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Debate en Teatros Luchana: hasta con medio Pactito por la Cultura nos vale

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En lo pequeño está el germen de toda belleza

Las elecciones bis están al caer y conviene que, superando desconfianzas y descreencias, nos apliquemos a la tarea de señalar con el dedo lo que debiera hacerse. Mirar a otro lado, dar la espalda a ególatras y narcisistas, que es lo que demanda el cuerpo tras estos seis meses perdidos, no es solución, no una buena solución.

El equipo de Teatros Luchana organizó el pasado lunes un debate de clarificación electoral para celebrar el primer aniversario de su nacimiento. Allí estábamos por la parte “civil” Berta Ojea, Jesús Cimarro y yo mismo; y por la política madrileña, Ángel Martínez Roger, Isabel González y Pablo Iglesias Simón (nunca el apellido materno fue tan necesario), representando al PSOE, PP y Podemos, respectivamente.

Del debate, pulido y modoso, poco se puede decir más allá de constatar que las palabras pueden con todo y que todos pueden decir muchas palabras, incluso muy parecidas palabras, sin que ello sea garantía alguna de que llegados al poder los decidores conviertan su verbo en hechos.

Si una idea revoloteó con cierta persistencia fue la del Pacto por la Cultura. La idea de que se produzca el milagro de que algo una a todos los partidos es seminal aunque al parecer con espermatozoides tirando a vagos. Yo, que como me afeó con gracia Martínez Roger, tiendo confesamente a poetizar, al Pacto lo llamo desde hace años Contrato Ciudadano por el Arte y la Cultura. El problema es que el concepto mismo de pacto es impensable en una situación política en que cada partido, para combatir al otro y hacerle luz de gas, utiliza hasta los kleenex.

Soy partidario de ir de lo pequeño a lo grande. O más bien, de apostar por lo pequeño para no perder la esperanza en lo grande. Lo grande es el CAMBIO, ese que impulsará la Cultura como motor de país (y el PACTO para lograrlo); lo pequeño es el pactito, incluso aunque sea un poco feo. Porque el pactito expresará que los partidos piensan y hacen en clave de bien común no de boquilla; expresará que por encima de discrepancias, se comprometen a que los acuerditos se ejecuten.

Y ahí va mi propuesta: que los partidos elijan de su propio programa electoral de Cultura, aquellas medidas comunes en las que podría haber o tejerse un acuerdo. No es necesario que sean muchas; no es necesario que sean muy importantes; lo imprescindible es que el acuerdo en torno a ellas, se lleve a la práctica por cualquiera de ellos si llega al gobierno (solo o acompañado). No vale que todos digan con la boca chica que quieren un Pacto por la Cultura. Solamente vale que hagan –antes de las elecciones- un pactito por la cultura en torno a uno, dos tres, cuatro puntos. ¡Por dios, no hace falta más! Porque suscribir un pactito de tres puntos y comprometerse a cumplirlo gobierne quien gobierne, aunque el contenido sea aparentemente nimio, expresará que el gran pacto es posible. Que el pacto que necesitamos, ese que se orienta a hacer de la cultura una seña de identidad de todos los ciudadanos y de todo el país, es posible.

Humildemente señalo cinco posibles temas para que nuestros políticos partidos elijan tres de ellos para comprometerse a concertar y cumplir. Excluyo la bajada del IVA, claro, por ser una reivindicación ya amortizada. 1) Leyes para que la gestión pública de la cultura, y la gestión privada de los servicios públicos culturales, estén regidos por la transparencia (concursos, ayudas, privatizaciones…); 2. Elección de todos los cargos de responsabilidad cultural por concurso y ejerciéndose mediante contrato programa; 3. Ley de Patrocinio y Mecenazgo (incluidos incentivos fiscales para el consumo cultural de los ciudadanos); 4 . Aprobación de normas que promuevan la participación ciudadana en la gestión de la Cultura (asociacionismo, fórmulas de gestión participativas, consejos municipales del arte y la cultura…); y 5. Promover y extender las residencias artísticas a todos los centros culturales y espacios públicos como fórmula de creación y democratización.

Ya, ya sé que estos puntos para muchos son minucia. Pero si no gustan estos tengo otros, como decía Groucho con sus principios, igual de buenos para un pactito.

Lo dicho, bastaría con que antes de las elecciones sacaran del debate electoral las diferencias políticas en Cultura y se comprometieran todos a un programa de cambios pequeño pero común. Dentro de cuatro años, podríamos subir otro peldaño en la escalera de hacer de la Cultura algo relevante en la vida de los ciudadanos.

Para ilustrar la relevancia de las actitudes para los pequeños acuerdos, no me resisto a recordar esa historia del explorador inglés que de vuelta de sus viajes por el África más remota relataba a sus compañeros de sociedad geográfica del momento en que se vio rodeado por cincuenta leones y cómo salió valientemente del paso en aquella comprometida situación. “Cincuenta”, repitió con sorna” uno de los contertulios. “Ciertamente no los conté, tal vez solo eran 25”, respondió el explorador. “¿Veinticinco leones?”. “Bueno, si nos ponemos exigentes con el número, preferiría reducir el número a cinco leones, bien grandes, por cierto.” El cada vez más desconfiado oyente, repitió en tono incrédulo la cifra última: “¿Cinco?” A lo que el explorador, sintiéndose ya acorralado, acertó malamente a contestar: “Bueno, bueno, no había leones, pero no saben ustedes lo que olía a león. Apestaba”.

Pues eso, que al menos en las próximas semanas huela a pactito. Y mi voto para quien se lo trabaje.

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El voto cultural para quien se lo trabaje

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Preguntas a mogollón para tomar la decisión, porque votar o no votar no es la única cuestión

Las elecciones municipales y autonómicas presentan un reto enorme a los ciudadanos si lo que desean es saber cuál es el programa de los candidatos en materia cultural. Todos los partidos atienden poco y mal ese frente. Todos los candidatos se despreocupan y muestran su incultura política al tener tan poquito en cuenta ese ámbito. La Cultura, que junto a la educación, son bienes inefables y constructivos de ciudadanía, son en estas fechas apenas rozados en los discursos principales de los candidatos.

Y sin embargo es en el marco local, cercano a la vida cotidiana de los ciudadanos, en el que podrían implementarse numerosas medidas, pequeñas sí, pero multiplicadoras. Ese tipo de medidas es el que debemos rastrear en los programas electorales de quienes demandan nuestro voto, para dárselo a quien se lo trabaje. Preguntemos y preguntémonos, pues.

¿Cuánta importancia dan en su programa a la participación de los ciudadanos en la gestión de la cultura, en la programación, en el funcionamiento de los grandes teatros y auditorios y de los pequeños centros culturales de barrio? ¿Alguno propone fórmulas concretas: consejos, asambleas, refrendos, votaciones, impulso del asociacionismo…? Si ni siquiera aparece esta cuestión, olvídate. Porque si ahora no proponen medidas concretas que articulen la participación de los vecinos o de sus asociaciones, ni de coña lo harán cuando tengan el poder.

¿Cuánta relevancia dan en su programa a la proximidad cultural, es decir, a la horizontalidad y a la descentralización cultural? ¿Hablan de grandes programaciones y grandes nombres y de los contenidos a aportar desde los espacios-escaparate, o prestan atención a los programas de continuidad, esos que debieran desarrollarse allí de modo estable, cerca de donde viven los ciudadanos?

¿Mencionan la palabra transparencia en la gestión de las instituciones culturales? Cuidado: si no va indisolublemente unida a medidas concretas, explícitas y cuantificables que la garanticen el uso del término es pura cosmética. ¿Establecen, pues, medidas concretas para garantizarla? Por ejemplo, consejos ciudadanos ante los que presentar y justificar los presupuestos, auditorías externas a las que someter la gestión económica, garantías de que los procesos de convocatorias, licitaciones, asignaciones serán públicos, o desarrollo explícito de esas normas de transparencia en las webs…

¿Dicen algo de cómo elegirán o designarán a los futuros responsables de los centros culturales públicos, grandes o pequeños? ¿Dicen si será en procesos abiertos al control ciudadano? ¿Menciona alguno la instauración del contrato programa que cualquier candidato a dirigir y gestionar un centro público debe presentar, suscribir y comprometerse a cumplir? Porque si ni mencionan estas cuestiones elementales, seguirán nombrando a los amigos o a los leales, no a los mejores ni a los más adecuados desde el punto de vista del servicio público cultural.

¿Hay alguna referencia a medidas de incentivación económica de la creatividad, o del consumo cultural? ¿O esas cuestiones las dejan a la política nacional y justifican su abandono en que no es competencia local? ¿Ningún candidato propone nada en esa dirección, salvo las ayudas a fondo perdido, herramienta por cierto antigua e inútil? Olvídate: ni siquiera han reflexionado sobre cómo hacerlo.

¿Propone alguno de los candidatos multiplicar los programas de residencias artísticas, es decir la acogida en los espacios culturales municipales compañías y grupos de creadores y jóvenes talento? Si es así es que piensan en cómo sacar el máximo jugo a los espacios culturales municipales y multiplicar su uso. Y si no…

¿Alguna referencia a que desde las instituciones que aspiran a gobernar harán cosas concretas a favor de que las expresiones culturales más débiles –la danza, el circo, la creación de vanguardia…- también llegarán a los ciudadanos? O eso se deja para Madrid, Barcelona y los centros dramáticos nacionales.

¿Hablan de privatización? Si lo hacen, ¿mencionan las palabras eficacia y eficiencia e incluso rentabilidad, y no mencionan ni un solo beneficio social asociado a los procesos de privatización propuestos? Olvídate, la conclusión es que lejos de desear una mejor gestión del servicio publico cultural para el ciudadano, lo que desean es ahorrar y reducir presupuesto cultural, aunque el servicio se resienta o desaparezca como tal.

En realidad, el escenario local es el laboratorio perfecto para establecer las políticas culturales de proximidad, que pueden y deben jugar un papel decisivo en el desarrollo de las vidas de los ciudadanos y en su desarrollo como tales.

Pero si los candidatos no se plantean en sus programas medidas relevantes en alguna de estas cuestiones, es que la cultura, en realidad, les preocupa muy poco. Nada.

Ya sabemos por experiencia, además, que ninguna política –cultural, de seguridad, de limpieza o de urbanismo…- se puede llevar a cabo sin los presupuestos adecuados para convertirla en realidad. Y si en los programas, discursos o en su práctica, si gobernaban anteriormente, los compromisos presupuestarios no aparecen, olvídate.

Saquemos las consecuencias, cada uno ha de hacerlo, sobre si las candidaturas y los candidatos por los que la cultura resbala como la lluvia sobre impermeable merecen el voto.

Y recuerda que digan lo que digan los programas, los candidatos, los partidos o los funcionarios de la cultura, los ciudadanos que de verdad queramos influir en el devenir de la política cultural –de la política en general- habremos de participar en su día a día, y esa labor es mucho más importante que la de depositar el voto una vez cada cuatro años.

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