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Ha nacido la Academia de las Artes Escénicas: un futuro nuevecito

Acádemia Artes Escénicas Española

El pasado lunes, 28 de abril, se celebró la Asamblea constituyente de la Academia de las Artes Escénicas de España. Un hecho importante en las vidas del centenar y medio de personas que nos juntamos en la Sala Berlanga de Madrid para fundarla. Importante, también, en el devenir de las artes escénicas de nuestro país.

Lo primero que nace en mí son palabras de gratitud para quienes han impulsado el proceso, y en su inicio SGAE; para quienes han formado parte del equipo redactor, que a lo largo de muchos meses han trabajado duro buscando cohesión y futuro; para quienes pudiendo no han puesto palo alguno en las ruedas de esta bella idea: ante la unidad de un sector clave en la cultura, el de las artes escénicas, cualquier palo se muestra nimio.

Y lo segundo mostrar la alegría por disponer finalmente de un lugar compartido por todos cuantos entendemos la vida desde el arte, el teatro, la danza. La Academia de las Artes Escénicas no representa organizaciones: es un lugar para personas, creadores, intérpretes, coreógrafos, iluminadores, vestuaristas, directores, autores, productores…, y tantas otras profesiones que en su conjunto crean el arte más colectivo, el que tiene lugar sobre un escenario, en directo. Y podemos estar por primera vez juntos, ocupándonos de nuestros asuntos colectivos.

Laudes, pues, para todos, promotores, fundadores, y futuros miembros.

Y ahora a trabajar. Duro, sin descanso, sin rencillas, sin más ambiciones que las colectivas. En junio los 162 fundadores elegirán la nueva Junta Directiva que tomará el timón de la nave durante los próximos cinco años.

¿Que si no hay problemas? Sí, claro, también hubo algunas motas de polvo, las pequeñas manchas en el proceso que nos recuerdan que la belleza hay que cuidarla insistentemente y sin desmayo para que perdure. Que es frágil. Las motas están para ayudarnos a mejorar: retos en el camino. Ahí van algunos en la nueva Academia: Urge más presencia de mujeres. Que no hubiera ninguna en la junta promotora es una llamada urgente a que su presencia y juicio no falte en ninguna de las candidaturas. Otra: el sistema de elección por listas cerradas puede servir para echar a andar, pero el futuro lo veo con la posibilidad de que puedan también presentarse candidatos independientes y en solitario: más sal para la Academia. Otra, (y no más), hay que soltar la mano de SGAE cuanto antes. La sociedad de los autores –sin duda la más fuerte de todos los gremios escénicos- está cumpliendo un papel admirable en este proceso trasladando su fuerza a un colectivo mucho más amplio, el de todos los profesionales de las artes escénicas. Ahora toca a todos ocuparnos de los asuntos de todos.

El futuro nos espera nuevecito, sin estrenar, con sus riesgos y sus sorpresas escondidas, con sus tareas, sus retos, sus maravillas.

Cuando el veintitrés de junio se conozca la nueva Junta Directiva, será el momento de buscar sede, de abrir web, de que se inscriban miles y miles de nuevos miembros y estrenar carnet, de pensar en los premios del año que viene, de disfrutar de la capacidad de acción e intervención de un colectivo tan grande y dinámico. Y decidir cómo emplearla.

Será la hora de construir. De acercar el mañana.

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Los Max y el Señor de los ombligos

La fiesta de los Max fue estupenda por el marco (qué guapo es el Price para estas cosas: hay que repetir), por el guión y la dirección (intuyo que a dos manos por esa pareja artística compuesta por Antonio Muñoz de Mesa y Olga Margallo), y por la vibrante presentación de Petra Martínez. Bien. La organización de SGAE y Fundación Autor fue espléndida y hay que felicitar al equipo de producción por este éxito.

¿El reparto de premios?: por barrios. Habrá que encontrar solución al excesivo peso de los amigos y clanes en la elección porque impide la llegada de obras o candidatos relevantes que son desplazados por el aluvión de los que votan por alguien y por todo lo que ese alguien haya hecho. Con Animalario ya sabíamos de estas cosas, pero la táctica sigue, y eso no es nada bueno para los Max. Ni para el teatro. Respecto al asunto de la censura de algunos parlamentos, no he visto la retransmisión, pero por lo leído, más podríamos achacar en todo caso los resultados a impericia que a mala intención de TVE: nada se dijo allí que pusiera en riesgo la seguridad nacional. Incluso se dijeron cosas tontas que sí debieran haberse evitado a los sufridos espectadores de televisión.

Durante la Gala me surgieron varias reflexiones, dos de las cuales me gustaría compartir. La primera tiene que ver con el espíritu de queja minimoys del sector, con su chata y ombliguista mirada.  Ya dijo Petra (que se lo veía venir) que debíamos mirarnos menos el ombligo. Y eso que no dijo que los ombligos por televisión dan fatal, pero fatal, fatal. El caso es que no le hicieron caso, y el que no dedicaba el premio a una desmesurada retahíla de consanguíneos y amigos, se dedicaba a despotricar de la crisis o de los recortes. La tendencia a la endogamia, al espejito –“dime que soy la más guapa”- y al compadreo, impide que ofrezcamos a los espectadores, a los públicos, una imagen moderna, abierta, entusiasmada, feliz, positiva, brillante del teatro. Y así, el reino de los sueños queda jibarizado por el Señor de los ombligos. (Tomo la imagen de mi querido Juan Carlos Rubio)

La otra reflexión tiene que ver con la necesaria apertura de la organización de estos premios Max. Sin querer retomar hoy el debate sobre la Academia de las Artes  Escénicas, es imprescindible, mirando al futuro, la presencia en la organización de todos los sectores, desde la interpretación a la escenografía, de la producción a los técnicos. Que SGAE, cuya función primordial es la recaudación y reparto de los derechos de los autores,  asuma en solitario la representación de todos los “gremios” no es solamente un riesgo para ella, sino, sobre todo, una dificultad para conseguir la implicación de cuantos laboran en el teatro, y un obstáculo para la transparencia.

El tema es complejo, lleno de matices relacionados con los procesos de selección, votación y comunicación, pero pasada esta bien organizada edición tal vez convenga sentarse, abrir las puertas y definir un nuevo modelo de premios para el teatro que los haga más participativos más globales, más ambiciosos. El momento de cambio que vive SGAE parece facilitar que la propia sociedad de autores lidere generosamente la apertura.

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Tiempos excitantes estos, pardiez. Y parte de la culpa la tienen las mujeres.

Esta misma mañana leí en el diario El País algo sobre la paridad en Suecia y otros países del norte de Europa. La noticia iba unida a una fotografía en la que se veía a toda la representación sueca en la Seminci de Valladolid, siete mujeres y un hombre, y se subrayaba el práctico equilibrio numérico entre hombres y mujeres en los oficios del cine de su país.

Soy poco amigo, bueno, nada amigo, de los imperativos legales; enemistad nacida en una de mis vidas anteriores en la que sin duda llegué a ser un anárquico de bien, al que toda norma que no fuera nacida de la ética, e interiorizada individualmente, le parecía impostura. Sigo pensándolo. Hay que allanar caminos para que la fuerza no sea el material de las decisiones, ni en la vida social ni en la de la pareja.  Pero se allana con la igualdad de condiciones, acabando con los obstáculos en el acceso a trabajos, o responsabilidades. En el arte esta afirmación es todavía es más nítida.

Las mujeres –no todas, claro- aportan algo verdaderamente sustancial a la vida artística. Hasta hace apenas cincuenta años el mundo –su historia, su literatura, sus cuadros, sus poemas…- nos era “narrado” desde la mirada masculina; tal vez porque los hombres han sido siempre vencedores en cualquier batalla que tuviera como elemento decisorio la fuerza bruta, y la victoria la han extendido a todos los campos. La consecuencia, terrible y artísticamente empobrecedora, ha sido que apenas disponemos de otras miradas que enriquezcan la realidad y el arte: la de la mitad de la población.  Por eso lo importante, lo trascendente, no es cuántas mujeres ocupan cargos  políticos o impuestos por las leyes, sino cuántas mujeres tienen acceso a contar su mirada al mundo, que pueden regalarnos su mirada sobre el mundo. ¡Cuánto más trascendentes son las isabeles allendes o las giocondas bellis que las merkeles!

Todo esto viene a cuento de que desde elmuro estrenamos este fin de semana en el Conde Duque de Madrid, la nueva obra de Paloma Pedrero, En la otra habitación, en la que dos mujeres, madre e hija, nos cuentan cómo son y cómo es el universo de las mujeres de hoy. Algo tan ausente en nuestra escena que es un regalo para quien quiera enriquecer su visión del mundo. Del cincuenta por ciento del mundo.

Nota: Después del Conde Duque, la producción de TEATRO DEL ALMA estará los lunes y martes del mes de noviembre en La Guindalera, la coqueta sala de Teresa Valentín y Juan Pastor. Es un experimento, este de hacer teatro los lunes y martes; un experimento para vincular el barrio a una sala cercana con el apoyo de los comerciantes y hasta supermercados que reparten los vales promocionales. Tiempo de búsqueda de nuevos caminos. Hard times, but exciting ones.

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Lo siento de corazón, Irene

Una voz de La guerra de las Galaxias me ha parecido fuera de lugar esta mañana en esos momentos en que sueño y vigilia se confunden. Era el informativo de la SER, y tras él, Carles Francino contaba que el dueño de esa impresionante voz, Jordi Dauder, había perdido el combate con el cáncer canalla.

Últimamente no estaba muy cerca, a pesar de que siempre lo encontraba en las acciones que desde la Cultura buscaban un mundo menos malvado e insolidario; acciones que proponían hacer del ser humano espacio de vida y objeto de permanente crecimiento desde la política social. Porque Jordi tenía íntimamente asociada a su vida esa concepción desgraciadamente escasa ya de que el hombre es un ser ético y político y que debe transformar las cosas desde la política, desde la participación. También desde la integridad, rasgo que fue el primero que me enamoró cuando le conocí. Fue allá por los primeros años ochenta en Valladolid, cuando el partido socialista, recién vencedor en las elecciones y carente de cuadros que articularan sus gobiernos, lo envió desde Barcelona a contribuir a poner en pie ese primer proyecto de izquierdas ilusionado e ilusionante. Luego, docenas de veces lo he encontrado haciendo, siempre haciendo, construyendo.

Fidelidad, entrega, lealtad, viejas palabras en busca de futuro, que caracterizaron a Jordi. Lo echaremos mucho de menos.

Por que, como he oído en la radio, el cine, la televisión y el teatro pierden un gran actor. Muy grande. Pero la verdadera pérdida es la de un hombre bueno e íntegro; un hombre comprometido con la piel de los otros, más allá de la propia.

Irene, lo siento de corazón. Un abrazo.

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El ayuntamiento de Gijón no canta zarzuela

La relación de la Política con la Cultura es un terreno minado de bombas. Las instituciones siguen viendo la acción cultural como un ámbito de rentabilidad electoral y muy pocas veces como terreno de desarrollo estratégico de los ciudadanos a los que afirman servir. Para la cultura, por otro lado, la política ha sido, y sigue siendo no pocas veces, el horizonte económico en el que busca su seguridad gracias a la financiación pública. Mal.

Una de esas polémicas minas ha estallado una vez más, y de modo escandaloso, con el nuevo ayuntamiento de Gijón. Nada más tomar posesión, la nueva corporación “popular” ha decidido suprimir su aportación –humilde, por otro lado- para el Concurso Internacional de Zarzuela que caminaba hacia su segunda edición tras una primera de éxito. Es de por sí mezquino reducir presupuestos con los más débiles y necesitados; pero  es, sobre todo, que los argumentos empleados son revanchistas y barriobajeros. Basados en acusaciones de partidismo por parte de un equipo de gobierno que quiere hacer tabula rasa con la acción de la anterior corporación.

La Fundación Ana María Iriarte, dedicada a promocionar la lírica y en particular la zarzuela, es la impulsora del concurso y la financiadora privada de la mayor parte de su presupuesto. Encabezada por una de nuestras cantantes históricas, ha visto cómo por vía postal y sin previo aviso, se cercenaba uno de los poquísimos espacios de promoción de la zarzuela en España.

Salvar la cultura del debate político pequeño, y llevarla a las cimas de acuerdos estratégicos de los grandes partidos; convertir la cultura en más ámbito de desarrollo ciudadano y menos espacio de exhibición de poder; hacer de nuestra cultura, asentada en el segundo idioma más importante del mundo, una herramienta de primera magnitud en la acción exterior…

Y, por favor, olvidarse de las querellas, pequeñas venganzas, y míseras utilizaciones.  Y si algún proyecto existente no se acomoda a las líneas de los nuevos equipos políticos, debe ser tratado con elegancia, con altura de miras, con dignidad, con educación. Incluso para dejar de apoyarlo.

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Coppola, exagerado: ¿Cine en directo?

Francis Ford Coppola, informó hace unas semanas en la feria Comic-Con, de San Diego, que iba a transformar su nueva película, Twixt, en lo que él llamó un espectáculo en directo: “como la ópera”, dijo. Los hechos son más elocuentes que las palabras y la propuesta obviamente quedará en mucho menos. En realidad, la idea del director de El padrino es que unas pocas escenas de la película se monten de modo distinto en algunas de las salas en la que se proyecte. Así, lo que variará es el orden de diversas secuencias y la música que las acompañe. La innovación es una herramienta de puesta al día y de desarrollo que precisan urgentemente algunas expresiones artísticas y culturales. Ésta es una muestra interesante de deseo de innovación, pero que dada la esencia intrínseca del cine –grabado y proyectado- amenaza ser cosmética. En fin.

Coppola dice, “La mayoría del arte hoy en día es grabado, lo único que es en vivo son los conciertos y el deporte”. Está equivocado: conciertos y deportes tienen su principal expresión económica y sociológica en su transmisión televisiva o su grabación y reproducción: muchos podrían hacerse sin espectadores y su esencia no cambiaría porque hoy la retransmisión de la música y el deporte lo garantiza. Sin embargo no menciona el teatro y otras artes escénicas, que por su esencia necesitan público en vivo para que tengan lugar.

Pero el maestro acierta al enfatizar una de las necesidades contrastadas de las artes: buscar el contacto directo con los espectadores que, cada día más, buscan el encuentro vivo que permite la emoción colectiva. Y en eso las artes escénicas tienen una enorme ventaja sobre otras expresiones grabadas o/y reproducibles. Hoy las artes escénicas son la principal actividad cultural en la que los espectadores gozan colectivamente y en directo, y solamente en directo. Los espectadores son conscientes de que lo que están viendo solo lo ven ellos; y que mañana será otro día.

Esa fuerza inmensa proyectada a futuro es la que ha atraído a Coppola. Chico listo.

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Algo más que Coleman

Timbre 4 es el  nombre de la cooperativa bonaerense que está detrás de esa pequeña joya escénica que es La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tocalchir. Durante unas semanas el Matadero madrileño acogerá tres de sus piezas, plenas de calidad interpretativa y verdad escénica.

Pero en esta ocasión lo relevante, lo que quería subrayar es el origen de este arte bueno: no está en grandes nombres de la escena, ni en cuantiosas subvenciones, ni en costosas campañas de promoción. El origen es una humilde cooperativa de la calle Boedo, en Buenos Aires. El modelo cooperativo argentino o sociedades accidentales de trabajo es un modelo específico de organización para la creación reglamentado por la Asociación Argentina de Actores. La cooperativa reúne coyunturalmente a artistas por el proyecto que los mueve, participando cada uno en la proporción acordada, con un régimen laboral específico y diferente, con unas responsabilidades individuales pactadas, con una estructura organizativa simple y que puede desaparecer al culminar la vida del proyecto. Un modelo que ha mostrado en sus frutos que puede ser un  excelente instrumento para agrupar y dar salida a creaciones que de otro modo no la tendrían.

En España la legislación sobre creación de empresas no atiende a las peculiaridades absolutamente únicas de los procesos y proyectos creativos. En España, para ser legal, un grupo de actores recién egresados que quieran poner en pie una obra de teatro son obligados a constituirse en empresa o asociación cultural, con unos mecanismos complejos de funcionamiento para los que además no han sido preparados.

Hay que cambiar algunas o muchas leyes; hay que arrumbar los prejuicios de sindicatos, sociedades de gestión de derechos, y áreas de gobierno implicadas (Trabajo, Seguridad Social, Industria…), y confluir en la generación de un modelo de empresa por proyecto para el ámbito de la cultura. Es urgente si queremos impulsar la creatividad y la innovación artística; es urgente si queremos capear mejor la crisis y que ésta afecte menos al arte.

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Más madera 3: Gerardo Vera

El director del CDN, Gerardo Vera, se autoprograma,  y tendremos la fortuna, además, de que esté con su Woyzeck más tiempo que  ninguna otra obra esta temporada. Gerardo Vera ha decidido montar a Georg Büchner, un poco conocido autor español que se suma a la larga lista de autores ibéricos de esta temporada y que precisaban desesperadamente darse a conocer a través del Centro Dramático Nacional: Tennesse Williams, Heinner Müller, Harold Pinter, Eduardo de Fillippo, Anton Chejov, William Shakespeare

Hay que reconocer sin embargo a Vera, el esfuerzo de abrir las puertas de este teatro “nacional” a nuevos autores extranjeros como Alfredo Sanzol, El brujo, José Ramón Fernández, Rodrigo García, José Manuel Mora o Margarita Sánchez.

Ciertamente algún mal pensado dirá que eso de programarse a sí mismo se ha hecho siempre, en éste y en cualquier teatro público que se precie. Ahí está otro Tennessee Williams, el de Gas, en el Español por ejemplo. Lo dicho, mal pensados que creen que la gestión entregada a artistas tiende a confundir las cosas y poner la gestión al servicio de uno mismo.

Y al tercer día…, paró, que me estoy poniendo un poco pesadito con tanta madera

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Bienvenidos a Porvenir

No sé qué me pone más, que se abra un centro de alto rendimiento dedicado a las artes escénicas o que se abra en una antigua iglesia. Harrobia Eskena es un centro de innovación impulsado por el ayuntamiento de Bilbao que gestionará Eskena, la dinámica asociación de empresas escénicas del País Vasco, y que tiene su sede en la vieja iglesia de Otxarkoaga que así se recupera. Un excelente ejemplo de las posibilidades de colaboración entre lo público y lo privado.

El objetivo central de Harrobia Eskena es que las compañías de estructura empresarial mejoren sus procesos de producción, la calidad de sus creaciones y su propia capacidad de innovación. La innovación y la transferencia de tecnología de otros ámbitos al escénico y cultural, conforman la verdadera piedra angular que permitirá al sector mantener su personalidad creativa y su aportación de valor a la sociedad en las próximas décadas. Un tema que a quien esto escribe le preocupa y le ocupa.

Solamente cabe desear dos cosas: la primera, que el funcionamiento interno esté en sintonía con la modernidad que proclama la iniciativa; la segunda, que la búsqueda de la innovación afecte no solamente al campo de la gestión y a la ruptura de las fronteras del arte, como se recoge en las  noticias, sino que se extienda a la creación de valor y a la relación con los públicos, dos elementos claves en los que en cultura podemos y debemos  liderar procesos de innovación.

Harrobia Eskena, ongi etorri, bienvenido.

PD 1.: (Harrobi: porvenir en euskera)

PD 2.: Me alegró ver en la fotografía de la firma a Pío Ortiz de Pinedo, gerente de Eskena, junto a Iñaki Azkuna, alcalde de Bilbao.

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Ángeles: dile algo a Leyre, porfa

Acordemos –con una enorme tristeza, eso sí- que en el actual gobierno la densidad de talento político no es especialmente deslumbrante. A la escasa competencia de la ministra del ramo cultural, ya mencionada en este blog en otras ocasiones (la última a propósito de la ley que lleva su apellido), se une cual elefante en cacharrería la de Sanidad. Leyre Pajín, a falta supongo de temas más relevantes a los que meter mano, dedicó una perla a la Cultura, cuando afirmó que la Ley “antitabaco” debía cumplirse también en los escenarios. La ministra daba por buena la denuncia de un espectador del musical Hair en el que se fuma (la obra va de la época hippie, como para no echar humo). La ministra sugirió que dadas las habilidades de interpretación de los actores y actrices, debían interpretar que fumaban.

Es la expresión de un radicalismo inculto y puritano, incapaz de convivir con la diferencia y los diferentes. Supongo que ni Arthur  Miller podría hacer una buena obra breve sobre este tema que de verdad no da como para la crítica  a la inquisición contenida sabiamente en Las brujas de Salem.

Ángeles, dile algo a Leyre, porfa.  Dile que el arte, y la creación, la Cultura como forma socializada de ambas, es un espacio de libertad indiscutible en democracia, y que lo más lejano de la libertad es ocultar la realidad, la diversidad.

Que sí, que Bogart fumaba en escena, pero que hacía obras de arte.

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