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Elecciones 2016 y Cultura

PP-Ciudadanos

Los programas conservadores: parole, parole, parole.

Las propuestas electorales de los partidos políticos vienen recogidas en su programa, aunque muy rara vez los votantes las leen. Es probable que si lo hicieran críticamente, hasta los más fieles pondrían en duda su voto.

En dos entregas consecutivas analizaré sucintamente y a grandes rasgos las propuestas culturales de los dos bloques esenciales que a nivel nacional concurren a las elecciones bis del 26 de junio. En realidad bastaría que estos post indujeran a la lectura de los programas de cada fuerza. Sí, bastaría.

Reconozco abiertamente la profunda desgana que se apodera de mí ante programas que comienzan cada propuesta con términos como “impulsaremos”, “promoveremos”, “mejoraremos”, “fortaleceremos”… Tan a mentirijilla me suenan que me cuesta seguir leyéndolos. Los programas de Ciudadanos y el Partido Popular en Cultura están inundados de este tipo de expresiones que excluyen la concreción y el compromiso, que eluden la cuantificación y los plazos de cumplimiento. En mi opinión solamente deben tenerse en cuenta como propuestas ejecutables aquellas que comienzan con términos como “crearemos”, “rebajaremos”, “aprobaremos” o “reformaremos” (si se refiere a leyes y artículos concretos). Ya sabemos que incluso esas afirmaciones serán moderadas por el tiempo y la composición del Parlamento, pero al menos indican un nivel mayor de energía “verdadosa”. Pues bien de las 350 medidas que propone Ciudadanos en su Programa, 14 se dedican a Cultura (188 a 201, excluyo las medidas sobre RTVE) y de ellas las únicas con un cierto aire de compromiso son la recuperación del Ministerio de Cultura, la bajada del IVA al 10%, un estatuto para el artista y el creador, y medidas sobre la Propiedad Intelectual, aspecto que goza de la mayor concreción y en el que se compromete a la reforma de la actual Ley, a la creación de una Fiscalía especializada en delitos contra la propiedad intelectual, y a la aprobación de un Plan para la Protección de la Propiedad Intelectual y las Industrias Culturales. Ciertamente su primer punto en Cultura es “Impulsaremos un Acuerdo Político y Social por la Cultura”, pero, esta cantinela, susurrada en público por todos los partidos, es una evidente impostura: si no hay ni un amago de acuerdo antes de las elecciones –y no lo ha habido en las últimas décadas- es imposible que la Cultura forme parte de un acuerdo estratégico después. Entre los partidos políticos el mantra del Pacto por la Cultura solo será creíble cuando den pasos ciertos: lo demás son parole, parole, parole.

La cercanía de sus recientes años de gobierno hace que la evaluación del Programa cultural del Partido Popular (páginas 193-197) sea todavía más desesperanzada. Leerlo y ser atacado por la distancia o el enfado es todo uno. Porque en él términos como facilitar, impulsar, promover, fomentar…, tienen el peso leve de la más leve pluma: hablan de la nadería más frusleril, del saludo al sol como única estrategia. Más aún cuando ni se menciona derogar medidas tan perjudiciales como el IVA del 21%, o se hace luz de gas sobre su anterior compromiso de aprobar una Ley de Mecenazgo. Si lo concreto desaparece, lo que queda es nada. A la luz de lo hecho, ¿cómo se entienden afirmaciones de apoyo al Instituto Cervantes, al cine, a una Ley de Economía Creativa o al Estatuto del Creador? Desgraciadamente contra el PP está la carga de la prueba de sus años de gobierno, y eso es prácticamente imposible que la mayor parte del sector cultural lo pase por alto. Incluso podemos percibir el aliento de la amenaza en el punto en que dice que se compromete a mantener el tipo súper reducido para Libros, como si estuviera en peligro. ¿Lo está? Lean su programa.

Claro que puede haber otra interpretación a esta expresión difusa de las propuestas electorales: no concretamos porque ya lo hacemos y nos comprometemos en otros aspectos del programa, en temas mucho más importantes, y en Cultura haremos lo que podamos. No sé qué razón sería peor.

Por lo demás, creo que carece de sentido opinar de los programas políticos de los partidos sobre aspectos inconcretos, que no plantean compromisos de ejecución, que no están cuantificados ni presupuestados, y para los que además no se señala tiempo de ejecución. Hacerlo es hablar del viento en Marte. Racionalmente, todos entendemos que los programas electorales deberían ser compromisos que los partidos asumen para aplicarlos en la legislatura, y que el voto es el encargo concreto del cliente, al que no pueden defraudar. Bueno, eso sería lo lógico, aunque fruto de la experiencia que nos proporciona nuestra política de baja calidad democrática, los ciudadanos sabemos que el programa no es un compromiso sino la expresión ideológica de un anzuelo para el voto, al que los fieles, los esperanzados o los frustrados atienden sin siquiera leer la letra pequeña.

Como veremos, esta tendencia, aunque con otros componentes, está presente también en las otras corrientes políticas. Pero eso, mañaaaaaana. José Mota dixit.

Ah, no piensen que lo mío es tendenciosidad, apriorismo o voto contrario. De hecho hoy mismo debo decidir mi voto –lo hago por correo- y siento que nadie me enamora lo suficiente para darle mi sí. La desconfianza es un derecho, pero no debe llevar a la inacción. Porque, no se me va a olvidar decirlo, el voto más valioso de cada ciudadano ha de emitirse, puede emitirse, día a día, haciendo lo que cada uno pueda en su inmediato derredor por mejorar la calidad de nuestro entorno social, cultural, laboral… Ahí, el protagonista es uno, sin excusas que echar a la cara a nadie durante los cuatro años. La realidad la cambian las leyes…, y los ciudadanos.

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Debate en Teatros Luchana: hasta con medio Pactito por la Cultura nos vale

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En lo pequeño está el germen de toda belleza

Las elecciones bis están al caer y conviene que, superando desconfianzas y descreencias, nos apliquemos a la tarea de señalar con el dedo lo que debiera hacerse. Mirar a otro lado, dar la espalda a ególatras y narcisistas, que es lo que demanda el cuerpo tras estos seis meses perdidos, no es solución, no una buena solución.

El equipo de Teatros Luchana organizó el pasado lunes un debate de clarificación electoral para celebrar el primer aniversario de su nacimiento. Allí estábamos por la parte “civil” Berta Ojea, Jesús Cimarro y yo mismo; y por la política madrileña, Ángel Martínez Roger, Isabel González y Pablo Iglesias Simón (nunca el apellido materno fue tan necesario), representando al PSOE, PP y Podemos, respectivamente.

Del debate, pulido y modoso, poco se puede decir más allá de constatar que las palabras pueden con todo y que todos pueden decir muchas palabras, incluso muy parecidas palabras, sin que ello sea garantía alguna de que llegados al poder los decidores conviertan su verbo en hechos.

Si una idea revoloteó con cierta persistencia fue la del Pacto por la Cultura. La idea de que se produzca el milagro de que algo una a todos los partidos es seminal aunque al parecer con espermatozoides tirando a vagos. Yo, que como me afeó con gracia Martínez Roger, tiendo confesamente a poetizar, al Pacto lo llamo desde hace años Contrato Ciudadano por el Arte y la Cultura. El problema es que el concepto mismo de pacto es impensable en una situación política en que cada partido, para combatir al otro y hacerle luz de gas, utiliza hasta los kleenex.

Soy partidario de ir de lo pequeño a lo grande. O más bien, de apostar por lo pequeño para no perder la esperanza en lo grande. Lo grande es el CAMBIO, ese que impulsará la Cultura como motor de país (y el PACTO para lograrlo); lo pequeño es el pactito, incluso aunque sea un poco feo. Porque el pactito expresará que los partidos piensan y hacen en clave de bien común no de boquilla; expresará que por encima de discrepancias, se comprometen a que los acuerditos se ejecuten.

Y ahí va mi propuesta: que los partidos elijan de su propio programa electoral de Cultura, aquellas medidas comunes en las que podría haber o tejerse un acuerdo. No es necesario que sean muchas; no es necesario que sean muy importantes; lo imprescindible es que el acuerdo en torno a ellas, se lleve a la práctica por cualquiera de ellos si llega al gobierno (solo o acompañado). No vale que todos digan con la boca chica que quieren un Pacto por la Cultura. Solamente vale que hagan –antes de las elecciones- un pactito por la cultura en torno a uno, dos tres, cuatro puntos. ¡Por dios, no hace falta más! Porque suscribir un pactito de tres puntos y comprometerse a cumplirlo gobierne quien gobierne, aunque el contenido sea aparentemente nimio, expresará que el gran pacto es posible. Que el pacto que necesitamos, ese que se orienta a hacer de la cultura una seña de identidad de todos los ciudadanos y de todo el país, es posible.

Humildemente señalo cinco posibles temas para que nuestros políticos partidos elijan tres de ellos para comprometerse a concertar y cumplir. Excluyo la bajada del IVA, claro, por ser una reivindicación ya amortizada. 1) Leyes para que la gestión pública de la cultura, y la gestión privada de los servicios públicos culturales, estén regidos por la transparencia (concursos, ayudas, privatizaciones…); 2. Elección de todos los cargos de responsabilidad cultural por concurso y ejerciéndose mediante contrato programa; 3. Ley de Patrocinio y Mecenazgo (incluidos incentivos fiscales para el consumo cultural de los ciudadanos); 4 . Aprobación de normas que promuevan la participación ciudadana en la gestión de la Cultura (asociacionismo, fórmulas de gestión participativas, consejos municipales del arte y la cultura…); y 5. Promover y extender las residencias artísticas a todos los centros culturales y espacios públicos como fórmula de creación y democratización.

Ya, ya sé que estos puntos para muchos son minucia. Pero si no gustan estos tengo otros, como decía Groucho con sus principios, igual de buenos para un pactito.

Lo dicho, bastaría con que antes de las elecciones sacaran del debate electoral las diferencias políticas en Cultura y se comprometieran todos a un programa de cambios pequeño pero común. Dentro de cuatro años, podríamos subir otro peldaño en la escalera de hacer de la Cultura algo relevante en la vida de los ciudadanos.

Para ilustrar la relevancia de las actitudes para los pequeños acuerdos, no me resisto a recordar esa historia del explorador inglés que de vuelta de sus viajes por el África más remota relataba a sus compañeros de sociedad geográfica del momento en que se vio rodeado por cincuenta leones y cómo salió valientemente del paso en aquella comprometida situación. “Cincuenta”, repitió con sorna” uno de los contertulios. “Ciertamente no los conté, tal vez solo eran 25”, respondió el explorador. “¿Veinticinco leones?”. “Bueno, si nos ponemos exigentes con el número, preferiría reducir el número a cinco leones, bien grandes, por cierto.” El cada vez más desconfiado oyente, repitió en tono incrédulo la cifra última: “¿Cinco?” A lo que el explorador, sintiéndose ya acorralado, acertó malamente a contestar: “Bueno, bueno, no había leones, pero no saben ustedes lo que olía a león. Apestaba”.

Pues eso, que al menos en las próximas semanas huela a pactito. Y mi voto para quien se lo trabaje.

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