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Los culpables nunca pagan: ¿Les dejamos?

aqui-no-paga-nadieLa famosa y excelente obra teatral de Darío Fo, Aquí no paga nadie, debería ser traducida en España con un nuevo título Los culpables nunca pagan. Una metáfora nada poética de la realidad que afecta a “nuestros” culpables: ¿Les dejamos?

La catástrofe del petrolero Prestige, que ensució nuestras costas tanto como ayudó a educar nuestra conciencia frente al maltrato del medio ambiente, queda sin responsables para el juez, que ha tardado 10 años de vellón en dictar el insulto. Los miles de millones gastados saldrán del bolsillo de los ciudadanos.

La banca, y en primer lugar las cajas de ahorros, causante primera de la crisis junto a los inmobiliarios sin conciencia y especuladores con bigote, recibieron 36.000 millones de euros para salvar el incendio que habían provocado, para librarles de su propia quema. Nos juraron desde el gobierno que la pagarían ellos, los causantes malos, pero ahora sabemos que la cuenta se saldará desde el bolsillo exhausto de los ciudadanos: con más recortes, con más paro, con más vergüenza.

La huelga de empleados de la limpieza de Madrid, provocada por un modelo de privatización bárbaro que alienta a las empresas y contratas al máximo beneficio y recorte, y que les impulsa en vuelo libre a despedir y a hacer cada vez peor su servicio para mantener e incrementar beneficios, ha dejado más millones en la cuenta de deudas. Esta también será pagada, indefectiblemente, por los ciudadanos.

Pasa lo mismo con las privatizaciones en otros ámbitos, como la sanidad o la cultura, hechas no con el propósito de mejorar la gestión del servicio o la satisfacción de los usuarios, sino con el único objetivo de reducir costes y hacer negocio ajeno, privado. En los Presupuestos Generales del Ayuntamiento madrileño para 2014, el nuevo responsable de Madrid Destino, la empresa pública que gestiona servicios culturales, define como su criterio “empresarial” -es transcripción textual-: “… no realizar ninguna actividad si no genera  un ingreso equivalente por lo menos, al coste real del servicio o actividad realizado…”. El coste social de perder servicios culturales –ahora ya concebidos solamente como negocio- lo pagarán los ciudadanos. Una sociedad con menos y peores servicios tal vez haga ricas a algunas empresas y personas, pero con total seguridad hará menos ciudadanía, y a los ciudadanos, seres menos orgullosos de pertenecer a una colectividad que les maltrata.

En España, la “cultura” de la responsabilidad es inexistente (perdonen la polisemia del término “cultura”, pero ustedes me entienden). NADIE, aunque haya sido cogido con las manos dentro de la masa ajena, reconoce que robó, dilapidó, malversó, o, simplemente, erró. NADIE, por tanto, reconoce responsabilidad propia en la mala marcha de la empresa, de la economía o de su departamento; en el choque, aunque sea el conductor. No conozco a nadie, no sé de nadie que haya asumido motu proprio su responsabilidad y haya entregado a los ciudadanos su propia cabeza. Salvo Juan Carlos I cuando dijo aquello de “Lo siento, me he equivocado, no volverá a suceder.” No cundió el ejemplo, claro.

Nos merecemos lo que nos ocurre. No tenemos responsabilidad en el saqueo, ni en el desastre de tantas cajas de ahorro, ni de empresas inmobiliarias hienas, es cierto. Pero sí podríamos no emular los modelos de irresponsabilidad que avergüenzan el alma. Pero sí podemos dar la espalda con el voto a los mangantes. Pero sí podemos ser autocríticos con cómo se han hecho las cosas durante décadas; y se siguen haciendo. También en el Arte y la Cultura. Y tomar medidas.

Necesitamos una nueva cultura social ética, solidaria, que se avergüence de lo inmoral y que se sienta orgullosa del bien público. Sin ella será imposible limpiar a tanto político, funcionario, empresario o, también, compañero de trabajo, que concibe el mundo como territorio de rapiña.

Las gentes que trabajan en los servicios –sanidad, educación, transporte, cultura…- tienen una responsabilidad añadida en la generación de esa conciencia ética imprescindible para el cambio: la de hacer su trabajo con la máxima calidad, aportando valor añadido constantemente para que los servicios no sean considerados un mero negocio sino la expresión de una sociedad digna, solidaria, mejor. Y esa conciencia ética, esa práctica ética se construye a poquitos, cada día, con gestos que hagan del espacio común el territorio cuidado por todos porque es de todos. De ahí sale la fuerza colectiva para defender el bien común frente a la rapiña. De ahí sale el cambio.

 

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Patrocinio sí, pero con alma

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Hace apenas dos años, Telefónica, una de las principales empresas españolas, anunció el despido de 6.400 trabajadores, el 20% de su plantilla en España. Al día siguiente, comunicaba la decisión de aportar bonus millonarios para sus directivos. En 2010, Telefónica había obtenido 10.000 millones de euros de beneficios. Telefónica tiene numerosos programas de intervención en las áreas educativa, cultural y del conocimiento.

¿De que vale su acción en el ámbito de la cultura o de la educación? La impostura, la ausencia de ética es tan clamorosa que conviene tomar aire antes de seguir escribiendo.

Llevamos años reclamando una Ley de Patrocinio que incentive a las empresas a aportar fondos en favor de la cultura y otras necesidades sociales. A cambio de mejorar su imagen y obtener jugosos descuentos en sus impuestos, los dineros empresariales taparían el deshonesto abandono del Estado del territorio de lo social. Pero el patrocinio -y la futura  Ley de Patrocinio- no debe mirar para otro lado ante situaciones, ante funcionamientos empresariales como el que comentamos y que son el pan nuestro de cada día.

Este caso pone el dedo sobre la verdadera llaga de la economía, la política y, sí, de su relación con la cultura de nuestro país: la clamorosa ausencia de ética.

Porque la principal responsabilidad de una empresa es defender a sus trabajadores, cuidar y bien tratar a quienes producen su fuerza empresarial. Y solo cuando su defensa está garantizada puede acometer tareas de RSC. Si no es así, esas tareas deben ser consideradas humo, mentiras, rimmel. La mejora de la productividad, verdadero dios nuevo al que se encomiendan la política y la economía contemporáneas, no puede excusar despidos masivos en épocas de crisis mientras se obtienen beneficios innúmeros y se reparten bonus a los despedidores sin conciencia.

En la Cultura debemos privilegiar la relación con empresas con alma. En Cultura, exigimos que la colaboración de las empresas en proyectos sociales y culturales lo sea a partir de una gestión ética en la que su principal aportación a la sociedad sea un modelo justo y no rufianesco.

Hoy más que nunca los ciudadanos necesitamos esperanza, y ésta solo está en la justicia. Los ciudadanos necesitamos alegría, y la alegría se halla en la lucha contra la injusticia, en la solidaridad con los otros en tiempos difíciles. La alegría nace de hacer bien las cosas, de cultivar con afecto y excelencia el pequeño fragmento del universo que nos ha sido dado en responsabilidad. Con patrocinio o sin él.

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Contra codicia, transparencia. Y abucheos.

Mi madre, riojana de pura cepa y de raigambre popular, llamaba “mamaduras” a aquello que los listos se llevaban “a mayores”, después de cobrarse lo que les correspondía en justicia. Algo así como seguir chupando del bote aunque no te toque hacerlo. Algo así como cuando el cachorro fuertote le quita su ración de leche al hermano débil.

Viene esto a cuento porque la transparencia total, cristalina, debe llegar a los cargos públicos, y en lo que nos corresponde, a los dependientes de Cultura. No basta que los procesos de selección sean abiertos, sometidos a decisiones tasadas y mediante contratos programa. Es imprescindible que la gestión diaria esté disponible libremente a los ojos de los ciudadanos. Es la mejor manera –probablemente la única- para que no se produzcan abusos. Por ejemplo, es público que todos los directores de los grandes centros dramáticos y teatros públicos han venido cobrando un salario nada desdeñable por su dedicación en principio exclusiva al cargo. Igualmente conocido es que los mismos directores han cobrado también por las direcciones de cada una de las obras cuya responsabilidad artística asumían, incluidas las obras producidas por empresas privadas fuera de su teatro. (No sé si, por ejemplo, en Follies, su director cobra como actor, además. Todo es posible.)

No sé si es legal cobrar por dirigir obras, o impartir conferencias o talleres mientras sigues cobrando la dedicación exclusiva. Desde luego no es ético. Desde luego no es solidario con la que está cayendo. Desde luego no es presentable. Esto no solo debe afectar a la Cultura, claro. Si alguien asume una responsabilidad de alto nivel, no debe compatibilizarla con consejos de administración remunerados (los casos de cajas, bancos y empresas públicas producen vergüenza por la indignidad acumulada), ni con tareas por las que cobra “a mayores”, si son propias del cargo y acometidas en tiempo de su dedicación a la tarea pública.

Si uno asume la dirección del Teatro Real, del Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Prado, o el Teatro Español, no debe compatibilizarla con otras dedicaciones que le resten tiempo y por las que cobre añadidos, de la propia institución o de empresas privadas. No es digno, no es ético, no es solidario.

Para eso vale la transparencia, para escrutar. Pero la transparencia, para que sea útil, exige a quien observa, a quien analiza, una mirada cargada de ética, una mirada no complaciente con la corrupción ni con la codicia, que acechan siempre la acción pública en las democracias.

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