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Viva el Circo del Sol, a pesar de las palomitas

Estoy preparando un post de cierre de este año que tantos quebraderos ha producido en las cabezas de tantos. Pero ayer estuve viendo a Cirque du Soleil y no me resisto a decir un par de cosas.

La primera es la calidad de la experiencia artística vivida. Ni los casi cien metros que me separaban de la acción consiguieron que me despistara de lo que ocurría en el escenario, tal era la belleza, la armonía, la originalidad de lo que estaba degustando. La búsqueda de la máxima calidad artística es su sello y es un ejemplo a seguir por cuantos se dedican a la creación escénica. Rehuir la chapuza y el ombliguismo y orientar la creación a la satisfacción del espectador. Sin vergüenza.

La cruz de la estancia en el Madrid Arena, fue la sensación impuesta de ser un saco de euros del que todos querían llevarse su parte. Palomitas a 5,00 € -no había otra cosa-, y refrescos de grifo a 3,50 € son insultos a la dignidad del espectador. Que sin aportar valor añadido alguno se incremente el precio de un producto un 3.000 %, transmite el escaso respeto por quienes han pagado una media de 70,00 € por el espectáculo.

El “viaje” del espectador, y por lo tanto su nivel de satisfacción, depende no solamente de lo que ocurre en el escenario, sino de cuanto acontece a su alrededor, desde que recoge información a través de la web, hasta que llega a casa: el aparcamiento, la cena, el precio y las ofertas, la comodidad de las butacas, la atención de los empleados del teatro, los lavabos, o cómo te resuelven que se te rompa la falda.

Que seamos muchos los espectadores no es excusa. Al contrario, incrementa todavía más la obligación de las organizaciones culturales de dar un tratamiento individual y amable, de ofrecer un viaje inolvidable, sin que ninguna pequeña falla lo enturbie.

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Una jornada particular

Carlo M. Cipolla, un historiador de la Economía a quien considero un maestro, escribió hace más de veinte años un libro, Allegro ma non tropo, que contenía un opúsculo imprescindible titulado Leyes universales de la estupidez humana. Se lo recomiendo encarecidamente. Una anécdota me las ha recordado en relación al olímpico desprecio que se acumula en nuestro  país por la experiencia, el talento, el conocimiento. Me explico.

El pasado domingo asistí a una comida en que casualmente coincidí con gentes muy diversas; un encuentro de esos en los que la observación y la escucha causan placer si estás dispuesto a la empatía, al aprendizaje del otro. Allí estaban, entre otras, dos personas con un pasado relevante que hoy, por cómo resolvemos en España nuestra relación con el pasado, son desocupados: Eduardo Pérez, productor de TVE sometido al ERE y Francisco Tomey, que fue durante muchos años persona de referencia en la política de Castilla La Mancha y de Guadalajara en particular. Ambos se quejaban de que su experiencia, sus conocimientos adquiridos a lo largo de mucho tiempo, no sirvieran hoy a ninguna causa útil.

El caso de TVE –uno de los ámbitos relevantes de la comunicación y la cultura– es paradigmático en muchos sentidos porque excluyó de su futuro a centenares de buenos profesionales en la cincuentena en perfecto estado de revista, ofreciéndoles una jubilación forzosa que nada tenia de jubilosa, y que despreciaba el conocimiento acumulado. Rafael Herrero, otro sufridor del ERE televisivo, me hablaba de ello hace unos meses. Prescindir del conocimiento para abaratar costes es una política tan extraordinariamente chata, tan corta de recorrido, que la pagaremos, sin duda, en un plazo de tiempo no muy largo. El, en sus más amplias y diversas formas, es el mayor patrimonio en el que afirmar y asentar el futuro, cuando quienes la poseen están dispuestos a seguir empleándola en la vida social y económica. Tal vez lo nuevo en nuestro país sería actuar conforme a esa afirmación. El conocimiento siempre es apuesta de futuro, herramienta clave para su construcción. En el mundo económico, es elemento esencial de la diferencia competitiva. Por eso es necesario hacer de los senior una fuerza ganada, no una fuerza perdida.

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