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Cultura y empresa, una buena pareja. ¿Bailamos?

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A propósito del I Foro Cultura & Empresa

Se suele pensar que la esencia de la colaboración entre empresas y artes/cultura radica únicamente en que sea beneficiosa para las dos partes. Bueno, es obvio que en su colaboración con proyectos artísticos y culturales las empresas ganan nuevos públicos, mejoran su imagen o encuentran contenidos útiles para sus estrategias de marketing…, entre otros muchos beneficios. Y que, por su parte, las organizaciones y proyectos artísticos y culturales hallan en la colaboración de las empresas sustento para sus iniciativas, cobertura financiera para sus creaciones, difusión, viabilidad y hasta legitimidad.

Pero me parece mucho más relevante afirmar que la colaboración entre unos y otros en torno al arte, a quien beneficia en última instancia es a las gentes, a la sociedad. Más aún en un momento en que los responsables políticos recortan en los presupuestos las partidas destinadas a salud, cooperación, cultura, derechos sociales o educación, es decir, al bien colectivo. Pero, ¿porqué ha de ser importante esta perspectiva para las empresas, a las que siempre se achaca el objetivo esencial del beneficio propio? Voy a dar mi opinión, y para ello es imprescindible argumentar también el valor intrínseco y diferencial del arte y la cultura.

No es difícil definir el arte y sus beneficios; tal vez podríamos decir poéticamente del arte que es aquello que suspende en un instante nuestra rutina elevándonos a un lugar inefable en el que somos conscientes de que la vida es bella, y sobre todo, puede serlo más aún. Solo dejarán de entender lo que digo quienes nunca han sentido todavía un pinchazo íntimo, profundo, por un verso, unas imágenes, una canción, un paso de danza, una pintura o unos acordes de violín, por poner ejemplos variados. El arte, cualquier forma de arte, nos ayuda a entender la complejidad, la profunda belleza, las capacidades del ser humano. El arte, cualquier expresión del arte, permite que entendamos –a veces inexplicablemente- aspectos de la vida y sus lugares más recónditos a los que no es posible acceder de otro modo. El arte representa la complejidad del pensamiento frente a la uniformidad, la unión de las personas a través de la creatividad y la belleza frente al miedo a la diferencia y la diversidad. Las artes, los lenguajes artísticos, representan probablemente la esencia diferencial de ser humano. Más que en ningún otro momento, el arte es socialmente útil cuando las gentes viven momentos de incertidumbre, de violencia e injusticia, de confrontación y abuso de poder. Cuando necesitan ver en los ojos del otro esperanza para todos. Porque el arte y su belleza permiten elevar la mirada del suelo al cielo y posibilita que los seres humanos se reconcilien con su esencia buena. Por eso puede ser tan útil, además de por otras cosas, el arte y la cultura.

¿De verdad que las empresas –conformadas por personas- y muchos ciudadanos, habría que decir- deben permanecer al margen de la marcha global de la sociedad y de su bienestar?

Lo que digo pueden parecer sensiblerías intelectuales. Pero la perspectiva que planteo no es otra que la del beneficio de todos como guía del desarrollo de la sociedad, el manoseado bien común en cuya consecución todos los agentes sociales –instituciones, personas, organizaciones y empresas…- deben colaborar. Y que las artes y la cultura –también la solidaridad, la salud, la educación, el medio ambiente y la vida saludable, entre otros- son un territorio natural para esa colaboración.

Sí, lo que digo parece asignar nuevas tareas, responsabilidades a creadores y artistas y a dirigentes empresariales y empresas más allá de las de lograr que sus propios proyectos sean un éxito mayor basado en la colaboración y el beneficio mutuo. Afirmo que ese nuevo papel determina que en el futuro todos los agentes que participan en el devenir social deben laborar TAMBIÉN, por el beneficio colectivo, por el bien de todos. El principio de que lo que conviene a todos me conviene a mí –y no al revés- conduce en el territorio del que hablamos a que personas, organizaciones y empresas destinen esfuerzos específicos a aportar valor a la sociedad. Mejor aun si es conformando equipos y proyectos conjuntos en los que sinergias de origen diferente se conjugan para producir bienes, para los propios y para todos. Las artes y la cultura forman parte esencial de esos bienes.

El 25 de noviembre próximo va a tener lugar un encuentro, el Foro Cultura & Empresa, organizado por ActúaEmpresa-elmuro, el primero de estas características, que reunirá a directivos de empresas, de grandes empresas, y a líderes de organizaciones y proyectos culturales para presentar públicamente casos de buenas y fructíferas prácticas colaborativas. Allí estarán Mastercard, Adecco, Coca-Cola, AtresMedia, Endesa…, junto a Matadero, Focus, Pentación-Festival de Mérida, Publicis, FCB o la Fundación First Team, entre otros. Asistiremos con toda seguridad a la constatación de que en el seno de muchas empresas empieza a asumirse una cuota de responsabilidad ante el acontecer social, más allá de la consabida RSC; y que en las organizaciones artísticas y entre los creadores hay muchos que piensan en el arte no solo como expresión de libertad propia sino como en un terreno de aportación de valor para otros.

Estoy deseando que llegue ese día y que nos veamos en la Sala Berlanga de SGAE. No te debes perder este baile.

 

P.S: Explicar el valor de la cultura y las artes en la vida de las personas y su poder transformador, no es difícil, pero necesitamos encontrar un lenguaje que haga más objetivable esa descripción. Ahí ando, trabajando en ello.

 

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Expediente Guadalajara: ciudadanos que hacen Cultura

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Hace unos días se clausuró el Festival de Cine Solidario de Guadalajara FESCIGU, un encuentro en torno al cortometraje sensible con lo que pasa en el mundo. El año pasado desde elmuro apoyamos ese festival aportando patrocinio, y produciendo la gala de clausura lo mismo que este año. Esperen, que lo que les quiero contar va mucho mas allá de la autoloa. El FESCIGU, está organizado por una asociación sin ánimo de lucro –Cinefilia– y su actividad es apoyada por decenas de “nativos” que aportan esfuerzo y pasión para que tenga éxito. Y éxito es que cientos de creadores envían sus cortos y requetecortos desde España, y también desde otros muchos lugares, algunos muy lejanos; éxito es que miles de personas cada año acuden a ver esas películas a lo largo de la primera semana de octubre llenando el Auditorio Buero Vallejo; éxito es que muchísimos escolares se acercan a este tipo de cine por primera vez a través de este festival.

Unos días antes, el miércoles 1 de octubre, asistí como invitado a la presentación de los 25 años del Tenorio Mendocino; una representación popular que se celebra por Todos los Santos en exteriores de edificios relacionados con los Mendoza de la capital alcarreña, promovida por la asociación Gentes de Guadalajara. Durante meses ensayan decenas de actores no profesionales que dan su carácter a los principales personajes de la obra de Zorrilla, y movilizan cientos de personas para la figuración y equipos técnicos y de organización y producción. El resultado, magnífico en lo artístico, es visto las dos noches en que se representa por miles de espectadores que siguen las escenas por los rincones bellos de la ciudad. El Tenorio Mendocino se ha convertido en un referente ciudadano de primer orden y uno al verlo tiene la gratificante emoción de contemplar cómo algo se está convirtiendo en tradición ante sus ojos.

En torno al final de la primavera, desde hace la intemerata -24 años-, también en Guadalajara, se celebra el Maratón de los Cuentos, promovido por otra asociación, el Seminario de Literatura infantil y juvenil. Una iniciativa que canaliza y estimula el empuje y la participación ciudadana. Las muchas actividades del Maratón, y los Viernes de los cuentos durante el año, dinamizan y acercan la literatura y la narración a miles y miles de personas, particularmente de niños, en una tarea asumida por los propios vecinos organizados.

En la misma ciudad también, la Fundación Siglo Futuro forma parte desde hace décadas ya de ese tejido asociativo que ha decidido aportar su esfuerzo a la ingente tarea de hacer de la cultura y el arte lugares de encuentro y de crecimiento ciudadano. Decenas de conferencias, conciertos, actividades de divulgación para las que la asociación busca bajo las piedras fondos con los que mantener su oferta anual.

Son cuatro de las más relevantes actividades cultuales que cada año nutren a los ciudadanos, a las que se suman otras muchas de menor perfil, claro. A ello hay que añadir la actividad cultural promovida por el ayuntamiento y cuyo buque insignia es el Auditorio Buero Vallejo. Pero sin lo que aquellas asociaciones hacen, nada sería igual en esa ciudad. Visualizarán mejor su relevancia si trasladáramos proporcionalmente tamaña actividad a cualquier otra ciudad de mayores dimensiones: como si los festivales de Jazz y de cine de mi querida Donostia los organizaran asociaciones sin animo de lucro, vamos.

¿Por qué cuento esto? Porque la esencia de la cultura es que las gentes asuman no solo el honorable papel de consumidor, sino el imprescindible papel de generador. La cultura ocurre porque alguien la hace, y cuando son asociaciones ciudadanas sin ánimo de lucro, como en el caso guadalajareño, o grupos de personas que toman sobre sus espaldas la noble tarea de “hacer”, tenemos ante nosotros el perfecto ejemplo de la democracia cultural, esa que se hace porque las personas la hacen, y no sólo o principalmente porque las instituciones la pagan.

La cultura de la queja, expresada en nuestro país tantas veces por esa mirada hacia otros, hacia las instituciones responsabilizando de situaciones o demandando dinero o medios, deja paso aquí a la cultura de la responsabilidad ciudadana que asume sin buscar el beneficio económico que las cosas ocurrirán si quienes las desean las ponen en pie. Que la maravilla no es tener dinero para comprar en el mercado cultural, sino tener el deseo y el talento de hacer cosas –actividades culturales- para tus conciudadanos.

A las instituciones públicas, tan celosas de su poder, les queda el mandato constitucional de promover la cultura, que no es otro en relación a lo que hablamos, que facilitar los medios para que los ciudadanos asuman cada día más responsabilidad en su propio devenir cultural.

El caso de Guadalajara es un ejemplo. Un ejemplo de cuya trascendencia probablemente ni sus protagonistas, ni por supuesto las autoridades locales, son conscientes.

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Ana Diosdado: una dramaturga

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Mujer de raza, de las que contiene en un fino y frágil cuerpo una energía y una determinación inconmensurables, ha muerto dulcemente en su puesto en la directiva de SGAE, durante una reunión, acompañada en el final por la mano amiga de Paloma Pedrero.

Esta primavera me llamó para que fuera al estreno en el Lienzo Norte, de Ávila, de “El cielo que me tienes prometido”, la obra que había escrito con motivo del centenario de Teresa, la mística abulense. Consumida por el mal, pero fuerte y sin una sola queja, recibió feliz la ovación tras el final y luego, ya en petit comité, charlamos con un vino en la mano de futuro; como siempre: con ella siempre se hablaba de planes.

Ana Diosdado no solo era una gran autora teatral, era el mascarón de proa de un cambio producido en el teatro español a comienzos de los ochenta, casi en medio de la Transición a la democracia. Y ese cambio, revolucionario por radical, consistió en que las masculinas murallas de la escritura teatral se abrieron al toque de trompeta de una brava mujer, sí, una mujer, que osaba no solo a competir en un territorio reservado a las corbatas, sino que, además, abordaba temas y creaba tramas y personajes desde una perspectiva hasta entonces casi ausente en la dramaturgia española.

Porque ésa es precisamente la clave de su aportación y lo que hay que recordar en estos momentos en los que los tópicos suelen flotar por encima de las grandes verdades. Se dice tantas veces que no importa el género de los autores y que lo que importa es la calidad, que se olvida que eso se suele afirmar partiendo de un molde masculino, acuñado por hombres que deciden lo que es y no es canónico, que dice que hay temas y personajes importantes, y temas y personajes poco relevantes. La perspectiva desde la que buena parte de las mujeres autoras escriben no es la de los grandes personajes, reyes, políticos, líderes o celebridades, ni sus temas son la guerra, la ambición, la política o el triunfo. No, ellas suelen elegir personas humildes, héroes a menudo anónimos, incluso osan convertir en protagonistas de sus obras a mujeres. De pronto, la vida representada en escena, se abre a una mirada diferente, y se abordan temas cotidianos, más cercanos a la medida de lo humano y no de dioses o héroes. Relean “Usted también podrá disfrutar de ella”, “Cristal de Bohemia” o “La última aventura”. No ceo en el teatro de género, pero sí creo en que muchas autoras tienen una mirada propia muy difícil de impostar por los autores. Es su aportación específica, sin la que el teatro quedaría incompleto.

Por eso, y por tantas otras cosas, gloria a Ana Diosdado, honor a la dramaturga.

PS.: La muerte de Henning Mankell, también dramaturgo y novelista, el mismo día y casi a la misma hora que Diosdado, convierte esta pena en pareada. No se me ocurre mejor homenaje que releer inmediatamente alguna de sus obras. De Ana, Usted también podrá disfrutar de ella; de Mankell tal vez Antes de que hiele, o El chino.

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Locos por tus huesos nos tienes, Miguel

miguel-de-cervantes-saavedraLos huesos del cuerpo humano son 206, si la mala suerte no los ha reducido, claro.

En el caso de Cervantes también, porque su militar manquez, consistió en que sus falanges, metacarpo y huesos de la muñeca se limitaron a perder la movilidad tras el arcabuzazo lepantino. Bueno, pues algunos de sus huesos parece que podrían estar entre otros muchos hallados en el madrileño Convento de las Trinitarias.

Este país, machadianamente ansioso de escándalos y amoríos dedica ahora sus horas muertas previas a elecciones a debatir con entusiasmo sobre cuestión tan trascendental.

Veo a Francisco Etxeberría en la televisión, uno de nuestros mejores forenses, explicar en condicional –dada la falta de análisis de ADN- el resultado de la búsqueda, “Pareciera que…”, “tal vez…” y sonrío con su sonrisa. Estudiamos juntos en la Facultad de Medicina en Valladolid hace…, bueno hace mucho, y él, aplicado y brillante, terminó estudios y se dedicó a lo que aparentemente no da problemas, los cuerpos que hablan sin voz de su vida, los muertos que reclaman identificar a sus asesinos, o simplemente las causas de su adiós. Y en eso es de los mejores como antropólogo forense.

Sonreía Paco, y estoy seguro de que después de tanto dolor como ha visto e intuido a lo largo de su carrera profesional, esto de Cervantes le parecía un sketch de José Mota (al tiempo). Porque él ha estado detrás y delante de las grandes investigaciones de desaparecidos por crímenes de Estado en Argentina, Chile y en España, y detrás de la investigación de otras muchas muertes.

Hablábamos de huesos y hay quien los relaciona con la cultura. Mejor hagámoslo con el turismo, que tampoco es nada malo. Porque la cultura es otra cosa y quienes andan/andamos preocupados por su marcha bien nos conformaríamos con que una centésima parte de la preocupación que los medios han dedicado a este asunto, se la dedicaran a promoverla o a exhibirla. Claro que la Cultura es cosa viva, y lo que mola son los huesos. Y que conste que lo del turismo no es para desecharlo: ya imagino cervantinas rutas, quijotescos viajes y menús, paseos por las Letras, visitas trinitarias, bares especializados, teatritos forenses, merchandising a go gó…, que bienvenidos sean. Hombre, de preferencia la obra literaria, y sus desarrollos cinematográficos, teatrales o televisivos, pero en su defecto no seré yo quien se queje del circo óseo y el foco sobre Madrid.

Paciencia, Miguel.

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Revistas porno para Wert y Montoro

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Combatir las medidas injustas, las políticas-brujas malas contra la cultura, puede ser hasta divertido. Que se lo cuenten si no, a las “primas de riesgo”.

Las “primas de riesgo”, una mezcla de familia teatral en segundo grado de gentes atacadas por el recorte salvaje, idearon hace un par de meses una alternativa que, como el cuento de El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, desnudaba hasta el extremo las vergüenzas del poderoso de turno, esta vez de los responsables de la cosa cultural y económica del gobierno.

Las “primas de riesgo” lanzaron su campaña de promoción de El mágico prodigioso, bajo el reclamo “Porno 4%, Calderón 21%”. Inequívoco mensaje, por cierto. La iniciativa consiste en que aprovechando que las revistas porno en España solo pagan el 4% de IVA, las venderán regalando con ellas entradas para la obra de teatro. Nada más apropiado que el porno, porque esta iniciativa, deja a Wert –y a Montoro- en ropa interior.

Los impuestos que han de pagar las empresas y lo ciudadanos, todos cuantos generen riqueza, son imprescindibles porque los estados que garantizan unos servicios a la sociedad, lo hacen en parte con esos ingresos. Eso nadie lo discute. Lo que sí se discute es cuánto tienen que pagar unos y otros, y lo más razonable parece que debe ser que aporten más los que más tienen y que paguen menos los que más dificultades tienen para sobrevivir. Por eso los impuestos indirectos son tan peligrosos, particularmente el más importante de todos ellos, el IVA, porque al recaer sobre el consumo en general, afecta igual a pobres y ricos. Bueno en realidad a los ricos les afecta menos el precio de las joyas o de la gasolina, claro.

Además, el IVA no afecta a todos los productos igual. Ningún gobierno se sostendría si algunos productos de primera necesidad fuesen gravados con un impuesto del 21%, por ejemplo el pan y los alimentos de primera necesidad. Por eso el subtexto del 21% aplicado a la cultura es tan nítido. La decisión de Wert y Montoro, tanto monta, quiere decir muchas cosas, todas ellas feas: quiere decir que si quieres alimentar el alma, pagues; que si quieres dedicarte a crear arte y a hacer que tu país destaque en cultura, pagues; quiere decir, como desnudan las “primas” que tienen menos impuestos las revistas porno que el teatro. Pensar, como algunos piensan, que con el 21% esos ministros quieren castigar al sector cultural por su carácter crítico, aunque el aire vengativo de ambos alimente esta posibilidad, es dotarles de una capacidad de pensamiento estratégico del que a todas luces carecen. No, simplemente desprecian la cultura, y no creen que el arte y la cultura deban tener un papel en nuestras vidas y en la historia futura de nuestro país.

Por eso simpaticé de inmediato con las “primas de riesgo”, y compraré entradas -digo, revistas porno- para sus representaciones de enero. Ah, y ahora mismo encargo dos para enviárselas a los ministros del ramo. Con ese impuesto, yo pago una ronda. Bueno, tal vez a Mariano tampoco le venga mal recibir una… entrada. Al final, la broma me va a salir por un pico.

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El Kit de supervivencia elmuro: enganchados a la vida

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La fiesta del Kit de supervivencia elmuro, que celebramos el lunes 15 de diciembre en el teatro Arlequín-Gran Vía, fue una celebración del regalo y las palabras bellas. Un rito colectivo en el que el amor al arte se convirtió casi en obscenidad buena. Y también un espectáculo al fin, dirigido este año por Eduardo Bazo, con Gustavo Pérez a los mandos técnicos. Celebrábamos el comienzo de una celebración muy importante para elmuro: sus veinte años de vida que se celebran en 2015 y que traerán muchas novedades.

Más de doscientas personas reunidas para recibir el Kit de supervivencia y para participar leyendo o aplaudiendo las actuaciones. Abrió la parte artística la última producción de Teatro del Alma, Ana el 11 de marzo, de Paloma Pedrero, presente con un monólogo actuado magistralmente, por María José Alfonso, a la que daba pie Ana Peinado. Y luego las chicas del grupo juvenil de teatro Demikó, de los Premios “Buero” de Teatro Joven, trasladando energía y alegría a raudales; y Raúl Barrio y Gloria Londoño, con “O mio Babbino caro” de Puccini. Un hallazgo muy aplaudido fue el de convertir las lecturas tras cada actuación en sesión de terapia colectiva de enganchados a la cultura, con Jacinto Bobo como conductor: “Soy Ruth Gabriel y llevo seis cuartos de hora sin leer un poema”, rezaba antes de leer. “Te queremos Ruth”, rugía el patio de butacas. Y Ruth leía esta vez unos versos de su madre, la llena de poesía Ana Rossetti. “Gracias Ruth”, terminaban los presentes en colectivo. Y seguía luego una nueva actuación que ayudaba a presentar y hacer balance de las cosas hechas por elmuro este 2014 que acaba.

Allí estaban dando su voz Luis del Val, Paloma Pedrero, Carmen Ruiz, Ruth Gabriel, Ángeles Martín, José Carlos Illanes, Pedro Antonio García, Abigail Tomey; y otros muchísimos amigos y amigas que no leyeron porque no da tiempo y el catering aprieta: José Usandizaga y Tiago Lima de Coca-Cola, Antonio León de Quid Quid, David Torrejón, de Anuncios, Lola Rúa y Elena Lube, de Efémera, recientísimas ganadoras del premio Emprendedora Madrid, Paco Tomey y María Teresa Senso, Cristina Suárez, Manuel Galiana, Salvador Sanz, Natalia Huarte, Gonzala Martín, Salbi Senante, Teresa Valentín de Guindalera, Santiago Fajardo, José María Cámara, Luis Moreno, con los compañeros de FESCIGU, Ana Buñuel y Ángel Luis Pérez del Ayuntamiento, los periodistas Rafa Esteban, Juan Ignacio García Garzón, Marga Gallego, y Óscar González, Irina Kouberskaya de Tribueñe, … y otros amigos colaboradores: Andoni Lopategui, Ignacio Evangelista, Pilar Rodríguez, Luis Lamadrid, Javier Ortiz, Chema Rodríguez, nuestros “socios” de Mancort, Chema Ciarreta… En fin, legión (perdón a quienes no cito). Como legión fueron los que no pudieron estar, que fue un lunes de feroz competencia con muchas convocatorias navideñas. Candela Muro Pedrero, que cada día que pasa se hace más lista y madura, me hizo la mejor de las críticas: “me hubiera gustado que pudiéramos leer más gente, como cuando lo hacíamos en la oficina”.

Para cuantos trabajamos en elmuro es una jornada de encuentro en el que mostramos lo que somos dando, que finalmente es eso lo que permite que reconozcamos nuestra personalidad diferencial. Y recibiendo. Porque como dije al final, en el cierre: somos lo que damos, somos el Kit, somos vosotros.

Gracias de corazón a todos cuantos nos acompañaron. Pronto más, que estos veinte años los vamos a celebrar con novedades compartidas. La primera el cambio de nuestro logotipo: un muro que invita a escribir, a mancharlo de deseos y de sueños.

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¡Tachán, tacháaaaannnn! Maestros Yoda hacernos debemos

Maestros Yoda hacernos debemos

Sí, el IVA para la compra de arte al 10% el Gobierno rebajado ha. Fiscal beneficio que disfrutarán esos millones de personas para los que las paredes de sus casas adornar con pinturas o esculturas de autor una imperiosa necesidad es. De hecho, si alguien a alguien conoce que comprado ha un cuadro a alguien en el último mes, seguramente pertenecer debe todavía a “la” clase social. En fin, el resto de los culturales sectores de este país felicitar queremos a galeristas, creadores y marchantes, y compradores, a las puertas de ARCO. También a valencianos falleros.

Por lo demás, la cultura, ese impreciso e inefable bien, que las instituciones públicas promover deben por constitucional mandato, disfrutando seguirá de ese especial tratamiento fiscal del 21% que en convertirlo en un objeto de lujo consiste. Bravo gritamos (Maestro Yoda dixit).

La verdad es que el hambre el ingenio aguza, aunque sin duda vivir hace en peores condiciones. Poco o nada ganar, la supervivencia estimula como una zanahoria a un burro, pero la hipoteca no paga, ni el supermercado, ni los sociales seguros. Por toda España, como otoñales hongos, nuevos culturales espacios en recónditos e impensables lugares surgen; nuevos creativos proyectos cargados de más talento que de regalos los Magos nacen; lo que ningún gobierno conseguirá jamás apagar por mucho que se empeñe, prolifera: la creatividad, el talento, el deseo de al mundo a través del arte aportar.

Pero no es de eso de lo que tratar quería. Sino del metalenguaje empleado por esta gente que nos gobierna. Al años tardar en encarcelar a los delincuentes de cuello blanco o a los inmobiliarios y especuladores sin ley, o a los antibéticos, perlímperlambréticos corruptos abogados; al jamás conseguir que un ladrón barcénico, expresidente de la CEOE, consorteprincipesco, o mandamás de una caja de ahorros lo a todos  robado devuelva; al la devolución no exigir del crédito a la banca española –para que sus vergüenzas hipotecarias tape- por valor de miles de millones de euros, que pagando con sangre y lágrimas TODOS estamos… Y, al mismo tiempo, al de impuestos cargar una actividad que el músculo bello y apolíneo del país muestra -la cultura, por millones de personas disfrutada-, lo que en realidad diciendo están es lo que verdaderamente una cosa y la otra les importan.

Por eso, enormemente me alegra  –bueno, un poco exagero: me alegro, simplemente- de que la pintura y las fallas el IVA del 10% tengan (superior en todo caso al del inicio de este viaje, eh), pero profundamente me irrita el paleto desprecio por la cultura, y por su económica relevancia, que un impuesto tan elevado mantener supone.

No sé qué impuesto pagar debemos quienes al teatro vamos, discos o películas compramos…  Mi principal conclusión de la fiscal política por el gobierno marcada es que, al igual que en la leyenda que en el bosque de Sherwood se desarrollaba, a los humildes en España robar barato, casi gratuito, sale, y que coto poner a los desmanes de los ladrones tremendamente difícil es, si estos mismos poderes hacerlo deben.

Los pies pararles, difícil, no imposible es. De nosotros depende. ¿Maestros Yoda tal vez hacernos debemos? La Fuerza nos acompañará.

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Privatizar: mirar el dedo o a dónde señala. A propósito de la Plataforma en Defensa de la Cultura

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Ayer, 4 de noviembre, asistí en el Círculo de Bellas Artes a una asamblea convocada por numerosas asociaciones culturales contra la “privatización” del teatro Fernán Gómez y contra el 21% del IVA cultural. La Plataforma en Defensa de la Cultura.

Desde los viejos tiempos temo las asambleas porque de modo natural suelen tender a convertirse en escenario de emociones y manipulaciones y muy rara vez en espacio de reflexión para la toma de decisiones, que es para lo que supuestamente se convocan.

Asistí, primero interesado, luego perplejo, a numerosas intervenciones, ya emocionales, ya llamadoras a la “lucha”. Muchas con más enfado que argumentos. Las más con más entusiasmo que reflexión. Todas culpando a terceros y llamándose a andana de la más mínima responsabilidad en la actual situación. Sin algo de autocrítica y, más allá, sin que nos pongamos de acuerdo en el contenido y el sentido que damos a las palabras, sin que acordemos el marco en el que las gentes dedicadas profesionalmente a la cultura plantean sus quejas y reclamaciones, y sin que el norte de toda acción sean las necesidades ciudadanas, la vida de todo movimiento reivindicativo será inevitablemente corta. Y en el mejor de los casos de escaso calado y menor repercusión.

Y sin embargo la situación de profunda crisis social, económica y política, y la completa ausencia de estrategia cultural -en el gobierno y en cualquiera de los grupos políticos-, hace absolutamente perentorio generar pensamiento: definir hacia dónde queremos ir. Si me apuras, soñar el futuro para que sepamos los pasos que hay que dar para ir acercándonos a él.

Hoy, el reto de todo movimiento social o político preocupado por la cultura ha de ser llenar de contenido concreto el genérico mandato constitucional que da a las administraciones públicas la responsabilidad de promover la cultura. Una tarea pendiente desde hace treinta y cinco años. Lo cual exige abordar las grandes líneas de un política cultural que se precie: un pacto ciudadano y político por la cultura que le dé valor estratégico, la adecuada financiación pública y privada de la cultura, la transparencia en su funcionamiento y el establecimiento de fórmulas democráticas de acceso a la gestión pública, o la democratización cultural y el establecimiento de fórmulas de participación ciudadana, por mencionar algunas líneas maestras que hay que desarrollar.

Sin embargo los movimientos críticos suelen detenerse en los aspectos cosméticos, sin ir al fondo y al marco de la cuestión. Ver el arbusto que tenemos ante nuestra nariz y encelarnos en él.

En este sentido, el que parece ser el núcleo duro de las reivindicaciones tiene que ver con la privatización. Pero, ¿qué es eso de privatización? Definamos burda pero operativamente que es pasar algo que rigen manos públicas a manos privadas. Según la RAE, transferir una empresa o actividad pública al sector privado. Pero démosle algo más de profundidad, algún matiz más. En ese sentido siempre he dicho que se puede diferenciar entre  privatizar la propiedad, privatizar la gestión concreta o privatizar la función política. Primero, la propiedad de bienes o inmuebles culturales no está hoy en entredicho, ningún grupo político la plantea, aunque personalmente estoy seguro que hay propiedades públicas que podrían venderse para que dejasen de ser poco rentables socialmente y lesivas a lo público (o simplemente para recaudar fondos para necesidades superiores: ¿superiores a la cultura?: Sí, la vida, el empleo, la salud, la vivienda, la educación…). Segundo, se puede privatizar la gestión concreta, y eso es lo que se hace en muchos servicios cuyo funcionamiento es imposible que lo hagan funcionarios, ya por costes ya simplemente por operatividad (en este ámbito están la limpieza, autopistas, aeropuertos, e incluso aspectos de orden público, sin que nadie se rasgue por ello las vestiduras. Luego, claro, está el CÓMO se hace y A QUIÉN aprovecha). Y, tercero, se puede privatizar la función, es decir la política cultural, y que sean empresas privadas las que definan las necesidades ciudadanas en esta materia y decidan lo que hacer. ESTO ES LO VERDADERAMENTE GRAVE Y PELIGROSO. Y ES LO QUE SE ESTÁ HACIENDO. De matute, como dirían los castizos.

Porque, al ceder la gestión con criterios exclusivamente de ahorro o/y de rentabilidad económica, excluyendo la rentabilidad social y el control y evaluación de la gestión privada, de facto se está entregando la función de política cultural a los adjudicatarios de la gestión. Dos pájaros de un solo tiro. Seguramente los políticos que privatizan la gestión sin más criterio que la adjudicación al mejor postor, y las más de las veces en penumbra, ni siquiera son conscientes de que en realidad están renunciando a dirigir la política cultural de esos espacios cedidos a la gestión privada. ¡Tan poco saben de política cultural!

¿Puede evitarse? Sí, claro: imponiendo formatos transparentes y democráticos de contratación y adjudicación, en los que se fijen los criterios de política cultural que los adjudicatarios deben asumir. Sí, claro, imponiendo controles, auditorías y evaluaciones, que supervisen que la gestión está al servicio de la sociedad y de la política cultural marcada. (Controles que deberían llevar al levantamiento de la adjudicación si la gestión no responde a lo acordado). ¿Puede impedirse? Sí, claro, imponiendo limitaciones concretas desde las administraciones públicas a los niveles de beneficio a los que pueden aspirar los adjudicatarios. Limitaciones que se explican y justifican porque optan a gestionar un servicio público beneficioso para la sociedad.

El verdadero reto de los poderes públicos hoy no es abaratar costes en la gestión, eso lo hace cualquiera, aunque no sepa nada. El nuevo reto es establecer un papel superior de control a las administraciones públicas sobre la gestión privada de la cultura y otros servicios. El mundo del funcionariado, decimonónico y arcaico sin duda, deja paso en la actualidad y en el futuro a la mayor intervención de la sociedad civil -empresas incluidas- en su gestión. Pero las empresas han de ajustarse siempre al servicio de los intereses y necesidades de la sociedad fijados por las administraciones democráticamente elegidas. Por ello han de establecerse esos sistemas concretos de control y evaluación.

Hoy las instituciones, y los partidos, parecen incapaces de asumir sus nuevas tareas, imbuidos las más de las veces de un espíritu de recorte, corrupción y alergia a la transparencia. Son los ciudadanos más conscientes los que urgidos por la realidad del abandono cultural deben asumir esa tarea.

Necesitamos movimiento, alzar la voz, claro que sí. Pero necesitamos todavía más, señalar con el dedo la dirección hacia la que conducir el movimiento y la voz. Y cuidado, siempre hay quien se queda con su mirada fija en la punta del dedo.

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¿Te gusta el tutti frutti de arte y cultura?

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Veo en El País una escultura de Bernardí Roig –uno de sus regordetes y albos hombres con los pantalones abiertos- rodeada de otras muchas barrocas. La noticia cuenta algo del Museo Nacional de Escultura, esa maravilla situada en Valladolid que acoge piezas clave de Juni, Fernández, o Berruguete. Un museo a no perderse. La noticia informa de que se suma a la opción de abrir sus ventanas introduciendo escultura contemporánea entre las barrocas. “Okupas” lo llama el diario. Recuerdo que la obra de Roig, con idéntica filosofía, la vi hace unos meses en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, que dirige una “fiera”, trabajadora y dulce, Elena Hernando.

Tengo que mencionar de nuevo en el blog este museo madrileño porque es un ejemplo de sinergias, de llenar de agua ese pozo que la crisis amenaza permanentemente con secar. Este próximo jueves, 3 de octubre, el Lázaro Galdiano acoge una Jornada: “Arte y Empresa: un mismo combate”, en la que gentes del arte y la empresa compartirán sus reflexiones de cómo multiplicar valores mutuos en tiempos de cólera. Para no perdérsela. Apenas veinte días después, 21 y 22 de octubre, el mismo salón de actos acogerá la tercera Conferencia de Marketing de Las Artes, de ASIMETRICA. Otra cita a la que asistir en ese foco de arte, experimentación y reflexión que está siendo la FLG.

Cuando empezaba este post no era sobre esto de lo que quería hablar. Hoy simplemente quería sugerir, recomendar la lectura de la penúltima columna de Vicente Verdú, El deseo de cultura: como casi siempre, sugeridora, y tarareadora  de músicas intelectuales infrecuentes hoy. “El deseo es la base de la existencia”, comienza su artículo. “El ciudadano culto transmitía la impresión de que obtenía mayor placer paseando por una nueva ciudad, leyendo un nuevo libro o viendo un nuevo cine que quien no disponía de ese caudal”, nos recuerda. “Pero esta demanda o aspiración de ser culto ha desaparecido con una facilidad y rapidez impensable”. No sigo, léanlo.

La lectura de Verdú me sugiere una parte relevante de nuestro papel, el de aquellos que por profesión o pasión mediamos entre quienes crean arte y quienes lo desean. Y ese papel es promover que el arte llegue a los ciudadanos en la mejor de las condiciones para ser degustado, para que ese encuentro le ayude a vivir la vida con más placer e intensidad, más consciente de que el arte es aquello, precisamente, que establece parte diferencial y fundamental de “ser” humanos. El pasado viernes asistí una vez más, con mi hija Candela, a un concierto de Ara Malikian. Algunos de los acordes que obtenía con maestría de su violín diminuto, me llenaron de congoja guapa, y si hubiera estado solo con seguridad habría llorado, de felicidad. Por sentir esa diferencia. Por sentir. Esa es la esencia del arte.

Bueno, mañana más y diferente. Que esto, después de releerlo, parece un helado de tutti frutti. Y yo un tontuelo.

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Gracias, por el Eco de tu voz, Umberto: solo la humildad nos hará sabios

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Las respuestas de Umberto Eco a las preguntas de la periodista de El País (24.05.2013) son sencillas y magistrales. Muestran una sabiduría apacible y distante. Humilde. La entrevista se titula “La cultura no está en crisis; es crisis”.

Uno de los principales rasgos de la modernidad –no la nuestra, la de cada época- es el vacuo y fatuo orgullo por sus propias creaciones. La creencia de que lo último es lo mejor y lo que requiere más apoyo y más aplauso es propio de cegatones o, lo que suele ser más habitual, desconocedores de la historia. En nuestro caso de la historia del arte y de las artes. Ilustra esto una de las respuestas de Eco, en la que nos recuerda que no sabemos la duración de las memorias USB, pero que hay libros que ya tienen más de mil años.

Quienes trabajamos en cultura –en realidad, apenas la tarareamos- necesitamos empaparnos de ese tipo de humildad y tomar las debidas distancias sobre fenómenos que pueden ser tan deslumbrantes como efímeros. Deslumbrarse por lo que todavía puede que no esté “hecho” contribuye a dejar pasar de largo aquello que está en su plenitud; conduce a acortar bárbaramente los periodos de vida de las creaciones artísticas, que fenecen a menudo sin apenas haber sido disfrutadas.

Umberto Eco también habla de que el racismo destaca entre los oscurantismos de nuestros tiempos. Y de sus palabras extraigo la enseñanza de que lo que necesitamos es más Europa, más mundo, más ciudadanos y más personas; menos nación, menos “pueblo”. Menos “qué hay de lo mío” y mucho más “que hay de lo de todos”.

Unas palabras que son fruto de una larga y rica vida, cuajada de pensamiento y de mirada buena. Unas palabras con eco.

 

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