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El Pavón Teatro Kamikaze. ¡Qué bello es nacer!


Nacer es una de las cosas bellas de la vida. Hacerlo ya de adulto incorpora, además, la conciencia del propio parto. Porque, en muchas ocasiones, uno mismo decide cómo, cuándo, qué, dónde… Eso hace que el reto y la responsabilidad sobre el propio alumbramiento sea casi total. Nacer así hace fácil creer en la capacidad de los ecosistemas para auto-regularse. Los padres de la criatura son en este caso Miguel del Arco, Aitor Tejada, Israel Elejalde y Jordi Buxó.

El Pavón Teatro Kamikaze ha nacido, y hoy, 8 de septiembre de 2016, se enfrenta a su primer acto público: el estreno oficial de su primera producción, Idiota, nacida para ese espacio que tanta historia acumula.

En su web, esta declaración de intenciones: “El Teatro Kamikaze es libertad, reflexión, entretenimiento, compromiso, vértigo e intuición. Es un espacio físico y emocional en el que vivir la experiencia integral del teatro. Aunando bajo un mismo techo lo mejor de la gestión pública y de la privada, en El Pavón tendrán cabida de la mañana a la noche lecturas, ensayos, conferencias, presentaciones, formación y educación, tertulias y disfrute, investigación y todo tipo de actividades y experiencias, además de una programación estable de calidad, propia y externa, nacional y extranjera. Tan viva como nuestro teatro.”

El reto de PTK es enorme, porque consiste en crear un nido expansivo y estable para un tipo de creaciones escénicas acogidas hasta ahora en lo esencial en espacios públicos y en giras, y para las que han contado con una notable financiación pública en forma de coproducciones. El reto es mantener la enorme calidad diferencial de sus creaciones y hacerlas, primero sostenibles y luego rentables, con mucho más público, y con otros públicos. ¿Quién dijo miedo? Los kamikazes conviven con él.

El reto, también, es llenar un teatro y sus múltiples recovecos de vida, con nuevas y diversas ofertas, escénicas, experienciales, formativas, culturales y de ocio. El reto es hacer del nuevo Pavón Kamikaze un lugar de referencia para la cultura madrileña y más allá.Partiendo, además, de ser referente para el propio barrio que lo acoge. Miguel del Arco dice que con la historia colectiva que les avala, era lógico “buscar una casa donde establecernos y redondear nuestra aspiración de ser una compañía estable”. Tener una casa, y, en fin, mantener sus puertas abiertas.

Para tener éxito en la tarea, la gestión, la parte de atrás del funcionamiento del arte, es fundamental. El timón, la carta de navegación y las calderas, alineados.

En primer lugar, las políticas de programación, que como se mencionó en el acto de presentación del proyecto el pasado mes de julio, han de ser abiertas pero sin perder las referencias que dan personalidad a PTK, y que doten al espacio de sello propio. Un sello en el que el concepto de repertorio adquiera novedosos matices.

En segundo lugar, las políticas de desarrollo de audiencias, orientadas a conectar con el público, escucharlo y atenderlo. Estar atentos a los “clientes”, a la tierra al fin, es la clave de sostenibilidad de un proyecto artístico. Y más allá,  PTK ha de estar atento a la sociedad, porque lo que hacen pierde buena parte de su sentido si no llega mucho más allá de sí mismos y de su propio pasado.

En tercer lugar, una política de captación y gestión de los recursos que conjugue las normas de gestión privadas y la autonomía financiera, con los principios, con la función social inherente al teatro. Ser libres en una sociedad capitalista requiere una enorme habilidad, también ética, para conjugar todos los verbos de la gestión: marketing, patrocinio, comunicación, redes…

Para todo esto, Teatro Kamikaze no parte de cero en su nueva andadura, ni mucho menos.Tienen una trayectoria creativa de calidad, éxito, premios y reconocimiento. Un pasado sobre el que se acumula un enorme crédito y que hace que muchas personas confíen en su apuesta. El nuevo proyecto va a contar con docenas, con cientos de personas que les van a apoyar y sostener, imprescindibles compañeros de viaje de los primeros y más duros meses.

Los gestores del proyecto kamikaze asumen en el mismo  paquete que el propio teatro, una cierta responsabilidad de liderazgo. Porque son una pieza más, pero diferente ya, y por ello esencial,en el ecosistema teatral y cultural madrileño.Y por posición, origen y discurso han de ser conscientes de que pueden y deben asumir en el medio plazo un papel de referencia y liderazgo en el conjunto, jugando a la colaboración y el apoyo a las piezas débiles del sistema, implementando medidas que introduzcan pequeños cambios ejemplarizantes en la mecánica y la gestión teatral, a menudo arcaica de la escena de la capital. Pequeños cambios que demuestren que los cambios grandes son posibles. (Brindo por su decisión de ir acabando con las invitaciones poniéndoles un mínimo precio que sirva para promover con esa recaudación proyectos de desarrollo cultural).

Sé que los kamikazes resistirán a los cantos de sirena del poder y conservarán su autonomía; sé que mantendrán la cordura frente a la adulación y el exceso de afecto y devoción. Sé que no perderán el viento de popa y que pondrán el timón orientado a la calidad y al público.

Un “viento divino” me ha tocado y me he hecho kamikaze; ahora espero ilusionado mi carné. Y bien saben los dioses lo poco que me gustan los carnés. Pero creo que para que la cultura en nuestro país alcance brillo, para que se desarrolle y sea patrimonio del todo social, para hacer una muralla buena frente a la barbarie, hacen falta muchas manos. Tráiganmelas. La manos kamikazes son muy bienvenidas.

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La Guindalera y el ecosistema escénico

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La Guindalera, la coqueta sala teatral del barrio del mismo nombre, del distrito de Salamanca de Madrid, anuncia su cierre como sala de exhibición.

Ante las dificultades, crecientes hasta lo insalvable, Juan Pastor y Teresa Valentín, la pareja de luchadores que encabeza el proyecto, ha decidido mantener La Guindalera como centro de creación y cerrar la sala al público, insostenible con su cuidadoso y exquisito modelo de programación y gestión, alejado de la explotación intensiva y la desprofesionalización.

Sé que la vida incorpora su contrario, lo mismo que la salud y el éxito. A estas alturas del partido uno sabe que los nacimientos son acompañados por las despedidas; despedidas y natalicios que configuran un nuevo equilibrio en ese inestable empate de la vida. En nuestro caso, del ecosistema cultural. Muere esta bella sala –al menos se cierra al público provisionalmente-, como hace apenas dos meses murió la Sala Biribó, o se ha despedido hace unos día Kubik, y al tiempo nace el nuevo proyecto de Miguel del Arco, Israel Elejalde, Aitor Tejada y Jordi Buxó, Teatro Kamikaze en el viejo Pavón.

Yo quisiera que el ecosistema cultural español disfrutara de un equilibrio en el que cada vez fuesen más los que lo conforman, y más activos y más longevos; que hubiese más compañías, más librerías y editoriales, más museos, más orquestas y auditorios…, y más públicos que les dieran vida. Y que La Guindalera, Kubik, Biribó, y tantas otras salas siguieran o renacieran. Ello significaría que los ciudadanos leen más, ven más cine, acuden más al teatro y alimentan su alma con más música, y exposiciones. Desde mi creencia en el benéfico sentido del arte para el ser humano, sería la constatación de que la belleza va venciendo al lado oscuro de la vida.

De hecho, muchos de nosotros trabajamos cotidianamente desde nuestras actividades por hacer del arte y la cultura un alimento necesario y diario de las gentes que quieran y puedan mirar al cielo, o, al menos, más allá de lo que se ve a simple vista. Discrepo con Juan Pastor en esto. Ellos, los artífices de La Guindalera, no son un verso suelto en la profesión, que busca la independencia y la dignidad… Están acompañados de otros muchos que pelean día a día su independencia, la calidad de sus trabajos, la dignidad laboral de sus producciones… En realidad, la situación ha forzado a que este sector esté plagado de versos sueltos, eso sí, con muy diversa fortuna.

En su carta de despedida, Juan responsabiliza a las instituciones del descuido con que descuida el arte y la cultura, pero no cae en la tentación de echar toda la culpa en el mismo saco. Porque el ecosistema, por propia definición es fluctuante y por propia esencia altera sus proporciones internas e incluso sus componentes sin que como tal cambie. La Guindalera ha realizado en sus trece años de vida hasta ahora un excelente trabajo de creación, de exhibición, de atención a los públicos, de dignificación profesional y laboral de sus espectáculos. De varios modos, constituyen un ejemplo a seguir. Tenemos la enorme suerte de que el motor humano de ese proyecto está ahí, absolutamente vivo y dinámico, dispuesto y preparado para ofrecer extraordinarias puestas en escena y a mantenerse como un espacio de creación. Formando parte del ecosistema desde otra posición, con otra aportación. Estoy seguro de que van a encontrar su hueco y espero y deseo que la vida sea menos áspera con ellos en esta nueva etapa. Se lo merecen.

 

NOTA: Vuelvo de la presentación de Teatro Kamikaze en el Pavón, y la energía positiva y la ambición de este proyecto escénico empresarial demanda un post. En unos días.

 

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Miguel del Arco y la zarzuela: ¡Cómo está Madriz!

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“Stay hungry, stay foolish.”

La puesta en escena de ¡Cómo está Madriz!, ha causado un maremoto lírico sobre el que conviene reflexionar desde la perspectiva de los públicos, del desarrollo de audiencias.

Miguel del Arco, al que siempre hay que reconocer hambre de cambios y valor para capitanearlos, ha montado un espectáculo zarzuelero difícil de olvidar. Dos piezas de finales del XIX –La Gran Vía y El año pasado por agua– unidas con nuevos textos, traídas al hoy más rabioso y puestas en escena sin complejos y rebosando humor. Bueno, hay que recordar que las obras de Chueca y Valverde ya eran críticas y satíricas en su momento, como lo era buena parte del género chico. Como anécdota recordemos que Nietsche, sí, Don Federico, cuando escuchó La Gran Vía en Turín quedó prendado de la opereta, y del valor y la genialidad inclasificable del número musical de “Los ratas”.

Difícil, muy difícil no pasarlo bien con este “experimento” y no encontrar referencias al presente de las que ayudan a interpretarlo…, y a comprobar que hace casi ciento cincuenta años buena parte de los problemas de corrupción –general y municipal- estaban bien presentes en Madriz.

Claro que esa visión ha molestado –a veces hasta el extremo- al público habitual de zarzuela, acostumbrado al gusto de la repetición del repertorio sin cambios o con leves y cosméticas modificaciones. Un público que podríamos decir de siempre y que los estudios demoscópicos ubican en la franja de edad superior a los 60 años. Un público que tiene sus derechos, que conoce perfectamente el repertorio y que es fiel a él. Pero un público progresivamente más escaso, y cuyo número cada vez justifica menos la pervivencia del género.

Lo que han hecho Del Arco y el Teatro de La Zarzuela, podría ser analizado desde la perspectiva de la gestión de públicos. Uno de los objetivos del desarrollo de audiencias, como herramienta fundamental del marketing de Las Artes, es el aumento de espectadores y en particular el acercamiento de nuevos y más jóvenes públicos, y el mayor consumo e implicación de los actuales. Incluso asumiendo que la oferta de programación de zarzuela, y otras expresiones escénicas, forma parte de un servicio público recogido en la Constitución, su legitimidad viene dada por el número de personas que lo utilizan. Así que todos cuantos amen la zarzuela y su pervivencia en el ecosistema escénico español, deben estar preocupados por el futuro de esa expresión, y por lo tanto del número de personas que la siguen.

Para los espectadores clásicos y los aficionados actuales, la defensa del repertorio es lo esencial. Para ellos la ampliación de la experiencia y la novedad que propone Del Arco generan incomodidad, y desasosiego, hasta el punto de que algunos de ellos abandonaban la sala e incluso boicotearon una de las funciones. El problema de fondo es que sin introducir novedades y alterar el modelo, sin una profunda innovación, lo que es seguro es que no se acercarán nuevos públicos.

La zarzuela –también otras expresiones- plantea a los nuevos y jóvenes públicos unas barreras históricas relacionadas con la edad (es cosa de “viejos”), los códigos formales de acceso (no es para “nosotros”), el tipo de oferta misma (es largo y aburrido) y hasta el precio (es muy caro). Para los hipotéticos nuevos espectadores, la zarzuela produce sin duda temor al aburrimiento, distancia por desconocimiento, y una barrera añadida, la falta de interés en el entorno social de los posibles y futuros clientes: menos del 3% de los espectadores van a la lírica al menos una vez al año.

Esas barreras hay que demolerlas sin piedad si se quiere abrir este género a nuevos y más jóvenes públicos. Le decía a Miguel del Arco cuando le felicitaba por su apasionada y apasionante propuesta que yo dudaba que pese al esfuerzo -y al esfuerzo continuado-, la zarzuela pudiera atraer al publico joven. Pero de lo que no tengo duda alguna es de que si no se hace ese esfuerzo, la zarzuela tiene fecha de caducidad, tal y como hoy la conocemos, en su formato escénico.

Si desde una institución pública, en realidad desde cualquier organización, se quieren incorporar nuevos públicos, hay que avanzar en varias direcciones. La primera es la oferta, que debe estar adaptada a la actualidad, con productos en los que se destaquen los vínculos con el presente, su utilidad, su placer, su divertimento… Son muchas las cosas que se pueden hacer en esta dirección y ¡Cómo está Madriz! propone con éxito algunas de ellas, a las que deben unirse los formatos, duraciones, protagonistas… Otra dirección es la forma de comunicarla, que ha de adecuarse a los mecanismos empleados por quienes queremos que vengan. Sistemas que sirven para que vengan los ya aficionados no serán útiles para los que no lo son. Las redes sociales pasan a ser capitales.

Cuidado, ya sabemos que cualquier política de programación lírica debe caminar con los pies del presente (los públicos actuales), y del futuro (los públicos que han de venir). Y los responsables de programación han de ofertar producciones nuevas, adaptadas y acordes a los nuevos códigos de recepción, al tiempo que han de defender el repertorio y conservar los públicos actuales.

A éstos últimos les queda defender el purismo sabiendo que pertenecen a la gloriosa estirpe del último mohicano, o que reciben con los brazos abiertos a los nuevos compañeros de asiento, aunque lleven rastas y sean sus hijos. O más bien por eso.

Ah, una última anécdota. Hace casi veinte años acudí a un debate internacional sobre producción organizado por SGAE. Un productor de musicales norteamericano, ante una pregunta sobre el incipiente éxito que en nuestro país estaba teniendo el género musical, dijo con énfasis que ellos habían tenido que crearlo pero que en España existía un género musical propio, característico y de calidad que solamente necesitaba ser adaptado y puesto al día: la zarzuela. Supongo que en aquel momento todos los asistentes tomamos como un piropo la respuesta y la olvidamos de inmediato. En España siempre hemos tendido a minusvalorar lo propio obnubilados por el glamour ajeno, convencidos de que somos un pueblo al que queda siempre largo trecho para ser desasnado. Si viajáramos algo más comprobaríamos que en todas partes cuecen asnos, pero que aquí lo publicitamos.

Pues eso, Miguel, como decía Steve Jobs haciéndose eco de la famosa frase del Whole Earth Catalog (¡1971!), stay hungry, stay foolish.

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