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Un Rato bueno en mi barrio

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En mi barrio de Madrid, al comienzo de la calle Cartagena, hay un bar que se llama Bar Rato.

(Ja, ja, lo escribo y se me viene a mientes esa vibrante y cachonda canción de mi amigo Riki López, “El menú del bar Rambo”, pero no, no tiene nada que ver. Escuchadla, que es fantástica, como él.)

El bar Rato está justo debajo de donde vive ese tipo admirable para las gentes del teatro que se llama José Monleón, artífice de la revista Primer Acto. El bar Rato lo regenta una de esas parejas que huele a emigración moderna de aire neoyorquino: él portugués, ella italiana, en la treintena pero con mucho mucho vivido, a saber si todo bueno. Ellos, sí. Desde hace un año que están en él y le han dado la vuelta hasta que el calcetín parece otro, guapo, limpio y oloroso, lleno de jóvenes y de animales, sí, que permiten pasar a los perros sin que consuman.

En el bar Rato buscan constantemente fórmulas nuevas para atraer clientes, desde intercambios lingüísticos (ya podrían ser besos, ya, pero no: enseñas una lengua y te enseñan otra), hasta bancos de intercambio de objetos sin dinero (lo último que vi era comida para mascotas, qué cosas).

En el bar Rato, ella hace pasteles que saben a abuela, y él anda limpiando siempre como si todo necesitara brillar y deslumbrar para los clientes. Esta pareja está logrando con trabajo honrado levantar un bar que antes era parada cutre de taxistas sobrados de mus y de coñac barato: antes era ese tipo de bar anclado en los sobres de azúcar vacíos tumbados indolentes largas horas a los pies de la barra. Ellos han dado esperanza a un bar que seguro se sentía acabado. Ellos y su Rato han dado esperanza y alegría sencilla a un fragmento de la geografía humana de mi barrio. Ellos y el bar Rato me dan esperanza.

(Veo a Rato en el Telediario, hundido como solamente puede hundirse el delincuente culpable y sin razón para haber elegido la mierda en vez de la virtud, y me vienen esos versos maravillosamente ácidos del poeta Machado en sus Proverbios y Cantares: “La envidia de la virtud hizo a Caín criminal: ¡Gloria a Caín¡, hoy el vicio es lo que se envidia más”. Ni un segundo más dedicado a la ignominia.)

Gracias a mis vecinos del Rato por hacer que esa palabra que hoy genera una profunda vergüenza ajena, solamente me recuerde su bar, honorable, pequeño, limpio, abierto, tranquilo, amistoso.

Y es que hay Ratos y Ratos. Hay virtud y hay vicio. Las gentes humildes que preferimos envidiar la virtud deberíamos recordar la diferencia constantemente. Necesitamos formar ejércitos éticos de lo pequeño hermoso, de lo pequeño purificador, de lo pequeño transformador, del pequeño cambio honrado y diario, de la simiente de futuro, en fin. Ratos contra Rato.

Perdón, por este post, he estado poseído por… un rato.

 

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