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Se anuncia la convocatoria para las direcciones artísticas del INAEM: Una broma sin pizca de gracia

La web de la Cadena SER, en pleno fin de semana que se inicia el viernes, 1 de febrero de 2019, informa que el Ministerio de Cultura había publicado ese día en su web una noticia extraordinariamente relevante para la Cultura, por el fondo y la forma. La web del Ministerio adelantaba que el día 11 de este mes (diez días después), se convocaría el proceso de selección para las direcciones artísticas de las compañías nacionales dependientes del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM). La misma noticia informaba que el plazo de presentación de candidaturas se iniciaría el martes, 12 de febrero, y finalizaría el miércoles, 25 de febrero. Sí, han leído bien: el INAEM informa de que en el futuro se convocará el proceso, pero sin convocarlo, es decir, sin dar a conocer las bases de la convocatoria, los requisitos, las normas, los presupuestos… Nada. En definitiva, quienes aspiren a dirigir las organizaciones artísticas más importantes de España dispondrán de apenas trece días -13- para presentar su proyecto y preparar y presentar sus candidaturas en base a las condiciones que fije la convocatoria. Escasos días y muchos obstáculos para que los proyectos tengan la máxima calidad.

Como a los propios responsables este tiempo debe parecerles insuficiente, lo que hacen es avisar con antelación de que será muy poco el tiempo. Una broma. Una broma sin pizca de gracia.

¿Dónde queda la transparencia, dónde la publicidad, dónde la garantía de competencia, la profesionalidad exigible para que un proceso pueda ser aceptado como democrático?

Miren, el propio Código de buenas prácticas del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, vigente, señala en su artículo quinto que la selección de candidatos se llevará a cabo “mediante procedimientos que garanticen la publicidad y la concurrencia.” ¿Es por eso por lo que TODO el proceso de presentación se realiza en trece días? ¿Es así como se promueve la sana competencia, unos buenos proyectos, y se garantiza la transparencia y el principio de igualdad?

SI el INAEM quería que el proceso pareciera transparente y limpio, desde luego ha fracasado. No serán pocas las personas que pensarán que algunos privilegiados/as tendrán previamente la información suficiente para poder hacer bien los deberes en tan poco tiempo.

Era información conocida que los actuales directores tenían que irse al final de la temporada: entonces, ¿porqué ahora con esta premura, con esta prisa?

Nuestra CULTURA, con mayúsculas, no debería estar jugando a lo pequeño, a las lealtades mínimas, a las prisas, a la ausencia de estrategia.

A las mayúsculas renuncia este tipo de convocatorias apresuradas, con tiempos tan cortos para hacer las cosas bien, y casi en penumbra.

Y, por cierto, todo esto sobre las formas: hablaremos del contenido de la convocatoria…, cuando se conozca.

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Debate en Teatros Luchana: hasta con medio Pactito por la Cultura nos vale

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En lo pequeño está el germen de toda belleza

Las elecciones bis están al caer y conviene que, superando desconfianzas y descreencias, nos apliquemos a la tarea de señalar con el dedo lo que debiera hacerse. Mirar a otro lado, dar la espalda a ególatras y narcisistas, que es lo que demanda el cuerpo tras estos seis meses perdidos, no es solución, no una buena solución.

El equipo de Teatros Luchana organizó el pasado lunes un debate de clarificación electoral para celebrar el primer aniversario de su nacimiento. Allí estábamos por la parte “civil” Berta Ojea, Jesús Cimarro y yo mismo; y por la política madrileña, Ángel Martínez Roger, Isabel González y Pablo Iglesias Simón (nunca el apellido materno fue tan necesario), representando al PSOE, PP y Podemos, respectivamente.

Del debate, pulido y modoso, poco se puede decir más allá de constatar que las palabras pueden con todo y que todos pueden decir muchas palabras, incluso muy parecidas palabras, sin que ello sea garantía alguna de que llegados al poder los decidores conviertan su verbo en hechos.

Si una idea revoloteó con cierta persistencia fue la del Pacto por la Cultura. La idea de que se produzca el milagro de que algo una a todos los partidos es seminal aunque al parecer con espermatozoides tirando a vagos. Yo, que como me afeó con gracia Martínez Roger, tiendo confesamente a poetizar, al Pacto lo llamo desde hace años Contrato Ciudadano por el Arte y la Cultura. El problema es que el concepto mismo de pacto es impensable en una situación política en que cada partido, para combatir al otro y hacerle luz de gas, utiliza hasta los kleenex.

Soy partidario de ir de lo pequeño a lo grande. O más bien, de apostar por lo pequeño para no perder la esperanza en lo grande. Lo grande es el CAMBIO, ese que impulsará la Cultura como motor de país (y el PACTO para lograrlo); lo pequeño es el pactito, incluso aunque sea un poco feo. Porque el pactito expresará que los partidos piensan y hacen en clave de bien común no de boquilla; expresará que por encima de discrepancias, se comprometen a que los acuerditos se ejecuten.

Y ahí va mi propuesta: que los partidos elijan de su propio programa electoral de Cultura, aquellas medidas comunes en las que podría haber o tejerse un acuerdo. No es necesario que sean muchas; no es necesario que sean muy importantes; lo imprescindible es que el acuerdo en torno a ellas, se lleve a la práctica por cualquiera de ellos si llega al gobierno (solo o acompañado). No vale que todos digan con la boca chica que quieren un Pacto por la Cultura. Solamente vale que hagan –antes de las elecciones- un pactito por la cultura en torno a uno, dos tres, cuatro puntos. ¡Por dios, no hace falta más! Porque suscribir un pactito de tres puntos y comprometerse a cumplirlo gobierne quien gobierne, aunque el contenido sea aparentemente nimio, expresará que el gran pacto es posible. Que el pacto que necesitamos, ese que se orienta a hacer de la cultura una seña de identidad de todos los ciudadanos y de todo el país, es posible.

Humildemente señalo cinco posibles temas para que nuestros políticos partidos elijan tres de ellos para comprometerse a concertar y cumplir. Excluyo la bajada del IVA, claro, por ser una reivindicación ya amortizada. 1) Leyes para que la gestión pública de la cultura, y la gestión privada de los servicios públicos culturales, estén regidos por la transparencia (concursos, ayudas, privatizaciones…); 2. Elección de todos los cargos de responsabilidad cultural por concurso y ejerciéndose mediante contrato programa; 3. Ley de Patrocinio y Mecenazgo (incluidos incentivos fiscales para el consumo cultural de los ciudadanos); 4 . Aprobación de normas que promuevan la participación ciudadana en la gestión de la Cultura (asociacionismo, fórmulas de gestión participativas, consejos municipales del arte y la cultura…); y 5. Promover y extender las residencias artísticas a todos los centros culturales y espacios públicos como fórmula de creación y democratización.

Ya, ya sé que estos puntos para muchos son minucia. Pero si no gustan estos tengo otros, como decía Groucho con sus principios, igual de buenos para un pactito.

Lo dicho, bastaría con que antes de las elecciones sacaran del debate electoral las diferencias políticas en Cultura y se comprometieran todos a un programa de cambios pequeño pero común. Dentro de cuatro años, podríamos subir otro peldaño en la escalera de hacer de la Cultura algo relevante en la vida de los ciudadanos.

Para ilustrar la relevancia de las actitudes para los pequeños acuerdos, no me resisto a recordar esa historia del explorador inglés que de vuelta de sus viajes por el África más remota relataba a sus compañeros de sociedad geográfica del momento en que se vio rodeado por cincuenta leones y cómo salió valientemente del paso en aquella comprometida situación. “Cincuenta”, repitió con sorna” uno de los contertulios. “Ciertamente no los conté, tal vez solo eran 25”, respondió el explorador. “¿Veinticinco leones?”. “Bueno, si nos ponemos exigentes con el número, preferiría reducir el número a cinco leones, bien grandes, por cierto.” El cada vez más desconfiado oyente, repitió en tono incrédulo la cifra última: “¿Cinco?” A lo que el explorador, sintiéndose ya acorralado, acertó malamente a contestar: “Bueno, bueno, no había leones, pero no saben ustedes lo que olía a león. Apestaba”.

Pues eso, que al menos en las próximas semanas huela a pactito. Y mi voto para quien se lo trabaje.

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