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Brindis personal por Antonio Gala

Como un trueno llega la noticia de la batalla contra el cáncer en que anda Antonio Gala. Él mismo es el mensajero. Y se me vienen un poco cosas encima del alma. Así que escribo este post para conjurar públicamente a ese tridente que le amenaza de enfermedad, quimio y radio, como el dice. Y los conjuro haciendo presentes algunos recuerdos buenos.

El primero cuando, como editor de la Colección Homenaje de Fundación Autor, preparaba la publicación de una de sus obras teatrales menos conocidas, El caracol en el espejo. De esta obra, nunca estrenada, produjimos una preciosa lectura dramatizada en SGAE, dirigida por Verónica Forqué. En ese proceso conocí sus coqueterías, sus timideces y sus prontos. Y quedé seducido por su forma de ser en corto. Con él, la conversación privada, en calma, es inolvidable y exigente. Un figura.

El segundo es el de su paso por el Jurado Nacional de los Premios Buero de Teatro Joven, al que le invite a participar y que aceptó gustoso por su pasión por la juventud.  Muchas veces ha votado pero nunca ha podido acudir al coincidir la reunión con su estancia anual en Alhaurín.

El tercero se refiere al Kit de supervivencia que recibe puntualmente cada enero y en el que le deseo las cosas mas guapas que se me ocurren y que le gustan. Y cada enero él me responde con el mismo afecto. El de este año rezaba: “Que para ti, querido Robert, este año entumecido y asustadizo pase de puntillas y corriendo. Pero te haga feliz sin darse cuenta.” Todavía no he podido decirle que este año canalla me reservaba sorpresas chungas, pero que les gané la partida.

Cuando ayer leí su “Tronera” de El mundo, sentí que lo gritaba para no estar solo.  Mi deseo es que de nuevo venza al mal, que le gane la partida. Se lo merece. Nos lo merecemos.

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Max o menos


La producción de los Premios Max, celebrados ayer en Córdoba, tuvo el nivel exigible a la organización que los convoca, SGAE, y la gran calidad artística habitual de su director, Juan Carlos Rubio, que contó con algunos de sus colaboradores habituales, Ángel Ruiz y Chema Noci, a los que se sumaban esta vez Natalia Millán, Toni Cantó y Fernando Tejero. Bien, una buena Gala en la que se cuidaron más las formas y, en mi opinión, no se echaron de menos los vaqueros y camisas a cuadros de los últimos años.

No entro en los resultados, aunque algunas cosas chirrían fruto probablemente del modelo de premios y la fórmula de votación elegida: las palabras de Agurtzane Intxaurraga, ganadora del premio al mejor autor en euskara para el que solo había dos candidatos, las de Alfredo Sanzol, agradeciendo a Sergi Belbel la traducción del castellano de su obra “Delicadas”, que obtuvo el premio a la mejor obra… en catalán; o las de Quico Cadaval, que daba las gracias a quienes le premiaban sin haber visto su obra. Palabras que dicen más de lo que dicen. Y  así con unos cuantos premios y candidaturas más.

Lo que no me resisto a comentar son dos aspectos, dos oportunidades de mejora. Primera. Hay que ver lo que da de sí el espíritu quejoso que impulsa al gremio a aprovechar la mínima ocasión, aunque sea fuera de lugar: quien no protestaba contra los ayuntamientos morosos, exigía nuevas leyes de propiedad intelectual para figurinistas e iluminadores. Hasta Antonio Gala, tal vez imbuido del espíritu reivindicativo amenazó con cortarle “algo a alguien” si Córdoba no era declarada Capital cultural. En cualquier caso, el tono y la forma de las críticas estuvieron lejos del aire político y desafiante de otros años.

Segundo. Tal vez porque mis dientes no crecieron en el ámbito teatral, sigue llamándome la atención que gentes cuya vida se dedica a la comunicación lo hagan en general tan mal cuando no actúan. Los agradecimientos eran larguísimos y ausentes del más mínimo interés y tirando a caseros. ¿La gente de la escena olvida que son cientos de miles de personas las que ven en directo sus intervenciones en los Max? ¿Desconoce lo que vale un segundo en televisión y que si te “pasas” el espectador desconecta? Difícil de entender.

Y una última nota. La necesidad de una Academia de las Artes Escénicas que unifique a la profesión estuvo también presente (¿Fue Elisa Sanz?). Un tema siempre pendiente y al que mucho más temprano que tarde habrá que hacer frente.

Perdón, otra última nota (ahora sí). Y ésta de enhorabuena al imprescindible José Monleón, portador de sesenta años de historia escénica española y creador de PRIMER ACTO. Honor y gloria al valenciano. Lástima que la realización le cortará su intervención.

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