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La Guindalera y el ecosistema escénico

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La Guindalera, la coqueta sala teatral del barrio del mismo nombre, del distrito de Salamanca de Madrid, anuncia su cierre como sala de exhibición.

Ante las dificultades, crecientes hasta lo insalvable, Juan Pastor y Teresa Valentín, la pareja de luchadores que encabeza el proyecto, ha decidido mantener La Guindalera como centro de creación y cerrar la sala al público, insostenible con su cuidadoso y exquisito modelo de programación y gestión, alejado de la explotación intensiva y la desprofesionalización.

Sé que la vida incorpora su contrario, lo mismo que la salud y el éxito. A estas alturas del partido uno sabe que los nacimientos son acompañados por las despedidas; despedidas y natalicios que configuran un nuevo equilibrio en ese inestable empate de la vida. En nuestro caso, del ecosistema cultural. Muere esta bella sala –al menos se cierra al público provisionalmente-, como hace apenas dos meses murió la Sala Biribó, o se ha despedido hace unos día Kubik, y al tiempo nace el nuevo proyecto de Miguel del Arco, Israel Elejalde, Aitor Tejada y Jordi Buxó, Teatro Kamikaze en el viejo Pavón.

Yo quisiera que el ecosistema cultural español disfrutara de un equilibrio en el que cada vez fuesen más los que lo conforman, y más activos y más longevos; que hubiese más compañías, más librerías y editoriales, más museos, más orquestas y auditorios…, y más públicos que les dieran vida. Y que La Guindalera, Kubik, Biribó, y tantas otras salas siguieran o renacieran. Ello significaría que los ciudadanos leen más, ven más cine, acuden más al teatro y alimentan su alma con más música, y exposiciones. Desde mi creencia en el benéfico sentido del arte para el ser humano, sería la constatación de que la belleza va venciendo al lado oscuro de la vida.

De hecho, muchos de nosotros trabajamos cotidianamente desde nuestras actividades por hacer del arte y la cultura un alimento necesario y diario de las gentes que quieran y puedan mirar al cielo, o, al menos, más allá de lo que se ve a simple vista. Discrepo con Juan Pastor en esto. Ellos, los artífices de La Guindalera, no son un verso suelto en la profesión, que busca la independencia y la dignidad… Están acompañados de otros muchos que pelean día a día su independencia, la calidad de sus trabajos, la dignidad laboral de sus producciones… En realidad, la situación ha forzado a que este sector esté plagado de versos sueltos, eso sí, con muy diversa fortuna.

En su carta de despedida, Juan responsabiliza a las instituciones del descuido con que descuida el arte y la cultura, pero no cae en la tentación de echar toda la culpa en el mismo saco. Porque el ecosistema, por propia definición es fluctuante y por propia esencia altera sus proporciones internas e incluso sus componentes sin que como tal cambie. La Guindalera ha realizado en sus trece años de vida hasta ahora un excelente trabajo de creación, de exhibición, de atención a los públicos, de dignificación profesional y laboral de sus espectáculos. De varios modos, constituyen un ejemplo a seguir. Tenemos la enorme suerte de que el motor humano de ese proyecto está ahí, absolutamente vivo y dinámico, dispuesto y preparado para ofrecer extraordinarias puestas en escena y a mantenerse como un espacio de creación. Formando parte del ecosistema desde otra posición, con otra aportación. Estoy seguro de que van a encontrar su hueco y espero y deseo que la vida sea menos áspera con ellos en esta nueva etapa. Se lo merecen.

 

NOTA: Vuelvo de la presentación de Teatro Kamikaze en el Pavón, y la energía positiva y la ambición de este proyecto escénico empresarial demanda un post. En unos días.

 

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Dadle poder a los soviets… artísticos

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En tiempos difíciles, la existencia de organizaciones que atesoran la capacidad de innovar y hacen de ella y de la creatividad a contracorriente su seña de identidad, es un lujo del que el sector cultural no debe ni puede prescindir. Creatividad artística, creatividad organizacional, creatividad en las relaciones con el público. Investigación y Desarrollo.

Pequeños museos que investigan y aplican fórmulas de relación novedosas con sus usuarios, y cómo presentar sus contenidos con fórmulas renovadas, diversas, enriquecedoras para su público; pequeñas organizaciones artísticas que buscan y rebuscan en sus propias habilidades y en las necesidades sociales para encontrar ese nicho que genere valor y satisfaga a sus clientes; salas de teatro “alternativas” que producen contra viento y marea nuevas puestas en escena y, además de levantar la mirada de sus públicos hacia el horizonte, establecen con ellos una relación más democrática, proponiéndoles un papel co-protagonista. Son algunos ejemplos. Me detengo en el último, que conozco mejor.

¿Qué aportan a la renovación escénica y a la de las organizaciones y sus métodos la Cuarta Pared, El Sol de York, Guindalera, Tribueñe, Kubik, Teatro del Barrio, La Casa de la Portera…, y tantas otras? Veamos algunas contribuciones:

Primera, la incorporación misma a su estrategia de esa tarea de I+D, que consiste en buscar en los límites lejanos el propio perfil, el modelo más sostenible de relación con su público y con sus financiadores, la fórmula más eficiente de gestionar la creación en tiempos duros. La estrategia no puede ser ya simplemente mostrar y exhibir resultados artísticos. La estrategia es ser diferente en los procesos y original, genuino, en los resultados. Y ellas lo persiguen.

En segundo lugar, aportan un nuevo modelo de relaciones con su público y con el entorno. Las organizaciones pequeñas están descubriendo nuevos caminos, elegidos, definidos y construidos por ellas mismas, y alejados de la sombra de los poderes públicos que hasta ahora los sostenían y tutorizaban. Los ejemplos de Kubik, de Guindalera, de Cuarta Pared, tanto por las políticas de lealtad que refuerzan su supervivencia a través de sus socios y amigos, como por su anclaje en un territorio –el barrio- que actúa de ecosistema bueno y favorecedor de viabilidades.

Y en tercer lugar, son auténticos laboratorios de creación que permiten a otras compañías y asumen las mismas titulares de la sala, riesgos impensables en otros espacios más volcados a la seguridad de lo conocido y cien veces recorrido. ¿Cómo crecer y explorar en textos, propuestas dramatúrgicas, lenguajes escénicos, si no es en esas salas?

Los actuales centros dramáticos públicos han traicionado conscientemente su tarea de ser guardianes de la innovación, porque sus exigentes directores políticos les conminan a que sus propuestas, su programación, sean rentables económicamente.

Asumido por ello que los poderes políticos abandonan la preocupación por ser rentables social y culturalmente, queda a los pequeños espacios acoger los procesos creativos que iluminen futuros otros.

Tan solo queda, además, reclamar un estatuto legal, económico, laboral e impositivo diferente, flexible y beneficioso para estas salas –y para quienes trabajan y/o exhiben en ellas- que les permitan seguir constituidos en referente de la renovación y la innovación. En referente de mañana.

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