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Nunca te releas si rehúyes la melancolía

Man Reading Book and Sitting on Bookshelf in Library --- Image by © Royalty-Free/Corbis

 

1.- Los concursos en la gestión cultural pública

Rara vez releo lo que publico: como no puedo corregirlo, es mejor considerar lo escrito como poseído por un papel volandero que, llegue a donde llegue, jamás podrás ya alterar porque pertenece a quien lo lee.

Con motivo de los rumores de cambios en la dirección del Teatro Español y las Naves del Matadero de Madrid, he releído, sin embargo, lo que escribí hace apenas nueve meses –mayo de 2015- justo antes de las elecciones, y otros post en los que proponía fórmulas de democracia cultural municipal, mecanismos democráticos de acceso a los cargos públicos, e incluso la creación de un Consejo Municipal de Cultura.

Releer mis propias letras me ha producido una incontenible melancolía, cercana a la tristeza. No, a la desesperanza no. Tristeza, por lo lejos que aún queda el siguiente paso en el camino de la democratización de la cosa pública.

Me voy a detener hoy, simplemente en el tema de cómo se debe elegir a los responsables, cuáles son los mecanismos para seleccionar a los directores o gerentes de las instituciones públicas. Decía entonces que esos procesos deben ser organizados globalmente siguiendo una serie de pasos lógicos e ineludibles si los responsables políticos usan la palabra democracia para algo más que enjuagarse la boca con ella.

Primero, su política cultural debe ser clara y conocida, sus objetivos en la gestión de los servicios públicos culturales han de ser explicitados previamente, y han de estar presentes en la convocatoria de selección. No se elige a alguien para dirigir un teatro, sino para hacer determinada política cultural en ese teatro.

En segundo lugar, la convocatoria del proceso de selección ha de ser pública y publicitada ampliamente para garantizar la libre competencia de los candidatos.

En tercer lugar, será obligatorio para los candidatos, presentar un proyecto de gestión integral, que incluya objetivos, planes marco de comunicación y marketing, de financiación, de participación, de gestión de equipos… Su perfil habrá de contener los matices profesionales que el trabajo demande, y que como reclama la contemporaneidad, van mucho más allá de saber de arte y cultura. Sus proyectos serán de conocimiento público para que organizaciones y ciudadanos puedan conocerlos.

Cuarto, el proceso de selección ha de ser democrático, transparente y evaluado públicamente por un jurado capaz, competente e independiente. Cada candidato defenderá públicamente su proyecto de gestión e igualmente pública será la evaluación.

Quinto, la persona elegida y finalmente designada por el poder político al que competa la decisión final, suscribirá un compromiso de ejecución del proyecto presentado, con las adendas que se incorporen en el proceso. Ese Contrato Programa le comprometerá y establecerá las condiciones y obligaciones de las partes.

Sexto, los responsables elegidos presentarán anualmente un Informe balance de su gestión en relación con los objetivos recogidos en el Contrato Programa, que será público y auditado por profesionales independientes.

 

La elección de cargos políticos de gestión en España va del rosa al amarillo, de la oscuridad más absoluta a la proclama del democraticismo más obcecado. El camino es más sencillo, pero no menos exigente: para quienes tienden al rosa, y para quienes tienden al amarillo.

Remover la elección del actual responsable del Teatro Español, salido de un proceso imperfecto y manifiestamente mejorable, pero proceso al fin, frente a la habitual designación digital, es dar un paso atrás.

No digo nada nuevo. Simplemente repito, me repito. He ahí el origen de la melancolía.

En unos días el post 2 de esta miniserie: ¿Para cuándo el Consejo Municipal de Cultura?

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Cambio y Cultura: el bien común está en juego

Lego school

Una cosa es acceder al poder, al gobierno, y otra gobernar: distintos son los discursos, los caminos y hasta los equipos humanos. Ya sé que no expreso ningún pensamiento original. Un recio refrán lo dice a la castellana manera estableciendo lo diferente que es predicar y dar trigo. La historia del cambio social, a veces revolucionario, del que tenemos abundante constancia a lo largo del pasado siglo XX, muestra esta terrible verdad: tan incontables han sido las revoluciones como los fracasos posteriores al intentar construir sociedades mejores y diferentes una vez tomado el poder. Resumen: los cambios son posibles…, y difíciles.

Viene este ex cursus a cuento de que hace unos días asistí en el Matadero a una reunión de la asamblea de Cultura de Ahora Madrid, sobre el tema de los centros culturales. Amigos que simpatizan con ese movimiento me invitaron y no me reconocería a mí mismo si no acepto la invitación de un amigo. Aunque sea a título de oyente. No dije nada porque desde hace años no estoy en ningún equipo, pero observé. Vayan estas líneas como resultado breve de lo que esa reunión me sugirió. Muy poco, por cierto, relacionado con lo allí hablado.

Que el cambio en Madrid, y en otras partes de España, era tan necesario como urgente lo muestra tanto el deseo de esos miles y miles de personas que dieron en mayo su voto a nuevas opciones políticas, como la sordera de los partidos tradicionales a un runrún que desde hace mucho tiempo anunciaba por las calles que los ciudadanos estaban ahítos de no ser escuchados, de los viejos modos; incluso de corrupción.

Pero una vez producido el cambio los nuevos regidores han de dirigir la política y los presupuestos a satisfacer las necesidades ciudadanas. En el caso de Madrid, de una ciudad de varios millones de habitantes, compleja y llena de dificultades administrativas. Y hay que saber mucho, ser muy humilde y estar dispuesto a aprender a toda velocidad…, si es que no sabes lo suficiente o el tren de la responsabilidad te ha llegado mucho antes de lo esperado. Puede ocurrir, también, que en la más ingenua ignorancia algunos de los electos creyeran que para dirigir el destino de una ciudad como Madrid bastaba saber cuatro cosas. La realidad, terrible, de las democracias capitalistas saca del ensueño de inmediato y demanda economistas consagrados, políticos no becarios, abogados expertos, comunicadores no aficionados, sabios gestores de equipos… En fin, exige voces, susurros, experiencia, negociaciones, no gritos. El bien común está en juego.

La gestión del área de Cultura en Madrid tiene delante retos enormes. Y sus nuevos responsables van a tener que apoyarse de verdad en lo que afirman que es su base filosófica: la participación democrática. Ya están tardando en convocar un Consejo Ciudadano de Cultura en el que efectivamente esté el senado cultural de esta ciudad. Un Consejo que reúna a los mejores y a quienes más saben de la cosa pública cultural. Un consejo con capacidad de proponer medidas estratégicas, reflexiones, líneas de acción. Un consejo que supervise y dé voz.

Los dirigentes municipales de Cultura tienen la obligación, ahora que sus dedos saben qué es eso del poder, de redefinir sus objetivos y su programa, porque todos -tirios y troyanos- sabemos que el que emplearon para ganar sus votos, no podrán aplicarlo ni en toda su extensión ni en el ritmo soñado. Pero sería nefasto que algunas de las cosas prometidas no se cumplieran. Propongo, además de la creación del Consejo Ciudadano de Cultura, algunas otras medidas urgentes:

La primera, definir los objetivos, presupuestos y recursos, incluidos los de personal, para los grandes contenedores culturales de la ciudad dependientes del Ayuntamiento: Conde Duque, Matadero, Fernán Gómez, Español, festivales… Probablemente para ello habrán de separar responsabilidades de gestión y desconcentrando poder, lo que no quiere decir que no respondan a una sola política cultural. En este apartado es imprescindible sacarle el máximo partido a la empresa municipal Madrid Destino, una herramienta de gestión profesional que debe servir -probablemente después de revisar su actual estructura y misión- para facilitar la aplicación concreta de la política municipal.

La segunda, fijar los nuevos criterios de acceso a los cargos de responsabilidad de todos los centros culturales municipales –centrales y distritales- en base a normas basadas en el contrato programa, es decir, en que su elección sea por concurso, transparente, y previa presentación pública de un programa de acción –enmarcado en la política municipal- de cuyo compromiso se hace responsable formalmente y por contrato quien lo obtenga.

La tercera, fijar nuevas normas de licitación para los contratos de gestión de los servicios culturales municipales que atienda a criterios de política cultural y no de economía de costes, y fije su objetivo en la satisfacción ciudadana del servicio cultural. Unos pliegos de licitación que desglosen y diferencien las partidas técnicas, de gestión, de comunicación…, de las de programación y contratación, que garanticen que todos los participantes cobren con dignidad; que fijen límites concretos al beneficio económico de la empresa que gane la licitación; que la decisión se tome en acto público y previa presentación y defensa de las diversas propuestas; que la ejecución sea justificada posteriormente factura a factura ante el ayuntamiento; unos pliegos que prohíban taxativamente la subcontratación…

La cuarta, convertir los centros culturales de proximidad en centros de irradiación cultural y de participación artística de las fuerzas creativas de cada barrio y de los ciudadanos que lo deseen. Las residencias artísticas, la apertura de los centros a los vecinos para su utilización y para que participen en la programación, la creación de consejos de barrio que trasladen opiniones y propuestas… han de formar parte fundamental del nuevo modelo de gestión.

En fin, son muchas las iniciativas y medidas que es preciso poner en pie urgentemente en este periodo transitorio. Más allá de debates hoy es prioritario dar pasos en la dirección de acercar la cultura y el arte a los ciudadanos, y hacer más democrático y transformador ese contacto. El bien común cultural.

En mi opinión no es tan urgente hacer muchas cosas nuevas, como hacer bien las que están en marcha y ponerlas al servicio de los ciudadanos, introduciendo pequeñas cuñas que hagan de semilla de futuro.

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El voto cultural para quien se lo trabaje

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Preguntas a mogollón para tomar la decisión, porque votar o no votar no es la única cuestión

Las elecciones municipales y autonómicas presentan un reto enorme a los ciudadanos si lo que desean es saber cuál es el programa de los candidatos en materia cultural. Todos los partidos atienden poco y mal ese frente. Todos los candidatos se despreocupan y muestran su incultura política al tener tan poquito en cuenta ese ámbito. La Cultura, que junto a la educación, son bienes inefables y constructivos de ciudadanía, son en estas fechas apenas rozados en los discursos principales de los candidatos.

Y sin embargo es en el marco local, cercano a la vida cotidiana de los ciudadanos, en el que podrían implementarse numerosas medidas, pequeñas sí, pero multiplicadoras. Ese tipo de medidas es el que debemos rastrear en los programas electorales de quienes demandan nuestro voto, para dárselo a quien se lo trabaje. Preguntemos y preguntémonos, pues.

¿Cuánta importancia dan en su programa a la participación de los ciudadanos en la gestión de la cultura, en la programación, en el funcionamiento de los grandes teatros y auditorios y de los pequeños centros culturales de barrio? ¿Alguno propone fórmulas concretas: consejos, asambleas, refrendos, votaciones, impulso del asociacionismo…? Si ni siquiera aparece esta cuestión, olvídate. Porque si ahora no proponen medidas concretas que articulen la participación de los vecinos o de sus asociaciones, ni de coña lo harán cuando tengan el poder.

¿Cuánta relevancia dan en su programa a la proximidad cultural, es decir, a la horizontalidad y a la descentralización cultural? ¿Hablan de grandes programaciones y grandes nombres y de los contenidos a aportar desde los espacios-escaparate, o prestan atención a los programas de continuidad, esos que debieran desarrollarse allí de modo estable, cerca de donde viven los ciudadanos?

¿Mencionan la palabra transparencia en la gestión de las instituciones culturales? Cuidado: si no va indisolublemente unida a medidas concretas, explícitas y cuantificables que la garanticen el uso del término es pura cosmética. ¿Establecen, pues, medidas concretas para garantizarla? Por ejemplo, consejos ciudadanos ante los que presentar y justificar los presupuestos, auditorías externas a las que someter la gestión económica, garantías de que los procesos de convocatorias, licitaciones, asignaciones serán públicos, o desarrollo explícito de esas normas de transparencia en las webs…

¿Dicen algo de cómo elegirán o designarán a los futuros responsables de los centros culturales públicos, grandes o pequeños? ¿Dicen si será en procesos abiertos al control ciudadano? ¿Menciona alguno la instauración del contrato programa que cualquier candidato a dirigir y gestionar un centro público debe presentar, suscribir y comprometerse a cumplir? Porque si ni mencionan estas cuestiones elementales, seguirán nombrando a los amigos o a los leales, no a los mejores ni a los más adecuados desde el punto de vista del servicio público cultural.

¿Hay alguna referencia a medidas de incentivación económica de la creatividad, o del consumo cultural? ¿O esas cuestiones las dejan a la política nacional y justifican su abandono en que no es competencia local? ¿Ningún candidato propone nada en esa dirección, salvo las ayudas a fondo perdido, herramienta por cierto antigua e inútil? Olvídate: ni siquiera han reflexionado sobre cómo hacerlo.

¿Propone alguno de los candidatos multiplicar los programas de residencias artísticas, es decir la acogida en los espacios culturales municipales compañías y grupos de creadores y jóvenes talento? Si es así es que piensan en cómo sacar el máximo jugo a los espacios culturales municipales y multiplicar su uso. Y si no…

¿Alguna referencia a que desde las instituciones que aspiran a gobernar harán cosas concretas a favor de que las expresiones culturales más débiles –la danza, el circo, la creación de vanguardia…- también llegarán a los ciudadanos? O eso se deja para Madrid, Barcelona y los centros dramáticos nacionales.

¿Hablan de privatización? Si lo hacen, ¿mencionan las palabras eficacia y eficiencia e incluso rentabilidad, y no mencionan ni un solo beneficio social asociado a los procesos de privatización propuestos? Olvídate, la conclusión es que lejos de desear una mejor gestión del servicio publico cultural para el ciudadano, lo que desean es ahorrar y reducir presupuesto cultural, aunque el servicio se resienta o desaparezca como tal.

En realidad, el escenario local es el laboratorio perfecto para establecer las políticas culturales de proximidad, que pueden y deben jugar un papel decisivo en el desarrollo de las vidas de los ciudadanos y en su desarrollo como tales.

Pero si los candidatos no se plantean en sus programas medidas relevantes en alguna de estas cuestiones, es que la cultura, en realidad, les preocupa muy poco. Nada.

Ya sabemos por experiencia, además, que ninguna política –cultural, de seguridad, de limpieza o de urbanismo…- se puede llevar a cabo sin los presupuestos adecuados para convertirla en realidad. Y si en los programas, discursos o en su práctica, si gobernaban anteriormente, los compromisos presupuestarios no aparecen, olvídate.

Saquemos las consecuencias, cada uno ha de hacerlo, sobre si las candidaturas y los candidatos por los que la cultura resbala como la lluvia sobre impermeable merecen el voto.

Y recuerda que digan lo que digan los programas, los candidatos, los partidos o los funcionarios de la cultura, los ciudadanos que de verdad queramos influir en el devenir de la política cultural –de la política en general- habremos de participar en su día a día, y esa labor es mucho más importante que la de depositar el voto una vez cada cuatro años.

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El democraticismo oculta el bosque

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Me llega por mail una propuesta de Comisión para elegir al nuevo director de los teatros de Madrid, en sustitución de Natalio Grueso, que se va en junio. La elabora el Grupo Municipal Socialista del Ayuntamiento.

Loada sea toda iniciativa que se oriente a democratizar la elección de responsables políticos culturales; más loada aún si se propone que estos procesos salgan de la oscuridad y la catacumba. Lo malo es que centrar el problema, como hace el documento, en la creación de una comisión electora, es desviar el tiro del centro de la diana. Lo que necesitan los procesos de selección de responsables culturales de las instituciones –ayuntamiento, comunidad, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte- es ser organizados GLOBALMENTE, siguiendo pasos lógicos, conocidos, eficaces y transparentes:

Primero, que las instituciones expliciten sus objetivos de política cultural, sus bases políticas de gestión para el periodo de que se trate, que han de ser conocidas públicamente.

Segundo, que la convocatoria misma sea pública, abierta y conocida y garantice en su desarrollo la libre competencia entre candidatos.

Tercero, que los candidatos presenten su candidatura con un proyecto de gestión integral, que incluya objetivos, medios, propuestas de programación, e incluso financiación. En fin, que la gestión de los teatros quede en manos de profesionales de la gestión. Y como los gestores de hoy ya no son programadores con dinero público que van a comprar al mercado lo que les gusta para programarlo, su nuevo perfil habrá de ser el de un gestor profesional, que junto al rasgo cultural, sea conocedor de las técnicas de trabajo en equipo, de marketing, de comunicación, de desarrollo de públicos, de captación de recursos…

Cuarto, que el proceso de selección sea democrático y transparente, y que pueda ser seguido y evaluado por personas capaces, competentes e independientes. El proceso habrá de acabar con la firma de un Contrato-Programa que fije las condiciones y comprometa a las dos partes.

Quinto, que los responsables finalmente elegidos por las instituciones –pues son ellas quienes tienen la delegación popular para hacerlo- presenten anualmente un balance público de su gestión, que al final de su mandato habrá de ser auditada por profesionales independientes.

Así que, detenerse en que la elección debe ser hecha por asociaciones del sector, parece quedarse en la epidermis de la epidermis.¿De verdad garantiza ese modelo la elección del responsable de los teatros municipales más adecuado? El democraticismo, a veces, oculta el bosque.

 

NOTA: Y encima, ¿por qué la Asociación de Malabaristas y no ARTEMAD, por poner un ejemplo, que es una relevante asociación de empresas y compañías del sector que ha sido excluida del elenco?

 

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Alicia, Luz de gas y El Mago de Oz

Jopé qué ganas tengo de que la realidad que me asalte cada mañana sea guapa y campanillera, lejos de  Luz de gas, cerca de El Mago de Oz. Pero no, se imponen tan a menudo oscuridades y desasosiegos, que tengo el alma controvertida en estos tiempos de cinturones pequeños y cada vez más apretados. Y el desasosiego más profundo se produce cuando las noticias grises vienen de lo inesperado, del lugar imprevisto. ¿Imprevisto? Sí, al menos yo no esperaba que Alicia Moreno alargara los contratos artísticos de Mario Gas y de otros responsables culturales de Madrid, unos días antes de que un nuevo Consejero de Cultura la sustituyera en el cargo.

Alicia, ¿por qué renovaste el contrato de Mario, Delia, Mora y demás a escasísimos días de que te fueses del Ayuntamiento de Madrid?  ¿Por qué, si habían sido designados uniendo su futuro a quien les designó, quien les designó firma para que le sobrevivan? ¿Por qué una vez más el poder discrecional, en vez del contrato programa? ¿Por qué resulta tan parecido ese funcionamiento al del anterior consistorio y al viejo estilo del teatro Español? ¿Por qué seguimos sin saber de contratos, de números, de presupuestos en el más puro y viejo ocultismo? ¿Por qué cuando conocemos algunos –los salarios y los cobros añadidos por direcciones artísticas- el alma sensible se irrita en estos tiempos? ¿Por qué la Cultura, que debe dar luz, esconde su gestión pública en la bruma del poder? ¿Por qué lo simplemente razonable es tan escaso y difícil de encontrar?

Mario, dices en la portada de El Cultural que “Los ciclos políticos no deben coincidir con los artísticos”, cuán de acuerdo estamos. Pero, ¿por qué no hacerlo por vía democrática y en abierta y leal competencia con otros que podrían aspirar a la responsabilidad, en vez de ampararse en el poder discrecional de quien se va en unos días? ¿Es tan peligroso para la democracia que en Cultura los responsables no sean designados sino elegidos mediante concurso? La percepción inevitable, una vez más, es que Súper Glue está perdiendo una gran oportunidad al no patrocinar los cargos. Un exitazo.

La sombra de la amistad como argumento feo debe ser desterrada de la acción política, de la acción cultural, y sustituida por la aristocracia de los mejores, pero los mejores no designados, sino elegidos por sistemas democráticos y rindiendo cuentas ante la sociedad a la que se deben. Y si no, no haber venido.

Notas:

1. La admiración artística nada tiene que ver con la crítica a la gestión. He comprado entradas para este domingo ver Follies en el Español, me han hablado maravillas. Veremos. La experiencia me cuenta que la buena gestión y el buen arte no se suelen aparear bien.

2. He pasado el post a tres amigos antes de publicarlo. Me han insinuado la posibilidad de tener problemas por decir estas cosas. La sospecha de que, en democracia, opinar pueda ser en sí un problema, ha bastado para disipar cualquier duda. Adelante con la libertad, tesoro divino.

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Gijón: pasión por la escoba

La destitución del director del Festival de Cine de Gijón es el tema del día. Nada ocurriría –una consecuencia más del sistema democrático, que permite a los gobiernos elegidos nombramientos a su gusto- si no hubiera habido antecedentes como el del Niemeyer, la desaparición del Concurso Internacional de Zarzuela o las negras perspectivas de la Semana Negra, ambas también en Gijón.  Todo ello producido tras el acceso al poder local de Álvarez Cascos.

Las formas en democracia, son a veces tan relevantes como el fondo. Que para nuestros políticos la Cultura es ya un adorno, ya un saco de problemas, es un hecho, sea cual sea el color del partido gobernante. Que, además, se considera un terreno en el que colocar a gentes de confianza y lealtad y a las que haya que agradecer algún servicio, es más que sabido. Ambas cosas son deleznables y muestran unos gobernantes por lo general incultos e irresponsables en Cultura, inconscientes de las estratégicas bondades y beneficios que produce al país y a sus ciudadanos. Inmunes a la sensibilidad.

Pero que en apenas seis meses hayan tirado por tierra los principales estandartes de la cultura en Asturias, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, es alarmante, amenazante. Más, si en las formas ha predominado la mala educación, el aviso del despido minutos antes, el aquí mando yo. Suena inevitablemente a venganza, a “tabula rasa”, a borrar cuanto se haya construido antes y por otras manos. Suena a escobas. Chirría, más que suena. Mal, muy mal señor Cascos.

Es necesario poner al abrigo la gestión de la cultura de las veleidades e incongruencias políticas de gobernantes coyunturales, y para ello se impone eliminar las designaciones políticas e implantar acuerdos profesionales, “contratos programa”, para que puedan ser elegidos los mejores proyectos y que los responsables de ponerlos en práctica hagan su trabajo con sosiego. Sin miedo.

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A propósito del Pacto por la Cultura. Es momento de programas y… de acción

El viernes, 17 de diciembre, se celebró en CaixaForum de Madrid, la conferencia estatal de los sectores profesionales y empresariales de la  cultura, , iniciativa impulsada por la Federación Estatal de Asociaciones de Gestores Culturales en la que participaron cerca de cincuenta asociaciones del sector cultural español. El objetivo central era la firma, por todas ellas, de un Pacto por la Cultura como expresión de unidad del sector ante la situación de crisis. Cuando llegué a primera hora de la tarde, los organizadores me propusieron sorpresivamente que diera públicamente mi opinión sobre el documento que servía de base para la redacción de ese Pacto, sustancialmente el mismo que resultó aprobado. Aquí va, de nuevo, resumida mi evaluación.

El documento, extraordinariamente académico, es decir, con una redacción marcadamente “política”, expresa acuerdos genéricos, de los que está expresamente ausente cualquier concreción de carácter programático. Por decirlo de otro modo, es un listado de deseos que apenas “muerden carne” en los gravísimos problemas de la Cultura en España. Un documento que muestra, sí,  la madurez de amplios sectores de la cultura en diagnosticar la situación de abandono de la Cultura por los poderes públicos.  Pero que, al mismo tiempo, señala dos carencias, dos oportunidades de relevancia estratégica y práctica que le quedan por delante al sector.

La primera: las gentes de la cultura deben  pasar de la simple enumeración de sus deseos, a la configuración de un programa de intervención, práctico en definitiva. Pasar, por ejemplo, de hablar de la necesidad de transparencia y democratización a la exigencia de implantación de contratos programa para el acceso a los cargos públicos de gestión.  Pasar de hablar de la necesidad de una nueva ley de financiación a proponer una en concreto, la que desde la cultura exigimos.

La segunda, pasar decididamente del discurso crítico políticamente correcto a la expresión física de la fuerza contenida, del desasosiego, e incluso del justo cabreo que quienes trabajamos en cultura sentimos por la actual situación de abandono e inoperancia de instituciones y partidos. Y planificar y organizar la expresión colectiva de esa fuerza, en forma de movilización si es necesario. Que lo es.

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Los contratos-programa en la gestión cultural


La otra noche se celebró la reunión del jurado del Premio Dionisos-Unesco, que reconoce proyectos teatrales con un fuerte contenido social. En el jurado, liderado por Juana Escabias, están, entre otros, Eduardo Pérez Rasilla, Javier Villán, Pablo Nogales, Javier Huerta, Patricio Cano, Miguel Ayanz, Rafael Esteban, y yo mismo. Tras la cena-reunión, conversábamos en una esquina los tres últimos, Miguel, Rafa y yo. Que fuera en una esquina lo justifica una preciosa noche primaveral que convidaba a la esgrima verbal. El tema que nos entretuvo fue el de los contratosprograma en los teatros, auditorios o museos públicos. Dos términos que configuran un feo palabro, pero que expresan la hermosa confluencia de una pareja bien avenida. Contrato y programa.

Programa para que los contenidos ofertados a la ciudadanía responsan a un plan, a una estrategia, a unos fines conocidos y reconocibles como adecuados. Y no, como es harto frecuente en la actualidad, contenidos basados en los gustos de los responsables, en intercambio de favores o intereses, y, además, ayunos habitualmente de coherencia. Contrato, para que las partes que los suscriben –institución pública y responsable elegido para llevarlo a cabo- sepan y respeten los derechos y los deberes en él marcados. Un contrato que fije la estrategia cultural de la institución, el presupuesto, los objetivos, los valores, su duración misma; y que a la vez garantice la autonomía del responsable para ejecutar su proyecto, siempre, claro, dentro del marco establecido por el contrato-programa.

Estamos tan acostumbrados a que ningún responsable político y cultural explique sus proyectos –si los tiene-, y dé cuentas de su gestión, que una idea tan razonable como ésta, aparece casi como peregrina. Me viene a la memoria una famosa frase del discurso de Marco Tulio Cicerón contra Catilina (me tocó estudiar latín, qué cosas), que había pretendido asesinarle, y en el que critica duramente la corrupción: ¡O tempora, o mores!, decía nuestro amigo Marco. Pues eso.

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