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Queremos mucho Max

premiosmax

Los Premios Max son una fiesta para las artes escénicas. Y hay que agradecer el esfuerzo de SGAE y Fundación Autor, encabezadas ahora por Anton Reixa y Antonio Onetti, por impulsarlos. Tienen sus sombras, cómo no, pero han devenido en el espacio en el que quienes crean arte en España reciben público premio por su buen hacer. Un “lugar” aceptado por los más. La expectativa y la repercusión dentro del sector y entre cientos de miles de aficionados al teatro y la danza es muy grande. Bienvenido sea todo ello.

En la situación por la que atraviesa el espectáculo en vivo, los Max no podían ser ajenos a las políticas públicas de abandono y dejación de responsabilidades culturales. Muchos durante la ceremonia lo dijeron por activa y por pasiva, aunque menos conjugaron sabiamente el humor con la crítica.

No es este el lugar para comentar o valorar los premios, conseguidos en todo caso a través de votos individuales de profesionales inscritos en el censo de votantes. Tampoco es el lugar para entrar en la valoración artística de la ceremonia. La producción fue muy buena y al acabar la Gala los asistentes salieron muy satisfechos y disfrutaron luego de un amable ambiente en el que departir en la cálida noche del Matadero.

Aquí me detendré tan solo en cuatro aspectos que me parecen razonablemente importantes.

1. El primero es el del sistema de votación. Año tras año se percibe con nitidez que en los votantes influye demasiado el afecto y la amistad, y es difícil desprenderse de la impresión de que existen grupos que actúan como tales al depositar el voto. Solamente así se puede entender que una obra se lleve todos los galardones a los que opta, como si lo que hicieran el resto de los candidatos no mereciera ni migajas. Y esto es así desde los viejos tiempos en que Animalario arrasaba. La dificultad primera es ver todos los espectáculos candidatos por el hecho mismo de ser en vivo. No es fácil resolver este problema: parte de la solución probablemente pase por reducir el número de candidaturas a las que puede optar un espectáculo, o establecer un sistema de Jurado que filtre, complemente o sustituya la elección, o establecer un sistema de voto ponderado. Pero sin duda es un problema que exige urgentes medidas para garantizar la máxima transparencia y credibilidad.

2. El segundo aspecto interesante que me provocó reflexión tiene que ver con la relación de las artes escénicas con sus públicos. En la mayor parte de los discursos e intervenciones el público estaba ausente. Los mensajes se dirigían a los asistentes, como si de una reunión interna se tratara, olvidando que a través de la televisión lo que se dice llega a cientos de miles de personas. Personas que pueden estar o no interesadas -esto último es lo más lógico- por los problemas internos del sector teatral. Ante ellos, ante nuestro público, las AA.EE. han de mostrar lo mejor de sí, la máxima belleza, la mayor y mejor de las seducciones. El teatro en 2012 ha hecho maravillas a pesar de la crisis, ese es el mensaje. El tonillo lastimero y de queja es, francamente, poco glamuroso.

3. El ministro de Educación, Cultura y Deporte, dio, una vez más, la nota fea e ineducada. Su clamorosa ausencia no muestra solo el escaso interés de Wert por las Artes Escénicas. Hay algo más, que tiene que ver con su mínima capacidad de dialogo y escucha, con su gusto por la provocación y el profundo desprecio que siente por la sustancial parte de la cultura que representa el espectáculo en vivo. El ministro Wert hace tiempo que es el problema. El ministro Wert debe irse. No hay garantías de que el próximo lo haga bien. Pero es muy difícil que otro lo haga peor.

4. SGAE tiene un reto en el inmediato futuro de primera magnitud. Los Max son una creación de los autores para todos cuantos trabajan profesionalmente en el teatro y la danza. Bien, porque todos queremos que el sector tenga una voz potente, unificada e indiscutida, y los Max pueden ser el germen.  El reto para SGAE tal vez pase por iniciar un proceso constituyente de una verdadera Academia de las Artes Escénicas. La grandeza que tal cometido exige será una buena prueba de hasta dónde está dispuesta la sociedad de los autores en la tarea de liderar al conjunto de los sectores profesionales de las artes escénicas, y compartir con ellos el futuro protagonismo. Un hermoso reto.

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Más madera 1: Ignacio Duato

 

Ignacio Duatoprohíbe” a la Compañía Nacional de Danza exhibir “sus” coreografías a partir de julio de este mismo año. De esta manera se suma a la oleada prohibicionista que asuela el país.

La cosa no pasaría de mostrar el talante egocéntrico y vengativo de un bailarín que vivió, trabajó y creó durante veinte años gracias a los presupuestos generales del estado. Porque lo que creó esos años está teñido del dinero de todos los españoles, y así como nadie debe poner en duda su autoría, nadie debe olvidar –él el primero- que lo hizo porque todos le pagamos y eso genera unas deudas, al menos, de honor. Que ahora ceda sus creaciones al Teatro Mijáilovski, de San Petersburgo, donde es director artístico de su ballet, solamente empeora las cosas. Nos insulta a todos los que un día admiramos sus trabajos.

Algún responsable, en todo caso, debería responder por este desaguisado. Alguien permitió contractualmente que las creaciones de Duato estuvieran adscritas a su nombre en exclusiva y no a la compañía que lo acogió durante dos décadas.

Y mañana, más

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Anabel Veloso, artista y gestora aventajada

El valor de la formación en gestión es indiscutible, incluso para los que tienen la creación artística colectiva como principal impulso: crear sin conocer de gestión, de mercado, de audiencias, de comunicación, de marketing…, hace más difícil el éxito, ya de por sí distante y esquivo. Hoy quiero hablar de Anabel Veloso y su compañía “Deje flamenco”. Hace casi dos años realizó uno de los cursos que dirijo para SGAE, el Curso Internacional de Gestión Escénica. Alumna inquieta y aventajada –ni mucho menos el único caso- siempre quería saber más de los principios, las técnicas y las herramientas que los artistas y las compañías tienen disponibles para comunicar mejor su arte a la sociedad y para organizar mejor su trabajo de gestión. Hoy su compañía es residente en el Auditorio de Roquetas, en Almería, siendo la primera en Andalucía. Este es un ejemplo de lo que ha ido haciendo. Y hay dos más que me parecen relevantes.

Anabel Veloso, gestora de su propio proyecto empresarial, asumió que para captar financiación privada hay que dar a los posibles compañeros de viaje, contenidos e incluso imágenes a las que se puedan enganchar: por estas fechas el pasado año organizó la presentación de una de sus coreografías , “Nacidos bajo el Mar”, en el Aquarium de Roquetas, sumergida entre tiburones (de verdad). Me hubiera encantado ver ese baile submarino.

Hoy me llega otra de sus iniciativas de marketing artístico y cultural, orientado, como me escribe en el mail, a “hacer al espectador partícipe de los procesos creativos de nuestra compañía”. En colaboración con el diario “La voz de Almería” propone a los lectores/futuros espectadores que elijan la fotografía del cartel de su próximo espectáculo (Poema sinfónico 2), de entre las realizadas por el fotógrafo Pepe Segura.

Bravo, Anabel Veloso. Una muestra de arte, imaginación, voluntad. Y de tener al destinatario del arte, el público, siempre en el eje de la acción.

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Imaginación al poder y contra el poder

Hace unas semanas dedicaba un post a comentar críticamente la huelga de técnicos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La crítica se apoyaba en que la huelga repercutía mucho más en los artistas y en el público que en los destinatarios de la queja, de tal modo que creadores y espectadores venían a ser rehenes, cabezas receptoras de palos destinados a terceros. En nuestro país es tan frecuente esta tendencia que resulta preocupante, más incluso por la falta de originalidad que por las consecuencias, a las que estamos desgraciadamente acostumbrados. Los trabajadores del Metro, o los controladores aéreos, por poner un par de ejemplos actuales, castigan a los usuarios de servicios inmisericordemente, despreciando sus necesidades, urgencias o problemas, para que el malestar social que crean, haga, supuestamente, presión sobre el poder al que reclaman. Poder, ésa es la palabra. Hasta quienes reivindica acaban sucumbiendo al uso del poder sobre terceros que nada tienen que ver.

En Cataluña, este año, los bailarines y compañías de claqué, entre ellos algunos de los más artísticamente relevantes internacionalmente, han sido excluidos de las ayudas a la creación. Malos tiempos para los ámbitos creativos en general y para los menos usuales en particular. Su respuesta: organizar una macro actuación de protesta en los jardines del Teatro Nacional de Cataluña, que además ha reunido a buena parte de la profesión artística en su apoyo. Ya, ya sé que estos bailarines no podían plantearse paralizar el Metro o el aeropuerto. Simplemente una cuestión de poder. Pero sobre todo de imaginación para hacer llegar a la ciudadanía sus reclamaciones. La imaginación al poder, la imaginación contra el poder. A ello estamos obligados cuantos nos dedicamos a la cultura y al arte.

(ver noticia sobre a huelga de los bailarines de claqué)

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La danza en España: a buscar nuevos rumbos (ya lo decía Tagore)

Las compañías de danza perciben el abismo, sienten que en apenas un año se ha producido un enorme retroceso en un camino apenas iniciado. Debatimos el tema sobre el escenario del patio interior de SGAE, con tres premios nacionales de danza: Mónica Runde, Teresa Nieto y Carmen Werner, después de que con su actuación cerraran el XV Ciclo SGAE de Lecturas Dramatizadas, que también incluye coreografías. Estaba presente Óscar Millares, de Fundación Autor.

Ellas –y casi todas las compañías de danza– lloraban su desencanto por el tratamiento de la danza en España. El dinero público ni está ni se le espera; los programadores contratan poquísima danza; los espectadores apenas conocen la danza contemporánea, y sin conocer mal se puede apreciar. Yo les decía que tienen que compaginar en el norte de su brújula el arte con la gestión empresarial. Que aunque sigan exigiendo atención del estado, deben poner en segundo plano a sus clientes institucionales porque el dinero público para el arte está en retroceso; que deben diversificar sus clientes buscando modelos de relación directa con ellos, bien agrupando esfuerzos y adentrándose en la gestión de un espacio propio de exhibición, bien vendiendo su arte en otros hábitats hasta ahora inexplorados. Me ofrecí a tener una sesión de reflexión sobre el particular, sobre cómo innovar el mercado de la danza desde la gestión. No son tiempos de lágrimas, aunque duela, sino de buscar nuevos rumbos. Como decía Tagore, “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Y las hay; tiene que haberlas.

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