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Miguel del Arco y la zarzuela: ¡Cómo está Madriz!

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“Stay hungry, stay foolish.”

La puesta en escena de ¡Cómo está Madriz!, ha causado un maremoto lírico sobre el que conviene reflexionar desde la perspectiva de los públicos, del desarrollo de audiencias.

Miguel del Arco, al que siempre hay que reconocer hambre de cambios y valor para capitanearlos, ha montado un espectáculo zarzuelero difícil de olvidar. Dos piezas de finales del XIX –La Gran Vía y El año pasado por agua– unidas con nuevos textos, traídas al hoy más rabioso y puestas en escena sin complejos y rebosando humor. Bueno, hay que recordar que las obras de Chueca y Valverde ya eran críticas y satíricas en su momento, como lo era buena parte del género chico. Como anécdota recordemos que Nietsche, sí, Don Federico, cuando escuchó La Gran Vía en Turín quedó prendado de la opereta, y del valor y la genialidad inclasificable del número musical de “Los ratas”.

Difícil, muy difícil no pasarlo bien con este “experimento” y no encontrar referencias al presente de las que ayudan a interpretarlo…, y a comprobar que hace casi ciento cincuenta años buena parte de los problemas de corrupción –general y municipal- estaban bien presentes en Madriz.

Claro que esa visión ha molestado –a veces hasta el extremo- al público habitual de zarzuela, acostumbrado al gusto de la repetición del repertorio sin cambios o con leves y cosméticas modificaciones. Un público que podríamos decir de siempre y que los estudios demoscópicos ubican en la franja de edad superior a los 60 años. Un público que tiene sus derechos, que conoce perfectamente el repertorio y que es fiel a él. Pero un público progresivamente más escaso, y cuyo número cada vez justifica menos la pervivencia del género.

Lo que han hecho Del Arco y el Teatro de La Zarzuela, podría ser analizado desde la perspectiva de la gestión de públicos. Uno de los objetivos del desarrollo de audiencias, como herramienta fundamental del marketing de Las Artes, es el aumento de espectadores y en particular el acercamiento de nuevos y más jóvenes públicos, y el mayor consumo e implicación de los actuales. Incluso asumiendo que la oferta de programación de zarzuela, y otras expresiones escénicas, forma parte de un servicio público recogido en la Constitución, su legitimidad viene dada por el número de personas que lo utilizan. Así que todos cuantos amen la zarzuela y su pervivencia en el ecosistema escénico español, deben estar preocupados por el futuro de esa expresión, y por lo tanto del número de personas que la siguen.

Para los espectadores clásicos y los aficionados actuales, la defensa del repertorio es lo esencial. Para ellos la ampliación de la experiencia y la novedad que propone Del Arco generan incomodidad, y desasosiego, hasta el punto de que algunos de ellos abandonaban la sala e incluso boicotearon una de las funciones. El problema de fondo es que sin introducir novedades y alterar el modelo, sin una profunda innovación, lo que es seguro es que no se acercarán nuevos públicos.

La zarzuela –también otras expresiones- plantea a los nuevos y jóvenes públicos unas barreras históricas relacionadas con la edad (es cosa de “viejos”), los códigos formales de acceso (no es para “nosotros”), el tipo de oferta misma (es largo y aburrido) y hasta el precio (es muy caro). Para los hipotéticos nuevos espectadores, la zarzuela produce sin duda temor al aburrimiento, distancia por desconocimiento, y una barrera añadida, la falta de interés en el entorno social de los posibles y futuros clientes: menos del 3% de los espectadores van a la lírica al menos una vez al año.

Esas barreras hay que demolerlas sin piedad si se quiere abrir este género a nuevos y más jóvenes públicos. Le decía a Miguel del Arco cuando le felicitaba por su apasionada y apasionante propuesta que yo dudaba que pese al esfuerzo -y al esfuerzo continuado-, la zarzuela pudiera atraer al publico joven. Pero de lo que no tengo duda alguna es de que si no se hace ese esfuerzo, la zarzuela tiene fecha de caducidad, tal y como hoy la conocemos, en su formato escénico.

Si desde una institución pública, en realidad desde cualquier organización, se quieren incorporar nuevos públicos, hay que avanzar en varias direcciones. La primera es la oferta, que debe estar adaptada a la actualidad, con productos en los que se destaquen los vínculos con el presente, su utilidad, su placer, su divertimento… Son muchas las cosas que se pueden hacer en esta dirección y ¡Cómo está Madriz! propone con éxito algunas de ellas, a las que deben unirse los formatos, duraciones, protagonistas… Otra dirección es la forma de comunicarla, que ha de adecuarse a los mecanismos empleados por quienes queremos que vengan. Sistemas que sirven para que vengan los ya aficionados no serán útiles para los que no lo son. Las redes sociales pasan a ser capitales.

Cuidado, ya sabemos que cualquier política de programación lírica debe caminar con los pies del presente (los públicos actuales), y del futuro (los públicos que han de venir). Y los responsables de programación han de ofertar producciones nuevas, adaptadas y acordes a los nuevos códigos de recepción, al tiempo que han de defender el repertorio y conservar los públicos actuales.

A éstos últimos les queda defender el purismo sabiendo que pertenecen a la gloriosa estirpe del último mohicano, o que reciben con los brazos abiertos a los nuevos compañeros de asiento, aunque lleven rastas y sean sus hijos. O más bien por eso.

Ah, una última anécdota. Hace casi veinte años acudí a un debate internacional sobre producción organizado por SGAE. Un productor de musicales norteamericano, ante una pregunta sobre el incipiente éxito que en nuestro país estaba teniendo el género musical, dijo con énfasis que ellos habían tenido que crearlo pero que en España existía un género musical propio, característico y de calidad que solamente necesitaba ser adaptado y puesto al día: la zarzuela. Supongo que en aquel momento todos los asistentes tomamos como un piropo la respuesta y la olvidamos de inmediato. En España siempre hemos tendido a minusvalorar lo propio obnubilados por el glamour ajeno, convencidos de que somos un pueblo al que queda siempre largo trecho para ser desasnado. Si viajáramos algo más comprobaríamos que en todas partes cuecen asnos, pero que aquí lo publicitamos.

Pues eso, Miguel, como decía Steve Jobs haciéndose eco de la famosa frase del Whole Earth Catalog (¡1971!), stay hungry, stay foolish.

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Conferencia de Marketing de las Artes 2015: grandes ideas como palanca

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La IV Conferencia de Marketing de las Artes, organizada por ASIMETRICA, ha terminado envuelta en la satisfacción de los muchos asistentes.

Récord de participación, con cerca de 240 personas inscritas, y de orígenes, con una amplia presencia del contingente latinoamericano, los resultados en cuanto a contenidos son para que organizadores y asistentes estén enormemente contentos.

No me detendré en citar todos los nombres de ponentes, porque la información está en la web de la Conferencia y porque sus intervencones estarán colgadas en apenas unos días, pero sí me interesa resaltar algunas de las cuestiones de fondo que se plantearon. Porque un foro de este tipo, que congrega a cuantos mediamos en cultura desde la perspectiva del marketing, y en particular del desarrollo de audiencias, lo primero que debe tener en sus resultados es relevancia neta de contenidos: luz para el camino. Aquí van algunas de sus ideas fuerza.

En este inevitable balance parcial y subjetivo, la primera idea presente que yo resaltaría es la de que la programación, los contenidos en sí mismos, son ejes neurálgicos para la generación de demanda y el crecimiento de las audiencias. Y que los contenidos artísticos piden cada vez más originalidad, misturas y mestizajes en formas, formatos contenidos y espacios. Es una idea que defendió con entusiasmo Alan Brown, junto a otra de no menor calado: la de que frente a la segmentación clásica –edades, orígenes, distintas artes…- hay que desarrollar y atender las comunidades de gustos, taste comunities, mucho más útiles, ricas y entroncables con la programación.

Lorena Álvarez, una chilena que lidera el Festival Cielos del infinito en la Patagonia, trasladó a los asistentes, más que una idea, un principio, un valor: Allí, a lo lejos, al igual que están lejos de los centros de poder la inmensa mayoría de los proyectos culturales, es posible hacer casi cualquier cosa, casi en cualquier lugar. Y lo demás son excusas. Este pensamiento constatado en su práctica, es de una enorme fuerza originaria, frente a aquel otro que hace depender los resultados siempre de circunstancias favorables.

Constaté, también, que seguimos con fuertes problemas terminológicos y que nos cuesta encontrar un lenguaje común, probablemente porque los significados diferentes reflejan diversas formas de pensar y de sentir. Un ejemplo lo constituyen la palabra vender, o la expresión construir audiencias. Ambas expresan una posición de privilegio de quien las enuncia y un concepto de marketing unidireccional en el que el otro siempre es destinatario y pocas veces emisor. Hasta sus datos se buscan para mejorar la propia posición. El concepto de marketing que ha de prevalecer, y que es el que ha de diferenciar el marketing cultural frente al tradicional, ha de basarse en el concepto de socio, y en la construcción de puentes y de espacios compartidos en los que públicos, medios, financiadores…, sientan como suyos los proyectos.

Otro concepto novedoso nos vino dado por Raúl Ramos, que en representación de ASIMETRICA, explicó los entresijos de un nuevo modo de entender el efecto individual que tiene el arte en las personas. Al presentar Intrinsic Impact, un programa generado por la empresa norteamericana Wolfbrown, y que Asimétrica lidera en su extensión a España, los presentes tuvimos plena conciencia de que junto a la medición colectiva y en estrictos términos numéricos y económicos, es ya imprescindible poseer una herramienta que nos permita saber también el efecto concreto que el arte tiene en las personas, individualmente. Somos muchos los que defendemos y creemos que el arte y la cultura mejoran la vida de las personas, pero si ese discurso no se apoya en constataciones prácticas, no dejará de ser un mensaje bienintencionado, de escasa utilidad para la gestión.

La Conferencia ha sido muy beneficiosa al aportar herramientas y prácticas que los asistentes pueden aplicar de vuelta a sus tareas cotidianas. Pero también ha sido extraordinariamente importante al remover los pensamientos de los que mediamos entre los creadores y los ciudadanos, que eso es a fin de cuentas lo que somos quienes trabajamos en la gestión cultural desde el marketing.

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De cine, cultura, bebés y madres (y padres)¿Aparcamos juntos el cochecito?

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He escrito varias veces que el cine –productores y exhibidores- descuida su relación con el público en las salas, cuando no, directamente, lo maltrata. Y proponía, para describir ese mal trato, la imagen metafórica de las alcantarillas: espectadores que entran por la puerta grande y salen a escondidas por la puerta de atrás, a una oscura calle a espaldas del edificio. También se percibe el maltrato en los precios de palomitas y refrescos, claramente abusivos; y en el nulo valor añadido que proporcionan a sus clientes. Podría seguir. Que como actividad anti-crisis, a nuestros empresarios tan solo se les haya ocurrido la idea de abaratar el precio de la entrada un día, muestra el nivel de I+D en el que se desenvuelve la gestión de esta parte importante de la industria cultural.

La orientación al cliente, de servicio al usuario; la estrategia derivada de poner al cliente en el centro de la acción, es la que puede evitar este tipo de enfoques y prácticas, centradas por otra parte en concebir la relación con los usuarios como una fuente de ingresos, más que en un viaje conjunto y satisfactorio, lleno de experiencias y enriquecedor. Y ahí está nuestro sector cultural, aprendiendo que este concepto neurálgico tiene enormes ventajas también para la sostenibilidad de las organizaciones.

Abigail Tomey, que sabe mi pasión por que los ciudadanos y públicos iluminen todos mis proyectos, me envía el link a un artículo de El País que tiene una sugerente pregunta como título: “¿Es posible ir al cine con bebés?”. La cosa va de que en Londres –y otras partes de la bola- es habitual la programación de películas para madres (y padres) con sus bebés. Locales que eligen sus horarios en función de las necesidades de su asistencia (las mañanas), y que definen la iluminación durante la proyección para favorecer que las madres (o padres) puedan vigilar a sus bebes, cambiarles de ropa o alimentarlos mientras disfrutan de la peli. ¡Por dios, qué alegría imaginar un hall de un cine con aire de aparcamiento de cochecitos! Seguro que a alguien se le ocurre, incluso, que si repartes conexiones de sonido individuales, los nenes podrán hasta desgañitarse sin molestar la marcha general.

La ventaja de pensar las ofertas, la comunicación, el viaje del usuario, pensando en su máxima satisfacción, es que desarrolla en las organizaciones y los gestores una serie de mecanismos basados en “dar”, generosos per se. Probablemente les fuercen a salir de su zona de confort, ésa que hace que nada cambie para que todo siga igual. Pero ese es, precisamente, el reto y al tiempo el mecanismo de mejora de las organizaciones y de los gestores: cambiar, explorar, proponer, aprender.

Seguir el camino cuyo recorrido sabemos dónde lleva nos da seguridad de destino. El problema es que ese destino puede estar cada vez más alejado del interés y las prácticas de nuestros públicos. Más alejado, por lo tanto, del sentido último de su función social.

Hay tantas, pero tantas posibilidades de mejorar la experiencia de nuestros clientes en su contacto con nuestros productos o con los servicios que les damos, que solamente saliendo del camino trillado está garantizado que encontremos formas de relacionarnos con ellos más provechosas y gozosas para las partes.

Y de eso se trata, ¿no?

 

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Anuario SGAE: datos duros… y oportunidades

El Anuario SGAE de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales es una herramienta imprescindible para conocer el estado del consumo cultural en España. Y hay que agradecer que a pesar de las dificultades, SGAE, Fundación Autor y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, sigan apostando por conocer la realidad. Conocerla es la condición imprescindible para actuar sobre ella. Para cambiarla.

La presentación de los datos del último anuario SGAE, correspondiente a 2011, fue un rosario de pérdidas: de espectadores, de actividad, y en menor medida, que también, de ingresos. Antón Reixa, Antonio Onetti, Francisco Galindo… desgranaban algo tocados una situación para la que no estábamos preparados. Muchos años continuados de crecimiento nos hicieron pensar que la cultura y el arte empezaban a ocupar el puesto que les corresponde en una sociedad avanzada. Pero no: el desplome de la economía española –incomprensible arcano para mí todavía en sus detalles- ha arrastrado incluso a los sectores que iban bien. En la presentación se habló de la “Burbuja cultural” como si su crecimiento los últimos diez años hubiera sido ficticio, falso, hinchado. Pero no. El impulso de la creatividad, el desarrollo del tejido cultural y de las empresas que lo han hecho posible, su peso correspondiente en el PIB… no son un bluff. El retroceso es, simplemente, la explicitación de la dependencia de la cultura con respecto a la economía, y también respecto a las ayudas públicas. Cuando pensábamos que formaba parte del motor, la realidad nos ha venido a recordar que todavía entre nosotros es un aditamento estético del que prescindir cuando el hambre aprieta. Porque por estos lares, el hambre-hambre se relaciona más con el pan que con el alma.

Probablemente el inmediato futuro sería menos doloroso y difícil si hubiéramos hecho a tiempo algunos deberes que tienen que ver con el desarrollo de las audiencias y la fidelización de los públicos del arte. Hoy esas tareas pasan a estar relacionadas con la supervivencia misma del sector. Hoy el seducir a nuevos públicos, desarrollar las audiencias de la creación, hacer que quienes van repitan más veces y además entreguen de buen grado su lealtad a las organizaciones culturales, son objetivos estratégicos. En los próximos tiempos muchas organizaciones tal vez desaparezcan o comprueben la ausencia de razones para ser. Lo importante es que cuando el arte y la cultura española salgan de esta situación, los públicos sean más y más fieles. Porque lo que debemos conseguir es que las gentes –muchas y nuevas gentes- sientan que la cultura les acompaña en este tramo duro de sus vidas, con calidad y buen hacer. Que con alimento espiritual del bueno las penas son menos y el futuro más cercano. Es una nueva oportunidad que no podemos desaprovechar.

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