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De cine, cultura, bebés y madres (y padres)¿Aparcamos juntos el cochecito?

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He escrito varias veces que el cine –productores y exhibidores- descuida su relación con el público en las salas, cuando no, directamente, lo maltrata. Y proponía, para describir ese mal trato, la imagen metafórica de las alcantarillas: espectadores que entran por la puerta grande y salen a escondidas por la puerta de atrás, a una oscura calle a espaldas del edificio. También se percibe el maltrato en los precios de palomitas y refrescos, claramente abusivos; y en el nulo valor añadido que proporcionan a sus clientes. Podría seguir. Que como actividad anti-crisis, a nuestros empresarios tan solo se les haya ocurrido la idea de abaratar el precio de la entrada un día, muestra el nivel de I+D en el que se desenvuelve la gestión de esta parte importante de la industria cultural.

La orientación al cliente, de servicio al usuario; la estrategia derivada de poner al cliente en el centro de la acción, es la que puede evitar este tipo de enfoques y prácticas, centradas por otra parte en concebir la relación con los usuarios como una fuente de ingresos, más que en un viaje conjunto y satisfactorio, lleno de experiencias y enriquecedor. Y ahí está nuestro sector cultural, aprendiendo que este concepto neurálgico tiene enormes ventajas también para la sostenibilidad de las organizaciones.

Abigail Tomey, que sabe mi pasión por que los ciudadanos y públicos iluminen todos mis proyectos, me envía el link a un artículo de El País que tiene una sugerente pregunta como título: “¿Es posible ir al cine con bebés?”. La cosa va de que en Londres –y otras partes de la bola- es habitual la programación de películas para madres (y padres) con sus bebés. Locales que eligen sus horarios en función de las necesidades de su asistencia (las mañanas), y que definen la iluminación durante la proyección para favorecer que las madres (o padres) puedan vigilar a sus bebes, cambiarles de ropa o alimentarlos mientras disfrutan de la peli. ¡Por dios, qué alegría imaginar un hall de un cine con aire de aparcamiento de cochecitos! Seguro que a alguien se le ocurre, incluso, que si repartes conexiones de sonido individuales, los nenes podrán hasta desgañitarse sin molestar la marcha general.

La ventaja de pensar las ofertas, la comunicación, el viaje del usuario, pensando en su máxima satisfacción, es que desarrolla en las organizaciones y los gestores una serie de mecanismos basados en “dar”, generosos per se. Probablemente les fuercen a salir de su zona de confort, ésa que hace que nada cambie para que todo siga igual. Pero ese es, precisamente, el reto y al tiempo el mecanismo de mejora de las organizaciones y de los gestores: cambiar, explorar, proponer, aprender.

Seguir el camino cuyo recorrido sabemos dónde lleva nos da seguridad de destino. El problema es que ese destino puede estar cada vez más alejado del interés y las prácticas de nuestros públicos. Más alejado, por lo tanto, del sentido último de su función social.

Hay tantas, pero tantas posibilidades de mejorar la experiencia de nuestros clientes en su contacto con nuestros productos o con los servicios que les damos, que solamente saliendo del camino trillado está garantizado que encontremos formas de relacionarnos con ellos más provechosas y gozosas para las partes.

Y de eso se trata, ¿no?

 

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El cine: ¿Menos precio o más valor?

cine

En el marketing,  una respuesta a situaciones de dificultad que solamente tenga en cuenta la variable precio es la aceptación del fracaso.

Todos los sectores del cine en España parece que buscan el acuerdo –hasta hace poco impensable- para reducir los precios en sala y lanzar ofertas a diestro y siniestro. Asustados ante la caída del consumo, recuperar el espectador desaparecido es el objetivo. Además del incremento bárbaro del IVA, son otros muchos los polvos de estos lodos.

Durante los últimos años productores, distribuidores y exhibidores parecían ciegos ante los cambios que se estaban dando aceleradamente en el modelo de relación del espectador con el cine, cambios profundos en su forma de consumo. Los precios, elevadísimos para un arte reproducible, eran solamente la parte más visible de su ceguera. La parte más relevante del desprecio por el espectador, por el público amante del cine era el descuido de las salas y de su limpieza, la desatención de las necesidades de los públicos y de su formación, la superexplotación de los asistentes mediante palomitas a precios de mercado negro, en fin, la absoluta ausencia de valor añadido en todo el proceso. Alguna vez he dicho que la metáfora perfecta de cómo concibe el cine a los espectadores es el hecho de expulsarlos por la parte de atrás, como si fueran desechos.

Nunca es tarde para aprender y sobre todo, para mirar a los espectadores como cómplices y compañeros del viaje artístico, no como elementos a los que “sacar” su dinero, y cuanto más mejor.

Hoy se impone para el cine la ingente tarea de diversificar la oferta, de preguntar por sus gustos y deseos a los espectadores, de acomodar todo el proceso de consumo a pautas satisfactorias y acordes a los precios cobrados. De dar más valor. Sin el público, el cine en sala como medio colectivo de disfrute tiene sus días contados. Su supervivencia depende de cómo quieren productores, distribuidores y exhibidores tratarlos y viajar con ellos. Pero, desde luego, van errados (y piden ser herrados) si creen que el precio lo es todo.

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¿Bailamos, ministro?

He de reconocer que me gusta más el ministro José Ignacio Wert que su antecesora, Ángeles Sinde. Obviamente no tiene que ver con el aspecto, ni tampoco con ideologías o simpatías en torno cosmovisiones. Leo sus respuestas a la interesante entrevista publicada en El Mundo, y concluyo que puedo estar en desacuerdo en muchas cosas, pero que sin duda hay conceptos, proyectos, ideas en torno a la Cultura. Ideas, qué bien. Me gusta.

En la gestión pública, como en la privada, el criterio regidor esencial es el que surge de lo razonable, de la lógica, de la sensatez. Por ejemplo, Wert se hace dos preguntas que nos hemos hecho muchos respecto a la creación en que intervienen amplios colectivos (no en la creación individual), de las que el cine y el teatro son exponentes obvios. El ministro se pregunta sobre el cine: “¿De verdad pensamos que podemos llevar a las salas más de 100 películas al año (se refiere a españolas)? ¿De verdad pensamos que podemos permitirnos un sistema de ayudas que viva al margen de la posibilidad de recaudación? Definitivamente, como sucedió en 2010, las ayudas no pueden superar a toda la recaudación en taquilla.”

Ningún modelo de promoción cultural debe poner obstáculos a la creación, individual o colectiva. Pero de ahí a apoyar indiscriminadamente proyectos creativos y al margen de los resultados y del veredicto de la sociedad hay un abismo que los responsables políticos no deben pasar. Porque el arte es arte cuando algún sector social lo considera como tal. El valor cultural de las expresiones artísticas colectivas no nace del hecho de ser producidas, sino de que su encuentro con el público se produzca.

Habrá que esperar a las propuestas concretas del equipo ministerial en torno a los sistemas de ayudas en el cine y en las artes escénicas. Cada cual ha de asumir sus responsabilidades. A los creadores les toca asumir que son los públicos quienes deciden; a los políticos, recordar que promover el arte significa dejar un espacio defendido y cálido para los nuevos creadores, para las expresiones artísticas mas comprometidas, frágiles o innovadoras. Los sistemas de ayudas, la nueva ley de mecenazgo, el imprescindible debate sobre la responsabilidad social y la transparencia en la gestión pública…, son temas urgentes, para no pisar líneas rojas en Cultura. Ya.

No debemos temer al mercado. Pero no debemos dejar todo al mercado.

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Coppola, exagerado: ¿Cine en directo?

Francis Ford Coppola, informó hace unas semanas en la feria Comic-Con, de San Diego, que iba a transformar su nueva película, Twixt, en lo que él llamó un espectáculo en directo: “como la ópera”, dijo. Los hechos son más elocuentes que las palabras y la propuesta obviamente quedará en mucho menos. En realidad, la idea del director de El padrino es que unas pocas escenas de la película se monten de modo distinto en algunas de las salas en la que se proyecte. Así, lo que variará es el orden de diversas secuencias y la música que las acompañe. La innovación es una herramienta de puesta al día y de desarrollo que precisan urgentemente algunas expresiones artísticas y culturales. Ésta es una muestra interesante de deseo de innovación, pero que dada la esencia intrínseca del cine –grabado y proyectado- amenaza ser cosmética. En fin.

Coppola dice, “La mayoría del arte hoy en día es grabado, lo único que es en vivo son los conciertos y el deporte”. Está equivocado: conciertos y deportes tienen su principal expresión económica y sociológica en su transmisión televisiva o su grabación y reproducción: muchos podrían hacerse sin espectadores y su esencia no cambiaría porque hoy la retransmisión de la música y el deporte lo garantiza. Sin embargo no menciona el teatro y otras artes escénicas, que por su esencia necesitan público en vivo para que tengan lugar.

Pero el maestro acierta al enfatizar una de las necesidades contrastadas de las artes: buscar el contacto directo con los espectadores que, cada día más, buscan el encuentro vivo que permite la emoción colectiva. Y en eso las artes escénicas tienen una enorme ventaja sobre otras expresiones grabadas o/y reproducibles. Hoy las artes escénicas son la principal actividad cultural en la que los espectadores gozan colectivamente y en directo, y solamente en directo. Los espectadores son conscientes de que lo que están viendo solo lo ven ellos; y que mañana será otro día.

Esa fuerza inmensa proyectada a futuro es la que ha atraído a Coppola. Chico listo.

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De pelis y palomitas

El Ministerio de Cultura propone un programa de actualización de las salas de cine en base a su digitalización, con un presupuesto de tres millones de euros, a duplicar tras los acuerdos con las comunidades autónomas que se sumen. Ángeles González Sinde señala que la medida busca mejorar la calidad en la exhibición y recuperar espectadores. En mi opinión el apoyo a la distribución es necesario pero no entra en el fondo del problema del cine visto en salas.

Si el sector de la distribución quiere que los espectadores no abandonen las salas y que los que lo han hecho retornen, deberán ofrecer valores añadidos muy superiores a los actuales. En otros post anteriores he subrayado que las salas maltratan a los espectadores con espacios hiperexplotados que a menudo dificultan la limpieza entre sesiones; hiperexplotación que conduce a la expulsión urgente de los espectadores por la parte de atrás para ganar tiempo, como si de detritus se tratara; locales en los que si quieres tomar un refresco abusan desmesuradamente de los precios haciendo sentir al espectador algo muy cercano al atraco a palomita armada.

Todo ello expresa que las salas piensan poco “en espectador”, en público. O mejor, parece que piensan que los públicos siempre estarán ahí, dispuestos a ser maltratados a cambio de ver hoy lo que en unos meses podrán ver en su propia casa. Señores y señoras de la distribución: deberían ponerse a aportar valor a su trabajo. En ofrecer momentos de satisfacción añadidos que hagan que la memoria del usuario del cine en sala se acerque a lo memorable. Tal vez encuentros y debates con actores en directo tras algunos pases, tal vez información escrita de la obra entregada a los asistentes, tal vez comunicación individualizada, previa y posterior, con los clientes…

Cuando los espectadores sienten que son tratados como personas importantes, vuelven. El cine disfrutado colectivamente es un valor que no debe perderse, que quienes aman el cine no quieren perder. Pongámoslo fácil.

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Filed under Audiencias, Políticas culturales

Película salvacines

Sería impensable que algún intelectual afirmase públicamente que la existencia de Don Simón es un desastre y le dedicara sesudas y elaboradas críticas y lindezas, por más que su gusto se inclinase por “riberas”, “riojas” o “somontanos”.

Pues bien, hoy se estrena Torrente 4: Lethal Crisis, sobre la que multitud de voces eruditas expelen vitriólicos juicios. Algunas, es obvio que por envidia de sus prometedoras cifras; otras, por el estilo grosero, desvergonzado y chabacano que inspira la película y que en realidad son su “nicho de mercado”.  Porque el trabajo de Santiago Segura responde a la demanda de un mercado en el que las exigencias culturales no son predominantes sino expresión de un sector culto minoritario. La mayoría reclama ocio y en el mejor de los casos ocio cultural.

La industria cultural de un país se asienta en la existencia de productos con un alto retorno económico sobre la inversión inicial. Los beneficios generan no solamente bienestar para los productores sino capitalización para el sector y posibles inversiones en nuevos productos artísticos que buscarán similar rentabilidad. Con sus tres películas anteriores Torrente recaudó 51’4 millones de euros, muy cerca de los 69,7millones recaudados por todo el cine español en 2010. Nada de malo. Y en todo caso, al mal cine se le combate con buen cine, y a la falta de cultura con educación y cultura accesible. Lo demás son deseos de elites con vocación paternalista.

Por primera vez iré a ver el trabajo de Santiago Segura, y trataré de aprender de su inmejorable lanzamiento, incluido el empleo de twitter y Spotify y la comercialización en 3D. Atento también al hecho de que una sola película pueda “salvar” el cine español en 2011. Sin más comentarios.

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Filed under Audiencias

¿Solo ante el peligro?

Segundo post consecutivo sobre el cine. Cosas que ocurren porque este sector cultural estratégico está sufriendo como pocos el cambio de paradigmas en su distribución. Así que resulta inevitable hablar de él; y más tras los Goya.

No es  lo mismo afirmar que la solución está en internet a que internet debe formar parte de la solución. Alex de la Iglesia, en su discurso en la ceremonia de los Goya, acertó de plano al colocar a los públicos como eje de la acción cultural y del arte. Porque sin tenerlos en cuenta el arte es onanismo. Y hoy, demasiados creadores, productores y exhibidores no cuentan lo suficiente con los destinatarios de sus creaciones y de su negocio.

Pero da la impresión de que el todavía presidente de la Academia no ha sacado la conclusión completa y tiende a surfear exclusivamente por la ola internetera. Claro que los modos de consumo y de relación con el arte son diferentes desde el nacimiento de internet; claro que eso afecta esencialmente al arte reproducible, entre los que la música y el cine son los más afectados. Pero el cine no solamente se consume/disfruta a través del ordenador o la televisión. O por decirlo de otro modo: los espectadores no han dado la espalda al cine porque -Alex dixit– “están mirando la pantalla del ordenador”. A pesar de la pérdida de espectadores, las salas siguen siendo un lugar de referencia en el consumo social del cine. Son la expresión de que el cine ha sido, es y puede seguir siendo un hermoso rito social. Por eso las gentes del cine, si quieren pensar en los espectadores, han de pensar en las salas. Hoy, en España, los cines son en general la ejemplificación del maltrato y de la consideración del espectador como un sujeto al que sacarle dinero. Muy mal.

Sí, Alex, pensemos en internet, no como la salvación sino como un nuevo e importante escenario para el arte y la cultura. Pero sobre todo pensemos en los públicos, porque también internet los puede maltratar, y mucho.

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Filed under Audiencias, polémica, Políticas culturales

Un post de cine

Al calor de los inminentes “Goya”, y al rebufo de la reciente bronca por la Ley Sinde, varios artículos abordan, al pil-pil, la difícil situación del cine español que ha sufrido en 2010 una brutal pérdida de espectadores. Le toca ahora al cine pasar por el debate que atravesó el teatro hace casi una década. Cuestión de paperas. La diferencia es que el teatro solamente puede verse en el espacio fijado para ello, en directo; en tanto que el encuentro con el cine se puede producir en la sala, a través del ordenador, en la televisión…

Isabel Coixet, en un artículo que recomiendo encarecidamente, propone hacer mejor cine para combatir la sangría y atraer a los espectadores. “Arriesgar, experimentar, explorar lo desconocido, poner lo mejor de nosotros en lo que hacemos sin tener el ojo puesto en la taquilla, el prestigio o nuestra propia vanidad es el único camino posible que se me ocurre.” En mi opinión es una perspectiva muy incompleta y por ello equivocada: centrar el problema en la producción, en la creatividad es insistir en la mirada al ombligo. La calidad es la condición necesaria, pero no suficiente. Hoy, los espectadores deciden cómo, cuándo, y dónde se produce su encuentro con el cine, el bueno y el malo. Y la tendencia mundial nos dice que las salas clásicas están dejando espacio a otras formas de encuentro, esencialmente individuales o de pequeños grupos a través del ordenador o el televisor. En casa. Y como la Lot bíblica, no podemos mirar hacia atrás. O, como dice la misma Coixet: “La nostalgia, aunque inevitable, es un error que puede costarnos la vida.”

Las salas, son una parte del mercado, del consumo de esa joya cultural que es el cine. Y si el objetivo del sector es que las salas sigan siendo espacio privilegiado para gozar colectivamente del cine, habrá que pensar en los espectadores y en porqué las abandonan. ¿De verdad nos preocupan ellos, los que pagan? ¿Les preguntamos lo que desean, su nivel de satisfacción…? ¿Tal vez el precio, tal vez los nulos valores añadidos que ofrecen las salas, tal vez el desmesurado cobro por palomitas y refrescos que hace sentirse mal a tantos espectadores…?

La solución, o al menos parte de la solución, implica poner a los espectadores en el eje de la acción. Si el sector quiere que los espectadores vuelvan a las salas habrá que tratarlos como verdaderos reyes del mambo, que es lo que son. El sector de la distribución tiene mucho que aprender. Lo primero, que en cultura somos público con opinión, espectadores, ciudadanos.

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Filed under Gestión cultural