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Cambio y Cultura: el bien común está en juego

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Una cosa es acceder al poder, al gobierno, y otra gobernar: distintos son los discursos, los caminos y hasta los equipos humanos. Ya sé que no expreso ningún pensamiento original. Un recio refrán lo dice a la castellana manera estableciendo lo diferente que es predicar y dar trigo. La historia del cambio social, a veces revolucionario, del que tenemos abundante constancia a lo largo del pasado siglo XX, muestra esta terrible verdad: tan incontables han sido las revoluciones como los fracasos posteriores al intentar construir sociedades mejores y diferentes una vez tomado el poder. Resumen: los cambios son posibles…, y difíciles.

Viene este ex cursus a cuento de que hace unos días asistí en el Matadero a una reunión de la asamblea de Cultura de Ahora Madrid, sobre el tema de los centros culturales. Amigos que simpatizan con ese movimiento me invitaron y no me reconocería a mí mismo si no acepto la invitación de un amigo. Aunque sea a título de oyente. No dije nada porque desde hace años no estoy en ningún equipo, pero observé. Vayan estas líneas como resultado breve de lo que esa reunión me sugirió. Muy poco, por cierto, relacionado con lo allí hablado.

Que el cambio en Madrid, y en otras partes de España, era tan necesario como urgente lo muestra tanto el deseo de esos miles y miles de personas que dieron en mayo su voto a nuevas opciones políticas, como la sordera de los partidos tradicionales a un runrún que desde hace mucho tiempo anunciaba por las calles que los ciudadanos estaban ahítos de no ser escuchados, de los viejos modos; incluso de corrupción.

Pero una vez producido el cambio los nuevos regidores han de dirigir la política y los presupuestos a satisfacer las necesidades ciudadanas. En el caso de Madrid, de una ciudad de varios millones de habitantes, compleja y llena de dificultades administrativas. Y hay que saber mucho, ser muy humilde y estar dispuesto a aprender a toda velocidad…, si es que no sabes lo suficiente o el tren de la responsabilidad te ha llegado mucho antes de lo esperado. Puede ocurrir, también, que en la más ingenua ignorancia algunos de los electos creyeran que para dirigir el destino de una ciudad como Madrid bastaba saber cuatro cosas. La realidad, terrible, de las democracias capitalistas saca del ensueño de inmediato y demanda economistas consagrados, políticos no becarios, abogados expertos, comunicadores no aficionados, sabios gestores de equipos… En fin, exige voces, susurros, experiencia, negociaciones, no gritos. El bien común está en juego.

La gestión del área de Cultura en Madrid tiene delante retos enormes. Y sus nuevos responsables van a tener que apoyarse de verdad en lo que afirman que es su base filosófica: la participación democrática. Ya están tardando en convocar un Consejo Ciudadano de Cultura en el que efectivamente esté el senado cultural de esta ciudad. Un Consejo que reúna a los mejores y a quienes más saben de la cosa pública cultural. Un consejo con capacidad de proponer medidas estratégicas, reflexiones, líneas de acción. Un consejo que supervise y dé voz.

Los dirigentes municipales de Cultura tienen la obligación, ahora que sus dedos saben qué es eso del poder, de redefinir sus objetivos y su programa, porque todos -tirios y troyanos- sabemos que el que emplearon para ganar sus votos, no podrán aplicarlo ni en toda su extensión ni en el ritmo soñado. Pero sería nefasto que algunas de las cosas prometidas no se cumplieran. Propongo, además de la creación del Consejo Ciudadano de Cultura, algunas otras medidas urgentes:

La primera, definir los objetivos, presupuestos y recursos, incluidos los de personal, para los grandes contenedores culturales de la ciudad dependientes del Ayuntamiento: Conde Duque, Matadero, Fernán Gómez, Español, festivales… Probablemente para ello habrán de separar responsabilidades de gestión y desconcentrando poder, lo que no quiere decir que no respondan a una sola política cultural. En este apartado es imprescindible sacarle el máximo partido a la empresa municipal Madrid Destino, una herramienta de gestión profesional que debe servir -probablemente después de revisar su actual estructura y misión- para facilitar la aplicación concreta de la política municipal.

La segunda, fijar los nuevos criterios de acceso a los cargos de responsabilidad de todos los centros culturales municipales –centrales y distritales- en base a normas basadas en el contrato programa, es decir, en que su elección sea por concurso, transparente, y previa presentación pública de un programa de acción –enmarcado en la política municipal- de cuyo compromiso se hace responsable formalmente y por contrato quien lo obtenga.

La tercera, fijar nuevas normas de licitación para los contratos de gestión de los servicios culturales municipales que atienda a criterios de política cultural y no de economía de costes, y fije su objetivo en la satisfacción ciudadana del servicio cultural. Unos pliegos de licitación que desglosen y diferencien las partidas técnicas, de gestión, de comunicación…, de las de programación y contratación, que garanticen que todos los participantes cobren con dignidad; que fijen límites concretos al beneficio económico de la empresa que gane la licitación; que la decisión se tome en acto público y previa presentación y defensa de las diversas propuestas; que la ejecución sea justificada posteriormente factura a factura ante el ayuntamiento; unos pliegos que prohíban taxativamente la subcontratación…

La cuarta, convertir los centros culturales de proximidad en centros de irradiación cultural y de participación artística de las fuerzas creativas de cada barrio y de los ciudadanos que lo deseen. Las residencias artísticas, la apertura de los centros a los vecinos para su utilización y para que participen en la programación, la creación de consejos de barrio que trasladen opiniones y propuestas… han de formar parte fundamental del nuevo modelo de gestión.

En fin, son muchas las iniciativas y medidas que es preciso poner en pie urgentemente en este periodo transitorio. Más allá de debates hoy es prioritario dar pasos en la dirección de acercar la cultura y el arte a los ciudadanos, y hacer más democrático y transformador ese contacto. El bien común cultural.

En mi opinión no es tan urgente hacer muchas cosas nuevas, como hacer bien las que están en marcha y ponerlas al servicio de los ciudadanos, introduciendo pequeñas cuñas que hagan de semilla de futuro.

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Líneas rojas en Cultura. 2. O la Cultura no es lastre.

Ya sé que defender hoy que la Cultura no debe ver reducida su posición en la política del Estado y en los presupuestos que las instituciones públicas le dedican, es poco correcto políticamente. Hoy, lo que ha conseguido la chatísima estrategia psicológica de reajuste –sin inversión- a lo Merkel es que pongamos la mano gustosamente para que nos la corten. O que consideremos la cultura como lastre a echar por la borda. Estoy viendo las sonrisas de los banqueros, especuladores y sinvergüenzas que la han provocado y a los que su penosa hazaña les va a salir “de gratis”, como dice un amigo mío de Vallecas.

Pues no, en Cultura –y en otras áreas- hay que decir que no. Que la Cultura cohesiona a la sociedad, integra las diferencias, reduce las barreras, hace patria, o estado o ciudadanía. Que no es lo mismo una sociedad que dispone de acceso a la cultura que otra a la que se le reduce o se le niega. La Cultura, además, tiene un relevante peso económico y productico, más y más creciente.

Lo he dicho en muchos post anteriores, ESPAÑA ES CULTURA. Somos percibidos por ella. Es su marca. Quiero decir que si tiene un lugar diferencial en el mundo, ese lugar tiene que ver con la cultura: la lengua, el patrimonio, la literatura, el arte… Y, extensamente, la gastronomía, el ocio, el sol y las bellas y diversas costumbres que nos unen (por cierto, toros y flamenco incluidos). Todo ello configura nuestra peculiar fortaleza en un mundo competitivo en el que es imprescindible diferenciarse  y reforzar aquello en que somos mejores. Así que, líneas rojas en cultura. ¿Cuáles? Ahí van algunas.

La primera,  la acción cultural exterior, es decir, nuestra presencia cultural en el mundo, con su buque insignia, el Instituto Cervantes. Disponer de la segunda lengua de relación del mundo es un capital de inapreciable valor que es obligatorio impulsar, en el que es imprescindible invertir más. No solamente es preciso no reducir presupuestos para todo cuanto impulse la presencia de la cultura y la lengua en el mundo; es necesario incrementar notablemente las partidas dedicadas a esa estratégica tarea.

La segunda, el patrimonio –pictórico y museístico, histórico…– que figura entre los más valiosos del mundo y que genera riqueza (dinero, puestos de trabajo, posicionamiento en el mundo…), fruto principalmente del turismo que lo aprecia y que nos visita para conocer la cultura y tradiciones –entendidas ampliamente- de nuestro país. No vale no tocarlo: hay que apoyarlo con dinero y leyes que permitan su proyección, su mejor puesta en valor.

La tercera, la creación y la exhibición de arte. El estado no debe reducir ni un milímetro el espacio –y el dinero, la dedicación, la atención- dedicado al cine, al teatro, a la música… Todas esas artes tienen su territorio autónomo comercial en el que una parte puede y debe sobrevivir de sus propios públicos y patrocinadores, pero la innovación artística, la creación más arriesgada, la danza, el circo, el teatro para niños…, requiere en estos momentos la decidida entrega de las instituciones a la tarea de salvaguardarlo. El estado como garante de la innovación en tiempos de dificultad.

La cuarta, -y termino, que si pones muchas líneas rojas algunos políticos pueden pensar que es demasiada la tarea y que es mejor pisar raya- la defensa de la extensa red de centros públicos que en la mayor parte de ciudades y pueblos garantizan el acceso social a la cultura básica, incluidas bibliotecas. La red, construida y desarrollada a lo largo de casi treinta años, debe mantenerse íntegramente al servicio plural de los ciudadanos. Y al margen de que se opte por una fórmula de gestión en la que intervenga la iniciativa privada.

Con éstas, me conformo. Pido perdón por el tamaño de este post y prometo abreviar en el futuro.

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Líneas rojas. 1

Me gusta la carga semántica de la expresión “líneas rojas”, como frontera de lo que no se debe en ningún caso hacer. Ya, ya, yo también hubiera preferido empezar el año hablando de otras cosas, por que lo de líneas rojas, da como mal rollito. Pero manda este nuevo año que viene mal encarado.

Bien, estamos en tiempos en que alguna línea roja hay que poner, porque si no es así se corre el riesgo de que en estos tiempos de reajuste –en realidad de abaratamiento de costes- pueda suprimirse cualquier mejora que la sociedad ha logrado en estas tres últimas décadas. Me sorprende, por ejemplo, que no existan líneas rojas en sanidad, educación o investigación, y que, por lo tanto, se estén reduciendo drásticamente los presupuestos destinados a la salud, a la formación y a la investigación/innovación, vía reducción, vía privatización, vía despidos. La perspicacia estratégica de nuestros dirigentes es tan tan escasa, que no se dan cuenta -o prefieren no hacerlo- de que des-invertir en algunos aspectos que tienen que ver con la cohesión social, la formación de las futuras generaciones de españoles, o la innovación estratégica y por tanto la competitividad, es el suicidio político y muestra de ceguera absoluta.

Menos rotondas innecesarias, por favor, menos aeropuertos de usar y cerrar, menos altos cargos, menos autovías y autopistas de peaje superfluas, menos tanques… Si me apuran mucho aceptaría hasta una reforma laboral -coyuntural- con contratos de bajo perfil siempre que ello acarreara sacar a la superficie ese 25% de economía sumergida que lastra a nuestro país. Seguramente en unos años buenos que vengan podremos reducir el retraso en esas partidas. Pero el retraso producido en sanidad, educación, cultura  y en investigación, tardará décadas en poder recuperarse. Líneas rojas, pues, en esas áreas.

El próximo post irá sobre cuáles son –en mi opinión- las líneas rojas en cultura.

Hasta entonces.

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¿Abaratar o invertir en fracaso? A propósito de las “privatizaciones"

La situación lo acelera todo: Mariano Rajoy actúa ya de presidente de gobierno sin siquiera haberse reunido las Cortes generales. Ver para creer. La parte buena es que como la situación lo exige, da gusto verle trabajar aunque les cuente a otros y fuera lo que no nos contó a nosotros en casa.

Pero a lo nuestro, a la cultura. Releo el programa electoral del Partido Popular y dado que todo él rezuma el aroma de la ausencia de compromiso y de la inconcreción, encuentro muchos aspectos en los que exigir medidas y aclaraciones urgentes. Hoy me quedo con la necesidad imperiosa de llenar de carne el décimo punto, que reza así: “Diseñaremos, en colaboración con la iniciativa privada, políticas realistas y efectivas que garanticen la sostenibilidad de los numerosos equipamientos culturales distribuidos por toda la geografía nacional.” Si no entiendo mal, quiere decir que procederán a privatizar la gestión de teatros, auditorios y centros culturales. Soy de quienes piensa que la sociedad civil –asociaciones, ciudadanos, empresas…- ha de entrar en la gestión de lo público para democratizarla y abrirla a la sociedad, pero con la misma vehemencia defiendo que su entrada no debe estar al servicio exclusivo de abaratar costes, sino de mejorar la gestión y hacerla más satisfactoria para los públicos. Y sobre que ese sea el objetivo del PP –o del PSOE, cuidado- ya tengo muchas más dudas. Desfuncionarizar y reducir presupuestos puede aligerar el déficit de las instituciones, pero si a cambio se empobrecen los servicios y la calidad habremos hecho un flaquísimo servicio a la tarea constitucional de promover la cultura, que no es otra cosa que promover mejores ciudadanos. Abaratar, simplemente, es una de las mejores maneras de invertir en fracaso.

Por eso es el momento de recordar el tratamiento que la Constitución da a la cultura, y de pedir al PP que perfile y llene de contenidos su impreciso programa, y que para hacerlo escuche cuanto desde el sector podemos decirle. Sería una muestra de buena voluntad.

Ah, y transparencia, por favor.

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España, ¿parque temático cultural? 1

Los presupuestos que las instituciones públicas destinan a cultura se encuentran en estos momentos en caída libre. Los políticos corren de esquina a esquina tapando huecos y cambiando de destino partidas de una caja que no puede hacer frente a tanto gasto y tanta deuda acumulada.

El Observatorio de la Cultura de Fundación Contemporánea menciona en su reciente estudio el 20% de reducción para Cultura. El Observatorio se queda claramente corto porque las caídas de las que existen noticias de cientos de ayuntamientos de toda España sitúan la reducción en cifras cercanas al 40%. Y es comprensible, dado que los políticos –como los malos actores- elaboran sus líneas de acción con un ojo en las quejas de sus votantes –sus públicos- y éstos andan mucho más preocupados por el alimento del cuerpo que del alma.

La estrechez de miras desde el primero al último de nuestros responsables políticos es tan grande que no acaban de percibir el enorme valor estratégico de la cultura para un país como el nuestro. Con la segunda lengua de relación del mundo, con una infraestructura turística –y gastronómica– líder mundial, con un capital histórico-artístico como el que tenemos (museos, conjuntos, arquitectura…), y con una creatividad potentísima que hay que convertir en tejido empresarial, España podría hacer de la cultura un epígrafe económico decisivo.

Pero ello implica una decisión estratégica, una apuesta de futuro, que empieza por no regatear financiación en estos momentos a uno de los sectores con más proyección de nuestro país. Hay algunos ámbitos económicos en los que por muchos recursos  que destinemos jamás podremos competir en el mundo; hay otros ámbitos en los que el esfuerzo y en concreto financiación para programas de I+D + i (investigación, desarrollo e innovación), podría dar a medio plazo una rentabilidad enorme. La energía renovable, el turismo y la cultura son algunos de ellos.

Al sector le toca trabajar, exigir, luchar para hacer videntes a los que, ciegos, se empecinan en mirar a los lados o hacia atrás en vez de hacerlo hacia delante. Y el éxito siempre está allí. ¿Tal vez en asumir el papel estratégico de ser uno de los mejores parques temáticos del mundo?

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Políticos pavos (“reales”) y Ciudad de la Cultura

Mi querido Antonio Gala dedicaba su “Tronera” del pasado viernes en El Mundo a la Ciudad de la Cultura de Santiago, tema que ha surgido también a debate en este blog. Demasiada cultura, lo titulaba con cierta sorna. Y, sin hacer sangre, comenta con humor la desmesura de las cifras, la megalomanía, el faraonismo que caracteriza este proyecto y tantos otros en nuestro país. Es muy frecuente el descontrol de la obra pública en España, sometida siempre a presiones políticas y empresariales; y más frecuente aún el descontrol en cultura, porque el concepto de cultura que han manejado y manejan nuestros responsables políticos no admite rendición de cuentas, análisis de viabilidad o estudios de rentabilidad. Para los políticos, la cultura, y más la “constructiva”, sirve para dejar su huella, para, al modo de pavos reales, mostrar “plumas”: es como la escenografía de su poder.

La Ciudad de la Cultura forma parte de otros muchos impulsos arquitectónicos en los que estás últimas décadas se ha ido redecorando el parque español de recintos culturales. No hay prácticamente ninguna ciudad mediana o grande que no haya construido teatro, auditorio, museo o complejo cultural…, sin haber elaborado estudios previos sobre su necesidad, su utilidad y, sobre todo, los costes de su mantenimiento y programación. Porque el problema principal no es la construcción –con ser importante-, el problema de fondo es definir la dedicación, el uso, los contenidos de esos nuevos espacios, el modelo de gestión, la programación y el servicio que va a ofrecer a los ciudadanos… Y con ello los presupuestos para que sean construcciones culturales vivas y no catafalcos. La propia Xunta de Galicia estima en 2,5 millones de euros anuales el coste de mantenimiento, que no incluye los costes laborales ni la programación.

Es preciso poner coto a la megalomanía en cultura –y la política de construcciones forma parte de la política cultural-, y exigir que las grandes decisiones sean tomadas con estudios de viabilidad previos y con transparencia. Así es en democracia.

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La morosidad: arma de las administraciones y castigo para la cultura

Terminaba el último post con el comentario que me había hecho Jesús Cimarro sobre el volumen de las deudas que las administraciones públicas –teatros que contratan sus espectáculos- tienen con su empresa: 800.000,00 € aproximadamente. Numerosos ayuntamientos mantienen deudas con buena parte de las empresas, compañías y productoras escénicas y musicales del país, porque el retraso en el pago y la morosidad de esas instituciones se ha multiplicado en los dos últimos años. Se dan casos en que no solamente tardan muchos meses en pagar los cachés firmados, sino que incluso retrasan la entrega de la taquilla cuando esa ha sido la fórmula de contratación. Y es que los ayuntamientos, atacados por la deuda generada las más de las veces por una mala política de gasto, ven como maná los ingresos líquidos de teatros y auditorios. Lo malo es que -según contrato- no es suyo, sino de la compañía que ha trabajado para llenar el teatro.

Se ha hablado largo y tendido de los largos plazos de pago de las administraciones públicas, que según El economista” en España alcanza de media los 135 días, frente a los 63 de media europea, pero se habla poco de los efectos perniciosos sobre las pequeñas y medianas empresas y compañías, que con un bajo nivel de capitalización, ven en riesgo su supervivencia –o ya han desaparecido- por no cobrar el trabajo realizado. La responsabilidad de las administraciones en este caso es enorme porque impone, en primer lugar, una espiral de reducción de los márgenes de las compañías al exigir rebajas en los precios, y, en segundo lugar, puede condenar a la desaparición de muchos más puestos de trabajo en un sector tan dependiente de la contratación pública.

La ley, que existe (Ley 15/2010 de 5 de julio), no logra obligar a ayuntamientos y comunidades a cumplir con los plazos comprometidos. Como tampoco existe forma de que quienes han realizado una gestión desastrosa de los fondos públicos respondan por ello. Y la economía y la cultura como parte de ella, sufre las consecuencias. Financiar a las instituciones públicas con trabajo no pagado tiene un nombre muy feo.

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Pepito Grillo y La Noche En Blanco. II

Un año más se cumplen los pronósticos: cientos de miles de personas toman de anochecida las calles de Madrid y deambulan entre ofertas entretenidas de juego y disfrute colectivo en que este año se ha convertido el evento de La Noche en Blanco. El clamor más claro de todos los que nacen de este ¿éxito? es que los madrileños quieren más calles libres de tráfico para pasear, quieren gozar y hacer cosas diferentes aunque no sean culturales, quieren ser ciudadanos y sentir la ciudad como suya.  El clamor también alcanza a los problemas seculares en una oferta tan incontrolable y mal calculada de entretenimiento (con la coartada de “cultural”): colas desmesuradas por doquier y graves problemas de transporte.

Con el anterior post, supongo que intuían que Las Noches en Blanco no desatan mis pasiones culturales más recónditas, la verdad. Las de fiesta sí, claro, pero seguramente nadie espera que hable de eso; y al menos este blog me permite explicar los porqués de mi distancia frente al evento de marras.

Quizás lo que más me subleva es el paraguas cultural de LNEB. Quítenselo, por favor, y déjenlo en el de entretenimiento, que no está nada, pero que nada mal. Y no empleen los datos cuantitativos para reafirmar una política cultural inexistente que hace de la excepcionalidad, de la ocasionalidad, una muestra de triunfo y una seña de identidad. Cuando en realidad es la expresión más palmaria del fracaso de las políticas de promoción de la cultura. Porque concitar entusiasmos por visitar museos, academias, exposiciones…, una vez al año no tiene mérito alguno: basta con concentrar esfuerzos comunicativos y publicitarios para conseguirlos.

Prometo volver sobre el tema. Tal vez está demasiado cerca para valorarlo con plenitud. Pero el Ayuntamiento de Madrid, y otros muchos con él, deberían sacar una lección para aplicarla más a menudo: cierren las calles al menos una vez a la semana para que los ciudadanos las tomen, para que organicen en ellas su disfrute, para que las hagan suyas. Y que a los museos, por favor, vayan otros días… hay tantos (días) y tan buenos (museos).

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El reto de las Ayudas públicas a la Cultura

Escribo este post desde Vitoria-Gasteiz, donde me encuentro formando parte de la Comisión que estudia las ayudas públicas a proyectos artísticos y a compañías en el País Vasco. Un ejemplo muy positivo de cómo funcionan hoy los mecanismos de subvención por su seriedad y transparencia, por su búsqueda de los mejores criterios de decisión. No es lo habitual. Porque las ayudas públicas son una herramienta de la política cultural en la que deben introducirse profundas transformaciones.

Es necesario, en primer lugar, un fuerte incremento presupuestario destinado a dar verdadero valor a este instrumento de dinamización.  En segundo lugar, hay que definir los objetivos que persiguen y alejarse de su instrumentación política o al servicio de intereses menores: promover las nuevas tendencias artísticas, la innovación de las organizaciones culturales o su proyección exterior, son algunos ejemplos. Y en tercer lugar, hay que introducir cambios de fondo en los sistemas de asignación de recursos, que deben destinarse a los proyectos artísticos de más calidad, mayor índice de viabilidad y soportados por empresas y organizaciones culturales con perspectivas de futuro, salvo cuando se destinen específicamente a la nueva creación.

El doble objetivo de promover la cultura y asentar el tejido cultural –empresas, compañías, organizaciones…- hace imprescindible que se exija a los solicitantes –junto a un proyecto artístico desarrollado, no una idea- planes de comunicación, de marketing, análisis de viabilidad, presupuestos y planes de explotación reales… El avance, la consolidación de la creatividad exige que la madurez y profesionalidad de las organizaciones que la soportan vaya al mismo paso.

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Malkovich en el Metropol

Con un mes de retraso, el ayuntamiento de Tarragona confirma lo sabido: que se gastó 230.000,00 € en las dos actuaciones de John Malkovich en el centenario del bellísimo teatro Metropol. Ochocientos espectadores pudieron disfrutar del actor, lo que, si mi calculadora no falla, da un coste por espectador cercano a los 290,00 euros. No entro –para qué- en el concepto que se ¿esconde? ante este tipo de decisiones: el arte al servicio de los medios y de la presencia en ellos de los poderes políticos. Lejos, muy lejos, de su labor de hacer ciudadanía a través del arte, de su responsabilidad política de promover la cultura. Estamos tan acostumbrados a que la agenda cultural la marque el adorno o la consecución de un buen dossier de prensa, que un ejemplo más no hace rebosar el vaso.

Pero tal vez más grave, en mi opinión, es que el ayuntamiento haya negado la verdad, haya decidido en la oscuridad, hurtando a los grupos de la oposición y sobre todo a los ciudadanos, la información sobre el coste real… hasta que ha sido inevitable reconocerlo ante la prensa. La transparencia, piedra real de toque de la democracia, ni está ni se la espera en la mayor parte de instituciones públicas culturales. ¿Porqué no entienden que cuando hacen incomprensibles los presupuestos, o simplemente ocultan sus gastos, están gritando que algo sucio esconden?  La única administración pública que merecería ese nombre debería ser de cristal transparente. Porque no es suya, es de todos.

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