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CSI Eurovegas: “Sombras que acechan”

Esperanza Aguirre se va. Buena y mala noticia. Mala porque esa mujer bárbaramente sincera daba el mejor de los alimentos a los noticieros y a la izquierda clásica. La van a echar mucho de menos. Buena porque se va un símbolo del liberalismo más feroz, ese que antepone el derecho al beneficio individual sobre cualquier otro derecho. El que parece haber perdido la compasión por los débiles, la humanidad. El que cuenta los millones de parados por números, no por esperanzas rotas.

Viene todo esto a cuenta de Eurovegas. El promotor Adelson, de aspecto y pasado más que inquietantes, magnate de casinos en Las Vegas y otros lares, parece haber logrado derribar todas las barreras legales que le hacían poner morritos a Madrid como su sede europea. Previsiblemente se encontrará terrenos a precio de calderilla, un espacio de excepción en que parte de la legislación no se cumplirá (tabaco, derechos laborales, salarios…), exenciones fiscales, y un montón de políticos que suspiran desvergonzadamente por atraerle. A él y a sus negocios necesitados de un radical blanqueante. Si finalmente se ejecuta este proyecto recuerden dentro de diez o quince años las voces que prometían que de Eurovegas manarían fuentes de oro para los madrileños. Recuérdenlo.

En nuestro país hemos visto tantos de estos fiascos negociados entre sombras. Sí, me dirán, pero este creará empleo. Ya veremos si en número y calidad como el que ahora se promete. Ya veremos dónde paga sus impuestos este señor. Ya veremos. Las negociaciones han sido secretas y no sabemos nada. Por eso ya veremos.

En España tenemos la tendencia loca e ilusa de buscar soluciones mágicas para los problemas acumulados, esos que no henos sabido o querido resolver por el buen camino. Y lo habitual es que sea construyendo, construyendo, construyendo. Poniéndose en manos de no importa quién. Niemeyer de Gijón, Ciudad de la Cultura de Galicia, innumerables parques temáticos del que solamente Port Aventura parece haber sobrevivido, centros comerciales por doquier… Pan para hoy desconociéndose qué traerá el mañana.

De los imprescindibles estudios de públicos, de viabilidad y de impacto, de estudios alternativos que analicen qué otras posibilidades existen, de consulta a los ciudadanos o en su caso de debate transparente… nada de nada. Si estás a favor de Eurovegas eres de los nuestros y estás por generar empleo; si estás en contra eres de los malos y solo sabes hacer oposición.

La buena salida a la crisis hacia la que debemos orientarnos no puede basarse en el modelo político de Eurovegas. Un modelo de toma de decisiones, entre sombras, que sigue siendo el dominante en el ámbito de la Cultura.

Y no he dicho nada de valores morales, eh, ni de las “bellas” personas que va a atraer este tipo de negocio, ni de los costes en seguridad que lo acompañará, ni, ni. Pero podría.

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Frente a la subida del IVA, ofertas: tres post al precio de one

Debe ser este verano cargado de familiares de riesgo en segundo grado, ivas que van y ascienden a las más altas cumbres, y políticos de los que te dan tres al cuarto (de kilo), pero hasta los temas de los que hablar y comentar, importantes e incluso trascendentales, se me aparecen jibarizados. Debe ser por eso, en fin, por lo que en vez de elegir uno de ellos, me voy a echar al cuerpo, al tuyo, lector,  tres…, y medio, al precio de uno. Seguro que en los próximos meses iremos tocando de  nuevo, más detenidamente, casi todos ellos.

El IVA cultural sube hasta el 21%, es decir, en roman paladino, que el gobierno ha decidido por fin dar relevancia a la Cultura y en vez de “ayudarla”, pasa ahora a exprimirla todo lo que puede. Que la Constitución defina la Cultura como un territorio que las administraciones deben velar, proteger  y cuidar para poder afirmar que estamos en un estado democrático, es secundario, hasta irrelevante. Que la consecuencia inmediata de que los impuestos de todos los productos culturales se incrementen en 13 puntos sea probablemente diezmar las salas de cine y teatro, y reducir el consumo de los valientes que queden a la mínima expresión, es otra minucia.

Estos responsables políticos y económicos tal vez sepan –tal vez- gestionar la bonanza, pero en nueve meses han demostrado ser incompetentes para gestionar las dificultades. Al menos para gestionarlas defendiendo a la mayoría. Porque gestionar las crisis hincando los dientes fiscales en el indefenso cuello de los ciudadanos y vampirizarlos, eso lo hace cualquier canalla sin imaginación. Sin perdón.

Segundo “temilla”. Cultura y lotería: esa extraña pareja. Va Rubalcaba y en un alarde de imaginación digno de mi sobrina pequeña propone compensar los efectos de la subida del IVA con la Lotería. Bien, pienso yo, al menos sabe que en otros países –la pérfida Albión sin ir más lejos (Inglaterra)-, una parte importante de la acción cultural pública se financia con el Sistema Nacional de Lotería. Este sí que es un viajado, un leído, me digo, a éste voy y le voto aunque no me guste demasiado ese aire astuto que tiene después de haber pasado por el interior de tantos ministerios. Pero, claro, el monte se niega a ser orégano en esta España nuestra, y cuando leo a fondo la noticia me pasmo y me repasmo. Pásmense ustedes conmigo: lo que propone el cántabro que encabeza el think tank del PSOE es que los premiados –agraciados, les llaman: vaya gracia- paguen más impuestos de sus premios. Claro, como el gordo suele caerle a Mario Conde y gente así, y nunca nunca cae repartido entre humildes ciudadanos de a décimo, pues ese rico las va a pagar todas en una. A estos políticos gugu tata, perdónenme, no los vendíamos ni rebajados.

Tercer asuntejo: Recortes culturales en la periferia madrileña. El objetivo que concita el interés de nuestros gestores de la cosa política parece ser quién llega más lejos en recortar presupuestos y en gastar menos en servicios (claro, después de construir tanto piso inútil y vacío y tanta rotonda superflua e incordiona se les han acabado los posibles). Loca carrera en la que hay verdaderos líderes mundiales, qué digo mundiales, galácticos. A algunos de los astutos recortadores los mandas a Marte con la Curiosity y pone un chiringuito de arena. Jopé, si hubiera habido esta categoría en las pasadas olimpiadas, nos traemos tres o cuatro medallas de oro más: al recorte en prestaciones sociales, al recorte en sanidad, y al recorte en cultura…, esas seguras. Bueno, que me despisto. El caso es que el ayuntamiento madrileño, con ese digno y obsesivo deseo de reducir gasto, ha suprimido para el segundo semestre de este año todo el programa de proximidad cultural, ese que llevaba a los centros culturales de Madrid representaciones de teatro y danza y actuaciones musicales profesionales. Ese que acercaba la cultura de calidad a los barrios, ese que democratizaba la cultura. Por mail, a finales de julio y sin dar la cara. ¡Qué cara! Con un plumazo se han ahorrado la enorme y dispendiosa cantidad que ronda los trescientos cincuenta mil euracos por más de ciento veinte bolos (Sin tener en cuenta los datos de los bolos musicales). Un concejal opositor de nombre difícil de pronunciar dice que se gasta más el gobierno en seguridad en el Palacio de Cibeles, y que eso no está bien, que es fatal de los fatales para el ciudadano. Un quejica y un raro, eso es lo que es ese concejal, como su apellido.

Bueno, que ya ven ustedes como vuelve uno de este verano del que no ha podido irse del todo por miedo a que le robaran la empresa. Sí, robaran. Fíjense, el agua, la luz, el teléfono…, los hemos gastado, consumido en agosto, ¿verdad?, pues lo vamos a pagar como si lo hubiéramos hecho en septiembre, al nuevo IVA no al que lo consumimos. Ladrones, cuatreros del 3%, que miran hacia el cielo mientras silban haciéndose los despistados, el Sitio de Zaragoza. Lástima no les caiga un burro en la cara.

Alguno estará pensando: “Este Robert viene guerrero, no tiene una mala buena noticia que comentarnos”. Hay muchas, pero es que el tonillo del post de hoy no las pide. Pero suelto un par de ellas: El Museo Esteban Vicente consigue eludir el cierre temporal gracias a la intervención de un par de empresas. Ingeniería que sugiere posibilidades aplicables a otros lugares, a otros museos, a otros espacios de cultura y arte. Otra: en el Teatro Español preparan un programa de visitas guiadas. El interior del teatro mostrado en esplendor, dado a conocer a las audiencias, desarrollándolas, formándolas, compartiendo con ellas espacios y dichas.  También hablaremos de estas.

Los próximos post serán más serios. Pero es que todavía tengo arenilla en las orejas y juego en el baño con el cubo y la pala por las noches haciendo castillos. Se lo prometo que serán más sesudos. Por éstas.

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Anuario SGAE: datos duros… y oportunidades

El Anuario SGAE de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales es una herramienta imprescindible para conocer el estado del consumo cultural en España. Y hay que agradecer que a pesar de las dificultades, SGAE, Fundación Autor y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, sigan apostando por conocer la realidad. Conocerla es la condición imprescindible para actuar sobre ella. Para cambiarla.

La presentación de los datos del último anuario SGAE, correspondiente a 2011, fue un rosario de pérdidas: de espectadores, de actividad, y en menor medida, que también, de ingresos. Antón Reixa, Antonio Onetti, Francisco Galindo… desgranaban algo tocados una situación para la que no estábamos preparados. Muchos años continuados de crecimiento nos hicieron pensar que la cultura y el arte empezaban a ocupar el puesto que les corresponde en una sociedad avanzada. Pero no: el desplome de la economía española –incomprensible arcano para mí todavía en sus detalles- ha arrastrado incluso a los sectores que iban bien. En la presentación se habló de la “Burbuja cultural” como si su crecimiento los últimos diez años hubiera sido ficticio, falso, hinchado. Pero no. El impulso de la creatividad, el desarrollo del tejido cultural y de las empresas que lo han hecho posible, su peso correspondiente en el PIB… no son un bluff. El retroceso es, simplemente, la explicitación de la dependencia de la cultura con respecto a la economía, y también respecto a las ayudas públicas. Cuando pensábamos que formaba parte del motor, la realidad nos ha venido a recordar que todavía entre nosotros es un aditamento estético del que prescindir cuando el hambre aprieta. Porque por estos lares, el hambre-hambre se relaciona más con el pan que con el alma.

Probablemente el inmediato futuro sería menos doloroso y difícil si hubiéramos hecho a tiempo algunos deberes que tienen que ver con el desarrollo de las audiencias y la fidelización de los públicos del arte. Hoy esas tareas pasan a estar relacionadas con la supervivencia misma del sector. Hoy el seducir a nuevos públicos, desarrollar las audiencias de la creación, hacer que quienes van repitan más veces y además entreguen de buen grado su lealtad a las organizaciones culturales, son objetivos estratégicos. En los próximos tiempos muchas organizaciones tal vez desaparezcan o comprueben la ausencia de razones para ser. Lo importante es que cuando el arte y la cultura española salgan de esta situación, los públicos sean más y más fieles. Porque lo que debemos conseguir es que las gentes –muchas y nuevas gentes- sientan que la cultura les acompaña en este tramo duro de sus vidas, con calidad y buen hacer. Que con alimento espiritual del bueno las penas son menos y el futuro más cercano. Es una nueva oportunidad que no podemos desaprovechar.

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Viva España: cuestión de ánimo y de ánima

Ni hace cinco años nuestro país, su economía, la banca o la cultura eran la bomba (y los lugareños los reyes del mambo), ni ahora –mucho menos- es un país del que avergonzarse (y sus moradores unos mangurrinos).

Quienes tienen más de treinta años saben que España ha dado la vuelta tras decenios de ostracismo, falta de libertad y cutrerío producido por el régimen franquista. Con mucho esfuerzo -y con ayuda europea también, sí-, hoy es un país bien comunicado, presente en la política internacional y en la economía mundial, ejemplo para muchos países que quieren alcanzar la democracia en paz, con un buen sistema sanitario, un digno nivel de vida y un respetable, aunque bajo todavía, consumo cultural. El crecimiento acelerado produjo también miserias de varios tipos, entre ellas las provocadas por la codicia rapaz, por el triunfo rápido, por el ladrillo desdichado, por el político alicorto, por el banquero ladrón.

Pero los españoles hemos de estar orgullosos de serlo –no de nuestros defectos- y estar prestos a trabajar duro para salir de este charco que aunque la gente normal no ha provocado, ha contribuido por dejadez y contagio a que se produjera. Necesitamos aunar esfuerzos, ser conscientes de la relevancia de tantas y tantas cosas que nos dan valor diferencial: la historia, la lengua, numerosas empresas, el lugar en el mundo, la cultura y el arte, la capacidad de acoger turismo, un modo de vivir, por qué no… Y trabajar en lo que cada uno tenemos más cerca para hacerlo cada día mejor, con la máxima ambición de contribuir colectivamente a salir del marasmo. También ejerciendo solidaridad con los que, cerca, sufren, compartiendo el pan y la sal, que es momento de hacerlo. Con la decisión de que aprendamos de los errores pasados y pasemos cuentas a políticos, banqueros o empresarios desaprensivos y elijamos mejor cuando tengamos que hacerlo.

Todos, particularmente quienes trabajamos en el mundo de la cultura, que tanto contribuye a la especificidad de “ser” y “hacer” España, hemos de aportar ese valor contributivo. Todos debemos ser conscientes de que en los próximos años nos jugamos el orgullo sano, ese motorcito imprescindible para llevar los ojos al horizonte, no al suelo. No rendirnos, aunque cobremos menos, aunque perdamos el trabajo, aunque comamos peor, aunque las vacaciones sean de ventilador… Rendir el ánimo, el espíritu, es la garantía de alargar indefectiblemente el dolor y la recuperación. No tengo recetas; sugiero ánimo, ánima.

Ellos hablan de la “marca” España como si fueran vendedores de crecepelo. Nosotros, cada uno a su medida, hemos de hacerla. Simplemente.

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¿Cómo que no escriben los jóvenes?

Quienes han perdido ya algunos cabellos del alma, y andan más quejosos de lo que la vida precisa, suelen criticar el presente-presente comparándolo con el presente-pasado, el suyo, el nuestro. Bueno, es cierto que algunos que no han perdido nada de pelo son quejicas y “viejales” jóvenes; y otros calvorotas o de coleta gris, sonríen a lo que les toca vivir. Es decir, que no siempre el espíritu gruñón o feliz tiene que ver con la edad.

Bueno, que me despisto. Hace unos días escuché por enésima vez eso de que “ahora es que los jóvenes escriben mal porque ni leen ni escriben”. No me encendí porque, la verdad, cada vez procuro encenderme lo menos posible: me quita tiempo para ser feliz y en general para cosas importantes.

Pero no es verdad. La gente joven de la actual generación, escribe más, lee más, está más expuesta al arte y a la cultura que nunca en ninguna de las generaciones anteriores de la humanidad. No se escriben cartas, pero se escriben sms  y se cultivan las redes sociales con obsesión; no sé si se leen tantos libros sesudos, pero se lee mucha información sobre cine, música, y viajes; ¿y los museos?: nunca la pintura y las otras artes y esencialmente la fotografía y la narrativa audiovisual, habían estado tan presentes en sus vidas.

Lo que no hacen es leer, escuchar y admirar las artes y las obras artísticas que a algunos de nosotros nos gustaban. Seguramente ellos pierden algo con ello. En literatura, Julio Verne fue mi padre, Miguel Hernández mi hermano, Neruda y Baroja eran más de la familia que mis tíos y primos; con ellos y otros muchos imaginé mundos y volé sobre las más altas cimas. ¿Cómo no voy a desearle a otros las maravillas que yo viví de su mano?

Pero cada momento de la historia de la humanidad es diverso. Y hoy hay más gente que nunca que sabe leer, escribir, manejar ordenadores, y abstrusos sistemas de comunicación y conocimiento. Viéndoles disfrutar de otras cosas y de otras maneras he aprendido a hacerlo yo. Y espero -íntimamente, eso sí, sin alardear de ello- que cuando me vean leer a Vargas Llosa, Kipling, Cervantes, Tagore o Calvino, les genere el mismo interés.

El concepto mismo de cultura es el que en estos momentos está en discusión. El debate entre Vargas Llosa, Volpi y César Antonio Molina, o las reflexiones de Verdú y Baricco, muestran lo convulso del momento en cuanto a sus interpretaciones. ¿Cantidad contra calidad? Veremos. Y hablaremos de ello.

Para ser comprendidos, los tiempos exigen una cierta mirada que demanda empatía y no confrontación. No esperar lo que deseamos. Aceptar lo que nos viene dado. Al menos los primeros bocados: tal vez nos guste.

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Honor a Ray Bradbury. Honor a la anti-utopía

Ray Bradbury falleció el martes, casi a los 92 años. Escritor fantástico en el doble sentido de la palabra, escribió también una novela anti-utópica que nadie debe perderse, Fahrenheit 451, título que hace referencia a la temperatura a la que arde el papel y que en nuestro sistema, el Celsius, es de 233 grados centígrados. La obra –trasladada al cine por Truffaut- cuenta la historia de un bombero encargado de quemar libros, porque las autoridades consideran que leer impide ser feliz. El gobierno dibujado por Bradbury persigue imponer a sus súbditos la felicidad mediante el olvido.

Como otras obras también imprescindibles -la película Metrópolis, de Fritz Lang, o las novelas 1984, de Georges Orwell, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley…-, forma parte de ese legado cuasi filosófico del siglo XX que critica ruda y poéticamente la dirección que la sociedad, la civilización habría que decir, se ha empeñado colectivamente en seguir para escribir su historia. El progreso inevitable, tenido como filosofía de fondo de todas las corrientes religiosas, filosóficas o políticas es criticado sin compasión, fustigado por esos autores en sus libros o películas. En el mundo del ensayo, el paralelo es Walter Benjamin, ya mencionado en este blog. Comunista crítico con los comunistas, judío antinazi, escapando del horror vino a suicidarse en Portbou, en 1940, harto de escapar y amenazado por las autoridades españolas de ser devuelto a la Francia ocupada por los nazis.

Todos tienen en común dos aspectos que quiero destacar. El primero, su conciencia de que el futuro no es tan halagüeño ni el mañana es inevitablemente mejor que el ayer, como los vendedores de sueños quieren hacernos creer. Que el progreso exige hacer frente a las injusticias acumuladas en la historia y que nos gritan pidiendo salir de debajo de la alfombra; o no es progreso. Que olvidando el pasado es imposible avanzar con justicia. El segundo, es el necesario compromiso crítico del arte y la cultura. El viejo Aristóteles decía que el teatro –extendamos su juicio al arte en general- debía entretener, nunca  aburrir. Siguiendo ese principio fundamental, Bradbury, Orwell, Lang, Huxley y otros muchos, nos recuerdan que el arte ha de ser iluminador, comprometido, manchado de presente. Ese tipo de arte hoy nos hace falta un poco más que ayer. Un arte que mueva nuestro cerebro, nuestro corazón, nuestras manos.

Honor para Bradbury.

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Contra codicia, transparencia. Y abucheos.

Mi madre, riojana de pura cepa y de raigambre popular, llamaba “mamaduras” a aquello que los listos se llevaban “a mayores”, después de cobrarse lo que les correspondía en justicia. Algo así como seguir chupando del bote aunque no te toque hacerlo. Algo así como cuando el cachorro fuertote le quita su ración de leche al hermano débil.

Viene esto a cuento porque la transparencia total, cristalina, debe llegar a los cargos públicos, y en lo que nos corresponde, a los dependientes de Cultura. No basta que los procesos de selección sean abiertos, sometidos a decisiones tasadas y mediante contratos programa. Es imprescindible que la gestión diaria esté disponible libremente a los ojos de los ciudadanos. Es la mejor manera –probablemente la única- para que no se produzcan abusos. Por ejemplo, es público que todos los directores de los grandes centros dramáticos y teatros públicos han venido cobrando un salario nada desdeñable por su dedicación en principio exclusiva al cargo. Igualmente conocido es que los mismos directores han cobrado también por las direcciones de cada una de las obras cuya responsabilidad artística asumían, incluidas las obras producidas por empresas privadas fuera de su teatro. (No sé si, por ejemplo, en Follies, su director cobra como actor, además. Todo es posible.)

No sé si es legal cobrar por dirigir obras, o impartir conferencias o talleres mientras sigues cobrando la dedicación exclusiva. Desde luego no es ético. Desde luego no es solidario con la que está cayendo. Desde luego no es presentable. Esto no solo debe afectar a la Cultura, claro. Si alguien asume una responsabilidad de alto nivel, no debe compatibilizarla con consejos de administración remunerados (los casos de cajas, bancos y empresas públicas producen vergüenza por la indignidad acumulada), ni con tareas por las que cobra “a mayores”, si son propias del cargo y acometidas en tiempo de su dedicación a la tarea pública.

Si uno asume la dirección del Teatro Real, del Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Prado, o el Teatro Español, no debe compatibilizarla con otras dedicaciones que le resten tiempo y por las que cobre añadidos, de la propia institución o de empresas privadas. No es digno, no es ético, no es solidario.

Para eso vale la transparencia, para escrutar. Pero la transparencia, para que sea útil, exige a quien observa, a quien analiza, una mirada cargada de ética, una mirada no complaciente con la corrupción ni con la codicia, que acechan siempre la acción pública en las democracias.

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Gánsteres guisados: una receta de Karlos Arguiñano

cocinando-gánsteres

La semana pasada Carlos Arguiñano dio una receta de dignidad en su programa de cocina. En realidad, si atendemos la grabación, uno deduce entre líneas que a quien habría que cocinar es a banqueros desaprensivos, para una vez troceados y guisados, servirlos a los tiburones.

Ya, ya sé que este blog decía en su inauguración hace un par de años que su objetivo era aportar reflexión a la cultura, pero ¿quién puede hoy hablar de cultura sin mentar los antepasados de cuantos ladrones de oficio han empujado a la economía española a pedir limosna a las puertas de la catedrales europeas? Como decía el cocinero vasco, quitar dinero de educación y sanidad –y de cultura- para entregarlo para la salvación de los banqueros que nos han llevado a esta situación es un insulto. No hay que salvar los bancos, ¿por qué? Hay que salvar a los ahorradores, a los trabajadores, a los empresarios que defienden sin especular sus empresas… Pero a quienes han inflado el valor del suelo para especular, a quienes han inflado el valor de las viviendas para hipotecarlas al alza y obtener beneficios sin medida, a quienes como Tíos Gilitos sin gracia ven el mundo a través del dólar, a esos ni agua.

Cada mañana despierto con nuevos lanzazos radiofónicos que parecen perseguir la rendición psicológica incondicional de la población. Cada mañana respiro hondo antes de poner el pie en la calle y defender elmuro y Asimétrica, los dos proyectos empresariales en los que estoy volcado, los dos proyectos culturales de los que hoy vivimos ocho personas y que dan trabajo a otras cuantas. No se me ocurre nada mejor que hacer que hacer mejor cada día mi trabajo sin dejar que los agoreros y los gánsteres –gracias, Arguiñano- nos dominen con su ley seca.

Mañana volveremos a hablar de cultura. Perdonen.

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Pregunta, escucha, ¿no ves que quieren decirte algo?

Escuchar-al-publico

El arte tiene un claro déficit de comunicación con sus públicos. Tal vez el origen esté en la distancia inicial marcada por quien al crear obras para ser admiradas, se distancia y se coloca en el pedestal de la pieza creada. En su lugar. ¿Va, pues, con el papel de músico, actor,  pintores, literatos… la distancia con sus públicos? Esa actitud se ha trasladado históricamente a las organizaciones artísticas –museos, teatros, orquestas, compañías, cines…- que miraban altivamente, con displicencia autista, a quienes eran su oxígeno natural, quienes compraban entradas. Hablarles en todo caso para que “vinieran”, pero cuando acabara la cosa, que se fueran prontito. El caso es que hay poco diálogo. A los públicos se les cuenta mucho, se les pregunta poco. Incluso hay veces que si se pregunta las respuestas interesan poco. En fin.

Y la responsabilidad está en las organizaciones, que deben crear puentes y oportunidades. Hay mil oportunidades en cada ámbito: en los museos, en los teatros, en los cines, librerías, galerías… Oportunidades de conocer, de preguntar a cuantos se acercan si quieren dejarnos los datos para iniciar la relación: si quieren bailar con nosotros. Conocer, poseer los datos de la persona que aprecia el arte es el paso indispensable para comenzar la conversación con ella, que es lo importante. El pasado fin de semana, y aunque no soy amigo de los “Días de…”,  acudí a varios museos. En ninguno me pidieron los datos, ni me preguntaron a la salida qué me había parecido lo visto. Una oportunidad perdida porque ese día acudieron miles de personas para las que la ocasión era extraordinaria.

En los teatros, además de perder habitualmente esta oportunidad, se suelen desaprovechar las muchas ocasiones de encuentro para dialogar con los públicos. Sí, a veces tras la representación se debate con los actores y el director, pero ocasionalmente y de modo excepcional. ¿Porqué no presentar cada obra, aprovechando cada ocasión para aportar un pequeño valor añadido que contribuya a formar a los espectadores, a enriquecerlos? Como si, de oficio, te contaran cosas de ese cuadro maravilloso, o te introdujeran en la época antes de ver una película de tema histórico. Ayer hablaba de esto en Barcelona con mi amigo Quim Aloy, historiador y gestor y con Judit Figuerola, de la Oficina de Difusió Artística de la Diputación de Barcelona. Este jueves en un encuentro concertado para cientos de espectadores Quim explicará elementos de historia de la ocupación de Polonia por rusos y nazis. Y eso porque el próximo domingo esos espectadores irán a ver Nostra clase (que ya ha estado en Madrid el pasado abril), una obra teatral que aborda un durísimo y trágico episodio en 1941 en la frontera polaca. Sin duda la experiencia teatral será notablemente enriquecida. Sin duda, la exposición y el debate, harán de la ocasión una oportunidad para llevarse el alma y la inteligencia más cargada a la cama.

Situar al público en el eje de la acción, tener permanentemente en cuenta que son ellos los co-protagonistas del encuentro es la clave que permite indagar y descubrir esas muchas oportunidades que las organizaciones tenemos para conocer y dialogar con los públicos. Solamente hay que incluir en la actividad la decisión de hacerlo. Y hacerlo, claro.

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Los Max y el Señor de los ombligos

La fiesta de los Max fue estupenda por el marco (qué guapo es el Price para estas cosas: hay que repetir), por el guión y la dirección (intuyo que a dos manos por esa pareja artística compuesta por Antonio Muñoz de Mesa y Olga Margallo), y por la vibrante presentación de Petra Martínez. Bien. La organización de SGAE y Fundación Autor fue espléndida y hay que felicitar al equipo de producción por este éxito.

¿El reparto de premios?: por barrios. Habrá que encontrar solución al excesivo peso de los amigos y clanes en la elección porque impide la llegada de obras o candidatos relevantes que son desplazados por el aluvión de los que votan por alguien y por todo lo que ese alguien haya hecho. Con Animalario ya sabíamos de estas cosas, pero la táctica sigue, y eso no es nada bueno para los Max. Ni para el teatro. Respecto al asunto de la censura de algunos parlamentos, no he visto la retransmisión, pero por lo leído, más podríamos achacar en todo caso los resultados a impericia que a mala intención de TVE: nada se dijo allí que pusiera en riesgo la seguridad nacional. Incluso se dijeron cosas tontas que sí debieran haberse evitado a los sufridos espectadores de televisión.

Durante la Gala me surgieron varias reflexiones, dos de las cuales me gustaría compartir. La primera tiene que ver con el espíritu de queja minimoys del sector, con su chata y ombliguista mirada.  Ya dijo Petra (que se lo veía venir) que debíamos mirarnos menos el ombligo. Y eso que no dijo que los ombligos por televisión dan fatal, pero fatal, fatal. El caso es que no le hicieron caso, y el que no dedicaba el premio a una desmesurada retahíla de consanguíneos y amigos, se dedicaba a despotricar de la crisis o de los recortes. La tendencia a la endogamia, al espejito –“dime que soy la más guapa”- y al compadreo, impide que ofrezcamos a los espectadores, a los públicos, una imagen moderna, abierta, entusiasmada, feliz, positiva, brillante del teatro. Y así, el reino de los sueños queda jibarizado por el Señor de los ombligos. (Tomo la imagen de mi querido Juan Carlos Rubio)

La otra reflexión tiene que ver con la necesaria apertura de la organización de estos premios Max. Sin querer retomar hoy el debate sobre la Academia de las Artes  Escénicas, es imprescindible, mirando al futuro, la presencia en la organización de todos los sectores, desde la interpretación a la escenografía, de la producción a los técnicos. Que SGAE, cuya función primordial es la recaudación y reparto de los derechos de los autores,  asuma en solitario la representación de todos los “gremios” no es solamente un riesgo para ella, sino, sobre todo, una dificultad para conseguir la implicación de cuantos laboran en el teatro, y un obstáculo para la transparencia.

El tema es complejo, lleno de matices relacionados con los procesos de selección, votación y comunicación, pero pasada esta bien organizada edición tal vez convenga sentarse, abrir las puertas y definir un nuevo modelo de premios para el teatro que los haga más participativos más globales, más ambiciosos. El momento de cambio que vive SGAE parece facilitar que la propia sociedad de autores lidere generosamente la apertura.

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