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De Fernando Bernués a Asier Etxeandia: Max, la casa grande del teatro

Como cuando le vi por primera vez en El intérprete, ayer, al salir de la ceremonia de los Premios Max, iba yo bailando por la calle esperando que mis pies me llevaran a no sé dónde, qué más daba después de asistir a una fiesta de lujo con un final feliz, energético y que te recuerda movimientos olvidados en las caderas del alma.

Sí, Asier Etxeandia, cerró con su famosa coreografía el encuentro de las artes escénicas de España. Un encuentro que mostró el estado de gracia creativo en el que se encuentra, y que plasmó su director, Fernando Bernués, con belleza y plasticidad a raudales con la danza como motivo permanente. Todo, la decoración, el uso del espacio, las coreografías y los intérpretes, la iluminación y los recursos audiovisuales, todo, brilló en el Price. La selección artística fue deslumbrante: un despliegue, casi una borrachera. La danza da mucho, más si es magnífica: Brodas Bros, Funamviolistas, Losdedae, Compañía Nacional de Danza, Kukai Dantza (¡Qué aurresku!), Larumbe (¡Qué flashmob!), Compañía de Antonio Gades… Y es que con belleza y plasticidad, con buena música y con argumento las historias fluyen como un río guapo sobre el que flotan los mensajes.

Sin conductor/a, las palabras de la gala quedaron en manos de los agradecimientos, tan a menudo largos y leves, siempre onanistas, siempre renuentes al interés del espectador, a veces hasta puntualmente mal educados, como exabruptos lanzados como piedras (¿¡puto PP!?). Recordemos estas cosas para que no se repitan.

Pero las más de las palabras, otros agradecimientos, aprovecharon para recordarnos los momentos de cambio esperanzado y también de dolor que vivimos: cambios políticos, de movimientos de alfombras, de los que muchas gentes esperan beneficios netos para los humildes; momentos también de dolor, por las fronteras cerradas de Europa ante las que se acumulan quienes huyen del mal. Lluis Pascual y Pepe Viyuela nos lo recordaron, este último además, nos trajo a la memoria a los titiriteros encarcelados unos días hace unos meses. Gracias. El teatro es memoria buena. También fueron memoria y aviso para navegantes futuros las abundantes referencias a la necesidad de protagonismo de la mujer en la creación. Conejero, en su agradecimiento, reclamó para su hija, si un día quería dedicarse a escribir, las mismas facilidades y dificultades que él mismo. Bien.

El ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, que tiene mucho más humor y aguante que su predecesor, estaba junto al nuevo y por los pelos, presidente de SGAE y a menos de un metro de la concejal madrileña de lo mismo, Celia Mayer: ¿Hablarían de errores, de ivas, de necesidades culturales de los ciudadanos acaso? No creo. Junto a ellos, Pablo Berástegui, que comanda la capitalidad cultural europea de Donostia, tan presente en estos premios, me decía que la versión que se prepara para el verano del Sueño de una noche de verano, se haría en el parque de Cristina Enea, junto a Tabakalera, y en la organización participará el Basque Culinary Center. Porque los Max sirven también para verse –ahí estaban cerca, Santi Eraso, Jesús Cimarro, Alonso de Santos, Elisa Sanz…-, cada vez más guapos y guapas por cierto: apenas vi pantalones vaqueros, pero me harté de ver pajaritas a juego con bellos pañuelos de bolsillo (Ángel Ruiz). Y es que las gentes de las artes escénicas parecen haber entendido la necesidad de que fuera del escenario también transmitamos belleza, estética adecuada, y si es necesario, glamour.

Y hablando del logos, allí estaba Manuel Aguilar, presidente de Fundación SGAE con un bravo discurso, comprometido con la cultura y con el autor. Me gustó que tradujera el free inglés en sus dos acepciones-libre y gratis- para reivindicar que los creadores necesitan vivir de su trabajo y cobrar por él.

Lola Herrera, Max de Honor, presentada con silbo gomero, recomendó pasión, pasión para vivir y vivir bien. Y Marián Osácar, alma de FETÉN, recogió un merecidísimo Max. Fetén, Marián.

Y ya en el mejunje, qué decir. Que la salud de las artes escénicas es buena. Los espectáculos tienen calidad y retoman la senda del crecimiento, detenido abruptamente por la crisis y el maltrato político. La dramaturgia joven apresta su incorporación a los grandes nombres sin recato alguno, qué bien. La piedra oscura, de Alberto Conejero, dirigida por Messiez y con Daniel Grao y Nacho Sánchez de intérpretes, se llevó la cesta llena de los mejores halagos incluido espacio e iluminación. No sorprendieron. Tampoco sorprendió la calidad de otro espectáculo premiado, Pinoxxio, de la valenciana compañía Ananda Dansa, con coreografía de Rosángels Valls y Toni Aparisi. Pero sí fue sorprendente la cesta completada por este espectáculo infantil que batió en categorías abiertas –no específicamente de teatro infantil o familiar- a obras vistas en directo, es de suponer, por muchísimos más académicos que o no tienen hijos o los tienen en edades en que no consumen ese teatro. Los sistemas de votación de los Max deben atender a estas situaciones en las que el merecido entusiasmo por un espectáculo, o por alguno de sus promotores o protagonistas, “arrastra” el voto en categorías en que por pura lógica no les debiera ser fácil competir. Lean el listado de premios y entenderán lo que digo.

La Academia de las Artes Escénicas, estuvo presente esta vez en el logos de casi todos los galardonados. La Academia ha de seguir su largo camino de crecimiento y hacerlo en modo abierto para alcanzar la representatividad verdadera del conjunto del sector y no solo de los académicos.

Gloria y loor a los Max. Loor a la organización, perfecta. Gloria al teatro y la danza, herramientas inconmensurables de transformación individual y de conciencia colectiva.

Ah, Asier: como el teatro, tú te me dejas querer. Todavía sigo bailando… ¡y estoy en la oficina! (Pero nadie me lo nota, que muevo los pies bajo la mesa y tarareo bajito)

 

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Veamos los Max en lontananza

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SGAE, la Academia y los premios de las Artes Escénicas

La ceremonia de entrega de los Premios Max trae cada año, junto a las manzanitas y el glamour, un poco de debate, cosa buena. Esta vez la fiesta fue en Barcelona, cada vez más guapa.

Nadie duda de que el teatro y la danza necesitan unos premios que acrediten ante la sociedad la relevancia de estas artes universales y magníficas, tan útiles para entender al ser humano. Unos premios, los Max, que todavía requieren mucho apoyo y afecto, porque es corto en España el sentimiento de defensa de lo propio, necesario para que eso propio crezca y desarrolle sus potencialidades.

Bien, no sé para qué este ex cursus si de lo que quería hablar es de que estuve allí, en el Paral.lel barcelonés y el blog me parece un buen espacio para evaluar someramente, como corresponde a este espacio, cuanto vi.

La organización buena; buena la producción; buena la dirección artística de Esteve Ferrer, que eligió para articular la entrega el obvio tema del Paralelo musical (pues en uno de sus teatros tenía lugar la gala); buena la selección de las presentadoras y entregadoras, y también el leit motiv de la mujer en la escena. Bien. Bien también el discurso de Alonso de Santos, presidente de la Academia de las Artes Escénicas de España, cada día más cercano al factor humano, al factor sabio; aunque nadie explicó por qué la presencia de una institución –la Academia- que no volvió a aparecer en el ruedo. Bien, también, un puñado de discursos hondos, medidos, y bueno que se contuviera la tendencia a la eternización en los agradecimientos a familiares en cuarto grado. Por último, hemos de felicitar a la organización, SGAE, que con su equipo de vigías logró llevar a buen puerto una noche que se supervisa con lupa desde posiciones tirias y desde atalayas troyanas.

Y dicho esto, vayamos con algunos comentarios críticos, primero sobre aspectos que bien podrían servir para mejorar próximas entregas; y después sobre cuestiones más de fondo y por ello buscadoras de reflexión compartida.

Las críticas, de menor calibre, van en forma de pregunta.

¿Por qué siendo la organizadora la sociedad de los autores, el premio que le es propio, el premio principal a la mejor autoría, en vez de ensalzarlo y diferenciarlo apareció algo perdido y rodeado de premios menores?

¿Por qué las ceremonias de los Max no acaban de ser el encuentro anual de los profesionales de la escena con mayor proyección, muchos de los cuales no acuden? ¿No convendría tomarse este punto como objetivo de mejora para el inmediato futuro?

¿Por qué esa magnífica propuesta de hacer de la mujer el hilo conductor de la gala olvidó casi por completo a cuantas no fueran actrices? ¿Dónde estaban las autoras, dónde las directoras, escenógrafas, figurinistas…?

¿No podía haberse buscado para la gala un aire conceptual más joven, fresco y contemporáneo? ¿Alguien cree que en la propuesta artística ese factor era dominante? ¿No hay nadie que piense que ese, precisamente ese, es uno de los factores fundamentales a hacer presente en el futuro de los premios Max? Un tema que se relaciona, al menos en parte, con la presencia de jóvenes artistas consagrados, realmente escasa al margen de los acompañantes de los finalistas.

Hay otras cuestiones a valorar, claro, relacionadas con la definición de las categorías, la falta de lógica de confrontar trabajos de centros dramáticos con el de salas alternativas, o por supuesto de los sistemas de selección y votación de finalistas y ganadores. Pero esto es un humilde post, y no una tesis.

Y por último, dos reflexiones más de fondo.

La primera tiene que ver con una percepción personal, pero compartida, de que la profesión escénica se sigue mirando el ombligo en las grandes ocasiones, y le resulta muy difícil evitar su tendencia al onanismo en esos momentos clave en que tantos cientos de miles de personas nos están viendo. Miren ustedes, si quiero seducir a alguien –y los Max son la noche por excelencia en que el teatro quiere seducir a la sociedad- no le hablo de mis problemas de colon, o de lo mal que me trata el presidente de mi comunidad de vecinos. Le hablo de luz, belleza, me pongo sexi, le guiño un ojo o los dos…, y si en algún momento tengo que hablarle de problemas lo hago comedidamente y desde el humor. Si alguna vez los Max quieren ser un programa visto y disfrutado por millones de españoles e hispanohablantes, los profesionales y los organizadores habrán de entender que esa no es la noche para hablar de los problemas, sino la noche en que nos vestimos para seducir y gustar. Otros momentos, otros lugares, otras personas, tal vez, habrán de afrontar la tarea de la reivindicación política. Ojo, que no digo que no haya que poner el dedo en alguna llaga: digo que hay que elegir las palabras, saber quién está escuchando y saber que el objetivo no es quedarse a gusto con el exabrupto o el titular, sino lograr cómplices y amores en la masa ciudadana. Lograr nuevos y más compañeros de viaje

La segunda reflexión tiene que ver con SGAE y su papel en estos premios. Defiendo con coraje en estos tiempos la necesidad de esa asociación que defiende los derechos de los creadores y se encarga de recaudar sus ingresos, su sustento. La asociación de los autores, esa es la clave. Los Premios Max son los premios para todas las profesiones escénicas, y por ello debieran estar todas ellas implicadas. Hoy, la organización que agrupa y representa a todas las profesiones es la Academia de las Artes Escénicas de España. Hay que agradecer a SGAE su impagable contribución a crear estos galardones, y probablemente ese agradecimiento deberá incluir un estatuto de privilegio en el futuro de los Max, pero convendría plantear a debate –sin prisa, pero sin excusas- esta cuestión de fondo. No soy partidario de que la Academia cree otros premios, pardiez; sino de que asuma sus responsabilidades en la organización de los que hay. Hace un año la Academia nacía, de la mano de un puñado de académicos, y con el apoyo de SGAE –no hay que esconderlo, más bien al contrario-, que continúa a día de hoy, gracias a los cielos. Pero la Academia y SGAE, han de pensar en que la lógica ha de imponerse, más temprano que tarde, y que en cuanto se alcance la mayoría de edad –o incluso, para alcanzarla- los académicos y su asociación habrán de asumir la hercúlea tarea de organizar los Max.

Sirvan estas líneas para promover el debate, para otear el futuro, y mirar los Max en lontananza.

NOTA: “Ojalá este domingo regrese la decencia”, reza desde El País Emilio Lledó, flamante Premio Princesa de Asturias de Humanidades. Bella palabra -“decencia”, que para muchos tiene resonancias éticas, además de las que le atribuye la RAE. No sé si en un día de elecciones se logra tamaño objetivo, pero sí que sería un excelente punto de partida para ver cómo los ciudadanos asumen su tarea de vigilantes de la dignidad y de guardianes de la honradez en la cosa pública, ése y cada uno de los días que sigan al 24 de mayo.

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Queremos mucho Max

premiosmax

Los Premios Max son una fiesta para las artes escénicas. Y hay que agradecer el esfuerzo de SGAE y Fundación Autor, encabezadas ahora por Anton Reixa y Antonio Onetti, por impulsarlos. Tienen sus sombras, cómo no, pero han devenido en el espacio en el que quienes crean arte en España reciben público premio por su buen hacer. Un “lugar” aceptado por los más. La expectativa y la repercusión dentro del sector y entre cientos de miles de aficionados al teatro y la danza es muy grande. Bienvenido sea todo ello.

En la situación por la que atraviesa el espectáculo en vivo, los Max no podían ser ajenos a las políticas públicas de abandono y dejación de responsabilidades culturales. Muchos durante la ceremonia lo dijeron por activa y por pasiva, aunque menos conjugaron sabiamente el humor con la crítica.

No es este el lugar para comentar o valorar los premios, conseguidos en todo caso a través de votos individuales de profesionales inscritos en el censo de votantes. Tampoco es el lugar para entrar en la valoración artística de la ceremonia. La producción fue muy buena y al acabar la Gala los asistentes salieron muy satisfechos y disfrutaron luego de un amable ambiente en el que departir en la cálida noche del Matadero.

Aquí me detendré tan solo en cuatro aspectos que me parecen razonablemente importantes.

1. El primero es el del sistema de votación. Año tras año se percibe con nitidez que en los votantes influye demasiado el afecto y la amistad, y es difícil desprenderse de la impresión de que existen grupos que actúan como tales al depositar el voto. Solamente así se puede entender que una obra se lleve todos los galardones a los que opta, como si lo que hicieran el resto de los candidatos no mereciera ni migajas. Y esto es así desde los viejos tiempos en que Animalario arrasaba. La dificultad primera es ver todos los espectáculos candidatos por el hecho mismo de ser en vivo. No es fácil resolver este problema: parte de la solución probablemente pase por reducir el número de candidaturas a las que puede optar un espectáculo, o establecer un sistema de Jurado que filtre, complemente o sustituya la elección, o establecer un sistema de voto ponderado. Pero sin duda es un problema que exige urgentes medidas para garantizar la máxima transparencia y credibilidad.

2. El segundo aspecto interesante que me provocó reflexión tiene que ver con la relación de las artes escénicas con sus públicos. En la mayor parte de los discursos e intervenciones el público estaba ausente. Los mensajes se dirigían a los asistentes, como si de una reunión interna se tratara, olvidando que a través de la televisión lo que se dice llega a cientos de miles de personas. Personas que pueden estar o no interesadas -esto último es lo más lógico- por los problemas internos del sector teatral. Ante ellos, ante nuestro público, las AA.EE. han de mostrar lo mejor de sí, la máxima belleza, la mayor y mejor de las seducciones. El teatro en 2012 ha hecho maravillas a pesar de la crisis, ese es el mensaje. El tonillo lastimero y de queja es, francamente, poco glamuroso.

3. El ministro de Educación, Cultura y Deporte, dio, una vez más, la nota fea e ineducada. Su clamorosa ausencia no muestra solo el escaso interés de Wert por las Artes Escénicas. Hay algo más, que tiene que ver con su mínima capacidad de dialogo y escucha, con su gusto por la provocación y el profundo desprecio que siente por la sustancial parte de la cultura que representa el espectáculo en vivo. El ministro Wert hace tiempo que es el problema. El ministro Wert debe irse. No hay garantías de que el próximo lo haga bien. Pero es muy difícil que otro lo haga peor.

4. SGAE tiene un reto en el inmediato futuro de primera magnitud. Los Max son una creación de los autores para todos cuantos trabajan profesionalmente en el teatro y la danza. Bien, porque todos queremos que el sector tenga una voz potente, unificada e indiscutida, y los Max pueden ser el germen.  El reto para SGAE tal vez pase por iniciar un proceso constituyente de una verdadera Academia de las Artes Escénicas. La grandeza que tal cometido exige será una buena prueba de hasta dónde está dispuesta la sociedad de los autores en la tarea de liderar al conjunto de los sectores profesionales de las artes escénicas, y compartir con ellos el futuro protagonismo. Un hermoso reto.

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Los Max y el Señor de los ombligos

La fiesta de los Max fue estupenda por el marco (qué guapo es el Price para estas cosas: hay que repetir), por el guión y la dirección (intuyo que a dos manos por esa pareja artística compuesta por Antonio Muñoz de Mesa y Olga Margallo), y por la vibrante presentación de Petra Martínez. Bien. La organización de SGAE y Fundación Autor fue espléndida y hay que felicitar al equipo de producción por este éxito.

¿El reparto de premios?: por barrios. Habrá que encontrar solución al excesivo peso de los amigos y clanes en la elección porque impide la llegada de obras o candidatos relevantes que son desplazados por el aluvión de los que votan por alguien y por todo lo que ese alguien haya hecho. Con Animalario ya sabíamos de estas cosas, pero la táctica sigue, y eso no es nada bueno para los Max. Ni para el teatro. Respecto al asunto de la censura de algunos parlamentos, no he visto la retransmisión, pero por lo leído, más podríamos achacar en todo caso los resultados a impericia que a mala intención de TVE: nada se dijo allí que pusiera en riesgo la seguridad nacional. Incluso se dijeron cosas tontas que sí debieran haberse evitado a los sufridos espectadores de televisión.

Durante la Gala me surgieron varias reflexiones, dos de las cuales me gustaría compartir. La primera tiene que ver con el espíritu de queja minimoys del sector, con su chata y ombliguista mirada.  Ya dijo Petra (que se lo veía venir) que debíamos mirarnos menos el ombligo. Y eso que no dijo que los ombligos por televisión dan fatal, pero fatal, fatal. El caso es que no le hicieron caso, y el que no dedicaba el premio a una desmesurada retahíla de consanguíneos y amigos, se dedicaba a despotricar de la crisis o de los recortes. La tendencia a la endogamia, al espejito –“dime que soy la más guapa”- y al compadreo, impide que ofrezcamos a los espectadores, a los públicos, una imagen moderna, abierta, entusiasmada, feliz, positiva, brillante del teatro. Y así, el reino de los sueños queda jibarizado por el Señor de los ombligos. (Tomo la imagen de mi querido Juan Carlos Rubio)

La otra reflexión tiene que ver con la necesaria apertura de la organización de estos premios Max. Sin querer retomar hoy el debate sobre la Academia de las Artes  Escénicas, es imprescindible, mirando al futuro, la presencia en la organización de todos los sectores, desde la interpretación a la escenografía, de la producción a los técnicos. Que SGAE, cuya función primordial es la recaudación y reparto de los derechos de los autores,  asuma en solitario la representación de todos los “gremios” no es solamente un riesgo para ella, sino, sobre todo, una dificultad para conseguir la implicación de cuantos laboran en el teatro, y un obstáculo para la transparencia.

El tema es complejo, lleno de matices relacionados con los procesos de selección, votación y comunicación, pero pasada esta bien organizada edición tal vez convenga sentarse, abrir las puertas y definir un nuevo modelo de premios para el teatro que los haga más participativos más globales, más ambiciosos. El momento de cambio que vive SGAE parece facilitar que la propia sociedad de autores lidere generosamente la apertura.

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