Category Archives: Políticas culturales

Señor Gobierno: bajar el IVA ya no resuelve el problema

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El Gobierno ha decidido finalmente bajar el IVA de los espectáculos al 10%. La noche del pasado lunes, mientras se hacía público el Premio Valle Inclán promovido por Coca-Cola, y el director del CDN recogía su galardón, el ministro Méndez de Vigo, sonriente y entre bambalinas, lo adelantaba respondiendo a una pregunta de un miembro del Jurado: “Este viernes anunciaremos la bajada.”

Seguramente mucha gente se mostrará encantada con la medida. Por mi parte comparto la alegría pero permítanme ir unos cuantos pasos más allá. A estas alturas del partido, y si miramos verdaderamente lejos, esto no es suficiente.

El daño causado estos años ha sido muy grande, no a los espectadores sino a empresas, teatros y compañías que asumieron directamente como pérdida el brutal incremento de ese impuesto al consumo cultural (recordemos: 13 puntos, del 8% al 21%). Así, las entradas no subieron de precio pero los escasos beneficios de una actividad de alto riesgo disminuyeron drásticamente hasta llevar a muchas empresas a la ruina o a la desaparición. Penosamente, además, el Gobierno deja fuera al cine de esta decisión.

El problema del IVA cultural no es que el impuesto afecte a las entradas y que grave el consumo. El problema de fondo es el tratamiento fiscal de toda la actividad relacionada con la creación y con el aporte del arte y la cultura al bien común. Si, como la Constitución reconoce y la lógica social entiende, la cultura debe ser promovida y defendida por los poderes públicos, habrá que buscar un marco económico y social ad hoc para las actividades creativas y para quienes las protagonizan. Un marco general que atienda todas las fases y no solamente la de exhibición; que tenga en cuenta a todos los intervinientes y no solamente a los espectadores.

La actividad artística y cultural aporta un valor diferencial a la sociedad que reconoce en ella la pervivencia de sentido y de pertenecer al colectivo humano. Pero además, salvo algunas de sus expresiones más industriales y basadas en la reproducción, como actividad social no tiene entre sus rasgos distintivos principales o prioritarios el del beneficio económico.

Hace dos años escribí un artículo sobre este tema en el que abordaba y proponía una serie de medidas que partían de este análisis. En un post como el de hoy se hace prolijo desgranarlas pero sugiero a quienes estén interesados que lean el marco que proponía, que propongo. Es largo, pero este tema no se despacha en dos patadas ni con soluciones elementales.

El punto de partida es que todos los tramos de la cultura: producción/ creación y consumo/exhibición; y todos sus participantes: artistas, productores y ejecutantes, y público, forman parte de un todo. Un punto esencial y básico de esas medidas imprescindibles es el establecimiento de un IVA único y súper reducido que afecte a todos los productos y servicios y a todas sus fases, y otras medidas relacionadas con los impuestos personales de cuantos intervienen en el devenir cultural, territorio irregular y con un alto grado de imprevisibilidad por naturaleza.

Lo dicho, Gobierno, su medida, parcial, unilateral y escasa, es bien recibida, pero a estas alturas debemos hablar del marco social y económico de toda la actividad artística y cultural, y no solo de la exhibición de espectáculos.

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Ayuntamiento de Madrid y Cultura: cuestión de magia. ¡Ay, Carmena!

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Para los espectadores, la mayoría, la magia es ilusión, sorpresa, desconcierto, maravilla… Para los magos la magia es lo que no se ve. Ellos centran toda su acción, toda su capacidad de seducción en hacer que su público no vea el truco, que es lo importante.

Pensaba en la magia cuando me ponía a escribir sobre la política cultural, bueno, sobre la actividad desarrollada en el área de Cultura por el equipo municipal de gobierno de Madrid.

¿Y dónde está la magia? ¿Qué es lo que no se ve de su acción? Lo primero y tal vez lo más relevante, el programa, o más bien la ausencia de programa. Cuando llegaron al poder, con notable sorpresa para ellos mismos, disponían de mensajes entusiasmantes, críticas correctas sobre el pasado, indignación por lo mal que se habían hecho muchas cosas, pero un programa de acción concreto eso no lo llevaban en la cartera. No me digan que no es mágico. Sí, ya sé que los demás competidores no les andaban muy lejos en esto de las alforjas vacías, pero quienes acabaron asumiendo la tarea de dirigir la cultura resultaron los de Ahora Madrid. A ellos, a quienes actúan desde la hegemonía sin tener mayoría de voto ciudadano, se deben pedir las cuentas.

Esta ausencia de programa explica que buena parte de sus “números” hayan sido percibidos como de mala calidad. Cuando no se sabe a dónde se va cualquier camino es bueno; o malo, según se mire. Y lo que se ha hecho durante estos más de veinte meses es improvisar, constantemente. Con los consiguientes errores y perjuicios para los ciudadanos. Recuerden la cabalgata anti-cabalgata, la aplicación cutre de la Ley de Memoria Histórica rápidamente echada atrás, la degradación de Madrid Activa, un exitoso programa que llevaba mucho tiempo surtiendo de calidad artística a los barrios… En casi todos estos casos el mago nos distraía con palabras como transparencia, democracia, participación, renovación, modernidad…, mientras todo seguía igual o iba nítidamente a peor. Magia. Díganme, si no, una sola acción notable a favor de la transparencia. Señalo una que hubiera sido recibida de mil amores: que en todas las licitaciones y concursos públicos los proyectos fueran públicos y conocidos al igual que sus defensas, en actos abiertos y públicos. Recuérdenme una a favor de la participación, más allá de la propaganda en torno a las consultas con urna sobre la Plaza de España o el cambio de nombre de un parque. Ya les digo yo otra que nos hubiera encantado: haber consultado con el sector y con la ciudadanía sobre los procesos de uso del Matadero. O, la simple puesta en pie de un Consejo Ciudadano de Cultura; no sé, algo. Magia.

La hipnosis también es un tipo de magia. Apenas nadie se queja de la ausencia de política cultural o de los errores brutos cometidos por Mayer y su equipo, y si acudes a la presentación del programa de Carme Portacelli para el Español, acompañada por cierto, por Carmena –es uno de los muchos ejemplos-, verás cómo una rueda de prensa se convierte en un acto de adhesión con aplausos y vítores. También fueron pocos los que se quejaron de que el proceso democrático –con carencias, claro: pero, ¿se acuerdan como resultó designado su antecesor?- que llevó a Pérez de la Fuente al Español, se violentara y se despidiera e indemnizara a quien había llegado por concurso y tribunal indiscutido. Sí, un concurso público democrático roto para convocar otro concurso que permitiera direcciones adeptas. No se había visto ni en las instituciones del gobierno central: vean a los directores del CDN y la CNTC convivir con distintos gobiernos en pro de la continuidad imprescindible. Pero pocos ven el truco y siguen pendientes de las palabras, cambio, regeneración… Sin queja. Magia. (Bueno, la magia en este caso será que el siguiente equipo de gobierno no haga lo mismo: denunciar los concursos actuales para lograr directores en su onda. Sentado el precedente, todo vale.)

Tan confiados estaban los magos que finalmente muchos han visto el truco y las costuras. Decidieron contratar para el Matadero a Mateo Feijoo, y las primeras alertas disparadas en su concurso (en serio, ¿cómo puede ser el de Feijoo el mejor de 31 proyectos?) y las dudas en la regularidad de su contratación y de su equipo, se han convertido en clamor cuando ha presentado “su” programación y ha decidido acabar con el mínimo vestigio del pasado y del teatro tal y como lo entienden muchos (a los que obviamente no consultó). Y ahora hasta Gas, Portillo y una larga lista de damnificados –por uno u otro motivo- se rasgan las vestiduras. Mala magia.

Uno de los episodios más curiosos de esta concejalía maga es el nombramiento con banda de música y tambores de Santiago Eraso (sin concurso, por cierto, y sin apenas queja: magia) para dar la vuelta al calcetín de Madrid Destino… y su desaparición sin dejar rastro, ni huella. Desaparición física. Por supuesto sin hacer el trabajo encomendado y sin explicaciones públicas. Si el otro día no hubiera visto y tocado a Eraso en la III Conferencia Estatal de la Cultura de Valladolid hubiera pensado en una desaparición a la altura de las que hace David Copperfield. Magia de la buena. (La de hacer desaparecer a Carrillo, anterior director municipal de cultura, fue puro entrenamiento.)

Otro curioso caso de magia es el de la desaparición de las compañías residentes en centros culturales de Madrid. Una experiencia iniciada por Alicia Moreno, pionera y ejemplar en toda España, pero señalada como antigua por el nuevo equipo, empeñado en dejar morir el modelo. Un pleno municipal del pasado verano aprobó por unanimidad el mantenimiento del programa y la elaboración de un reglamento ad hoc, pero… magia, nada se ha hecho. Nada se espera.

Lo malo en realidad es lo que hay detrás de tanta magia, de tanta mala magia: NADA. Improvisación, incompetencia, sólido amarre al poder, autosuficiencia, soberbia, sordera, “ahora me toca a mí”…

En cualquier caso, ¡Madrid, tenemos un problema! Quienes nos gobiernan en Cultura no parecen saber qué hacer, ni a dónde nos llevan, ni han mostrado en estos casi dos años la preocupación y la humildad necesarias por aprender. Y no piensan consultar ni preguntar la dirección adecuada a quienes han mostrado que saben algo más.

Lo peor de esta magia es el desprestigio, el vaciamiento del valor de palabras que para muchos son claves en la política cultural: democracia, transparencia, participación, ejemplo, buenas prácticas…

Lo peor de esta magia es el dolor y la tristeza que produce el mal servicio que estamos haciendo, todos, a los ciudadanos.

En un próximo post abordaré los rasgos que a mi modo de ver son la amalgama de fondo y el lastre del gobierno municipal de Madrid: su origen y las características mismas del equipo, y en lo ideológico la estrategia de Hegemonía que lo sustenta.

Hasta entonces.

 

Post scriptum: Acabo esta entrega el miércoles y salta la noticia: la alcaldesa Manuela Carmena destituye a Mayer. Me pregunto si basta y me respondo que no. En realidad, tal vez ese sea el último número de magia: la asunción por Carmena de las atribuciones en Cultura de su concejala Mayer. Al parecer harta de líos e inepcia ha decidido mandarla al banquillo. ¿Es una maniobra de despiste para que atentos al collar no nos fijemos en el perro? Parece obvio que sí, dado que Carmena afirma taxativamente que no hay crisis y que la destitución no es tal, sino un cambio de responsabilidades. Un chiste, si no fuera tan grave. Habrá que entender que Mayer lo ha hecho bien. Ay, Carmena, vas trenzando tu destino con el de los menos útiles del equipo.

 

NOTA:

Releo algunos de los post que sobre este asunto he ido publicando en estos casi veinte meses y la melancolía se acrecienta. Si quieren, revísenlos también.

http://www.robertmuro.com/2015/06/cuanto-queda-por-hacer/

http://www.robertmuro.com/2015/07/cambio-y-cultura-el-bien-comun-esta-en-juego/

http://www.robertmuro.com/2015/07/santiago-eraso-destino-madrid-destino/

http://www.robertmuro.com/2016/03/en-democracia-las-formas-son-casi-todo-el-cese-de-perez-de-la-fuente/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Elecciones 2016 y Cultura. Y 2

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Los partidos del cambio: ¿creer para ver?

Si ayer animaba a leer críticamente los programas de los partidos conservadores antes de las elecciones bis, hoy lo hago más encarecidamente aún de los partidos del “cambio”: tienen mucha más letra.

Los programas de Unidos Podemos y del Partido Socialista Obrero Español son más consistentes y con un mayor desarrollo en cuanto a la Cultura. Armaros de tiempo en un cómodo sillón. Y de lápiz. He de decir, antes de nada, que a pesar de que el Programa Ikea de UP es un hallazgo que intenta facilitar su lectura por los votantes (¿Con éxito?), para analizar sus contenidos es más adecuado el anterior programa electoral, al que me referiré a menudo, porque en él sí hay explicaciones de fondo. El análisis del programa Ikea es más apropiado para publicistas o/y para lectores que no necesitan profundizar demasiado.

Ambos partidos expresan en sus programas la convicción política de que la Cultura tiene un valor estratégico para España, que es esencial en su devenir histórico y futuro, y que es la clave que constituye y define el país. Los dos dan relevancia a la lengua y a las lenguas, llegando el PSOE a proponer una Ley Orgánica de la pluralidad lingüística de España. Los dos consideran la Cultura como un derecho, llegando a hablar de “derecho de acceso”, concepto con el que personalmente me identifico más. UP habla de “fomentar el derecho de la ciudadanía a participar…” Personalmente creo que lo que ha de fomentarse es el ejercicio de los derechos. (Más de una vez he defendido que derecho, derecho, lo hay a la vivienda, la salud, la educación…, pero que la Cultura es más esfuerzo, y que lo que hay que allanar es el acceso y favorecer esencialmente su base: la educación. Pero esa es otra).

Ambos programas recuperan el Ministerio de Cultura y rebajan el IVA (al igual que Ciudadanos), junto al Estatuto del Artista, una nueva Ley de Mecenazgo y Patrocinio, y una perspectiva similar en la promoción de la igualdad de género en el ámbito cultural. Resulta curioso, ya lo mencionaba en el post dedicado a los partidos conservadores, que tanto UP como PSOE den relevancia a la necesidad de un Pacto por la Cultura, que a tenor de lo visto hasta aquí es un brindis a la luna de Cyrano dado lo nada que han hecho todos por acercarse a él.

El programa de UP-Ikea es un conjunto articulado de propuestas de máximos que a todas luces es imposible cumplir –ni con mayoría absoluta- en una legislatura, ni en tres. Probablemente la seguridad sin humildad con que lo defienden es lo que despierta distancia en amplios sectores. Tiene la virtud de enmarcar en el medio y largo plazo los cambios que proponen, buena parte de ellos necesarios. Pero, como el PSOE y los demás partidos, no cuantifica el coste de sus propuestas en Cultura, ni calendariza su prioridad en el tiempo, ni diferencia el nivel de relevancia de unas respecto a las otras. Este lastre es más notable en el programa de UP por el cambio total que propone. ¿Qué pasará si no puede cumplirlo por el reparto de escaños?

Hay algún punto en el programa de UP que requiere un mayor análisis. En primer lugar la unión en un mismo ministerio de Cultura y Comunicación (punto 203, UP-Ikea), que de producirse debe generar alerta permanente para que el manejo de la Comunicación no se convierta en otra herramienta de poder y de intervención gubernamental en la sociedad. Atención, también, a la creación de la Asamblea de Profesionales de la Cultura (207), que tal y como está explicada puede convertirse con muy poco esfuerzo en una nueva estructura súper burocrática. Particular seguimiento merecen los criterios de fondo de la nueva Ley de Propiedad Intelectual que proponen (214 y 215) que, so capa de impulsar la gratuidad y un mayor acceso, anuncian todavía más desatención a los derechos de los autores y creadores en beneficio de un sujeto popular de creación.

Por su parte, el programa cultural del PSOE es también consistente, pero como el de UP no establece prioridades, ni calendario, ni presupuesto. En buena medida este problema ancla en la tradición democrática española, que propone los procesos electorales como una suerte de mercado persa en el que nos venden alfombras voladoras pero por cuyos precios ni funcionamiento los compradores nunca preguntamos. El que mejor lo cuente la venderá. Algunas de las propuestas diferenciales del PSOE a seguir: la Ley sobre el Derecho de Acceso a la cultura que establezca las prestaciones básicas de acceso para toda la ciudadanía en todo el territorio; el compromiso de incremento progresivo de la partida de Cultura en los Presupuestos Generales; el establecimiento –en lo que coincide con UP- de formas de acceso transparentes y mediante contrato programa a los cargos públicos de gestión; o la utilización de la Lotería para financiación parcial de la Cultura (en lo que parecen seguir el ejemplo inglés).

Como decía, ambos programas son serios y trabajados. El del PSOE se aprecia hecho por un partido con experiencia de poder y que sabe más lo que es y no posible realizar en cuatro años; el programa de UP mira mucho más allá de una legislatura, en la que probablemente no tenga mayoría de gobierno, lo que a veces le da ese aire ensoñador. Aunque después del barro vivido, ¿quién no siente la tentación de soñar?

En fin, el programa de UP será más votado por quienes hayan acumulado irritación por los efectos de la política, general y en Cultura, del Partido Popular, y por los que desconfíen de que el PSOE cambie las normas de funcionamiento de la Cultura y su papel social, para cuya solución ya tuvo el gobierno y no lo hizo.

También recibirá UP el voto de quienes crean que ante la necesidad de tanto cambio como se requiere, las ideas son lo prioritario para el gobierno, y que el equipo humano, el conocimiento de la gestión están en segundo plano. “Ya aprenderemos”, se dicen. Sus votantes necesitan creer y sienten que creyendo en el cambio lo verán.

El programa del PSOE, también consistente y más terrenal, será votado por los propios, difícilmente hoy por nuevos electores, pero como decía, también necesita para ser votado una fuerte dosis de fe, de otra fe: creer que quienes no lo han hecho cuando podían, en estas nuevas circunstancias lo hagan. Creer para finalmente ver.

Que la altanería de unos y el desgaste de los otros no impidan que se produzcan los cambios tan necesarios que en Cultura –y en otros muchos ámbitos- necesita nuestro país y nuestros conciudadanos. Y que ambos recuerden que la Cultura es de y para todos y que el famoso pacto que le otorgue el papel estratégico que necesita es imposible sin contar con los demás partidos. Las elecciones no son un crédito ilimitado, y debemos hacérselo saber a los partidos. A todos.

En fin, creer esperando algún día ver. Votemos el 26 de junio, votemos que somos muchos millones y sumadas nuestras diferentes opciones construiremos una solución viable. Sin olvidar, como decía en el post anterior, que no debemos fiar únicamente en las grandes soluciones: construyamos también con nuestros pequeños y cotidianos ladrillos

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Elecciones 2016 y Cultura

PP-Ciudadanos

Los programas conservadores: parole, parole, parole.

Las propuestas electorales de los partidos políticos vienen recogidas en su programa, aunque muy rara vez los votantes las leen. Es probable que si lo hicieran críticamente, hasta los más fieles pondrían en duda su voto.

En dos entregas consecutivas analizaré sucintamente y a grandes rasgos las propuestas culturales de los dos bloques esenciales que a nivel nacional concurren a las elecciones bis del 26 de junio. En realidad bastaría que estos post indujeran a la lectura de los programas de cada fuerza. Sí, bastaría.

Reconozco abiertamente la profunda desgana que se apodera de mí ante programas que comienzan cada propuesta con términos como “impulsaremos”, “promoveremos”, “mejoraremos”, “fortaleceremos”… Tan a mentirijilla me suenan que me cuesta seguir leyéndolos. Los programas de Ciudadanos y el Partido Popular en Cultura están inundados de este tipo de expresiones que excluyen la concreción y el compromiso, que eluden la cuantificación y los plazos de cumplimiento. En mi opinión solamente deben tenerse en cuenta como propuestas ejecutables aquellas que comienzan con términos como “crearemos”, “rebajaremos”, “aprobaremos” o “reformaremos” (si se refiere a leyes y artículos concretos). Ya sabemos que incluso esas afirmaciones serán moderadas por el tiempo y la composición del Parlamento, pero al menos indican un nivel mayor de energía “verdadosa”. Pues bien de las 350 medidas que propone Ciudadanos en su Programa, 14 se dedican a Cultura (188 a 201, excluyo las medidas sobre RTVE) y de ellas las únicas con un cierto aire de compromiso son la recuperación del Ministerio de Cultura, la bajada del IVA al 10%, un estatuto para el artista y el creador, y medidas sobre la Propiedad Intelectual, aspecto que goza de la mayor concreción y en el que se compromete a la reforma de la actual Ley, a la creación de una Fiscalía especializada en delitos contra la propiedad intelectual, y a la aprobación de un Plan para la Protección de la Propiedad Intelectual y las Industrias Culturales. Ciertamente su primer punto en Cultura es “Impulsaremos un Acuerdo Político y Social por la Cultura”, pero, esta cantinela, susurrada en público por todos los partidos, es una evidente impostura: si no hay ni un amago de acuerdo antes de las elecciones –y no lo ha habido en las últimas décadas- es imposible que la Cultura forme parte de un acuerdo estratégico después. Entre los partidos políticos el mantra del Pacto por la Cultura solo será creíble cuando den pasos ciertos: lo demás son parole, parole, parole.

La cercanía de sus recientes años de gobierno hace que la evaluación del Programa cultural del Partido Popular (páginas 193-197) sea todavía más desesperanzada. Leerlo y ser atacado por la distancia o el enfado es todo uno. Porque en él términos como facilitar, impulsar, promover, fomentar…, tienen el peso leve de la más leve pluma: hablan de la nadería más frusleril, del saludo al sol como única estrategia. Más aún cuando ni se menciona derogar medidas tan perjudiciales como el IVA del 21%, o se hace luz de gas sobre su anterior compromiso de aprobar una Ley de Mecenazgo. Si lo concreto desaparece, lo que queda es nada. A la luz de lo hecho, ¿cómo se entienden afirmaciones de apoyo al Instituto Cervantes, al cine, a una Ley de Economía Creativa o al Estatuto del Creador? Desgraciadamente contra el PP está la carga de la prueba de sus años de gobierno, y eso es prácticamente imposible que la mayor parte del sector cultural lo pase por alto. Incluso podemos percibir el aliento de la amenaza en el punto en que dice que se compromete a mantener el tipo súper reducido para Libros, como si estuviera en peligro. ¿Lo está? Lean su programa.

Claro que puede haber otra interpretación a esta expresión difusa de las propuestas electorales: no concretamos porque ya lo hacemos y nos comprometemos en otros aspectos del programa, en temas mucho más importantes, y en Cultura haremos lo que podamos. No sé qué razón sería peor.

Por lo demás, creo que carece de sentido opinar de los programas políticos de los partidos sobre aspectos inconcretos, que no plantean compromisos de ejecución, que no están cuantificados ni presupuestados, y para los que además no se señala tiempo de ejecución. Hacerlo es hablar del viento en Marte. Racionalmente, todos entendemos que los programas electorales deberían ser compromisos que los partidos asumen para aplicarlos en la legislatura, y que el voto es el encargo concreto del cliente, al que no pueden defraudar. Bueno, eso sería lo lógico, aunque fruto de la experiencia que nos proporciona nuestra política de baja calidad democrática, los ciudadanos sabemos que el programa no es un compromiso sino la expresión ideológica de un anzuelo para el voto, al que los fieles, los esperanzados o los frustrados atienden sin siquiera leer la letra pequeña.

Como veremos, esta tendencia, aunque con otros componentes, está presente también en las otras corrientes políticas. Pero eso, mañaaaaaana. José Mota dixit.

Ah, no piensen que lo mío es tendenciosidad, apriorismo o voto contrario. De hecho hoy mismo debo decidir mi voto –lo hago por correo- y siento que nadie me enamora lo suficiente para darle mi sí. La desconfianza es un derecho, pero no debe llevar a la inacción. Porque, no se me va a olvidar decirlo, el voto más valioso de cada ciudadano ha de emitirse, puede emitirse, día a día, haciendo lo que cada uno pueda en su inmediato derredor por mejorar la calidad de nuestro entorno social, cultural, laboral… Ahí, el protagonista es uno, sin excusas que echar a la cara a nadie durante los cuatro años. La realidad la cambian las leyes…, y los ciudadanos.

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Debate en Teatros Luchana: hasta con medio Pactito por la Cultura nos vale

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En lo pequeño está el germen de toda belleza

Las elecciones bis están al caer y conviene que, superando desconfianzas y descreencias, nos apliquemos a la tarea de señalar con el dedo lo que debiera hacerse. Mirar a otro lado, dar la espalda a ególatras y narcisistas, que es lo que demanda el cuerpo tras estos seis meses perdidos, no es solución, no una buena solución.

El equipo de Teatros Luchana organizó el pasado lunes un debate de clarificación electoral para celebrar el primer aniversario de su nacimiento. Allí estábamos por la parte “civil” Berta Ojea, Jesús Cimarro y yo mismo; y por la política madrileña, Ángel Martínez Roger, Isabel González y Pablo Iglesias Simón (nunca el apellido materno fue tan necesario), representando al PSOE, PP y Podemos, respectivamente.

Del debate, pulido y modoso, poco se puede decir más allá de constatar que las palabras pueden con todo y que todos pueden decir muchas palabras, incluso muy parecidas palabras, sin que ello sea garantía alguna de que llegados al poder los decidores conviertan su verbo en hechos.

Si una idea revoloteó con cierta persistencia fue la del Pacto por la Cultura. La idea de que se produzca el milagro de que algo una a todos los partidos es seminal aunque al parecer con espermatozoides tirando a vagos. Yo, que como me afeó con gracia Martínez Roger, tiendo confesamente a poetizar, al Pacto lo llamo desde hace años Contrato Ciudadano por el Arte y la Cultura. El problema es que el concepto mismo de pacto es impensable en una situación política en que cada partido, para combatir al otro y hacerle luz de gas, utiliza hasta los kleenex.

Soy partidario de ir de lo pequeño a lo grande. O más bien, de apostar por lo pequeño para no perder la esperanza en lo grande. Lo grande es el CAMBIO, ese que impulsará la Cultura como motor de país (y el PACTO para lograrlo); lo pequeño es el pactito, incluso aunque sea un poco feo. Porque el pactito expresará que los partidos piensan y hacen en clave de bien común no de boquilla; expresará que por encima de discrepancias, se comprometen a que los acuerditos se ejecuten.

Y ahí va mi propuesta: que los partidos elijan de su propio programa electoral de Cultura, aquellas medidas comunes en las que podría haber o tejerse un acuerdo. No es necesario que sean muchas; no es necesario que sean muy importantes; lo imprescindible es que el acuerdo en torno a ellas, se lleve a la práctica por cualquiera de ellos si llega al gobierno (solo o acompañado). No vale que todos digan con la boca chica que quieren un Pacto por la Cultura. Solamente vale que hagan –antes de las elecciones- un pactito por la cultura en torno a uno, dos tres, cuatro puntos. ¡Por dios, no hace falta más! Porque suscribir un pactito de tres puntos y comprometerse a cumplirlo gobierne quien gobierne, aunque el contenido sea aparentemente nimio, expresará que el gran pacto es posible. Que el pacto que necesitamos, ese que se orienta a hacer de la cultura una seña de identidad de todos los ciudadanos y de todo el país, es posible.

Humildemente señalo cinco posibles temas para que nuestros políticos partidos elijan tres de ellos para comprometerse a concertar y cumplir. Excluyo la bajada del IVA, claro, por ser una reivindicación ya amortizada. 1) Leyes para que la gestión pública de la cultura, y la gestión privada de los servicios públicos culturales, estén regidos por la transparencia (concursos, ayudas, privatizaciones…); 2. Elección de todos los cargos de responsabilidad cultural por concurso y ejerciéndose mediante contrato programa; 3. Ley de Patrocinio y Mecenazgo (incluidos incentivos fiscales para el consumo cultural de los ciudadanos); 4 . Aprobación de normas que promuevan la participación ciudadana en la gestión de la Cultura (asociacionismo, fórmulas de gestión participativas, consejos municipales del arte y la cultura…); y 5. Promover y extender las residencias artísticas a todos los centros culturales y espacios públicos como fórmula de creación y democratización.

Ya, ya sé que estos puntos para muchos son minucia. Pero si no gustan estos tengo otros, como decía Groucho con sus principios, igual de buenos para un pactito.

Lo dicho, bastaría con que antes de las elecciones sacaran del debate electoral las diferencias políticas en Cultura y se comprometieran todos a un programa de cambios pequeño pero común. Dentro de cuatro años, podríamos subir otro peldaño en la escalera de hacer de la Cultura algo relevante en la vida de los ciudadanos.

Para ilustrar la relevancia de las actitudes para los pequeños acuerdos, no me resisto a recordar esa historia del explorador inglés que de vuelta de sus viajes por el África más remota relataba a sus compañeros de sociedad geográfica del momento en que se vio rodeado por cincuenta leones y cómo salió valientemente del paso en aquella comprometida situación. “Cincuenta”, repitió con sorna” uno de los contertulios. “Ciertamente no los conté, tal vez solo eran 25”, respondió el explorador. “¿Veinticinco leones?”. “Bueno, si nos ponemos exigentes con el número, preferiría reducir el número a cinco leones, bien grandes, por cierto.” El cada vez más desconfiado oyente, repitió en tono incrédulo la cifra última: “¿Cinco?” A lo que el explorador, sintiéndose ya acorralado, acertó malamente a contestar: “Bueno, bueno, no había leones, pero no saben ustedes lo que olía a león. Apestaba”.

Pues eso, que al menos en las próximas semanas huela a pactito. Y mi voto para quien se lo trabaje.

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Nace mediantescultura, una empresa del Cuarto Sector

Gestión privada de servicios públicos culturales

La semana pasada se presentó públicamente en Madrid mediantescultura – elmuro, una empresa de gestión privada de servicios públicos culturales, que se guía por el servicio a los ciudadanos. En el recoleta sala de cine de Artistic Metropol, Salvador Sanz y yo mismo, promotores del proyecto, desgranamos las razones de su nacimiento. ¿Es posible que una empresa priorice el servicio publico y el beneficio de los ciudadanos compaginándolos con la sostenibilidad de la empresa? No me digan que no les suena que esta precisamente es una de las características no expresadas de toda una pléyade de empresas culturales y artísticas de nuestro país. mediantescultura, tiene esa filosofía y se reclama capaz de mantener y armonizar los beneficios de la gestión privada, eficaz y eficiente, profesional, con los beneficios sociales propios y característicos de la cultura.

No somos pocas las personas y organizaciones de todo tipo que desde el ámbito cultural aspiramos, deseamos, soñamos e incluso humildemente laboramos por una sociedad más igualitaria en derechos y obligaciones y en la que tener mucho más que otro, además de no ser visto como un ejemplo, sea finalmente, inútil, innecesario. Pero entre tanto se acerca ese momento histórico en el que tantos necesitamos creer, creo, también en que es necesario dar pequeños pasos que mejoren, que “contaminen” positivamente, que ilustren desde la humildad lo mucho que ganaría la sociedad con menos desigualdad. Uno de esos pequeños pasos es el desarrollo del llamado Cuarto Sector de la economía, aplicado a la cultura en el que mediantescultura se inscribe por propia voluntad.

Es bien sabido que el Primer sector se identifica con la empresa privada, el Segundo, el sector público, y el Tercero, el de las organizaciones no lucrativas, pero, ¿qué es eso del Cuarto Sector del que hablamos?

Enunciativamente podemos decir que lo conforman empresas con responsabilidad ante el devenir del bien común, empresas que anteponen el beneficio social al económico porque creen y demuestran que maximizar el beneficio social no es incompatible con ser rentable económicamente. En tanto que maximizar el beneficio económico por encima de todo sí es incompatible con el beneficio social. ¿Os es que no podemos aprovechar la creatividad, el trabajo, el esfuerzo, el ingenio más que para hacer dinero? ¿Es que la profesionalidad y la eficiencia empresarial no puede disponer de alma?

Las empresas que nos acogemos al concepto de Cuarto Sector asumimos unos compromisos públicos concretos en sintonía con el propósito social. Nuestros métodos de negocio deben ser escrupulosos con la legalidad y con ese propósito social; deben atenerse al concepto práctico de ganancias razonables, lo que a menudo implica la autolimitación expresa del volumen de beneficios y obliga a la reinversión; la transparencia y la apertura a auditorías, especialmente en las tareas relacionadas con instituciones publicas; la responsabilidad social y medioambiental; y compromisos estrictos en torno a los derechos laborales y sociales de cuantos se relacionan con la empresa.

Una buena parte de las organizaciones y empresas culturales (incluso algunas encuadradas en el Tercer Sector) cumple algunas o varias de estas características y lo hacen, además, en un sector –el de la Cultura- considerado en nuestro ordenamiento constitucional y en nuestro entorno, como uno de los servicios que las administraciones ofrecen y han de garantizar a los ciudadanos.

Es ilusionante que cada día más organizaciones y empresas del ámbito cultural se adscriban a este concepto práctico del Cuarto Sector. Es estimulante que muchas empresas eficaces, eficientes y profesionales, consideren que es posible compaginar rentabilidad económica y social, y que lo demuestren. Pero para que adquiera cada día más relevancia real es imprescindible que desde el propio sector y desde las instituciones públicas, se tomen algunas medidas urgentes.

Desde el propio sector, hay que crear una normativa auto-reguladora de cumplimiento de las medidas enunciadas que permita diferenciar a aquellas empresas presentes en el ámbito de la cultura que priorizan el negocio, de aquellas que priorizan el beneficio social. El primer paso es el encuentro y el acuerdo de aquellas organizaciones que se sitúan en esta perspectiva.

Desde las administraciones públicas se debe, por un lado, legislar con urgencia medidas para favorecer el desarrollo y la presencia de empresas del Cuarto Sector en todos aquellos servicios públicos que requieran de gestión privada; y por otro, favorecer en cuantos concursos, licitaciones y encargos requieran de la participación de empresas en servicios públicos, que sean empresas con autolimitación de beneficios y responsabilidad social las receptoras de los encargos.

No se trata de inventar un nuevo sector, se trata de estimularlo, de regularlo, de tipificarlo al servicio de una mejor gestión de los servicios públicos y de garantizar en ella el compromiso de las empresas contratadas con el propósito social.

Es posible servir a la sociedad desde la empresa siempre que ese objetivo sea fundamental y no accesorio en su estrategia empresarial. Es posible hacer empresas sostenibles en Cultura combinando rentabilidad social y rentabilidad.

Hagámoslo.

 

NOTA: En próximas e inmediatas entregas iremos describiendo mediantescultura, y sus áreas de actividad.

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Organizaciones culturales: mirar más allá del espejo

elmuro-masalladelespejoLas organizaciones culturales en España tienen ante sí el reto de la relevancia: es decir, el de ser relevantes –ellas, por lo que hacen- en la vida cotidiana de los ciudadanos y en la marcha de la sociedad. Más allá de los retos procedentes de la esencia artística y relacionados con auto-exigirse la calidad máxima, el verdadero reto es ser agente activo en la transformación social, de la que cultura y educación son palancas imprescindibles. Ciertamente es un reto que tienen todas las organizaciones relacionadas con la cultura y el arte, en España y en el mundo. Es extendida la conciencia de que cultura y arte –expresiones específicas y diferenciadoras de “ser” humano- tienen la capacidad intrínseca de aportar valor positivo y transformador al conjunto de la humanidad, más allá de las diferencias religiosas, ideológicas y políticas de sus componentes.

La cultura y el arte proporcionan a quienes los disfrutan herramientas de comprensión del mundo inefables y únicas. Porque solo a través de la música, la danza, la pintura, el teatro se accede a determinadas emociones y a la comprensión profunda, íntima, de que el ser humano puede hacer cosas sublimes…, por más que al dejar de sonar la música veamos también la capacidad humana de destruir la belleza y la bondad.

Pero para las organizaciones no es una tarea fácil mirar hacia fuera, hacia su “exterior” social. Principalmente orientadas a la creación o al trabajo con creadores y artistas de todo tipo, se han dejado arrastrar por el ensimismamiento y el placer por el propio trabajo, y solo en menor medida ha jugado en ellas un papel la preocupación por el efecto que su labor tenía socialmente.

Los poderes políticos y económicos de todo tipo, entendiendo y aprovechando esta debilidad estratégica –cuando miras en corto y solamente tus problemas caes enseguida en la fragilidad y la dependencia- han desatendido la cultura y han despreciado esta herramienta de transformación de primera. La sociedad, finalmente ha pagado esa desatención.

Para incrementar la relevancia, paso imprescindible para aportar cualquier valor a la cotidianidad de los ciudadanos, las organizaciones deben introducir en sus misiones al menos dos elementos esenciales.

El primero, poner a los destinatarios de su actividad –sus clientes, sí, pero entendidos también como ciudadanos- en el centro de su actividad, lo que implica escuchar sus deseos, sus preocupaciones, sus intereses, e implica, además, establecer y desarrollar instrumentos reales, operativos de participación y decisión, en las organizaciones y en los procesos culturales. Mirar más allá, por la ventana, en vez de mirarse al espejo.

El segundo, participar en una estrategia común de sector, pero también ciudadana, que favorezca ese papel que la cultura y el arte tienen como motores del cambio social, del cambio en la sociedad. Los valores positivos de la cultura y el arte, que le permiten reducir los conflictos, ayudar a entender las diferencias, favorecer la integración, hacer ciudadanía…, deben conformar una bandera común que unifique a las organizaciones. Y que tenga consecuencias, por supuesto. Consecuencias en la acumulación de energía para presionar para que los presupuestos de las administraciones públicas a la cultura –y su primer escalón, la educación- se incrementen, para exigir una nueva concepción fiscal en la que la creación y el consumo de cultura no sufran impuestos; para conseguir que la cultura sea tratada por los poderes como motor del alma de la comunidad, que es lo que en realidad son históricamente la cultura y el arte.

Lograr relevancia no es sencillo, pero es imposible si las organizaciones ni siquiera se lo plantean.

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Rebuznan, luego cocean: Wally o la cultura

Captura de pantalla 2015-12-18 a las 12.30.02La campaña electoral ha sido una limpieza étnica para muchos temas verdaderamente importantes, arrumbados por el enfangamiento y el engolfamiento en que ha devenido parte sustancial de la política en nuestro país. Hasta la televisión, sobre todo la televisión, ha sido el escenario privilegiado para alcanzar tan bajas metas.

Uno de los temas tan importante como missing es el de la Cultura. Nada sabemos de lo que tirios y troyanos quieren hacer tras las elecciones. Probablemente porque ni ellos mismos lo saben. Casi seguro porque no les interesa lo suficiente para saberlo. Bueno, es cierto que alguno ha hablado de bajar algo el IVA al consumo cultural: todo un alarde de novedad y compromiso. Eso sí, si las circunstancias lo permiten, claro. ¡Como si el IVA fuera el único o el principal problema de la cultura en España¡ Rebuznan, luego pueden cocear.

Lo grave, lo verdaderamente trascendental, no es que los partidos políticos tengan esa escasa consideración con la cultura, el alimento espiritual de las personas y de las sociedades, no lo olvidemos; no, lo relevante e ilustrador de la situación es que cuantos son sensibles a esa componente de lo humano han visto pasar la película electoral sin levantar la mano para preguntar de lo suyo. Lo definitivo es que cuantos sentimos que la cultura son las carreteras por las que transita la imaginación, la creatividad, el alma de las gentes, no hayamos dicho ni pío.

Para más adelante, como tantas otras veces, queda la tarea de centrar el tiro de las exigencias mínimas, ese programa básico del que en muchas ocasiones he hablado, que debería configurar el horizonte de la acción de la cultura y de la sociedad misma para construir futuro.

En el Génesis, Yahveh contestaba a Lot, que le pedía que no destruyera las corruptas ciudades de Sodoma y Gomorra, que no lo haría si hubiese un justo en ellas. Qué metáfora. Hoy, hambriento como me encuentro, admitiría, bajando el nivel de exigencia, que cualquier partido merecería ser votado desde la perspectiva cultural si tuviera tres o cuatro compromisos importantes en su programa; dos o tres compromisos en su programa. Dos o uno. Algún compromiso relevante y diferencial en su programa.

 

¿Con cuáles me conformaría?

Uno, sí, con la bajada del IVA al 4% -porque el alimento espiritual no debe tener impuestos-. Pero el 4% debe aplicarse tanto al consumo, como a la producción, porque quienes generan arte y cultura no deben ser tratados como si se dedicaran a la banca, a la energía nuclear o al tráfico inmobiliario (me limito a recordar la diferencia que para la cultura establece la Constitución). Limitar el problema impositivo de la cultura solo a quienes compran entradas es demagógico y mortífero para los creadores y las organizaciones creativas.

Dos, una legislación que articule, facilite, provoque, ayude… a que los ciudadanos y las empresas colaboren en el devenir cultural. Una ley que facilite la aportación de fondos económicos a la producción de cultura, y que al mismo tiempo favorezca la implicación de la sociedad en el devenir del arte y al cultura en España. Algunos la llaman reduccionistamente Ley de Mecenazgo. Visto lo visto, me conformaría con una que no fuese mala, copiada de algún país de esos de allende Pirineos que nos llevan alguna ventaja en esto.

En realidad sería suficiente con cualquier cosilla: un plan nacional de promoción e impulso de la lectura, la recuperación porcentual en los próximos presupuestos de las cantidades recortadas los últimos ocho años, el acceso a todos los cargos públicos culturales de designación mediante convocatorias democráticas y transparentes y con contratos programa, la presencia en lugar preferente de la cultura en la acción exterior, la incorporación destacada y relevante del arte y la cultura a los medios públicos de comunicación…

Unos pintxitos, vamos, pero que expresen la apuesta decidida por un cambio de fondo en el “hacia dónde” vamos todos y hacia dónde la cultura de España. Porque la responsabilidad de lo que afecta a todos, es esencialmente pública.

 

Casi nada, es verdad. Unas minucias.

Lo dicho, daría mi apoyo a quien prometiera y comprometiera alguna de estas medidas. Una tan solo. Incluso una que oliera a una. Pero, ¿hay un solo (partido) justo?

Como Lot, me preparo para salir de la ciudad este domingo.

Y no volveré la vista atrás.

 

NOTA: Más de un mes sin escribir un post, y mira que había temas, eh, pero los tiempos mandan. Ahora que la dulce Navidad acecha, habrá seguramente tiempo para otro antes de que acabe el año.

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Cultura y empresa, una buena pareja. ¿Bailamos?

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A propósito del I Foro Cultura & Empresa

Se suele pensar que la esencia de la colaboración entre empresas y artes/cultura radica únicamente en que sea beneficiosa para las dos partes. Bueno, es obvio que en su colaboración con proyectos artísticos y culturales las empresas ganan nuevos públicos, mejoran su imagen o encuentran contenidos útiles para sus estrategias de marketing…, entre otros muchos beneficios. Y que, por su parte, las organizaciones y proyectos artísticos y culturales hallan en la colaboración de las empresas sustento para sus iniciativas, cobertura financiera para sus creaciones, difusión, viabilidad y hasta legitimidad.

Pero me parece mucho más relevante afirmar que la colaboración entre unos y otros en torno al arte, a quien beneficia en última instancia es a las gentes, a la sociedad. Más aún en un momento en que los responsables políticos recortan en los presupuestos las partidas destinadas a salud, cooperación, cultura, derechos sociales o educación, es decir, al bien colectivo. Pero, ¿porqué ha de ser importante esta perspectiva para las empresas, a las que siempre se achaca el objetivo esencial del beneficio propio? Voy a dar mi opinión, y para ello es imprescindible argumentar también el valor intrínseco y diferencial del arte y la cultura.

No es difícil definir el arte y sus beneficios; tal vez podríamos decir poéticamente del arte que es aquello que suspende en un instante nuestra rutina elevándonos a un lugar inefable en el que somos conscientes de que la vida es bella, y sobre todo, puede serlo más aún. Solo dejarán de entender lo que digo quienes nunca han sentido todavía un pinchazo íntimo, profundo, por un verso, unas imágenes, una canción, un paso de danza, una pintura o unos acordes de violín, por poner ejemplos variados. El arte, cualquier forma de arte, nos ayuda a entender la complejidad, la profunda belleza, las capacidades del ser humano. El arte, cualquier expresión del arte, permite que entendamos –a veces inexplicablemente- aspectos de la vida y sus lugares más recónditos a los que no es posible acceder de otro modo. El arte representa la complejidad del pensamiento frente a la uniformidad, la unión de las personas a través de la creatividad y la belleza frente al miedo a la diferencia y la diversidad. Las artes, los lenguajes artísticos, representan probablemente la esencia diferencial de ser humano. Más que en ningún otro momento, el arte es socialmente útil cuando las gentes viven momentos de incertidumbre, de violencia e injusticia, de confrontación y abuso de poder. Cuando necesitan ver en los ojos del otro esperanza para todos. Porque el arte y su belleza permiten elevar la mirada del suelo al cielo y posibilita que los seres humanos se reconcilien con su esencia buena. Por eso puede ser tan útil, además de por otras cosas, el arte y la cultura.

¿De verdad que las empresas –conformadas por personas- y muchos ciudadanos, habría que decir- deben permanecer al margen de la marcha global de la sociedad y de su bienestar?

Lo que digo pueden parecer sensiblerías intelectuales. Pero la perspectiva que planteo no es otra que la del beneficio de todos como guía del desarrollo de la sociedad, el manoseado bien común en cuya consecución todos los agentes sociales –instituciones, personas, organizaciones y empresas…- deben colaborar. Y que las artes y la cultura –también la solidaridad, la salud, la educación, el medio ambiente y la vida saludable, entre otros- son un territorio natural para esa colaboración.

Sí, lo que digo parece asignar nuevas tareas, responsabilidades a creadores y artistas y a dirigentes empresariales y empresas más allá de las de lograr que sus propios proyectos sean un éxito mayor basado en la colaboración y el beneficio mutuo. Afirmo que ese nuevo papel determina que en el futuro todos los agentes que participan en el devenir social deben laborar TAMBIÉN, por el beneficio colectivo, por el bien de todos. El principio de que lo que conviene a todos me conviene a mí –y no al revés- conduce en el territorio del que hablamos a que personas, organizaciones y empresas destinen esfuerzos específicos a aportar valor a la sociedad. Mejor aun si es conformando equipos y proyectos conjuntos en los que sinergias de origen diferente se conjugan para producir bienes, para los propios y para todos. Las artes y la cultura forman parte esencial de esos bienes.

El 25 de noviembre próximo va a tener lugar un encuentro, el Foro Cultura & Empresa, organizado por ActúaEmpresa-elmuro, el primero de estas características, que reunirá a directivos de empresas, de grandes empresas, y a líderes de organizaciones y proyectos culturales para presentar públicamente casos de buenas y fructíferas prácticas colaborativas. Allí estarán Mastercard, Adecco, Coca-Cola, AtresMedia, Endesa…, junto a Matadero, Focus, Pentación-Festival de Mérida, Publicis, FCB o la Fundación First Team, entre otros. Asistiremos con toda seguridad a la constatación de que en el seno de muchas empresas empieza a asumirse una cuota de responsabilidad ante el acontecer social, más allá de la consabida RSC; y que en las organizaciones artísticas y entre los creadores hay muchos que piensan en el arte no solo como expresión de libertad propia sino como en un terreno de aportación de valor para otros.

Estoy deseando que llegue ese día y que nos veamos en la Sala Berlanga de SGAE. No te debes perder este baile.

 

P.S: Explicar el valor de la cultura y las artes en la vida de las personas y su poder transformador, no es difícil, pero necesitamos encontrar un lenguaje que haga más objetivable esa descripción. Ahí ando, trabajando en ello.

 

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Santiago Eraso: Destino Madrid Destino

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Madrid Destino, la empresa municipal de gestión dedicada a la cultura, el turismo y la rentabilización de espacios, estará en el futuro inmediato en primer plano del debate sobre la política cultural y, más allá, sobre el modelo de gestión municipal. Y es que, probablemente una de las medidas más relevantes tomadas hasta ahora por el equipo de Manuel Carmena, al frente del ayuntamiento madrileño, sea el nombramiento de Santiago Eraso para Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio. Un nombramiento que, para quienes hemos seguido su firme y brillante recorrido previo en Donostia, augura una reorientación profunda de la empresa pública municipal.

En un país con una estructura pública fuertemente funcionarizada y en el que las administraciones públicas tienen grandes trabas y controles que las hacen en ocasiones poco operativas, la creación de empresas públicas se ha ofrecido históricamente como un instrumento alternativo de gestión de lo público, más eficiente y más flexible para dar respuesta rápida a las necesidades ciudadanas.

En una entrevista para eldiario.es publicada el 26 de julio, Eraso se refiere a Madrid Destino como una “empresa que se creó para favorecer la liberalización de las políticas culturales”. La práctica confirma el aserto y probablemente este tema sea el corazón del debate en torno al sentido de esa empresa pública municipal.

Las empresas públicas –las administraciones públicas- deben tener como guía el servicio al ciudadano, y en un paso previo, ser un instrumento de gestión técnica y profesional al servicio de la política cultural del equipo de gobierno, siempre en el marco del servicio público al que debe ser útil. No olvidemos que la Constitución fija la obligación a los poderes públicos de promover la cultura. En otras áreas de la actividad económica, en las que la acción privada no encuentra estímulo o beneficio inmediato, como por ejemplo las infraestructuras de comunicación y transporte, la energía, la sanidad, la educación…, las empresas públicas han de responsabilizarse de que los servicios correspondientes queden garantizados para los ciudadanos. En el ámbito de la cultura –y en todos los ámbitos- este tipo de herramientas de gestión corre el peligro de convertirse en un instrumento de ahorro y de comportarse acríticamente como demande el mercado.

La fusión hace unos años de Madrid Arte y Cultura S.A. (Macsa), Madrid Visitors & Convention Bureau, y Madrid Espacios y Congresos, dio a luz una enorme, disforme y poco operativa empresa, carente de personalidad, de misión e incapaz de transmitir a los ciudadanos su propio sentido. El mensaje principal de la fusión era indudable: ahorrar, crecer y ganar dinero; criterios básicos de cualquier empresa…, privada.

La captación de recursos, la gestión de alquileres y patrocinios, el abaratamiento a toda costa de los costes, llevó incluso a transmitir que era mucho más importante el beneficio económico que el social. Así, junto a cosas positivas relacionadas con el aumento de la eficiencia, se pusieron en juego principios mercantiles impropios en un servicio público. Este último, el beneficio social –por encima del económico-, es la guía fundamental de toda política cultural y toda herramienta que sirva para implementarla. Y en eso es en lo que probablemente se ha fallado: en la dirección y estrategia, en los objetivos, en la misión de Madrid Destino. Mal que, como decía, creo que acompaña a su nacimiento.

Si alguien me preguntara cuáles debieran ser los primeros pasos, qué tres o cuatro cosas debiera acometer Madrid Destino frente al espejo en estos sus compases iniciales, le contestaría lo siguiente:

Primero, separar orgánicamente las áreas de actividad, para reducir su tamaño y hacer más operativas las empresas resultantes. La transversalidad que debe ser característica de toda política cultural no es óbice para adecuar estructuras, equipos, tamaños… a la misión de cada empresa municipal resultante. La puesta en valor de espacios como el Palacio Municipal de Congresos o la Caja Mágica tiene poco que ver con la gestión del Teatro Circo Price o Veranos de la Villa, por poner un par de ejemplos de choque. Más en común tienen las áreas de turismo y cultura pero creo que cada cual tiene la suficiente personalidad como para caminar por separado, la primera para mejorar el posicionamiento nacional e internacional de Madrid, lo que la vincula a sectores económicos; la cultura para hacer de ella un elemento de mejora ciudadana y de orgullo.

Segundo, marcar una misión para cada una de ellas que, por delante de la eficiencia o el impulso económico, recoja su papel de servicio público por encima de cualquier otro. La actividad de las nuevas empresas municipales debe poner en primer plano el servicio y la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, muy por encima de consideraciones económicas. Prestar mejores –los mejores- servicios que permitan los presupuestos y buscar el beneficio social: esos son los retos prioritarios no instrumentales.

Tercero, fijar unos criterios de financiación que recojan todas las fuentes posibles. Ciertamente, las empresas municipales no tienen por qué establecer sus presupuestos exclusivamente a partir de los fondos públicos. Una adecuada gestión comercial de sus espacios, un más hábil, generoso e inclusivo empleo del patrocinio, la autofinanciación basada en la venta de servicios y entradas…, deben ser compaginados sabiamente. Pero la mezcla resultante, que sin duda ha de buscar la máxima autonomía, deberá mirar constantemente al cumplimiento de su misión de servicio público.

Cuarto, pasados los primeros tiempos de la nueva gestión, someterse en sus puestos directivos al modelo de contratación abierta, transparente, por concurso y con programa. Entiendo que el equipo de gobierno esté urgido por hacer frente a un sinnúmero de tareas, muchas de las cuales –estoy razonablemente convencido- no entraban en sus previsiones. Pero los modos y las formas son esenciales y la elección de los directivos de las empresas públicas –y de los teatros, de los centros culturales, de los museos, de los festivales…- debe estar sometida a modelos democráticos de elección.

Es tarea prioritaria la reconducción de la política municipal madrileña al concepto de servicio cultural, alejada de la rentabilidad como condicionante esencial, y del rasgo espectacular en la programación de contenidos como criterio de éxito. Probablemente la situación de las arcas municipales no permita grandes alegrías e inversiones en el inmediato futuro, pero como recuerda Santi Eraso poniendo de ejemplo el festival de jazz de San Sebastián –Heineken Jazzaldia- hay que explorar fórmulas para conjugar todas las energías sociales en beneficio de recolocar la cultura como servicio, y al ciudadano como destinatario y protagonista de ese servicio reconocido como tal por la Constitución.

En la reorientación del rumbo va a contar con el apoyo apasionado de muchos creadores, de muchas organizaciones culturales, de muchísimos ciudadanos y de todos cuantos creemos en la cultura como palanca de transformación individual y social. Y de los que creemos también en las oportunidades que algunas herramientas empresariales ofrecen a la cultura.

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