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Nace mediantescultura, una empresa del Cuarto Sector

Gestión privada de servicios públicos culturales

La semana pasada se presentó públicamente en Madrid mediantescultura – elmuro, una empresa de gestión privada de servicios públicos culturales, que se guía por el servicio a los ciudadanos. En el recoleta sala de cine de Artistic Metropol, Salvador Sanz y yo mismo, promotores del proyecto, desgranamos las razones de su nacimiento. ¿Es posible que una empresa priorice el servicio publico y el beneficio de los ciudadanos compaginándolos con la sostenibilidad de la empresa? No me digan que no les suena que esta precisamente es una de las características no expresadas de toda una pléyade de empresas culturales y artísticas de nuestro país. mediantescultura, tiene esa filosofía y se reclama capaz de mantener y armonizar los beneficios de la gestión privada, eficaz y eficiente, profesional, con los beneficios sociales propios y característicos de la cultura.

No somos pocas las personas y organizaciones de todo tipo que desde el ámbito cultural aspiramos, deseamos, soñamos e incluso humildemente laboramos por una sociedad más igualitaria en derechos y obligaciones y en la que tener mucho más que otro, además de no ser visto como un ejemplo, sea finalmente, inútil, innecesario. Pero entre tanto se acerca ese momento histórico en el que tantos necesitamos creer, creo, también en que es necesario dar pequeños pasos que mejoren, que “contaminen” positivamente, que ilustren desde la humildad lo mucho que ganaría la sociedad con menos desigualdad. Uno de esos pequeños pasos es el desarrollo del llamado Cuarto Sector de la economía, aplicado a la cultura en el que mediantescultura se inscribe por propia voluntad.

Es bien sabido que el Primer sector se identifica con la empresa privada, el Segundo, el sector público, y el Tercero, el de las organizaciones no lucrativas, pero, ¿qué es eso del Cuarto Sector del que hablamos?

Enunciativamente podemos decir que lo conforman empresas con responsabilidad ante el devenir del bien común, empresas que anteponen el beneficio social al económico porque creen y demuestran que maximizar el beneficio social no es incompatible con ser rentable económicamente. En tanto que maximizar el beneficio económico por encima de todo sí es incompatible con el beneficio social. ¿Os es que no podemos aprovechar la creatividad, el trabajo, el esfuerzo, el ingenio más que para hacer dinero? ¿Es que la profesionalidad y la eficiencia empresarial no puede disponer de alma?

Las empresas que nos acogemos al concepto de Cuarto Sector asumimos unos compromisos públicos concretos en sintonía con el propósito social. Nuestros métodos de negocio deben ser escrupulosos con la legalidad y con ese propósito social; deben atenerse al concepto práctico de ganancias razonables, lo que a menudo implica la autolimitación expresa del volumen de beneficios y obliga a la reinversión; la transparencia y la apertura a auditorías, especialmente en las tareas relacionadas con instituciones publicas; la responsabilidad social y medioambiental; y compromisos estrictos en torno a los derechos laborales y sociales de cuantos se relacionan con la empresa.

Una buena parte de las organizaciones y empresas culturales (incluso algunas encuadradas en el Tercer Sector) cumple algunas o varias de estas características y lo hacen, además, en un sector –el de la Cultura- considerado en nuestro ordenamiento constitucional y en nuestro entorno, como uno de los servicios que las administraciones ofrecen y han de garantizar a los ciudadanos.

Es ilusionante que cada día más organizaciones y empresas del ámbito cultural se adscriban a este concepto práctico del Cuarto Sector. Es estimulante que muchas empresas eficaces, eficientes y profesionales, consideren que es posible compaginar rentabilidad económica y social, y que lo demuestren. Pero para que adquiera cada día más relevancia real es imprescindible que desde el propio sector y desde las instituciones públicas, se tomen algunas medidas urgentes.

Desde el propio sector, hay que crear una normativa auto-reguladora de cumplimiento de las medidas enunciadas que permita diferenciar a aquellas empresas presentes en el ámbito de la cultura que priorizan el negocio, de aquellas que priorizan el beneficio social. El primer paso es el encuentro y el acuerdo de aquellas organizaciones que se sitúan en esta perspectiva.

Desde las administraciones públicas se debe, por un lado, legislar con urgencia medidas para favorecer el desarrollo y la presencia de empresas del Cuarto Sector en todos aquellos servicios públicos que requieran de gestión privada; y por otro, favorecer en cuantos concursos, licitaciones y encargos requieran de la participación de empresas en servicios públicos, que sean empresas con autolimitación de beneficios y responsabilidad social las receptoras de los encargos.

No se trata de inventar un nuevo sector, se trata de estimularlo, de regularlo, de tipificarlo al servicio de una mejor gestión de los servicios públicos y de garantizar en ella el compromiso de las empresas contratadas con el propósito social.

Es posible servir a la sociedad desde la empresa siempre que ese objetivo sea fundamental y no accesorio en su estrategia empresarial. Es posible hacer empresas sostenibles en Cultura combinando rentabilidad social y rentabilidad.

Hagámoslo.

 

NOTA: En próximas e inmediatas entregas iremos describiendo mediantescultura, y sus áreas de actividad.

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Muchos visitantes, qué bien. Pero, ¿sabemos algo más?

Las dos noticias culturales de la pasada semana han sido la desaparición de la Dirección General del Libro y la cifra de visitantes de los tres principales museos de Madrid. De la primera, veremos las consecuencias en los próximos meses. Agrupar el Libro a Industrias Culturales parece una buena idea; separarlo de Bibliotecas, un riesgo. Veremos pues.

La otra es una noticia relevante. Entre el Thyssen, el Prado y el Reina Sofía (perdonen que ahorre en los tres la palabra museo) han alcanzado en el pasado año la cifra record de siete millones de visitantes, 800.000 más que en el año precedente, un incremento cercano al 20%. Si sumamos otros centros expositivos del eje Prado-Recoletos (CaixaForum, Fundación Mapfre…) las cifras se acercan a los diez millones de visitantes, solamente en Madrid. Bien, bravo. Cierto que todavía se encuentran a distancia de las del Louvre (8,5 millones), el British Museum (5,5 millones), el Metropolitan de New York (4,4 millones), o la National Gallery  y la Tate Modern (cada una 4,8 millones), pero es evidente que la evolución orienta el futuro hacia la equiparación con ellas. Sin duda, la calidad de la oferta y del servicio cultural atrae y seduce a nacionales y extranjeros.

La noticia ilustra el discurso de quienes afirman –afirmamos- el valor estratégico de la cultura en España, con las dos grandes ciudades de referencia, Madrid y Barcelona, al frente.

La cruz de la noticia tiene que ver con la “calidad” de las cifras. Si desconocemos lo que hay detrás de ellas, difícilmente podremos hacer una buena política de públicos. Conocerlos, segmentarlos, ofrecer precios, servicios y contenidos adecuados a cada uno de ellos, conocer sus opiniones una vez acabada la visita, recoger su juicio sobre la experiencia artística y emocional vivida…, es absolutamente imprescindible para conocer la opinión de fondo de los clientes y con ello mejorar aquellos aspectos de la gestión que permitirán en el futuro satisfacer mejor las expectativas generadas.

El eje cultural artístico creado en los últimos veinte años en torno al Paseo del Prado y sus alrededores es la demostración palpable del poderoso y positivo efecto de la pareja arte/urbanismo. Las sinergias de las administraciones e instituciones públicas y privadas que se han conjugado en él muestran las enormes posibilidades que tienen cuando se asocian sin celos ni conflictos.

Un ejemplo de lo que la cultura aporta a nuestro país, a sus ciudadanos, a sus visitantes, a su economía. Un ejemplo de lo que nuestro país puede hacer en favor la cultura.

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Viva el Circo del Sol, a pesar de las palomitas

Estoy preparando un post de cierre de este año que tantos quebraderos ha producido en las cabezas de tantos. Pero ayer estuve viendo a Cirque du Soleil y no me resisto a decir un par de cosas.

La primera es la calidad de la experiencia artística vivida. Ni los casi cien metros que me separaban de la acción consiguieron que me despistara de lo que ocurría en el escenario, tal era la belleza, la armonía, la originalidad de lo que estaba degustando. La búsqueda de la máxima calidad artística es su sello y es un ejemplo a seguir por cuantos se dedican a la creación escénica. Rehuir la chapuza y el ombliguismo y orientar la creación a la satisfacción del espectador. Sin vergüenza.

La cruz de la estancia en el Madrid Arena, fue la sensación impuesta de ser un saco de euros del que todos querían llevarse su parte. Palomitas a 5,00 € -no había otra cosa-, y refrescos de grifo a 3,50 € son insultos a la dignidad del espectador. Que sin aportar valor añadido alguno se incremente el precio de un producto un 3.000 %, transmite el escaso respeto por quienes han pagado una media de 70,00 € por el espectáculo.

El “viaje” del espectador, y por lo tanto su nivel de satisfacción, depende no solamente de lo que ocurre en el escenario, sino de cuanto acontece a su alrededor, desde que recoge información a través de la web, hasta que llega a casa: el aparcamiento, la cena, el precio y las ofertas, la comodidad de las butacas, la atención de los empleados del teatro, los lavabos, o cómo te resuelven que se te rompa la falda.

Que seamos muchos los espectadores no es excusa. Al contrario, incrementa todavía más la obligación de las organizaciones culturales de dar un tratamiento individual y amable, de ofrecer un viaje inolvidable, sin que ninguna pequeña falla lo enturbie.

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Mamaaaaá, quiero ser del Praaaado

El Museo del Prado da de nuevo la campanada, esa señal de partida que indica que a buen seguro otros copiarán en los próximos meses: a partir de enero próximo abrirá sus puertas todos los días de la semana, mañana y tarde. Todos (53 días más). Así se explica sin palabras lo que es la cultura como servicio, full time. Así se consigue dar valor a un museo que ya tiene mucho. Así se logra incrementar la rentabilidad, la eficiencia y hasta los puestos de trabajo, directos e indirectos. Así se reduce la dependencia de la financiación pública. Y así, por encima de todo lo demás, se atiende al público.

Los ciudadanos culturales –los deportivos o los televisivos disponen de raciones a go gó– tienen la sensación frecuente de que la cultura, como las iglesias y algunos ritos de similar orden, se hacen a escondidas y a deshoras. Un teatro abierto por la mañana, qué raros sois chicos; un museo abierto a partir de las ocho o los domingos por la tarde, pero tú de qué vas. ¿Y los derechos de los trabajadores? Desde luego yo, si quisiera ocuparme esencialmente de mi digestión o de mi siesta nunca haría oposiciones al cuerpo de bomberos. Peeeeero.  Es que soy muy raro: incluso abriría una especie de farmacia cultural 24 horas, con programaciones horarias diversas y atentas a los horarios vitales de las gentes.

Pensar en el público tiene esas cosas: a veces te “dice” que debes abrir en horarios impensables para captar a gentes que de otro modo jamás podrían disfrutar del arte; otras pensar en las gentes, te induce a que montes una guardería en el teatro o que las funciones las programes a las 17:30, cuando las mamis –furibundas del “fondo norte” futbolero pero del teatro, pueden ir a gozar de su afición preferida; otras, la orientación al público de la actividad artística te pide que te hagas un peeling y te desprendas de ese aire naftalínico y sabelotodo, de sacerdote cultural. No me gustan las palomitas, pero vivan estas palomitas.

En fin, que gracias, Prado.

Nota: este fin de semana tenemos los ensayos generales de En la otra habitación, una magnífica obra de Paloma Pedrero, producida por elmuro. Son sábado y domingo a las 19:00 horas en el C. C. Buenavista, de la Avenida de los Toreros, 5, donde su compañía, TEATRO DEL ALMA, es residente. No te lo pierdas. Y el próximo finde en el Conde Duque. Si venís éste, repetiréis el próximo. Y en La Guindalera, donde estaremos todos los lunes y martes de noviembre. Sí, lunes y martes, un experimento necesario de vinculación de la compañía y la obra al barrio. Vente y tomamos una copa de licor de guinda.

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Marketing para hacernos oír…y para escuchar

Me encuentro en el centro de la vorágine organizativa de la I Conferencia de marketing de las Artes que se celebrará en Madrid a comienzos de octubre. Asimétrica, un jovencísimo proyecto empresarial en el que me embarqué hacia Itaca junto a un dinámico y brillante socio, Raúl Ramos, asumió la tarea de impulsar un encuentro entre quienes nos dedicamos a hacer del arte una necesidad buena de los ciudadanos, un encuentro entre quienes creemos que el arte es una necesidad salvífica.

La Conferencia ha despertado una enorme expectación, por ser la primera y, sobre todo, por las extraordinarias voces que van a aportar reflexiones y experiencias útiles en unos momentos de especial necesidad para las organizaciones.

El marketing, que en su historia ha centrado su atención sucesivamente en el producto y en la fuerza de ventas, centra desde hace años sus objetivos en el público. Sin embargo el enfoque dominante sigue situando a los públicos como destinatarios y no como jugadores y decisores. Solamente con la boca pequeña se dice que es el público quien manda. El marketing debe estar atento, escuchar lo que los públicos quieren y cómo lo quieren; y de lo que no. Y tomar medidas.

El marketing es una excelente herramienta de conocimiento del otro y de sus necesidades, tendencias y gustos. Pero no debe serlo únicamente para hacer llegar mejor los mensajes de productos o servicios a los públicos. El marketing guapo establece y genera retornos informativos de los receptores y debe poner los medios para que esos retornos influyan en el futuro. De nada sirve preguntar, encuestar, poner botones en la web si el usuario percibe que nada cambia aunque opine. La cosmética mata el marketing y desde esta perspectiva, el marketing cosmético dinamita la relación entre los creadores y productores y sus públicos.

Lo dicho, hablar para escuchar. Escuchar para cambiar.

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De cigüeñas. No, de vuelos.

Almagro. Desde el ático-terraza del hotel Gran Maestre diviso la inmediata iglesia de San Bartolomé. Entre sorbo y sorbo del primer café observo el nido de cigüeñas que corona el campanario. Dos jovencísimas y ajetreadas cigüeñas dan lo que a todas luces son sus primeros pasos; bueno sus primeros vuelos. Aletean torpemente y consiguen ascender verticalmente y sostenerse en el aire apenas dos segundos. Cuando lo han hecho varias veces se acercan al borde del tejado con la aparente intención de pasar del juego al vuelo. Inclinan el pico hacia abajo y tras ver la distancia al suelo retroceden a cortos pasitos y siguen ensayando el ascenso vertical. Sus padres –es una suposición, claro- los observan despreocupados conscientes de que la genética acabará imponiéndose.

Estamos en la Escuela de La Red de Teatros. Asimétrica organiza un taller de Marketing cultural, Ticketing y Audiencias y una frase de Roger Tomlinson me hace volar. “No hay relación con los públicos si no dialogamos con ellos”. Sí, sin duda ese es el corazón del marketing cultural. Porque se dialoga con aquel a quien conoces, a quien escuchas, a quien respetas. Y el público, cada una de las personas que gustan del arte y de la cultura, quiere ser escuchado, respetado;  y tomar sus decisiones.

El segundo día, intervengo al final del taller para decir que la formación, el conocimiento se adquiere invirtiendo en preguntas; nuevas y más complejas preguntas cada vez. Que solamente podemos avanzar, volar, haciéndonos preguntas inteligentes, comprometidas; esas preguntas que como el amor verdadero son tan difíciles de hallar. Que solamente haciéndonos ricos en preguntas y dudas podremos encontrar las respuestas adecuadas llegado el momento.

En la misma sesión propuse crear un Carnet o un pasaporte profesional para cuantos vivimos por y para el espectáculo en vivo. Un pasaporte por el que paguemos una cantidad justa y que nos permita entrar en cualquier espectáculo del país. Un carnet que acabe con la lacra de las invitaciones. Un carnet que ayude a poner en valor el arte. Porque el arte no se regala, se alcanza en los cielos.

Allí les dejé anoche, cuando me vine de vuelta volando a Madrid.

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De pelis y palomitas

El Ministerio de Cultura propone un programa de actualización de las salas de cine en base a su digitalización, con un presupuesto de tres millones de euros, a duplicar tras los acuerdos con las comunidades autónomas que se sumen. Ángeles González Sinde señala que la medida busca mejorar la calidad en la exhibición y recuperar espectadores. En mi opinión el apoyo a la distribución es necesario pero no entra en el fondo del problema del cine visto en salas.

Si el sector de la distribución quiere que los espectadores no abandonen las salas y que los que lo han hecho retornen, deberán ofrecer valores añadidos muy superiores a los actuales. En otros post anteriores he subrayado que las salas maltratan a los espectadores con espacios hiperexplotados que a menudo dificultan la limpieza entre sesiones; hiperexplotación que conduce a la expulsión urgente de los espectadores por la parte de atrás para ganar tiempo, como si de detritus se tratara; locales en los que si quieres tomar un refresco abusan desmesuradamente de los precios haciendo sentir al espectador algo muy cercano al atraco a palomita armada.

Todo ello expresa que las salas piensan poco “en espectador”, en público. O mejor, parece que piensan que los públicos siempre estarán ahí, dispuestos a ser maltratados a cambio de ver hoy lo que en unos meses podrán ver en su propia casa. Señores y señoras de la distribución: deberían ponerse a aportar valor a su trabajo. En ofrecer momentos de satisfacción añadidos que hagan que la memoria del usuario del cine en sala se acerque a lo memorable. Tal vez encuentros y debates con actores en directo tras algunos pases, tal vez información escrita de la obra entregada a los asistentes, tal vez comunicación individualizada, previa y posterior, con los clientes…

Cuando los espectadores sienten que son tratados como personas importantes, vuelven. El cine disfrutado colectivamente es un valor que no debe perderse, que quienes aman el cine no quieren perder. Pongámoslo fácil.

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Película salvacines

Sería impensable que algún intelectual afirmase públicamente que la existencia de Don Simón es un desastre y le dedicara sesudas y elaboradas críticas y lindezas, por más que su gusto se inclinase por “riberas”, “riojas” o “somontanos”.

Pues bien, hoy se estrena Torrente 4: Lethal Crisis, sobre la que multitud de voces eruditas expelen vitriólicos juicios. Algunas, es obvio que por envidia de sus prometedoras cifras; otras, por el estilo grosero, desvergonzado y chabacano que inspira la película y que en realidad son su “nicho de mercado”.  Porque el trabajo de Santiago Segura responde a la demanda de un mercado en el que las exigencias culturales no son predominantes sino expresión de un sector culto minoritario. La mayoría reclama ocio y en el mejor de los casos ocio cultural.

La industria cultural de un país se asienta en la existencia de productos con un alto retorno económico sobre la inversión inicial. Los beneficios generan no solamente bienestar para los productores sino capitalización para el sector y posibles inversiones en nuevos productos artísticos que buscarán similar rentabilidad. Con sus tres películas anteriores Torrente recaudó 51’4 millones de euros, muy cerca de los 69,7millones recaudados por todo el cine español en 2010. Nada de malo. Y en todo caso, al mal cine se le combate con buen cine, y a la falta de cultura con educación y cultura accesible. Lo demás son deseos de elites con vocación paternalista.

Por primera vez iré a ver el trabajo de Santiago Segura, y trataré de aprender de su inmejorable lanzamiento, incluido el empleo de twitter y Spotify y la comercialización en 3D. Atento también al hecho de que una sola película pueda “salvar” el cine español en 2011. Sin más comentarios.

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Un post de cine

Al calor de los inminentes “Goya”, y al rebufo de la reciente bronca por la Ley Sinde, varios artículos abordan, al pil-pil, la difícil situación del cine español que ha sufrido en 2010 una brutal pérdida de espectadores. Le toca ahora al cine pasar por el debate que atravesó el teatro hace casi una década. Cuestión de paperas. La diferencia es que el teatro solamente puede verse en el espacio fijado para ello, en directo; en tanto que el encuentro con el cine se puede producir en la sala, a través del ordenador, en la televisión…

Isabel Coixet, en un artículo que recomiendo encarecidamente, propone hacer mejor cine para combatir la sangría y atraer a los espectadores. “Arriesgar, experimentar, explorar lo desconocido, poner lo mejor de nosotros en lo que hacemos sin tener el ojo puesto en la taquilla, el prestigio o nuestra propia vanidad es el único camino posible que se me ocurre.” En mi opinión es una perspectiva muy incompleta y por ello equivocada: centrar el problema en la producción, en la creatividad es insistir en la mirada al ombligo. La calidad es la condición necesaria, pero no suficiente. Hoy, los espectadores deciden cómo, cuándo, y dónde se produce su encuentro con el cine, el bueno y el malo. Y la tendencia mundial nos dice que las salas clásicas están dejando espacio a otras formas de encuentro, esencialmente individuales o de pequeños grupos a través del ordenador o el televisor. En casa. Y como la Lot bíblica, no podemos mirar hacia atrás. O, como dice la misma Coixet: “La nostalgia, aunque inevitable, es un error que puede costarnos la vida.”

Las salas, son una parte del mercado, del consumo de esa joya cultural que es el cine. Y si el objetivo del sector es que las salas sigan siendo espacio privilegiado para gozar colectivamente del cine, habrá que pensar en los espectadores y en porqué las abandonan. ¿De verdad nos preocupan ellos, los que pagan? ¿Les preguntamos lo que desean, su nivel de satisfacción…? ¿Tal vez el precio, tal vez los nulos valores añadidos que ofrecen las salas, tal vez el desmesurado cobro por palomitas y refrescos que hace sentirse mal a tantos espectadores…?

La solución, o al menos parte de la solución, implica poner a los espectadores en el eje de la acción. Si el sector quiere que los espectadores vuelvan a las salas habrá que tratarlos como verdaderos reyes del mambo, que es lo que son. El sector de la distribución tiene mucho que aprender. Lo primero, que en cultura somos público con opinión, espectadores, ciudadanos.

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Más democracia, en cultura y en todo

Una de las  noticias que casi pasan desapercibidas en las últimas fiestas navideñas se produjo en Madrid: en uno de sus barrios, Hortaleza, se celebraron dos Cabalgatas de Reyes, una organizada por la Junta Municipal del Distrito y, otra, denominada popular o alternativa, promovida por diversas asociaciones de vecinos.

En 2007, el ayuntamiento decidió privatizar, sacando a concurso, la cabalgata del barrio que antes tenía un marcado carácter popular. Los vecinos se quejan no solamente de los gastos que ello ha supuesto -70.000,00 € anuales- sino del arrinconamiento de las organizaciones vecinales, sustituidas por una empresa contratada, y de la puesta al servicio de la cabalgata de las grandes superficies comerciales de la zona, en cuyo entorno transcurre. Mientras, la otra circula por las zonas profundas y deprimidas del barrio y se reclama continuadora de la cabalgata popular de siempre en Hortaleza.

La cosa no pasaría de ser una noticia curiosa, de esas que florecen en las grandes ciudades, espacios de difícil conciliación entre la gestión y la participación. Pero me interesa porque subraya precisamente los extremos del problema. La gestión democrática exige considerar cada una de las situaciones a las que hace frente cada día, como una oportunidad de implicar en la gestión al máximo de ciudadanos y de sus organizaciones, no como problemas que hay que quitarse de encima (en este caso encomendándolo a una empresa). La satisfacción de los ciudadanos, por otro lado, depende también, de su participación, de que sientan que sus opiniones y deseos cuentan y mucho, en la gestión política. Por más que en nuestros responsables prime tantas y tantas veces la tendencia a no contar con los ciudadanos en la toma de las decisiones que les competen. Promover la participación es una tarea prioritaria de las instituciones y de sus responsables; y participar, usar la democracia, es tarea de todos.

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