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Veamos los Max en lontananza

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SGAE, la Academia y los premios de las Artes Escénicas

La ceremonia de entrega de los Premios Max trae cada año, junto a las manzanitas y el glamour, un poco de debate, cosa buena. Esta vez la fiesta fue en Barcelona, cada vez más guapa.

Nadie duda de que el teatro y la danza necesitan unos premios que acrediten ante la sociedad la relevancia de estas artes universales y magníficas, tan útiles para entender al ser humano. Unos premios, los Max, que todavía requieren mucho apoyo y afecto, porque es corto en España el sentimiento de defensa de lo propio, necesario para que eso propio crezca y desarrolle sus potencialidades.

Bien, no sé para qué este ex cursus si de lo que quería hablar es de que estuve allí, en el Paral.lel barcelonés y el blog me parece un buen espacio para evaluar someramente, como corresponde a este espacio, cuanto vi.

La organización buena; buena la producción; buena la dirección artística de Esteve Ferrer, que eligió para articular la entrega el obvio tema del Paralelo musical (pues en uno de sus teatros tenía lugar la gala); buena la selección de las presentadoras y entregadoras, y también el leit motiv de la mujer en la escena. Bien. Bien también el discurso de Alonso de Santos, presidente de la Academia de las Artes Escénicas de España, cada día más cercano al factor humano, al factor sabio; aunque nadie explicó por qué la presencia de una institución –la Academia- que no volvió a aparecer en el ruedo. Bien, también, un puñado de discursos hondos, medidos, y bueno que se contuviera la tendencia a la eternización en los agradecimientos a familiares en cuarto grado. Por último, hemos de felicitar a la organización, SGAE, que con su equipo de vigías logró llevar a buen puerto una noche que se supervisa con lupa desde posiciones tirias y desde atalayas troyanas.

Y dicho esto, vayamos con algunos comentarios críticos, primero sobre aspectos que bien podrían servir para mejorar próximas entregas; y después sobre cuestiones más de fondo y por ello buscadoras de reflexión compartida.

Las críticas, de menor calibre, van en forma de pregunta.

¿Por qué siendo la organizadora la sociedad de los autores, el premio que le es propio, el premio principal a la mejor autoría, en vez de ensalzarlo y diferenciarlo apareció algo perdido y rodeado de premios menores?

¿Por qué las ceremonias de los Max no acaban de ser el encuentro anual de los profesionales de la escena con mayor proyección, muchos de los cuales no acuden? ¿No convendría tomarse este punto como objetivo de mejora para el inmediato futuro?

¿Por qué esa magnífica propuesta de hacer de la mujer el hilo conductor de la gala olvidó casi por completo a cuantas no fueran actrices? ¿Dónde estaban las autoras, dónde las directoras, escenógrafas, figurinistas…?

¿No podía haberse buscado para la gala un aire conceptual más joven, fresco y contemporáneo? ¿Alguien cree que en la propuesta artística ese factor era dominante? ¿No hay nadie que piense que ese, precisamente ese, es uno de los factores fundamentales a hacer presente en el futuro de los premios Max? Un tema que se relaciona, al menos en parte, con la presencia de jóvenes artistas consagrados, realmente escasa al margen de los acompañantes de los finalistas.

Hay otras cuestiones a valorar, claro, relacionadas con la definición de las categorías, la falta de lógica de confrontar trabajos de centros dramáticos con el de salas alternativas, o por supuesto de los sistemas de selección y votación de finalistas y ganadores. Pero esto es un humilde post, y no una tesis.

Y por último, dos reflexiones más de fondo.

La primera tiene que ver con una percepción personal, pero compartida, de que la profesión escénica se sigue mirando el ombligo en las grandes ocasiones, y le resulta muy difícil evitar su tendencia al onanismo en esos momentos clave en que tantos cientos de miles de personas nos están viendo. Miren ustedes, si quiero seducir a alguien –y los Max son la noche por excelencia en que el teatro quiere seducir a la sociedad- no le hablo de mis problemas de colon, o de lo mal que me trata el presidente de mi comunidad de vecinos. Le hablo de luz, belleza, me pongo sexi, le guiño un ojo o los dos…, y si en algún momento tengo que hablarle de problemas lo hago comedidamente y desde el humor. Si alguna vez los Max quieren ser un programa visto y disfrutado por millones de españoles e hispanohablantes, los profesionales y los organizadores habrán de entender que esa no es la noche para hablar de los problemas, sino la noche en que nos vestimos para seducir y gustar. Otros momentos, otros lugares, otras personas, tal vez, habrán de afrontar la tarea de la reivindicación política. Ojo, que no digo que no haya que poner el dedo en alguna llaga: digo que hay que elegir las palabras, saber quién está escuchando y saber que el objetivo no es quedarse a gusto con el exabrupto o el titular, sino lograr cómplices y amores en la masa ciudadana. Lograr nuevos y más compañeros de viaje

La segunda reflexión tiene que ver con SGAE y su papel en estos premios. Defiendo con coraje en estos tiempos la necesidad de esa asociación que defiende los derechos de los creadores y se encarga de recaudar sus ingresos, su sustento. La asociación de los autores, esa es la clave. Los Premios Max son los premios para todas las profesiones escénicas, y por ello debieran estar todas ellas implicadas. Hoy, la organización que agrupa y representa a todas las profesiones es la Academia de las Artes Escénicas de España. Hay que agradecer a SGAE su impagable contribución a crear estos galardones, y probablemente ese agradecimiento deberá incluir un estatuto de privilegio en el futuro de los Max, pero convendría plantear a debate –sin prisa, pero sin excusas- esta cuestión de fondo. No soy partidario de que la Academia cree otros premios, pardiez; sino de que asuma sus responsabilidades en la organización de los que hay. Hace un año la Academia nacía, de la mano de un puñado de académicos, y con el apoyo de SGAE –no hay que esconderlo, más bien al contrario-, que continúa a día de hoy, gracias a los cielos. Pero la Academia y SGAE, han de pensar en que la lógica ha de imponerse, más temprano que tarde, y que en cuanto se alcance la mayoría de edad –o incluso, para alcanzarla- los académicos y su asociación habrán de asumir la hercúlea tarea de organizar los Max.

Sirvan estas líneas para promover el debate, para otear el futuro, y mirar los Max en lontananza.

NOTA: “Ojalá este domingo regrese la decencia”, reza desde El País Emilio Lledó, flamante Premio Princesa de Asturias de Humanidades. Bella palabra -“decencia”, que para muchos tiene resonancias éticas, además de las que le atribuye la RAE. No sé si en un día de elecciones se logra tamaño objetivo, pero sí que sería un excelente punto de partida para ver cómo los ciudadanos asumen su tarea de vigilantes de la dignidad y de guardianes de la honradez en la cosa pública, ése y cada uno de los días que sigan al 24 de mayo.

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