de las gentes; desde crear nuestros propios sellos de calidad hasta introducir compromisos de sostenibilidad en la gestión.

Un lugar común afirma que las cosas ocurren porque alguien las hace. Pues eso.

Los dioses quieran que aprovechemos positivamente el insulto de los 74”.

Notas de despedida y cierre de este post:

1. Qué casualidad que el debate de los 74” fuera el 23 de abril, día grande de las letras españolas, en el que una gran Ida Vitale recogía en Alcalá su merecido Cervantes. Sin comentarios. Por favor, lean su poema del Kit de supervivencia elmuro de este año: página 44.

2. Lástima que he votado por correo; si no lo hubiera hecho, esta vez iría a votar a mi colegio con una pinza de ropa en la nariz para visualizar el asqueo que produce el nivel de la política partidista a la que se ha dejado arrastrar nuestro sistema y nuestros medios de comunicación.

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¿Son el arte y la cultura cosas de ricos? (2)

Blog Robert Muro

Hoy penetro un poco más en la relación de la cultura con la salud del planeta.

Una de los efectos que tiene una lectura detallada de los ODS y de sus metas es que la cultura y el arte son cosas de quienes tienen resuelto todo y pueden, por ello, preocuparse de cosas como la belleza, la música, la literatura… Cosas de pijos ricos.

¿Es eso cierto? Cuando se leen detenidamente las metas concretas de los ODS no queda otra que pensar que sí. Simplemente por incomparecencia. El arte, el teatro, la poesía…, no existen; y no aparecen porque en realidad son necesidades de estómagos satisfechos. Sin educación, sin alimento, sin salud, sin seguridad…, ¿se puede uno preocupar de otras cosas?

Pienso, sin embargo, que es un mal olvido de los ODS y que la cultura debería figurar entre los objetivos y las metas con papel destacado. Porque el ser humano debe abordar su propio desarrollo de un modo integral, incorporando a la dignidad de ser humano también el acceso al arte, su comprensión, su disfrute. Si algo debiera haber aprendido la humanidad de su desarrolla hasta aquí, es precisamente eso.

Nosotros, los que habitamos la parte “rica” tenemos también nuestras propias responsabilidades en el desarrollo del planeta, y en el cumplimiento de los ODS. ¿Cómo? Sencillo, cambiando lo que podamos en nuestro entorno inmediato. Cada país, cada institución, cada empresa, cada pequeño comercio; y sobre todo, cada persona, debe aportar algo concreto en la buena dirección. Y llevando el agua al molino que debo, los que apreciamos el arte debemos emplearlo al servicio de estas ideas y de estas prácticas reconfortantes con nuestro entorno. Bebe, poeta preciosa, lo dice en su Ska de la tierra: “La Tierra tiene fiebre, tiembla, llora,/ se duele del dolor más doloroso/ y es que piensa que ya no la quieren.”

El arte es la forma que ha ido empleando la humanidad para explicarse a sí misma cosas trascendentes, cosas que solamente se pueden expresar con y desde el arte. Quienes ante unos acordes de violín han sentido emociones profundas hasta la lágrima -es un ejemplo-, lo saben. Ya, ya sé que esto es una milonga para quien carece de lo elemental. Pero cada uno debe actuar sobre su medio. Y aquí, el arte y la cultura deben adquirir nuevos compromisos con el futuro, que hasta hace unos años eran simplemente impensables. Compromisos que se orientan a un nuevo horizonte, a un sueño: el de que algún día quienes no saben lo que es un violín, lloren de la felicidad apacible de conocerse un poco más a sí mismos.

Hacer consciente a la mayor parte de nuestros congéneres que hay cosas que solamente se pueden decir con el arte, y casi todas son bellas. Es nuestra tarea. 

Posibilitar a la mayoría de nuestros congéneres de ese disfrute. Que no tiene que ver con tener más o mejores cosas, sino con ofrecer, sentir y vivir más y mejores experiencias al alma.

Así que, ¿podemos hacer algo los pijos de este mundo, los pijos culturetas?

Sí. Contar la historia del mundo desde el arte. Contar el futuro del mundo con arte.

Contar, hacer y propagar: tres tareas del arte ante el futuro . Pero eso, mañana. 

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No nos lo merecemos. NO, con mi silencio. No, amb el meu silenci

Ante la situación de enfrentamiento entre el Gobierno de Cataluña y el de España…

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Se avecina imparable un choque de trenes comandados por maquinistas sordos a la lógica, y aliados con el rencor y las cuentas pendientes, unos, y con la inflexibilidad, los otros.

¿Qué hacer, antes de que el choque se produzca y con él heridas muy difíciles de sanar? Por lo menos que se oiga a quienes no se oye: NO CON MI SILENCIO. Levantamos la voz para decir lo que necesitamos:

Necesitamos gobernantes, en la Generalitat de Cataluña y en el Gobierno central, que se sienten a hablar, que se escuchen, que razonen, que piensen en el bien común de los ciudadanos.

Necesitamos gobernantes que entiendan que la ley sin sensibilidad ante las minorías se convierte en corsé rígido e incómodo para ellas.

Necesitamos gobernantes que entiendan que la reclamación de derechos democráticos incumpliendo las leyes, entre ellas el Estatut y la Constitución, pierde cualquier legitimidad.

Necesitamos dirigentes que no basen sus acciones en el rencor hacia el otro y en la negatividad o la inflexibilidad: los queremos que busquen los puntos de acuerdo y de afecto, lo que nos une considerado como motor, no lo que nos separa entendido como brecha insalvable.

Necesitamos gobernantes que busquen mayorías más allá de las gentes que piensan como ellos. Que entiendan la diversidad como valor unitario: humildes y al mismo tiempo orgullosos de defender a TODOS los ciudadanos, no solamente a los alineados con sus propias ideas.

Necesitamos líderes que construyan; rechazamos a los que prefieren o salirse con la suya o que no quede piedra sobre piedra.

Necesitamos líderes que promuevan en la ciudadanía, el orgullo de pertenecer a una misma colectividad: la de gentes que tienen pasado común, en una Europa unida en un mundo global y con un futuro que hacer juntos.

Necesitamos gobernantes que hagan entender a todos los gobernados el valor inmenso de la cultura diversa: los españoles de fuera de Cataluña han de enorgullecerse de la existencia de esa nación, de su lengua, de sus enormes valores y tradiciones. Los catalanes han de entender que frente a lugares comunes interesados, España y lo español no les roba ni les desprecia, sino que les quiere.

Estamos a tiempo: que se sienten a dialogar, a conocerse, a buscar soluciones; pero que se sienten. Para que las heridas de hoy no se hagan más difíciles aún de sanar, el choque no debe producirse. La retirada de la convocatoria del Referéndum debe abrir la puerta a un periodo inmediato de conversaciones que permitan reformar la Carta Magna para que los catalanes que hoy no se sienten reflejados en ella, encuentren nuevas razones para sentir que les acoge.

¡Visca Catalunya, visca España!

 

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¡Crucifícalo, crucifícalo! Defensa de autor

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Por fin ha saltado a la luz pública un claro caso de corrupción entre particulares que afecta a los autores y a la principal sociedad que defiende sus derechos, la SGAE. Muchas televisiones y algunos autores  sinvergüenzas llevaban años defraudando los derechos de los verdaderos autores musicales poniéndose de acuerdo en programar en horas de baja audiencia músicas de mala calidad, inaudibles (eran fondo de programas de echadores de cartas y teletiendas) o versiones de clásicos sin apenas cambios, que ponían a su nombre, para repartirse los derechos de autor que generaban. Los principales beneficiados eran autores canallas  -a los que cuesta aplicar el término de autor- y medios audiovisuales que sabían perfectamente lo que hacían. No eran pocos los socios de SGAE que habían denunciado esta situación, que defraudaba los derechos de los creadores y que perjudicaba a la propia sociedad de los autores, y que además, tenía como consecuencia otorgar muchos votos electorales a gentes que no los merecían, con la consecuente perniciosa influencia sobre su representación en los órganos de poder. Baste decir que entre los principales titulares de derechos no están los grandes compositores, sino gentes que en muchos casos desconocen lo que es un fa sostenido o una semicorchea.
Esto es tan claro, como lo es que los medios, salvo excepciones, se han puesto de acuerdo en denominar “la trama de SGAE” a lo que es la trama de televisiones y autores canallas para defraudar a SGAE. Así, el perjudicado pasa a aparecer como culpable. ¿Cómo iba a ser de otro modo, si los verdaderos culpables son los que proporcionan las noticias? Fíjense en los titulares –que no pasarían un examen de ética en cualquier escuela de periodismo, y lo entenderán-: “El fraude de la SGAE asciende a 100 millones” (El Mundo); “18 detenidos en una operación en la que se investiga a varias televisiones y socios de la SGAE (El País); La ‘rueda’ de la SGAE: un fraude de 100 millones de euros” (Cadena SER). La palma se la lleva la noticia dada por Antena 3: “Al menos 18 detenidos en la operación contra la SGAE por presuntos fraudes en la gestión y cobro de derechos de autor.” Así, sin-vergüenza. Curiosamente el juez señalaba a una directiva de A3Media, Nuria Beatriz Rodríguez, encargada de las contrataciones musicales del grupo,  como la dirigente del fraude. El auto señala, además, que movía fichas para controlar votos e influir en las decisiones de SGAE. Sin-vergüenza.
Una preposición basta para alterar descaradamente el sentido de la frase: el fraude de la SGAE, detenidos socios de SGAE, operación contra la SGAE…
¿Es tan difícil decir que en este fraude de la música, muchas televisiones y algunos autores  tratan de beneficiarse perjudicando los derechos de autor y, más allá, a la sociedad que los defiende? Curiosamente, tal vez sea ABC el medio que con menos maldad ha tratado el tema.
Pero, todo esto ¿por qué? En el maltrato a SGAE, que viene ya de tan lejos, se unen los intereses de quienes no quieren pagar los derechos de los creadores –que es su salario real- y que provienen de todos los sectores que han de pagarlos según marca la ley –medios, hostelería…-, con aquellos que se niegan afirmando que todos somos autores desdibujando en consecuencia el talento y con ello el sustento.
SGAE ha hecho muchas cosas mal, pero lo que representa es indiscutiblemente bueno. Representa la modernidad del pensamiento que reconoce a los autores el derecho inalienable a vivir de su trabajo, y encabeza su defensa para que quienes se beneficien de las creaciones que lleven aparejados derechos, paguen lo marcado por la ley.
Si los autores no cobran, acaba desapareciendo la frontera de la profesión y de la calidad, frontera fijada por la decisión de los ciudadanos de comprar obras de sus autores preferidos. Y con ello, tiende a desaparecer la figura del creador, del autor, en la que se asienta históricamente el ser y el sentido más profundo de una sociedad, aquello que explica cómo somos. Dentro de cien años serán los escritores, realizadores, compositores y creadores de hoy los que expliquen nuestro presente (serán nuestro legado), del mismo modo que nuestros clásicos explican el Siglo de Oro, el legado que hoy disfrutamos.
En la batalla entre quienes van contra SGAE y en el camino quieren acabar con los derechos de los autores a vivir de su trabajo, yo estoy con los creadores y con su sociedad. Lo que, como he dicho varias veces, no elude que debamos seguir hablando de cómo mejorarla. Hoy, además, ir con los autores significa exigir que la propia SGAE depure sus filas y prescinda de aquellos de sus dirigentes que se hayan manchado, o jugado a la “rueda”.
Durante años mala gente, en puestos claves de televisiones y medios, y autores sin escrúpulos, se han conchabado para robar a los verdaderos autores y sus derechos. Vienen horas en que ninguno reconocerá que hizo mal, aunque cualquier ingenuo sabía que algo muy raro se escondía tras esos programas de madrugada. Ninguno de los culpables dará un paso al frente para pedir perdón. Qué añoranza de aquella frase del emérito. “Lo siento; me he equivocado; no volverá a ocurrir”.

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A propósito de NESI. Ah, que no sabes qué es.

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El Foro Global NESI (New Economy Social Innovation) reúne a representantes y líderes de todo el mundo de los llamados Nuevos Movimientos Económicos.

Se celebró en Málaga la pasada semana y, movido por una insaciable curiosidad por lo que podrían ser señales de hacia dónde va el mundo, me inscribí. Lo cual quiere decir, que entre los casi setecientos asistentes, había al menos uno que no era líder en nada. Pero, eso sí, estuve muy atento y me fijé todo lo que pude. (Alguien podría haberme confundido con un búho, incluso.) A continuación van unas notas suaves de mi percepción sobre lo que allí pasó.

El primer golpe de vista a NESI te habla de una nutrida presencia de mujeres que aportaba una cierta alegría, colorido, energía y estilo inusuales en los encuentros de predominio masculino. Que en los descansos hubiera sesiones abiertas de baile y meditación también lo ilustra. (También había zonas de siesta, eh) Bien haría el mundo de la empresa en ceder más zonas de responsabilidad a las mujeres competentes, en vez de defender como gato panza arriba el confort de los chicos en todo aquello en lo que se juegue algo de poder, en sí tan masculino.

En lo que atañe al decorado, que tantas veces expresa algo mucho más profundo, era curioso ver el escenario, cuajado de plantas de tomates, cajas de naranjas y muebles provenientes del maravilloso mundo del palet. Esto, junto a la ausencia de trajes y corbatas, y la presencia de puestos de zumos en los que podías surtirte de plátanos, cítricos y kiwis, le daba al conjunto de NESI un familiar aire hippie y sesentayochero. La falta de prisas ayudaba. Nada es igual que entonces, claro.

Por lo que se refiere a los contenidos creo que lo más subrayable era el afán por identificar no tanto las razones como los males de las economías modernas, vale decir capitalismo, generador de diferencias radicales y de pobreza, y hacedor de males innúmeros al planeta. En su conjunto las intervenciones en el Foro abundaban en señalar los síntomas de la enfermedad social y económica contemporáneas, y muchas intervenciones ilustraban de proyectos o realidades de pequeño tamaño, pero iluminadoras como buenas linternas en noche de lobo. Por cierto que parte de esas luces lo eran por su componente ético: el móvil ético Fairphone, la banca ética de Triodos, Oxfam… El mismo componente –el ético- que salía a relucir cuando se señalaba la causa del fracaso de las organizaciones, relacionada con el sistema de gobernanza y la falta de conducta moral en las personas clave, en las cúpulas. Tessa Wernink, por ejemplo, ayudaba a encontrar diagnósticos cuando para explicar cómo habían llegado a su móvil sugería que nos hiciéramos la pregunta adecuada: ¿Qué y cómo debemos hacer para que el teléfono –o el televisor, los electrodomésticos y las máquinas en general…- dure al menos 25 años? Si lo que queremos es que sea más rápido, más guapo, más potente y que esté a la última…, el camino nos llevará aun lugar muy distinto. Y probablemente a un ciclo de vida ínfimo. Bauman dixit.

Términos como “colocracia” (democracia colaborativa), preguntas como “¿Porqué no emplear el talento creativo también en la economía y la sociedad?”, o afirmaciones como la de “Verdad (transparencia), belleza (sostenibilidad) y bondad (compromiso) son los rasgos esenciales de la empresa que es necesaria”, ilustran el enfoque, la perspectiva de NESI. Cuando al inicio de su conferencia Christian Felber, autor de “Dinero, de fin a medio”, se tiró acrobáticamente al suelo pegando su oído a la tierra, todos los allí presentes entendimos el mensaje que podía haber tardado en transmitirnos un buen rato de haber tratado de explicarlo con palabras. Entre los extremos en los que se mueve la economía mundial, que Felber enunció: proteccionismo a ultranza (que defiende a las economías desarrolladas) y libertad absoluta de comercio (que promueve el poder del mercado sin control), propuso el comercio ético, que ha de ser más libre y beneficioso en sus normas para aquellos que mejor y más respeten los derechos humanos, entendidos estos in extenso.

Por NESI pasaban temas como la economía de plata (silver economy), las construcciones sostenibles y resilientes, la soberanía alimentaria, la huella del carbono, la red de conciencia, y hasta para pedir, claramente a contrapié y fuera de cacho, el boicot a cierta gran empresa de Galicia cuyo propietario no está mal situado en la Lista Forbes. (Hasta los más suaves sacan la navaja si les mientas la tauromaquia…, o una multinacional de éxito.)

En el sustrato, de fondo común a la mayor parte de las intervenciones, habitaba en mi humilde opinión la búsqueda inicial, los primeros pasos de un largo camino todavía no maduro, aquel que se ocupa más de lo pequeño y de lo que puede cambiar, dejando el cambio grande para que sea efecto de la onda o la ola generada por lo mínimo. La palabra estrategia, con lo que tiene de mirar al futuro y construir un camino ad hoc a ese futuro, desde luego no parecía estar convocada. Es importante que cuando se trata de cambiar un mundo complejo seamos conscientes de que todos los que aportan al cambio, grosso modo, van en la misma dirección; y de que el camino ha de articularse, hacerse viable: no basta la diáspora de pequeños milagros. La revolución es posible. Lo que es más difícil es mantenerla. Y lo que hasta ahora no se ha logrado es preparar y realizar la transición adecuadamente y que garantice ese nuevo futuro, esa nueva economía.

Me extrañó no escuchar apenas nada del Cuarto Sector de la economía, que cada día reclama más peso y papel y el desarrollo de una regulación específica que lo promueva y normalice. Nada de que las leyes deben adecuarse –ni ninguna propuesta concreta- para crear un nuevo marco en el que este nuevo modelo de economía sea posible o crecedero. Las fórmulas que reciben nombres bellos e imprecisos como Economía del Bien Común, Colaborativa, Solidaria, Circular o términos como decrecimiento, empresas sociales, ciudades en transición… deben adquirir perfiles y precisión, y con ellas compromisos legales expansivos. Si no, avanzarán pequeñas cosas, pero difícilmente se harán grandes. También me extrañó la escasísima presencia de empresas medias y grandes: en estos lugares se aprende mucho del “hacia dónde”. Supongo que tendrían cosas más importantes.

En cualquier caso da gusto ver, escuchar, oler el cambio, aunque parezca pequeño. Frescos aires en un corrosivo entorno mundial de corrupción, egoísmo y dolor. Ah, traigo para terminar un breve texto de Eduardo Galeano, tan querido por el movimiento: “Son cosas chiquitas.
No acaban con la pobreza
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción
y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad
y cambiarla aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable.” Pues eso.

 

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En democracia las formas son casi todo: el cese de Pérez de la Fuente

director-teatroespanol

Juan Carlos Pérez de la Fuente llegó a la dirección del teatro Español mediante un concurso. Por primera vez en la historia madrileña un responsable de un centro público accedía a la dirección habiendo pasado la evaluación y proceso de selección de un jurado compuesto por siete profesionales de las artes escénicas. Las bases del concurso marcaban que ese jurado pasaría una terna al ayuntamiento para que entre esos tres nombres fuera elegido/designado el nuevo director de los teatros municipales.

No se discute aquí si aquel concurso fue un maravilloso y transparente proceso de selección. En su momento nadie lo denunció formalmente. Por mi parte, escribí entonces que un proceso incompleto o deficiente es mejor que una designación, digital sistema por el que habían llegado hasta ese momento todos, subrayo, todos, los directores del Español.

Este lunes, Santiago Eraso, por quien cuando fue designado expresé mi respeto profesional -igual que subrayé mi extrañeza crítica porque su puesto no fuera cubierto por concurso-, ha anunciado el cese de Pérez de la Fuente.

Cuando más necesitada está la cultura, y la gestión de la cultura, de diálogo y entendimiento a favor de los ciudadanos y en contra de la parálisis que atenaza a Madrid, se opta por el cese, denominación que me recuerda a pasados sombríos: aquellos en que las diferencias se solucionaban con el dedo del poder.

A muchos no les gusta la gestión de Pérez de la Fuente, probablemente a tantos como la considerarán profesional. Pero no se trata de eso, sino de los modos, de las formas con que las decisiones se toman en cultura. Alguien que llegó por concurso –mejor o peor, pero concurso- no puede, no debe ser cesado, al menos sin antes tratar de llegar a acuerdos y cambios de modelos, siempre menos perjudiciales para el funcionamiento de las instituciones.

Los responsables municipales actuales, elegidos democráticamente, tienen derecho a que los gestores provenientes del anterior gobierno por concurso y con contrato en vigor atiendan las sensibilidades políticas de la nueva mayoría social. Pero la solución de ese desajuste temporal ha de buscarse mediante el acuerdo para beneficio del conjunto de la ciudadanía. Y cuando llegue su momento, mediante la convocatoria democrática de nuevos procesos de elección que mejoren los anteriores.

Hace apenas un mes escribía reclamando mecanismos democráticos de acceso a los cargos públicos culturales. Por cierto, a todos los cargos públicos culturales relevantes, no electos. Ahora se comunica que el proceso de elección de los nuevos tres responsables, será transparente y abierto, streaming incluido. ¡Qué bien: que las defensas y las evaluaciones sean públicas, sí! Pero la gestión democrática exige también acuerdos, debate, diálogo, encuentro. Y el cese es la antítesis de esos términos.

Tal vez si conociéramos la política cultural que Ahora Madrid quiere hacer…; tal vez si conociéramos en profundidad los argumentos para el cese de Pérez de la Fuente…; tal vez si se tuviera en cuenta al tejido social y cultural de la ciudad para este tipo de decisiones…; tal vez si… Pero no ha habido tal vez, solamente cese es la palabra dominante en la información.

Hace apenas diez días, hablaba también en este blog de la imprescindible convocatoria y puesta en funcionamiento de un Consejo Municipal de Cultura. De existir, este tema se hubiera sin duda resuelto mejor.

(Desgraciadamente este precedente puede abrir la puerta futura a otros ceses, a más ceses, cuando alcancen el gobierno corrientes políticas otras, y los nuevos regidores no quieran esperar a los plazos estipulados en los concursos para que, por lo tanto, los gestores elegidos puedan cumplir sus contratos. Será un desastre más para la cultura; y, sobre todo, para los ciudadanos.)

Alcanzar el poder es relativamente fácil: son siempre los ciudadanos quienes deciden. Gestionarlo democráticamente poniendo a los ciudadanos por delante de las querellas se antoja tarea heroica. Y no parece que haya muchos héroes a la vista.

 

NOTA: Ya se barajan nombres par ocupar los puestos de gerente del teatro Español (¿sin concurso público?), y de directores de los espacios. El cese está todavía caliente pero ya se está repartiendo las vestiduras del cesado. Me avergüenzo íntimamente de estas situaciones en las que lo único claro es el poder. Y allí, a lo lejos, los ciudadanos, sus derechos, sus intereses.

 

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Teatro e investidura: vivan los espectadores

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Una de las acusaciones que los líderes políticos de los cuatro grandes partidos españoles lanzaron al resto en el Debate de Investidura fue la de “hacer teatro”. Ellos emplean ese concepto como impostura, mentira, falsedad; alguno como comedia de enredo, farsa, show, espectáculo o vodevil, qué sinonimia, cielos. Quienes conocemos el teatro sabemos que en una sala oscura los actores son verdad en estado puro, la mayor parte de las veces mucha más que en un atril parlamentario. Sabemos que actuar no es fingir, sino que es poner uno de tus “yoes” en acción. Y no hay mentira en los actores porque la falta de verdad escénica hace increíble su trabajo y los espectadores desertarían de los teatros en masa.

Ellos sin embargo, muchísimos de los políticos profesionales, que desconocen esto por pura incultura, lo entienden al revés. No se dan cuenta de que quienes les escuchamos desertamos de ellos precisamente porque vemos las costuras, la falsedad y el interés por que no se note demasiado la diferencia entre lo que dicen que van a hacer y lo que efectivamente hacen luego. Bueno, no se dan cuenta, o tal vez no les importa que nos vayamos.

Sin embargo, la primera jornada de debate parlamentario sobre la investidura del candidato Pedro Sánchez, provocó en mí otras reflexiones que tenían el teatro como fondo. Sí, porque cada uno de los candidatos, su discurso, sus formas, su tono, se encuadraban a mis ojos en diversos segmentos del teatro español de hoy. Se lo cuento, a ver qué les parece.

A Mariano Rajoy lo ubicaría indiscutiblemente en el teatro decimonónico, con su lenguaje antiguo, su aire antiguo, sus antiguos ademanes, su antigua y aristocrática displicencia sobre los demás. Aliñada faena la suya, sí, pero imposible que formas y mensajes, su oferta “teatral” en definitiva, encandilara más allá de los propios aficionados. Y ni siquiera a todos los propios. ¡Por dios, Mariano, ¿rigodón?!

A Manuel Iglesias -le ahorro el descredito que debe sentir sobre su nombre por el desprecio con que trató al partido que su homónimo fundó-, lo encuadro sin duda en el teatro alternativo, experimental, en el Off: su juvenil altanería intelectual, su yo sé más que nadie y sé más que tú, su aferramiento a un aire juvenil impostado, su adolescente desprecio por todo lo que no sea como él, su fe ciega en que su universitaria receta debe ser impuesta a todos los demás como si fuera la única valida, la sola que merece respirar.

A Pedro Sánchez lo relaciono de inmediato con los defectos del llamado “teatro público”, ese que se hace con fondos de todos a veces dilapidándolos, aseado y frío, correcto y formal, pedagógico y no pocas veces aburrido por previsible, autoconsciente de su responsabilidad cultural, pero sin alma, con muy poca capacidad de entusiasmar.

A Albert Rivera lo encuadro en el teatro comercial de calidad, claramente orientado a gustar a mayorías, camaleónicamente capaz de cambiar de aspecto con el expreso fin de seducir a tirias y a troyanos, atento a las formas externas pero tan a menudo olvidado de contenidos valiosos y profundos, con un lejano aire de vendedor elegante en el lejano Oeste.

Tras el debate saqué la conclusión de que todos tenían algo importante en común, algo malo en común: los cuatro creían que su tipo de teatro era el mejor y debía gustarnos a todos, debía imponérsenos a todos. Como si no les gustara nada que los distintos públicos se mezclaran. Y más allá, que los espectadores debíamos odiar los otros tipos de teatro por su maldad intrínseca, y que en su oferta teatral, sobre todo, no habría sitio para los otros tipos de teatro, para los demás. ¡Vaya mierda, con perdón!

Ciertamente hubo otras intervenciones asimilables a otros tipos de teatro, minoritarios e incluso muy minoritarios, pero que desgraciadamente se mostraban orgullosamente contagiados por los defectos de los grandes otros: onanistas preocupados por sus cosas, por hablar de su libro, e incapaces de asomarse a los gustos y necesidades de todos. Tal vez les influyó en algo el miedo escénico o el ambiente.

Si Patxi López me hubiera dado un minuto, les hubiera dicho a todos que no hay solución si no participamos todos en ella; que no hay teatro sin todo el teatro. No hay libertad de opción si no están todas las opciones de alguna manera presentes. Que todos los espectadores, los que aman el off, los que gustan del comercial, los seguidores de los centros dramáticos nacionales o regionales, y los que se pirran por el teatro demodé, tenemos el mismo derecho a que nuestros gustos y deseos se tengan en cuenta en la proporción en la que asistimos. En nuestros votos.

Menos mal que nadie tiene los suficientes. No quiero pensar en lo que pasaría a los amantes del teatro, de todo el teatro, ya me entienden, si de nuevo uno de esos tipos pudiera decidir por todos.

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Organizaciones culturales: mirar más allá del espejo

elmuro-masalladelespejoLas organizaciones culturales en España tienen ante sí el reto de la relevancia: es decir, el de ser relevantes –ellas, por lo que hacen- en la vida cotidiana de los ciudadanos y en la marcha de la sociedad. Más allá de los retos procedentes de la esencia artística y relacionados con auto-exigirse la calidad máxima, el verdadero reto es ser agente activo en la transformación social, de la que cultura y educación son palancas imprescindibles. Ciertamente es un reto que tienen todas las organizaciones relacionadas con la cultura y el arte, en España y en el mundo. Es extendida la conciencia de que cultura y arte –expresiones específicas y diferenciadoras de “ser” humano- tienen la capacidad intrínseca de aportar valor positivo y transformador al conjunto de la humanidad, más allá de las diferencias religiosas, ideológicas y políticas de sus componentes.

La cultura y el arte proporcionan a quienes los disfrutan herramientas de comprensión del mundo inefables y únicas. Porque solo a través de la música, la danza, la pintura, el teatro se accede a determinadas emociones y a la comprensión profunda, íntima, de que el ser humano puede hacer cosas sublimes…, por más que al dejar de sonar la música veamos también la capacidad humana de destruir la belleza y la bondad.

Pero para las organizaciones no es una tarea fácil mirar hacia fuera, hacia su “exterior” social. Principalmente orientadas a la creación o al trabajo con creadores y artistas de todo tipo, se han dejado arrastrar por el ensimismamiento y el placer por el propio trabajo, y solo en menor medida ha jugado en ellas un papel la preocupación por el efecto que su labor tenía socialmente.

Los poderes políticos y económicos de todo tipo, entendiendo y aprovechando esta debilidad estratégica –cuando miras en corto y solamente tus problemas caes enseguida en la fragilidad y la dependencia- han desatendido la cultura y han despreciado esta herramienta de transformación de primera. La sociedad, finalmente ha pagado esa desatención.

Para incrementar la relevancia, paso imprescindible para aportar cualquier valor a la cotidianidad de los ciudadanos, las organizaciones deben introducir en sus misiones al menos dos elementos esenciales.

El primero, poner a los destinatarios de su actividad –sus clientes, sí, pero entendidos también como ciudadanos- en el centro de su actividad, lo que implica escuchar sus deseos, sus preocupaciones, sus intereses, e implica, además, establecer y desarrollar instrumentos reales, operativos de participación y decisión, en las organizaciones y en los procesos culturales. Mirar más allá, por la ventana, en vez de mirarse al espejo.

El segundo, participar en una estrategia común de sector, pero también ciudadana, que favorezca ese papel que la cultura y el arte tienen como motores del cambio social, del cambio en la sociedad. Los valores positivos de la cultura y el arte, que le permiten reducir los conflictos, ayudar a entender las diferencias, favorecer la integración, hacer ciudadanía…, deben conformar una bandera común que unifique a las organizaciones. Y que tenga consecuencias, por supuesto. Consecuencias en la acumulación de energía para presionar para que los presupuestos de las administraciones públicas a la cultura –y su primer escalón, la educación- se incrementen, para exigir una nueva concepción fiscal en la que la creación y el consumo de cultura no sufran impuestos; para conseguir que la cultura sea tratada por los poderes como motor del alma de la comunidad, que es lo que en realidad son históricamente la cultura y el arte.

Lograr relevancia no es sencillo, pero es imposible si las organizaciones ni siquiera se lo plantean.

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Mira el bosque, no al árbol: el IVA cultural ya no es el problema

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Derecha, neoderecha y medio izquierda ya anuncian y dan por descontada la derogación del IVA al consumo cultural decretado por Wert y Montoro. El coro de corifeos llega tarde.

Mientras hemos sufrido la medida fiscal hemos pensado y mucho, y ahora ya no es suficiente volver al punto de partida. Queremos otro punto de partida. Queremos otro juego. La discusión no está en los números, sino en el horizonte al que mirar.

La subida del IVA al 21%, desde el 8% del que partía, solamente afectaba al consumo cultural, o por decirlo brutamente, a las entradas de los espectáculos y al cine, entre otros servicios culturales. La subida afectó a la creación y a las empresas de producción de arte, pero ellas ya partían de que pagaban el 18%.

En estos años nos hemos hecho una pregunta esencial ante esta situación: ¿Por qué la fiscalidad de la producción cultural debe ser diferente y mayor que la del consumo? Y nos la hemos respondido: no debe ser diferente porque ambas –producción, es decir, creación y exhibición, por un lado, y consumo, por otro- forman parte del mismo proceso, del mismo servicio cultural. Y que quienes hacen posible el arte paguen más impuestos que quienes lo consumen lanza un mensaje al mundo y a la sociedad perverso e injusto. Perverso, porque a los ojos de la sociedad identifica a las empresas y organizaciones dedicadas a crear arte como empresas indiferenciadas respecto a cualesquiera otras: si pagan los mismos impuestos, son de la misma categoría y aportan el mismo valor social. Y no, son empresas, compañías, productoras, teatros, cines, galerías, orquestas, auditorios…, que ofrecen y garantizan un servicio público. Injusto, porque la cultura –sin distinciones entre producción y consumo-, está recogida específicamente en la Constitución, en su Preámbulo y en otros artículos, como un valor que las instituciones públicas deben promover en beneficio de todos los ciudadanos y de la sociedad en su conjunto.

Los ciudadanos más sensibles, muchos por cierto, los creadores, productores, agentes culturales, han hecho frente común estos años a la medida trágica y dolorosa del incremento de 13 puntos en la fiscalidad cultural, que la situaba como un lujo, y que tanto daño a hecho. Hoy el dedo extendido no nos debe hacer perder de vista la dirección a la que apunta; hoy el árbol no debe impedirnos ver el bosque; hoy la bajada unilateral del IVA no nos debe despistar ni hacer olvidar que lo que necesita la cultura es un nuevo modelo impositivo. Un nuevo modelo que se asiente en el principio constitucional que reconoce a la cultura como un servicio público, beneficioso para la sociedad.

Ese nuevo modelo fiscal, ahora ya irrenunciable, ha de implantar cuatro medidas básicas:

Primera: Un único tipo de IVA, el mínimo o súper-reducido, para todas las actividades artísticas y culturales, tanto para aquellas que afectan directamente al consumo, como aquellas relacionadas con la producción de bienes y servicios culturales y artísticos, que atañen fundamentalmente al tejido empresarial cultural pero consecuentemente, afectan finalmente a los ciudadanos, y a la calidad del arte producido y consumido. Más claramente dicho: las entradas, es decir, el consumo, y la producción, es decir, la actividad de las empresas y organizaciones dedicadas a la producción, tendrán el mismo tipo impositivo mínimo.

Segunda: El pago del Impuesto de Sociedades no será obligatorio para aquellas empresas y organizaciones culturales cuyos beneficios sean mínimos. Este impuesto, además, ofrecerá ventajas a las empresas y organizaciones culturales que teniendo beneficios, reinviertan fehacientemente parte de ellos nuevamente en actividad cultural.

Tercera: Se establecerán tipos fiscales o medidas impositivas (impuesto de sociedades, tramos, deducciones…) que atiendan a la diversidad de los ingresos generados por las distintas organizaciones, de tal modo que las grandes empresas culturales y las pequeñas empresas creativas no soporten la misma presión fiscal.

Cuarta: Se aprobarán deducciones en el IRPF por consumo cultural, que impulsen el consumo de bienes, productos y servicios culturales por la vía de la desgravación por tramos de gasto acreditados.

Es cierto que el marco general de desarrollo de la cultura de un país no es exclusivamente fiscal: sistemas de créditos ad hoc, legislación sobre patrocinio y mecenazgo y sobre innovación, modelos de emprendimiento específicos para la creación, nueva regulación de los derechos de autor que garantice y respete su labor, normas laborales y de Seguridad Social adecuadas a la realidad de artistas y creadores, entre otras medidas, conformarían un nuevo marco general estratégico. Pero la fiscalidad, el modelo impositivo con que la Cultura contribuye a la marcha del país, es una clave esencial que define su relevancia estratégica. Las medidas concretas que proponemos buscan que la cultura pueda jugar el papel que le corresponde si deseamos que contribuya decisivamente a la mejora de nuestro país y nuestra sociedad.

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