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Cuesta arriba y sin frenos… ¡No dejes de pedalear!

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La cultura y el arte, y el tejido organizativo y humano que las produce necesitan urgentemente facilidades para su labor.

Hace unos días acudí en el Espacio Labruc, a la inauguración de la exposición de Luis Lamadrid, un estupendo fotógrafo y creador audiovisual cuyas imágenes y conceptos mueven el cerebro, inquietan al espectador, lo cual es mucho. Un montón.

El Espacio Labruc es uno de los numerosos centros de creación y promoción del arte que florecen en Madrid en estos tiempos de ira y penurias. Porque, como le decía a su director, Ángel Málaga, la penuria no dificulta la creación, muy al contrario, a menudo la estimula; su efecto perverso tiene que ver con cosas prosaicas como el desayuno, la calefacción o los seguros sociales de sus impulsores. La dignidad material, vamos. Y es que en los últimos años se ha producido una eclosión creativa en Madrid, al calor (habría que decir a pesar del frío) de los brutales recortes a cultura, del IVAzo, y del profundo desafecto desde el que nuestros regidores han venido gobernando la cultura y el arte. Los espacios de exhibición teatral, pero también audiovisual o musical, se han multiplicado; las creaciones, contra lo previsible, se han multiplicado; los intentos de saltar la valla del recorte y la mala baba se han multiplicado; el valor se ha multiplicado.

Esta eclosión no solamente muestra un tejido cultural y artístico enérgico, apasionado y valeroso, inmune al desamor del poder y sensible al amor de los públicos; muestra palmariamente la existencia de un verdadero ejército de creadores decididos a sembrar futuro, a pesar de los pesares. Benditos sean todos ellos, incluso cuando sus creaciones no alcancen todas la excelencia. En la actual situación alcanzarla tendría la categoría de milagro. Y tampoco es eso.

Me contaba Ángel Málaga en Labruc –sala con capacidad para no más de cincuenta personas- las exigencias técnicas y de seguridad que las autoridades les imponen para darles los permisos de funcionamiento, del mismo tipo a las que se exigen a espacios comerciales y con una capacidad de espectadores muy superior. Madrid Arena ha tenido como consecuencia estos barros, que perjudican a los pequeños. Como si pasar a todos los creadores y salas por el lecho de Procusto fuera justo.

En mi opinión, el problema de fondo es que ningún gobierno, pasado o presente, del país, de las comunidades o municipal, ha apostado por apoyar y legislar a favor de la creación, de la pequeña especialmente, y del tejido organizativo y empresarial que la sostiene. Porque nada grande ha nacido grande y todo lo que ha llegado a serlo fue antes pequeño, frágil, débil, ilusionado por crecer.

Lo que tendrían que hacer los gobiernos, todos y a todos los niveles de la administración, es promover leyes favorecedoras de la creación y de las organizaciones creativas culturales y artísticas. Regar a toda esta multitud de creadores jóvenes y no tan jóvenes que pugnan por sembrar arte hoy, entre piedras. Los ministerios de Trabajo y Economía, los ayuntamientos, y consejerías, deben legislar en materia impositiva, de seguros sociales, de creación de empresas, de ayudas… para FACILITAR el funcionamiento de las nuevas organizaciones y proyectos artísticos, creando categorías específicas para el emprendimiento y los proyectos culturales. (Echemos un vistazo al modelo cooperativo argentino, por favor.) A los que empiezan hay que ponérselo fácil; a quienes apuestan por trabajar en sectores como la cultura, que aportan valor a la sociedad con un muy limitado retorno económico, hay que ponérselo fácil; a quienes por las características de su labor artística viven en situaciones inestables con trabajo hoy pero no mañana, hay que ponérselo fácil.

Ni siquiera a estas medidas legales, políticas y económicas cabe llamarles discriminación positiva. Simplemente explicitarían el deber constitucional, todavía vigente si no me he perdido algo, de que los poderes públicos promuevan la cultura. Y defiendan e impulsen a quienes la producen, añado.

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Creatividad y tijeras. 2: Se necesita un nuevo modelo

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Pues eso, que la creatividad grupal en nuestro país, necesita un nuevo modelo que favorezca el desarrollo de nuevos y jóvenes proyectos; y que combata con su propia altura la tijera y la auto-explotación. Es tan obviamente locura montar una sociedad limitada para un proyecto que durará un año en el mejor de los casos; es tan obstaculizador y generador de conflictos obligar a montar una empresa con todas las de la ley a un grupo de jóvenes en plena y bella fiebre artística…, que si desde el poder no se favorece un formato sencillo y por proyecto para dar cobijo a la creatividad de esos grupos o/y proyectos es porque no interesan nada; porque no se advierte el potencial de futuro que para un país tiene favorecer la creatividad.

Sin querer ser exhaustivo, ese nuevo modelo del que hablo debería incorporar los siguientes aspectos:

  1. Diferenciación de las producciones y actividades artísticas en función de tamaños, presupuestos, precios, espacios de exhibición y niveles de rentabilidad.
  2. Adecuación de los impuestos, retenciones y cotizaciones a la Seguridad Social, a esas diferentes realidades. Partiendo de la reducción del IVA -al menos a los niveles previos a la barbarie montorowertiana-, los productos, espacios y creaciones de un tamaño menor estarán absolutamente libres de impuestos, o verán reducidos al mínimo los pagos durante un tiempo que posibilite su subsistencia. Las retenciones y cotizaciones a la S.S. –no así los derechos- se reducirán para permitir que los procesos creativos jóvenes, producidos con pocos monises, destinados a públicos minoritarios o exhibidos en pequeñas salas…, trabajen legalmente.
  3. Los convenios han de cumplirse siempre, pero, para poder hacerlo, contendrán diversas categorías en función de las situaciones señaladas anteriormente. De tal modo que en los pequeños espacios o/y poyectos, al menos se cumplan los requisitos de trabajar con la Seguridad Social cubierta.
  4. Los modelos de producción y de constitución de empresas creativas se modificarán radicalmente, creando el modelo por proyecto para impulsar –facilitándola- la constitución legal de los nuevos equipos creativos, salas o producciones, pero sujetos a normas fiscales, de constitución, de pago de derechos de autor, etc, adecuados al escaso recorrido previo, a las expectativas y a la corta duración de su vida útil. Que para hacer una pequeña e imprevisible producción haya de crearse una empresa sociedad limitada es una estupidez y una maldad anti artística.

Ya, ya sé que éstas son apenas algunas de las medidas que habrían de tomarse, pero su virtud es que apuntan al corazón del mal: el arte no puede sujetarse exclusivamente a normas económicas del capitalismo duro.

Si estamos de acuerdo -que espero que lo estén incluso quienes rezongan al oírlo-, en que el arte y la cultura son necesarios en una sociedad de seres humanos libres; si estamos de acuerdo en que la bondad maravillos a del arte consiste en permite a los hombres expresar cosas bellas que de otra manera quedarían sin ser expresadas…, pongamos los medios para que ello sea posible.

Hasta hoy, los gobiernos se han limitado a financiar algunas expresiones pero tan solo han puesto dificultades a esa diferenciación que daría vida autónoma a los procesos nuevos, jóvenes, y a las creatividades en tiempos de tormenta. Los que vivimos.

 

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¡MADRID ACTIVA! Ciudadanos activos

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¡MADRID ACTIVA! es el programa del Área de Las Artes del Ayuntamiento de Madrid que ofrece actuaciones artísticas descentralizadas, acercando el arte allí donde viven los ciudadanos. Una aplicación práctica del concepto de proximidad cultural.

Este año, el Ayuntamiento, a través de MACSA (en plena reorganización, por cierto), ha encargado a elmuro la tarea de coordinar y organizar la programación. Doscientas nueve actuaciones de la máxima calidad y variedad, y casi otras cien actividades complementarias (cine, conferencias, talleres, presentación de libros…) conforman una oferta que, concentrada en tres meses, va a hacer de los distritos madrileños una explosión de actividad cultural, y en la que participan setenta artistas y compañías de artes escénicas y musicales.

Creo que es un reto privilegiado convertir un programa de actividad en algo más que una suma de actos o actuaciones. La programación para que sea útil y sirva a la tarea de la democratización cultural ha de responder a las necesidades de los vecinos, a sus expectativas, ha de organizarse de tal modo que favorezca el acercamiento de los públicos y su fidelización y la segmentación por edades, ámbitos de interés, espacios y horarios. La programación es una herramienta más de la s políticas culturales.

La presencia en el programa de Asier Etxeandía, Pepe Viyuela, Jorge Blas, El Chojín, Pablo Carbonell, Teatro Paraíso, Micomicón, Yllana, Mastretta, Morboria o El Brujo –entre otros muchos- encabezando una pléyade de artistas y compañías es, en sí misma, un mensaje nítido de que los derechos de acceso a la cultura no tienen nada que ver con el uso hoy habitual de los centros culturales como “entretenedores” de ciudadanos, y espacios de exhibición de menor calidad.

El programa pone en valor, también, a las once compañías residentes del ayuntamiento de Madrid, que tienen un peso muy relevante cuantitativa y cualitativamente en el conjunto. Se refrenda de este modo una ventaja de la que dispone Madrid y en la que es líder en España: la existencia de procesos creativos profesionales descentralizados mediante la fórmula de residencia en centros culturales.

Hoy, después de más de dos meses de trabajo intenso, casi desaforado, junto a Salvador Sanz y con la imprescindible colaboración de Carmen Muñoz, que conformamos el equipo inicial, me siento contento y orgulloso de poder estar en esta iniciativa que va en la dirección de construir ciudadanía mediante el arte y la cultura.

Volveré sobre el tema, informando más ampliamente en los próximos días.

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Cervantes, ¿para qué?

La realidad grita muchos temas a este blog: los recortes en el teatro de Cataluña, o las exitosas cifras de los espectáculos en vivo de esa misma comunidad, el ruido de La Gioconda revisitada, la muerte de la espléndida poeta Wislawa Szymborska, presente en el Kit de supervivencia elmuro para este año. No los escucho –a duras penas- y hago, además, un alto en el camino del patrocinio. Ya volveremos. Y me quedo con el Instituto Cervantes como tema elegido. Y sus atribuciones y disputas, claro.

El nuevo ministro de Exteriores reafirma su potestad sobre esa institución, puesta en duda días antes por el de la cosa cultural, José Ignacio Wert. En realidad la cuestión central no es la disciplina administrativa de la que depende: eso tan solo afecta al reparto del poder que tan afilados pone los dientes a algunos políticos. Lo realmente relevante es para qué va a emplear España esa magnífica herramienta con la que cuenta para multiplicar su presencia e influencia en el mundo.

El Cervantes es, hasta el momento, una red de centros operativos situados en países de habla no española, dedicados a potenciar y enseñar la lengua española y la cultura en español. Nada más y nada menos, sin duda, pero sus objetivos podrían ser mucho más ambiciosos estratégicamente. Porque para ello estamos en mejor posición que Alemania con su Instituto Goethe o Francia con su Alianza Francesa, que sin embargo disponen de presupuestos mucho mayores. Pero para ello debería definirse el papel de España en el mundo, definir nuestro perfil diferencial y apolíneo, tomar posición sobre cómo queremos que nos vean y qué podemos ofrecer a quienes nos miran. España es la lengua, la cultura, la historia y el arte, curiosas tradiciones por las que somos conocidos, turismo, gastronomía y un modo de vida envidiado en occidente; es sol, acceso libre a las playas, diversión; es Almodóvar, Plácido Domingo y Rafa Nadal; es el Madrid, el Barça y el jamón ibérico; es Tenerife y Miró, Sevilla y Salamanca, Picasso y los toros… Hasta el logotipo expresa hoy la cortedad de miras con que ha sido tratada esta institución: una eñe nos resume, para que vean ustedes.

¿A dónde quieres ir a parar, Robert? A que esos son los atributos que hemos de poner en valor en nuestra relación con el mundo; en los que debemos buscar la excelencia y la máxima satisfacción de quienes nos visiten; valores que nos configuran como un país en que la cultura –entendida esta vez muy ampliamente- es el signo diferencial; valores con unas extraordinarias implicaciones económicas en las que las empresas han de estar presentes. Voy a que el Cervantes tiene en ese plano máximas responsabilidades. El nombramiento del indiscutible Víctor García de la Concha, no parece ir en ese sentido, la verdad.

De la innombrable saldremos tarde o temprano, con más o menos heridas, pero saldremos mejor y durante más tiempo si hacemos de la cultura tal y como la he expresado, nuestra fuerza estratégica, lo que ofrecemos al universo mundo.

Menos disputas por el poder y abramos el horizonte del Cervantes para hacer de él una herramienta económica al servicio de un proyecto de país líder en el mundo en aquello que puede serlo.

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Patrocinio y fiscalidad, una pareja que da juego

La parte más debatida de las leyes de patrocinio suele ser los incentivos fiscales que promueven que empresas y particulares contribuyan a la financiación de la cultura.

En mi opinión los porcentajes de desgravación son relevantes, pero no tanto como se suele señalar. No olvidemos que la contribución de las empresas al patrocinio, reduce los impuestos de esas empresas, y por lo tanto la suma de ingresos globales que el Estado maneja. Por eso los incentivos fiscales deben estar al servicio de una política cultural global, como decíamos en el anterior post.

Ello quiere decir, que conviene ir a máximos en los incentivos para generalizar en las empresas la aportación de fondos privados a Cultura. Motivan mucho más y hacen que empresas poco sensibles a la Cultura, se planteen apoyarla. Los incentivos máximos juegan, en fin, un papel divulgador del papel de la empresa como financiador cultural.  Pero formar parte de una política cultural quiere decir también que  el modelo de incentivos que se apruebe, debe garantizar que ámbitos culturales y artísticos poco mediáticos, o minoritarios, reciban también el apoyo económico del mundo empresarial. Así que, dentro del escalado de incentivos, demos máximos beneficios fiscales para los patrocinios a proyectos de vanguardia  o innovadores, o a expresiones de difícil subsistencia. Porque la cultura sin diversidad no es cultura. Y las expresiones más mediáticas van a tener apoyos más fácilmente.

En esta misma dirección, otra fórmula de gran interés –a estudiar para incluirla en la futura Ley- es que una parte de la financiación privada sea, por ley, destinada a un fondo conjunto gestionado por el Estado o las instituciones públicas. Ello garantizaría que actividades que precisan ayuda para subsistir, gozaran también de los beneficios de una buena ley de patrocinio, dentro de una política cultural que los ciudadanos han elegido.

 Y una última cosa relacionada con los incentivos fiscales. Los ciudadanos, individualmente, también deberían poder  patrocinar la cultura y el arte y así debería recogerlo la nueva Ley. A través de pequeñas donaciones desgravables, sí. O, lo que es más revolucionario, a través de la desgravación por consumo. Así, el consumidor de arte, ese que llena teatros, compra libros, cine y música y asiste a exposiciones, vería recompensada y potenciada su fidelidad, su apoyo al arte.

En definitiva, necesitamos una Ley de Patrocinio, orientada a la sociedad, a los públicos, incluso más que a las empresas.

Y pronto el cuarto post dedicado al patrocinio –por el momento-. Pero antes, un paréntesis.

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¿Para qué una ley de Patrocinio? 2

La respuesta a esa pregunta, aparentemente chusca, tiene que ver con el modelo cultural que deseamos para España. La Constitución fija para las instituciones la tarea de promover la cultura como un servicio a los ciudadanos. Una tarea de enorme envergadura que no pueden ceder a terceros y a la que por lo tanto han de destinar establemente fondos suficientes en los Presupuestos Generales del estado y de cada una de sus instituciones.

Por otro lado, además de ser titulares de la propiedad de los espacios culturales públicos, las instituciones son responsables de fijar las líneas estratégicas de hacia dónde va la cultura; también las líneas maestras de la financiación de las artes. En este nuevo modelo mixto de financiación, alma de la nueva ley de patrocinio, las instituciones privadas, empresas, asociaciones y ciudadanos tienen la tarea de colaborar con el estado y contribuir a la financiación de la Culturapara el conjunto de la sociedad. En ese magma privado hay diversos y a veces confrontados intereses. Todos ellos deben estar representados y de algún modo salvaguardados. Porque la aportación de dinero desde las empresas ha de tener obviamente una gratificación, que debe estar establecida y delimitada por la ley. Y respetada por los medios de comunicación, que deben diferenciar el patrocinio de la publicidad, sin ocultar el primero para forzar la segunda.

Pero las aportaciones privadas a la cultura se inscriben en un modelo en el que las decisiones estratégicas sobre cultura las toma el Estado a través de gobiernos elegidos. Y es el Estado el que debe fijar periódicamente las líneas a apoyar preferentemente, mediante incentivos fiscales específicos a las líneas marcadas.

En definitiva, el patrocinio no debe servir a las instituciones para abandonar su responsabilidad política y económica en la cultura. Muy al contrario, es una nueva herramienta para incorporar a las políticas culturales. Porque ninguna ley de Patrocinio debe olvidar que su fin último es poner el arte al servicio de los ciudadanos y con ello hacer ciudadanía.

El viernes seguimos con el tema de los incentivos fiscales.

 

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Líneas rojas. 1

Me gusta la carga semántica de la expresión “líneas rojas”, como frontera de lo que no se debe en ningún caso hacer. Ya, ya, yo también hubiera preferido empezar el año hablando de otras cosas, por que lo de líneas rojas, da como mal rollito. Pero manda este nuevo año que viene mal encarado.

Bien, estamos en tiempos en que alguna línea roja hay que poner, porque si no es así se corre el riesgo de que en estos tiempos de reajuste –en realidad de abaratamiento de costes- pueda suprimirse cualquier mejora que la sociedad ha logrado en estas tres últimas décadas. Me sorprende, por ejemplo, que no existan líneas rojas en sanidad, educación o investigación, y que, por lo tanto, se estén reduciendo drásticamente los presupuestos destinados a la salud, a la formación y a la investigación/innovación, vía reducción, vía privatización, vía despidos. La perspicacia estratégica de nuestros dirigentes es tan tan escasa, que no se dan cuenta -o prefieren no hacerlo- de que des-invertir en algunos aspectos que tienen que ver con la cohesión social, la formación de las futuras generaciones de españoles, o la innovación estratégica y por tanto la competitividad, es el suicidio político y muestra de ceguera absoluta.

Menos rotondas innecesarias, por favor, menos aeropuertos de usar y cerrar, menos altos cargos, menos autovías y autopistas de peaje superfluas, menos tanques… Si me apuran mucho aceptaría hasta una reforma laboral -coyuntural- con contratos de bajo perfil siempre que ello acarreara sacar a la superficie ese 25% de economía sumergida que lastra a nuestro país. Seguramente en unos años buenos que vengan podremos reducir el retraso en esas partidas. Pero el retraso producido en sanidad, educación, cultura  y en investigación, tardará décadas en poder recuperarse. Líneas rojas, pues, en esas áreas.

El próximo post irá sobre cuáles son –en mi opinión- las líneas rojas en cultura.

Hasta entonces.

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Las cosas ocurren porque alguien las hace. ¡Hagámoslas!

El día en que comenzaba el invierno, celebrábamos en nuestra sede la presentación del KIT de supervivencia elmuro para 2012. Rodeado de amigos  y amigas que no se suelen perder un encuentro entrañable en torno a un jamón ibérico, era consciente de que el mensaje central del Kit –las cosas ocurren porque alguien las hace, no porque muchos se quejen– se enfrenta a un nuevo año verdaderamente canalla. Bueno, en realidad, para canallas canallas, los especuladores, ladrillistas y financieros desaprensivos que nos han llevado a este punto de no retorno. (Ante nuestra ausencia de acción, todo hay que decirlo).

La clave para sobrevivir es, probablemente, sonreír, ya ves. Pero eso sí…. al mismo tiempo hay que mantener fuertemente apretados los dientes y empujar decididamente hacia adelante, sabiendo que cuando acabe la batalla ya no seremos iguales. En 2012, lucharemos porque hay que luchar y defender el trabajo, el talento, la empresa o la familia; pero lucharemos también porque hay la posibilidad de que con ello seamos mejores y más fuertes. El esfuerzo, el sudor y alguna arruga en el alma será el pago para competir en la carrera. Siempre ha sido así. La naturaleza y la historia están plagadas de situaciones que lo ejemplifican e ilustran.

En estos momentos también puede salir lo mejor, claro. El espíritu pionero, la innovación imaginativa, la resistencia, la solidaridad, compartir esfuerzos y éxitos, sentir el sudor ajeno como propio, sentirse parte de un río que lleva a la humanidad a lugares más dignos… son pensamientos que animan a muchas personas en los momentos difíciles.

En cultura no lo tenemos peor. Bueno, un poco. Nuestros políticos han conseguido trasladar una idea nefasta a la sociedad y la sociedad ya casi la tiene comprada: que en tiempos de crisis la cultura es un lujo prescindible. Incultos políticos y cautos ciudadanos. La cultura, el arte, la literatura, la pintura, el teatro…, alimentan el alma. Y es el alma lo que introduce esa pequeña diferencia respecto a otros seres del reino animal. Por eso es tan importante que en la confrontación que se anuncia para estos próximos años, quienes hacemos, producimos, organizamos, exhibimos cultura, lideremos las fuerzas de lo mejor, de la acción, no de la queja.

Así que en cultura, apretemos los dientes, sonriamos y tiremos adelante haciendo mejor nuestro trabajo, con más calidad, con más entusiasmo y menos exigencias. Y si es necesario, simplemente porque sí. Y, además, apoyando cuanto haya que apoyar para defender que no sean los humildes quienes paguen las culpas de algunos desaprensivos estrategas.

Por lo demás, y salvo precisamente a los canallas, deseo que al resto de los mortales nos vaya bien en este 2012, moderadamente bien, en la vida y en el trabajo.

En el próximo post tocará ya meterse con las tareas concretas que en cultura tenemos planteadas para este próximo periodo. Hasta entonces.

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¿Abaratar o invertir en fracaso? A propósito de las “privatizaciones"

La situación lo acelera todo: Mariano Rajoy actúa ya de presidente de gobierno sin siquiera haberse reunido las Cortes generales. Ver para creer. La parte buena es que como la situación lo exige, da gusto verle trabajar aunque les cuente a otros y fuera lo que no nos contó a nosotros en casa.

Pero a lo nuestro, a la cultura. Releo el programa electoral del Partido Popular y dado que todo él rezuma el aroma de la ausencia de compromiso y de la inconcreción, encuentro muchos aspectos en los que exigir medidas y aclaraciones urgentes. Hoy me quedo con la necesidad imperiosa de llenar de carne el décimo punto, que reza así: “Diseñaremos, en colaboración con la iniciativa privada, políticas realistas y efectivas que garanticen la sostenibilidad de los numerosos equipamientos culturales distribuidos por toda la geografía nacional.” Si no entiendo mal, quiere decir que procederán a privatizar la gestión de teatros, auditorios y centros culturales. Soy de quienes piensa que la sociedad civil –asociaciones, ciudadanos, empresas…- ha de entrar en la gestión de lo público para democratizarla y abrirla a la sociedad, pero con la misma vehemencia defiendo que su entrada no debe estar al servicio exclusivo de abaratar costes, sino de mejorar la gestión y hacerla más satisfactoria para los públicos. Y sobre que ese sea el objetivo del PP –o del PSOE, cuidado- ya tengo muchas más dudas. Desfuncionarizar y reducir presupuestos puede aligerar el déficit de las instituciones, pero si a cambio se empobrecen los servicios y la calidad habremos hecho un flaquísimo servicio a la tarea constitucional de promover la cultura, que no es otra cosa que promover mejores ciudadanos. Abaratar, simplemente, es una de las mejores maneras de invertir en fracaso.

Por eso es el momento de recordar el tratamiento que la Constitución da a la cultura, y de pedir al PP que perfile y llene de contenidos su impreciso programa, y que para hacerlo escuche cuanto desde el sector podemos decirle. Sería una muestra de buena voluntad.

Ah, y transparencia, por favor.

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Po favó: una ley de financiación para el arte y la cultura…, ya (A propósito del puente de los Suspiros)

¿Por qué cuesta tanto aceptar el patrocinio artístico del arte y la cultura? No hablo de aceptar el dinero, que para eso teatros, museos, editoriales u orquestas siempre están prestos. Me refiero a aceptar el patrocinio, un modelo de financiación del que las dos partes han de sacar beneficios. En realidad lo que a una parte considerable de la sociedad le cuesta aceptar es la contrapartida, es decir, el beneficio publicitario del patrocinador. Porque todo el mundo estaría encantado de que empresas y fundaciones pagaran de su bolsillo las abundantes áreas desguarnecidas en estos tiempos invernales para la financiación de la cultura… a cambio de nada. Chit, chit, chit…, eso no está nada bien.

El maravilloso puente de los Suspiros, en Venecia, acaba de terminar su restauración: 3.000.000,00 de euros pagados por varias empresas (probablemente deberían haber pagado más). Durante los tres años de obras, diversos anuncios han cubierto los andamios que ocultaban la parafernalia albañileril. La comuna de Venecia no habría podido acometer esas obras –ni otras muchas pendientes- sin las aportaciones privadas, y sin embargo amplios sectores sienten como si se ensuciara el arte al ser tocado por los dineros de empresarios. Curioso, cuando ese es el modelo existente en la historia de la humanidad hasta bien avanzado el siglo XIX, momento en que los estados asumen en Europa una parte de las responsabilidades del cuidado del arte público.

Vendrán de nuevo tiempos en que el estado asuma sus responsabilidades en nombre de todos en amplios ámbitos hoy abandonados o en trance de serlo, por la malhadada crisis. Pero entre tanto, acojamos la aportación privada al arte con alegría y agradecimiento. Y con normas, claro. Porque no todo el monte debe ser orégano. Una Ley de financiación del arte y la cultura es la primera medida que ha de acometer el nuevo gobierno popular en cultura. Y hacerlo previa consulta al sector, que es el que conoce verdaderamente las necesidades de financiación.

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