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¿Abaratar o invertir en fracaso? A propósito de las “privatizaciones"

La situación lo acelera todo: Mariano Rajoy actúa ya de presidente de gobierno sin siquiera haberse reunido las Cortes generales. Ver para creer. La parte buena es que como la situación lo exige, da gusto verle trabajar aunque les cuente a otros y fuera lo que no nos contó a nosotros en casa.

Pero a lo nuestro, a la cultura. Releo el programa electoral del Partido Popular y dado que todo él rezuma el aroma de la ausencia de compromiso y de la inconcreción, encuentro muchos aspectos en los que exigir medidas y aclaraciones urgentes. Hoy me quedo con la necesidad imperiosa de llenar de carne el décimo punto, que reza así: “Diseñaremos, en colaboración con la iniciativa privada, políticas realistas y efectivas que garanticen la sostenibilidad de los numerosos equipamientos culturales distribuidos por toda la geografía nacional.” Si no entiendo mal, quiere decir que procederán a privatizar la gestión de teatros, auditorios y centros culturales. Soy de quienes piensa que la sociedad civil –asociaciones, ciudadanos, empresas…- ha de entrar en la gestión de lo público para democratizarla y abrirla a la sociedad, pero con la misma vehemencia defiendo que su entrada no debe estar al servicio exclusivo de abaratar costes, sino de mejorar la gestión y hacerla más satisfactoria para los públicos. Y sobre que ese sea el objetivo del PP –o del PSOE, cuidado- ya tengo muchas más dudas. Desfuncionarizar y reducir presupuestos puede aligerar el déficit de las instituciones, pero si a cambio se empobrecen los servicios y la calidad habremos hecho un flaquísimo servicio a la tarea constitucional de promover la cultura, que no es otra cosa que promover mejores ciudadanos. Abaratar, simplemente, es una de las mejores maneras de invertir en fracaso.

Por eso es el momento de recordar el tratamiento que la Constitución da a la cultura, y de pedir al PP que perfile y llene de contenidos su impreciso programa, y que para hacerlo escuche cuanto desde el sector podemos decirle. Sería una muestra de buena voluntad.

Ah, y transparencia, por favor.

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Fresas entre el asfalto: artistas callejeros

Dejo para el próximo post el tema previsto (el desperdicio de talentos y conocimiento en nuestro país provocado por los Expedientes de Regulación de Empleo), porque la noticia de la retención/identificación/denuncia de un artista callejero la pasada semana en Madrid, impone urgencia antes de que se olvide.

Sí, la actuación de Rodolfo Meneses, “Tuga”, un mimo que suele trabajar –con gran éxito de público- en la Puerta del Sol, fue cortada por la policía municipal con la justificación de que su labor interfería el tráfico y favorecía la tarea de carteristas que aprovechan las aglomeraciones. Tuga fue trasladado a comisaría donde siguió actuando ante los incrédulos y ofendidos policías: el mimo continuó “mimando”, que es lo que mejor sabe hacer, hasta que tuvieron que ponerlo en libertad sin haber logrado de él una sola palabra. Me hubiera encantado estar presente. Y me ha hecho recordar la estupenda interpretación de Óscar Jaenada en la película “Noviembre”, de Achero Mañas. Y la filosofía del film, tal vez recogida en la frase del protagonista: “Me gustaría cambiar este puto mundo.”

¿Qué les pasa a los dirigentes del ayuntamiento madrileño para que impidan una actuación que alegra la vida a tantas gentes y da trabajo a algunos que lo necesitan? El arte callejero, otra forma humilde de cultura, ya forma parte de nuestra experiencia urbana, sea a través de estatuas vivientes, pequeñas actuaciones de magia, mimos, músicos o malabares. Aporta dulzura al asfalto, ilumina de pequeñas luces las calles oscuras de vida. El arte de la calle hay que defenderlo de las sombras y de los uniformes, correspondan éstos a trajes de políticos insensibles o a municipales entusiastas de su trabajo censor. El arte hecho en la calle nos recuerda tiempos en que ese era el espacio de comunicación y de creación casi único, y lo recupera como experiencia popular. Tal vez haría bien el ayuntamiento en regularlo, pero poco, por favor, y siempre al servicio de su defensa, de su supervivencia. En Tres sombreros de copa, esa estupenda pieza de Mihura, Paula le pregunta a su amado: Dionisio, ¿te casas? Y él, tímidamente, le responde: Sí, me caso, pero poco. Pues eso.

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Imaginación al poder y contra el poder

Hace unas semanas dedicaba un post a comentar críticamente la huelga de técnicos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La crítica se apoyaba en que la huelga repercutía mucho más en los artistas y en el público que en los destinatarios de la queja, de tal modo que creadores y espectadores venían a ser rehenes, cabezas receptoras de palos destinados a terceros. En nuestro país es tan frecuente esta tendencia que resulta preocupante, más incluso por la falta de originalidad que por las consecuencias, a las que estamos desgraciadamente acostumbrados. Los trabajadores del Metro, o los controladores aéreos, por poner un par de ejemplos actuales, castigan a los usuarios de servicios inmisericordemente, despreciando sus necesidades, urgencias o problemas, para que el malestar social que crean, haga, supuestamente, presión sobre el poder al que reclaman. Poder, ésa es la palabra. Hasta quienes reivindica acaban sucumbiendo al uso del poder sobre terceros que nada tienen que ver.

En Cataluña, este año, los bailarines y compañías de claqué, entre ellos algunos de los más artísticamente relevantes internacionalmente, han sido excluidos de las ayudas a la creación. Malos tiempos para los ámbitos creativos en general y para los menos usuales en particular. Su respuesta: organizar una macro actuación de protesta en los jardines del Teatro Nacional de Cataluña, que además ha reunido a buena parte de la profesión artística en su apoyo. Ya, ya sé que estos bailarines no podían plantearse paralizar el Metro o el aeropuerto. Simplemente una cuestión de poder. Pero sobre todo de imaginación para hacer llegar a la ciudadanía sus reclamaciones. La imaginación al poder, la imaginación contra el poder. A ello estamos obligados cuantos nos dedicamos a la cultura y al arte.

(ver noticia sobre a huelga de los bailarines de claqué)

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Poder de los técnicos o poder burocrático

La Compañía Nacional de Teatro Clásico está triste, ¿qué tendrá la CNT?  Muy sencillo, el teatro público ha vivido durante unas semanas las consecuencias de la funcionarización, de la dependencia del trabajo funcionario, irracional si es aplicado a la cultura, y a la escena en particular. Una huelga ha parado a la compañía y ha mantenido a los espectadores en ayuno. Un modelo funcionarial que permite que “trabajen” en turnos –incluidas las mañanas- cuando las representaciones son por la tarde; en el que organizar los horarios laborales es un infierno para el arte; que impide o dificulta giras por unos convenios que parecen suscritos para la minería y no para la escena.

Recuerdo una anécdota que en todos los años que llevo en la profesión más dolor me ha producido, estrechamente relacionada con este poder ejercido contra el arte. ¿O es que no hay otra manera de exigir derechos que hacer repercutir las consecuencias de las reivindicaciones en los compañeros artistas y en el público? A la anécdota. Hace casi dos años produje la ópera La Celestina, una ambiciosa producción privada liderada por la Fundación Ana María Iriarte. Era el estreno mundial de una pieza compuesta por Joaquín Nin-Culmell. La ilusión porque quedara registrada, y la incertidumbre de no saber cuándo se repetiría, nos llevó a negociar con las partes los derechos de grabación. Actores/cantantes, teatro y orquesta pronto dieron su aprobación, conscientes de la importancia de guardar memoria  de las obras de los autores españoles. Pero el coro de La Zarzuela se descolgó. Primero exigió cobrar suplementos si salían a escena. Cantaron entre cajas, claro. También exigieron cobrar aparte si se grababa, aunque sabían que nadie cobraría nada y que el beneficio de una grabación operística en España es nulo. La grabación obviamente no se pudo hacer. Se apoyaban en un convenio irracional que concede un poder sobre el arte desmesurado, de veto, a funcionarios de la voz. ¿Quién lo negoció?

Algo huele a podrido en Dinamarca, perdón en España, cuando un funcionario puede impedir que el arte sea apreciado por los ciudadanos. Algo hay que hacer para impedir desmanes que atacan al arte, y encima sin imaginación . Les aseguro que en las compañías privadas, en las que se cobra mucho menos, a ningún trabajador se le ocurriría cargar sus conflictos sobre el resto del equipo artístico, y mucho menos sobre el público. De sus problemas, que los tienen y muchos, hablaré en otro post. Ah, y si se sienten aludidos, respondan, por favor: garantizamos un muro donde colgar las opiniones.

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