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¡Crucifícalo, crucifícalo! Defensa de autor

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Por fin ha saltado a la luz pública un claro caso de corrupción entre particulares que afecta a los autores y a la principal sociedad que defiende sus derechos, la SGAE. Muchas televisiones y algunos autores  sinvergüenzas llevaban años defraudando los derechos de los verdaderos autores musicales poniéndose de acuerdo en programar en horas de baja audiencia músicas de mala calidad, inaudibles (eran fondo de programas de echadores de cartas y teletiendas) o versiones de clásicos sin apenas cambios, que ponían a su nombre, para repartirse los derechos de autor que generaban. Los principales beneficiados eran autores canallas  -a los que cuesta aplicar el término de autor- y medios audiovisuales que sabían perfectamente lo que hacían. No eran pocos los socios de SGAE que habían denunciado esta situación, que defraudaba los derechos de los creadores y que perjudicaba a la propia sociedad de los autores, y que además, tenía como consecuencia otorgar muchos votos electorales a gentes que no los merecían, con la consecuente perniciosa influencia sobre su representación en los órganos de poder. Baste decir que entre los principales titulares de derechos no están los grandes compositores, sino gentes que en muchos casos desconocen lo que es un fa sostenido o una semicorchea.
Esto es tan claro, como lo es que los medios, salvo excepciones, se han puesto de acuerdo en denominar “la trama de SGAE” a lo que es la trama de televisiones y autores canallas para defraudar a SGAE. Así, el perjudicado pasa a aparecer como culpable. ¿Cómo iba a ser de otro modo, si los verdaderos culpables son los que proporcionan las noticias? Fíjense en los titulares –que no pasarían un examen de ética en cualquier escuela de periodismo, y lo entenderán-: “El fraude de la SGAE asciende a 100 millones” (El Mundo); “18 detenidos en una operación en la que se investiga a varias televisiones y socios de la SGAE (El País); La ‘rueda’ de la SGAE: un fraude de 100 millones de euros” (Cadena SER). La palma se la lleva la noticia dada por Antena 3: “Al menos 18 detenidos en la operación contra la SGAE por presuntos fraudes en la gestión y cobro de derechos de autor.” Así, sin-vergüenza. Curiosamente el juez señalaba a una directiva de A3Media, Nuria Beatriz Rodríguez, encargada de las contrataciones musicales del grupo,  como la dirigente del fraude. El auto señala, además, que movía fichas para controlar votos e influir en las decisiones de SGAE. Sin-vergüenza.
Una preposición basta para alterar descaradamente el sentido de la frase: el fraude de la SGAE, detenidos socios de SGAE, operación contra la SGAE…
¿Es tan difícil decir que en este fraude de la música, muchas televisiones y algunos autores  tratan de beneficiarse perjudicando los derechos de autor y, más allá, a la sociedad que los defiende? Curiosamente, tal vez sea ABC el medio que con menos maldad ha tratado el tema.
Pero, todo esto ¿por qué? En el maltrato a SGAE, que viene ya de tan lejos, se unen los intereses de quienes no quieren pagar los derechos de los creadores –que es su salario real- y que provienen de todos los sectores que han de pagarlos según marca la ley –medios, hostelería…-, con aquellos que se niegan afirmando que todos somos autores desdibujando en consecuencia el talento y con ello el sustento.
SGAE ha hecho muchas cosas mal, pero lo que representa es indiscutiblemente bueno. Representa la modernidad del pensamiento que reconoce a los autores el derecho inalienable a vivir de su trabajo, y encabeza su defensa para que quienes se beneficien de las creaciones que lleven aparejados derechos, paguen lo marcado por la ley.
Si los autores no cobran, acaba desapareciendo la frontera de la profesión y de la calidad, frontera fijada por la decisión de los ciudadanos de comprar obras de sus autores preferidos. Y con ello, tiende a desaparecer la figura del creador, del autor, en la que se asienta históricamente el ser y el sentido más profundo de una sociedad, aquello que explica cómo somos. Dentro de cien años serán los escritores, realizadores, compositores y creadores de hoy los que expliquen nuestro presente (serán nuestro legado), del mismo modo que nuestros clásicos explican el Siglo de Oro, el legado que hoy disfrutamos.
En la batalla entre quienes van contra SGAE y en el camino quieren acabar con los derechos de los autores a vivir de su trabajo, yo estoy con los creadores y con su sociedad. Lo que, como he dicho varias veces, no elude que debamos seguir hablando de cómo mejorarla. Hoy, además, ir con los autores significa exigir que la propia SGAE depure sus filas y prescinda de aquellos de sus dirigentes que se hayan manchado, o jugado a la “rueda”.
Durante años mala gente, en puestos claves de televisiones y medios, y autores sin escrúpulos, se han conchabado para robar a los verdaderos autores y sus derechos. Vienen horas en que ninguno reconocerá que hizo mal, aunque cualquier ingenuo sabía que algo muy raro se escondía tras esos programas de madrugada. Ninguno de los culpables dará un paso al frente para pedir perdón. Qué añoranza de aquella frase del emérito. “Lo siento; me he equivocado; no volverá a ocurrir”.

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Ana Diosdado: una dramaturga

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Mujer de raza, de las que contiene en un fino y frágil cuerpo una energía y una determinación inconmensurables, ha muerto dulcemente en su puesto en la directiva de SGAE, durante una reunión, acompañada en el final por la mano amiga de Paloma Pedrero.

Esta primavera me llamó para que fuera al estreno en el Lienzo Norte, de Ávila, de “El cielo que me tienes prometido”, la obra que había escrito con motivo del centenario de Teresa, la mística abulense. Consumida por el mal, pero fuerte y sin una sola queja, recibió feliz la ovación tras el final y luego, ya en petit comité, charlamos con un vino en la mano de futuro; como siempre: con ella siempre se hablaba de planes.

Ana Diosdado no solo era una gran autora teatral, era el mascarón de proa de un cambio producido en el teatro español a comienzos de los ochenta, casi en medio de la Transición a la democracia. Y ese cambio, revolucionario por radical, consistió en que las masculinas murallas de la escritura teatral se abrieron al toque de trompeta de una brava mujer, sí, una mujer, que osaba no solo a competir en un territorio reservado a las corbatas, sino que, además, abordaba temas y creaba tramas y personajes desde una perspectiva hasta entonces casi ausente en la dramaturgia española.

Porque ésa es precisamente la clave de su aportación y lo que hay que recordar en estos momentos en los que los tópicos suelen flotar por encima de las grandes verdades. Se dice tantas veces que no importa el género de los autores y que lo que importa es la calidad, que se olvida que eso se suele afirmar partiendo de un molde masculino, acuñado por hombres que deciden lo que es y no es canónico, que dice que hay temas y personajes importantes, y temas y personajes poco relevantes. La perspectiva desde la que buena parte de las mujeres autoras escriben no es la de los grandes personajes, reyes, políticos, líderes o celebridades, ni sus temas son la guerra, la ambición, la política o el triunfo. No, ellas suelen elegir personas humildes, héroes a menudo anónimos, incluso osan convertir en protagonistas de sus obras a mujeres. De pronto, la vida representada en escena, se abre a una mirada diferente, y se abordan temas cotidianos, más cercanos a la medida de lo humano y no de dioses o héroes. Relean “Usted también podrá disfrutar de ella”, “Cristal de Bohemia” o “La última aventura”. No ceo en el teatro de género, pero sí creo en que muchas autoras tienen una mirada propia muy difícil de impostar por los autores. Es su aportación específica, sin la que el teatro quedaría incompleto.

Por eso, y por tantas otras cosas, gloria a Ana Diosdado, honor a la dramaturga.

PS.: La muerte de Henning Mankell, también dramaturgo y novelista, el mismo día y casi a la misma hora que Diosdado, convierte esta pena en pareada. No se me ocurre mejor homenaje que releer inmediatamente alguna de sus obras. De Ana, Usted también podrá disfrutar de ella; de Mankell tal vez Antes de que hiele, o El chino.

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Veamos los Max en lontananza

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SGAE, la Academia y los premios de las Artes Escénicas

La ceremonia de entrega de los Premios Max trae cada año, junto a las manzanitas y el glamour, un poco de debate, cosa buena. Esta vez la fiesta fue en Barcelona, cada vez más guapa.

Nadie duda de que el teatro y la danza necesitan unos premios que acrediten ante la sociedad la relevancia de estas artes universales y magníficas, tan útiles para entender al ser humano. Unos premios, los Max, que todavía requieren mucho apoyo y afecto, porque es corto en España el sentimiento de defensa de lo propio, necesario para que eso propio crezca y desarrolle sus potencialidades.

Bien, no sé para qué este ex cursus si de lo que quería hablar es de que estuve allí, en el Paral.lel barcelonés y el blog me parece un buen espacio para evaluar someramente, como corresponde a este espacio, cuanto vi.

La organización buena; buena la producción; buena la dirección artística de Esteve Ferrer, que eligió para articular la entrega el obvio tema del Paralelo musical (pues en uno de sus teatros tenía lugar la gala); buena la selección de las presentadoras y entregadoras, y también el leit motiv de la mujer en la escena. Bien. Bien también el discurso de Alonso de Santos, presidente de la Academia de las Artes Escénicas de España, cada día más cercano al factor humano, al factor sabio; aunque nadie explicó por qué la presencia de una institución –la Academia- que no volvió a aparecer en el ruedo. Bien, también, un puñado de discursos hondos, medidos, y bueno que se contuviera la tendencia a la eternización en los agradecimientos a familiares en cuarto grado. Por último, hemos de felicitar a la organización, SGAE, que con su equipo de vigías logró llevar a buen puerto una noche que se supervisa con lupa desde posiciones tirias y desde atalayas troyanas.

Y dicho esto, vayamos con algunos comentarios críticos, primero sobre aspectos que bien podrían servir para mejorar próximas entregas; y después sobre cuestiones más de fondo y por ello buscadoras de reflexión compartida.

Las críticas, de menor calibre, van en forma de pregunta.

¿Por qué siendo la organizadora la sociedad de los autores, el premio que le es propio, el premio principal a la mejor autoría, en vez de ensalzarlo y diferenciarlo apareció algo perdido y rodeado de premios menores?

¿Por qué las ceremonias de los Max no acaban de ser el encuentro anual de los profesionales de la escena con mayor proyección, muchos de los cuales no acuden? ¿No convendría tomarse este punto como objetivo de mejora para el inmediato futuro?

¿Por qué esa magnífica propuesta de hacer de la mujer el hilo conductor de la gala olvidó casi por completo a cuantas no fueran actrices? ¿Dónde estaban las autoras, dónde las directoras, escenógrafas, figurinistas…?

¿No podía haberse buscado para la gala un aire conceptual más joven, fresco y contemporáneo? ¿Alguien cree que en la propuesta artística ese factor era dominante? ¿No hay nadie que piense que ese, precisamente ese, es uno de los factores fundamentales a hacer presente en el futuro de los premios Max? Un tema que se relaciona, al menos en parte, con la presencia de jóvenes artistas consagrados, realmente escasa al margen de los acompañantes de los finalistas.

Hay otras cuestiones a valorar, claro, relacionadas con la definición de las categorías, la falta de lógica de confrontar trabajos de centros dramáticos con el de salas alternativas, o por supuesto de los sistemas de selección y votación de finalistas y ganadores. Pero esto es un humilde post, y no una tesis.

Y por último, dos reflexiones más de fondo.

La primera tiene que ver con una percepción personal, pero compartida, de que la profesión escénica se sigue mirando el ombligo en las grandes ocasiones, y le resulta muy difícil evitar su tendencia al onanismo en esos momentos clave en que tantos cientos de miles de personas nos están viendo. Miren ustedes, si quiero seducir a alguien –y los Max son la noche por excelencia en que el teatro quiere seducir a la sociedad- no le hablo de mis problemas de colon, o de lo mal que me trata el presidente de mi comunidad de vecinos. Le hablo de luz, belleza, me pongo sexi, le guiño un ojo o los dos…, y si en algún momento tengo que hablarle de problemas lo hago comedidamente y desde el humor. Si alguna vez los Max quieren ser un programa visto y disfrutado por millones de españoles e hispanohablantes, los profesionales y los organizadores habrán de entender que esa no es la noche para hablar de los problemas, sino la noche en que nos vestimos para seducir y gustar. Otros momentos, otros lugares, otras personas, tal vez, habrán de afrontar la tarea de la reivindicación política. Ojo, que no digo que no haya que poner el dedo en alguna llaga: digo que hay que elegir las palabras, saber quién está escuchando y saber que el objetivo no es quedarse a gusto con el exabrupto o el titular, sino lograr cómplices y amores en la masa ciudadana. Lograr nuevos y más compañeros de viaje

La segunda reflexión tiene que ver con SGAE y su papel en estos premios. Defiendo con coraje en estos tiempos la necesidad de esa asociación que defiende los derechos de los creadores y se encarga de recaudar sus ingresos, su sustento. La asociación de los autores, esa es la clave. Los Premios Max son los premios para todas las profesiones escénicas, y por ello debieran estar todas ellas implicadas. Hoy, la organización que agrupa y representa a todas las profesiones es la Academia de las Artes Escénicas de España. Hay que agradecer a SGAE su impagable contribución a crear estos galardones, y probablemente ese agradecimiento deberá incluir un estatuto de privilegio en el futuro de los Max, pero convendría plantear a debate –sin prisa, pero sin excusas- esta cuestión de fondo. No soy partidario de que la Academia cree otros premios, pardiez; sino de que asuma sus responsabilidades en la organización de los que hay. Hace un año la Academia nacía, de la mano de un puñado de académicos, y con el apoyo de SGAE –no hay que esconderlo, más bien al contrario-, que continúa a día de hoy, gracias a los cielos. Pero la Academia y SGAE, han de pensar en que la lógica ha de imponerse, más temprano que tarde, y que en cuanto se alcance la mayoría de edad –o incluso, para alcanzarla- los académicos y su asociación habrán de asumir la hercúlea tarea de organizar los Max.

Sirvan estas líneas para promover el debate, para otear el futuro, y mirar los Max en lontananza.

NOTA: “Ojalá este domingo regrese la decencia”, reza desde El País Emilio Lledó, flamante Premio Princesa de Asturias de Humanidades. Bella palabra -“decencia”, que para muchos tiene resonancias éticas, además de las que le atribuye la RAE. No sé si en un día de elecciones se logra tamaño objetivo, pero sí que sería un excelente punto de partida para ver cómo los ciudadanos asumen su tarea de vigilantes de la dignidad y de guardianes de la honradez en la cosa pública, ése y cada uno de los días que sigan al 24 de mayo.

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Los creadores y SGAE. ¡Tan necesarios y tan frágiles!

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SGAE estrena nueva Junta Directiva, fruto de las recientes elecciones, y hace unos días fue elegido en ella su nuevo presidente, José Luis Acosta, que repite cargo. Su histórico reto es probablemente refundar la sociedad de los autores.

Los cielos demandan unidad y discreción frente al guirigay y la confrontación de los últimos tiempos. Son muchos los no-amigos de SGAE, unidos por el interés común de debilitar la sociedad que gestiona los derechos de los autores y poco proclives a dar respuesta al reto de cómo pagar a los creadores en los tiempos de internet. Y los socios de esa casa deberían ser conscientes de la tormenta exterior y de la pérdida de crédito de los últimos años y unirse, unirse hasta la intimidad en la tarea de salvaguardar los derechos y la figura del autor.

Es razonable pensar que en la nueva Junta no han cambiado los malos aires de “fronda” que la atravesaban en los últimos meses. Con algunos de los viejos junteros y aspirantes a presidente dentro, los pequeños odios y los grandes intereses personales con asiento en plaza, la preocupación por la función primordial de SGAE pasa a segundo plano. La misión de la sociedad de los autores es defender los intereses de los AUTORES, así, en mayúsculas y en plural. Alguna vez he escrito que la defensa de los derechos de los creadores, que en última instancia tiene que ver con el derecho a vivir dignamente de sus obras sin que se las roben o manipulen, es el termómetro de la madurez democrática de una sociedad en relación a la cultura. He dicho también que el problema de SGAE era de liderazgo. Pongo en cuarentena esta última afirmación. Probablemente el problema de SGAE es que en su seno la defensa de los autores, de TODOS LOS AUTORES, DE LA FIGURA Y LOS DERECHOSA DEL AUTOR, no preocupa a todos los socios por igual. Y en particular, algunos conciben la sociedad como una herramienta útil a sus intereses económicos y de poder. Desgraciadamente esos han perdido las elecciones y hoy no gobiernan la SGAE. No, no es que me hubiera gustado que ganaran las elecciones –los defensores de la “rueda” no cuentan con mis simpatías-, pero probablemente están decididos a convertir en una guerra infinita su derrota en esta batalla. Y eso no merece la pena. Porque nadie que ame la paz y la creación puede vivir permanentemente en pie de guerra y de visceral odio. Nadie que prefiera el sentido común y el acuerdo frente al empujón y el codazo, puede estar cómodo entre gritos y pleitos. Nadie que ame el arte puede hozar a gusto en el barro.

Tal vez los autores hayan de pensar en la posibilidad de solucionarlo rompiendo la SGAE por colegios o simplemente, creando dos sociedades que reúnan por simpatías estratégicas a sus nuevos socios. No sé si es una buena posibilidad. Parece que al menos, puede llegar a ser menos mala que la guerra infinita. Porque si ni un ápice de deseo de unidad hay, si ni un átomo de necesidad de compartir espacio hay, convivir es vano intento.

Los autores, los creadores -la creación- se merecen una voz unidad y armónica. Y a la sociedad es mejor darle un espectáculo más edificante.

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Autores todos: OS QUEREMOS!!!! (aunque a veces no lo parezca)

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Hace unos días una asamblea extraordinaria de la Sociedad General de Autores y Editores acababa, nuevamente, sin ver aprobadas las cuentas anuales ni las nuevas tarifas de derechos para las franjas horarias televisivas. Si hacemos caso a los medios de comunicación, algunos de ellos muy, pero que muy interesados en que las cosas de SGAE vayan mal (luego veremos porqué) establecían paralelismos entre la asamblea y la serie “Aquí no hay quien viva”. Comparaciones que son un despropósito, por cierto.

Desde hace unos años, la sociedad que representa los intereses de los autores y que se encarga en nuestro país de recaudar sus derechos conforme a la legislación, no deja de vivir un estado de crisis interna y de ataques externos. La crisis interna está producida en buena medida por el cambio de modelo de gestión y de liderazgo tras la desaparición de Eduardo Bautista como presidente. Sus sucesores, que tomaron la responsabilidad en plena y brusca bajada de la recaudación de derechos, se encontraron, además, con equipos que no habían elegido, con decisiones estratégicas que no habían tomado (Arteria) y con una sociedad –la española, incluidos sus políticos- que no reconoce en la práctica el derecho de los creadores a vivir de sus creaciones, algo que solo puede explicitarse con el pago del porcentaje correspondiente por la utilización y disfrute de sus obras.

Para mayor dificultad, este periodo reciente ha sido testigo de diversas legislaciones sobre propiedad intelectual, a menudo parciales y poco duraderas, y con un cambio de fondo en el modo en que se consume la cultura, trasladándose buena parte de ese consumo desde los soportes físicos a los virtuales.

Si como espectador externo me preguntaran (ya, ya sé que nadie me lo va a preguntar: era algo retórico) mi opinión sobre la situación de SGAE y su diagnóstico proyectado al futuro, agruparía lo que pienso en los siguientes puntos.

  1. SGAE tiene déficit de liderazgo, personal e ideológico. En lo personal, las situaciones verdaderamente difíciles, y la presente lo es, requieren al mando de la nave a personas capaces de suscitar un indiscutible consenso; personas que sepan aunar y buscar el interés de la mayoría por encima de todas las cosas. En lo ideológico, se precisa reconstruir el respeto de los ciudadanos hacia la obra y la figura de los autores como inversión del conjunto de la sociedad en su futuro cultural. El hecho de que “descargarse” arte esté bien visto y que hablar mal de la sociedad de los autores sea una actividad casi profesionalizada, refleja hasta qué punto la sociedad española está desarmada ante la necesaria construcción de una Cultura propia y autónoma. Pero la culpa también es de quienes desde las propias filas de los autores han tenido y tienen la responsabilidad de generar ese respeto hacia los creadores. La principal tarea que tienen los autores y sus sociedades de gestión es recomponer su imagen ante la sociedad, y convencerla de que un país que pretende disponer de una cultura propia dentro de unas décadas, debe favorecer y potenciar que los creadores vivan hoy de su trabajo. Hoy, algunos autores –apenas un puñado- parecen más interesados en recaudar lo más posible que en que los derechos de autor reflejen el respeto social a la figura del creador. No les importa la algarabía.
  2. En SGAE conviven autores con editores, es decir, creadores, con titulares de derechos que no son creadores. Esta medida se anunciaba desde su inicio, hace muchos años, como un foco de conflictos. Tal vez sea el momento de plantearse que pueden existir, coexistir, una sociedad que gestione derechos de autor (incluso varias sociedades de derechos de autor), y otra/s que gestionen los derechos de los editores. Es mucho mejor que existan varias a que exista una que internamente tiene dificultades para funcionar como una sola organización. Una sociedad de guionistas y autores dramáticos y músicos es perfectamente posible.
  3. La SGAE debe proceder, probablemente, a reestructurarse internamente y a dotarse de equipos alineados con las nuevas direcciones, que trabajen en sintonía y lealtad con las directivas y consejos elegidos por los socios, que pongan sus conocimientos al servicio de sacar adelante la imagen y los derechos de los autores, por encima de los intereses de grupos internos de presión, sean cuales sean éstos. El capital histórico acumulado por la sociedad de los autores es enorme, y está siendo dilapidado en poco tiempo sin que se aborden estratégicamente las causas.
  4. La resolución del problema llamado de “la rueda” es esencial, por ejemplificante, y probablemente piedra angular para la solución de otros problemas. Muchos se preguntan lo que es “la rueda”: pues bien, en pocas palabras, es lo que explica porqué, sea cual sea la cadena televisiva a la que se conecte uno a las tres de la mañana, se emiten grabaciones musicales que jamás volverán a oírse por ningún otro medio ni por otros intérpretes. Es un sistema por el que algunos autores y las televisiones (aquí está una de las claves de la acritud de los medos con SGAE), recuperan por la vía de los derechos de autor lo pagado a SGAE, sin que eso corresponda realmente a consumo cultural alguno, simplemente por tiempo de emisión. Este tema, que desde fuera parece estúpido, mueve millones de euros para algunos autores y cadenas que se aferran a sus recaudaciones, aprovechando resquicios legales y el inadecuado valor de los derechos en esas franjas horarias que nadie ve.
  5. Muchos medios de comunicación (y muchas personas animadas por aquellos) llegan incluso a manipular la información para atacar a la sociedad que recauda los derechos de autor, que no olvidemos es el dinero que ellos perciben por su trabajo: su medio de vida. Muchos se frotan las manos imaginando un futuro en el que los derechos de autor pudieran defraudarse todavía más fácilmente de lo que hoy se defraudan: eso que se ahorrarían. La consecuencia, desgraciadamente, sería que la creación, el arte, la música, la danza…, dejarían de existir tal y como las conocemos o vivirían una lánguida vida , y la pujanza que ha venido mostrando las últimas décadas se vendría abajo. Frente a esto, los autores, todos ellos, deben alinearse en un frente único y no proporcionar munición alguna a los medios atacantes.

Quienes sentimos que los guionistas, compositores, dramaturgos, coreógrafos… son insustituibles en la labor de hacer cultura y construir país, nos sentimos abochornados por situaciones como las que rodean la asamblea extraordinaria del lunes día 26 de enero. Sin ser linces sabemos que intereses personales de algunos, en todo caso minúsculos, están siendo puestos muy por delante de los intereses de todos los creadores. Solamente pedimos a quienes entre los autores estén más libres de pecado, que tiren la piedra sin esconder la mano, y expliquen a los ciudadanos la situación. Antes de que el crédito se agote es mejor, si es necesario, romper la baraja para empezar de cero. De nuevo.

 

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Ha nacido la Academia de las Artes Escénicas: un futuro nuevecito

Acádemia Artes Escénicas Española

El pasado lunes, 28 de abril, se celebró la Asamblea constituyente de la Academia de las Artes Escénicas de España. Un hecho importante en las vidas del centenar y medio de personas que nos juntamos en la Sala Berlanga de Madrid para fundarla. Importante, también, en el devenir de las artes escénicas de nuestro país.

Lo primero que nace en mí son palabras de gratitud para quienes han impulsado el proceso, y en su inicio SGAE; para quienes han formado parte del equipo redactor, que a lo largo de muchos meses han trabajado duro buscando cohesión y futuro; para quienes pudiendo no han puesto palo alguno en las ruedas de esta bella idea: ante la unidad de un sector clave en la cultura, el de las artes escénicas, cualquier palo se muestra nimio.

Y lo segundo mostrar la alegría por disponer finalmente de un lugar compartido por todos cuantos entendemos la vida desde el arte, el teatro, la danza. La Academia de las Artes Escénicas no representa organizaciones: es un lugar para personas, creadores, intérpretes, coreógrafos, iluminadores, vestuaristas, directores, autores, productores…, y tantas otras profesiones que en su conjunto crean el arte más colectivo, el que tiene lugar sobre un escenario, en directo. Y podemos estar por primera vez juntos, ocupándonos de nuestros asuntos colectivos.

Laudes, pues, para todos, promotores, fundadores, y futuros miembros.

Y ahora a trabajar. Duro, sin descanso, sin rencillas, sin más ambiciones que las colectivas. En junio los 162 fundadores elegirán la nueva Junta Directiva que tomará el timón de la nave durante los próximos cinco años.

¿Que si no hay problemas? Sí, claro, también hubo algunas motas de polvo, las pequeñas manchas en el proceso que nos recuerdan que la belleza hay que cuidarla insistentemente y sin desmayo para que perdure. Que es frágil. Las motas están para ayudarnos a mejorar: retos en el camino. Ahí van algunos en la nueva Academia: Urge más presencia de mujeres. Que no hubiera ninguna en la junta promotora es una llamada urgente a que su presencia y juicio no falte en ninguna de las candidaturas. Otra: el sistema de elección por listas cerradas puede servir para echar a andar, pero el futuro lo veo con la posibilidad de que puedan también presentarse candidatos independientes y en solitario: más sal para la Academia. Otra, (y no más), hay que soltar la mano de SGAE cuanto antes. La sociedad de los autores –sin duda la más fuerte de todos los gremios escénicos- está cumpliendo un papel admirable en este proceso trasladando su fuerza a un colectivo mucho más amplio, el de todos los profesionales de las artes escénicas. Ahora toca a todos ocuparnos de los asuntos de todos.

El futuro nos espera nuevecito, sin estrenar, con sus riesgos y sus sorpresas escondidas, con sus tareas, sus retos, sus maravillas.

Cuando el veintitrés de junio se conozca la nueva Junta Directiva, será el momento de buscar sede, de abrir web, de que se inscriban miles y miles de nuevos miembros y estrenar carnet, de pensar en los premios del año que viene, de disfrutar de la capacidad de acción e intervención de un colectivo tan grande y dinámico. Y decidir cómo emplearla.

Será la hora de construir. De acercar el mañana.

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Queremos mucho Max

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Los Premios Max son una fiesta para las artes escénicas. Y hay que agradecer el esfuerzo de SGAE y Fundación Autor, encabezadas ahora por Anton Reixa y Antonio Onetti, por impulsarlos. Tienen sus sombras, cómo no, pero han devenido en el espacio en el que quienes crean arte en España reciben público premio por su buen hacer. Un “lugar” aceptado por los más. La expectativa y la repercusión dentro del sector y entre cientos de miles de aficionados al teatro y la danza es muy grande. Bienvenido sea todo ello.

En la situación por la que atraviesa el espectáculo en vivo, los Max no podían ser ajenos a las políticas públicas de abandono y dejación de responsabilidades culturales. Muchos durante la ceremonia lo dijeron por activa y por pasiva, aunque menos conjugaron sabiamente el humor con la crítica.

No es este el lugar para comentar o valorar los premios, conseguidos en todo caso a través de votos individuales de profesionales inscritos en el censo de votantes. Tampoco es el lugar para entrar en la valoración artística de la ceremonia. La producción fue muy buena y al acabar la Gala los asistentes salieron muy satisfechos y disfrutaron luego de un amable ambiente en el que departir en la cálida noche del Matadero.

Aquí me detendré tan solo en cuatro aspectos que me parecen razonablemente importantes.

1. El primero es el del sistema de votación. Año tras año se percibe con nitidez que en los votantes influye demasiado el afecto y la amistad, y es difícil desprenderse de la impresión de que existen grupos que actúan como tales al depositar el voto. Solamente así se puede entender que una obra se lleve todos los galardones a los que opta, como si lo que hicieran el resto de los candidatos no mereciera ni migajas. Y esto es así desde los viejos tiempos en que Animalario arrasaba. La dificultad primera es ver todos los espectáculos candidatos por el hecho mismo de ser en vivo. No es fácil resolver este problema: parte de la solución probablemente pase por reducir el número de candidaturas a las que puede optar un espectáculo, o establecer un sistema de Jurado que filtre, complemente o sustituya la elección, o establecer un sistema de voto ponderado. Pero sin duda es un problema que exige urgentes medidas para garantizar la máxima transparencia y credibilidad.

2. El segundo aspecto interesante que me provocó reflexión tiene que ver con la relación de las artes escénicas con sus públicos. En la mayor parte de los discursos e intervenciones el público estaba ausente. Los mensajes se dirigían a los asistentes, como si de una reunión interna se tratara, olvidando que a través de la televisión lo que se dice llega a cientos de miles de personas. Personas que pueden estar o no interesadas -esto último es lo más lógico- por los problemas internos del sector teatral. Ante ellos, ante nuestro público, las AA.EE. han de mostrar lo mejor de sí, la máxima belleza, la mayor y mejor de las seducciones. El teatro en 2012 ha hecho maravillas a pesar de la crisis, ese es el mensaje. El tonillo lastimero y de queja es, francamente, poco glamuroso.

3. El ministro de Educación, Cultura y Deporte, dio, una vez más, la nota fea e ineducada. Su clamorosa ausencia no muestra solo el escaso interés de Wert por las Artes Escénicas. Hay algo más, que tiene que ver con su mínima capacidad de dialogo y escucha, con su gusto por la provocación y el profundo desprecio que siente por la sustancial parte de la cultura que representa el espectáculo en vivo. El ministro Wert hace tiempo que es el problema. El ministro Wert debe irse. No hay garantías de que el próximo lo haga bien. Pero es muy difícil que otro lo haga peor.

4. SGAE tiene un reto en el inmediato futuro de primera magnitud. Los Max son una creación de los autores para todos cuantos trabajan profesionalmente en el teatro y la danza. Bien, porque todos queremos que el sector tenga una voz potente, unificada e indiscutida, y los Max pueden ser el germen.  El reto para SGAE tal vez pase por iniciar un proceso constituyente de una verdadera Academia de las Artes Escénicas. La grandeza que tal cometido exige será una buena prueba de hasta dónde está dispuesta la sociedad de los autores en la tarea de liderar al conjunto de los sectores profesionales de las artes escénicas, y compartir con ellos el futuro protagonismo. Un hermoso reto.

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El País, ¿contra SGAE, contra los autores, contra los dos?

Top manta, piratería musical/01

Un titular de EL  PAÍS del 28 de marzo rezaba (era Semana Santa) así:  Reixa recibió 142.000 euros del ente que dirigía su actual delegado de la SGAE.”

Como no es fácil de entender lo que el titular quiere decir, pero por ello intuía una cierta trama o al menos tendenciosidad, me zambullí a leer la noticia. El abierto aire insidioso, más propio de otros diarios, me alarmó.

La noticia, en realidad, es que Filmanova la productora del musical Galicia Canibal, de la que es accionista Antón Reixa, recibió esa cantidad como ayuda a la gira y estancia de dos meses en un teatro madrileño. El musical, patrocinado por la cerveza Estrella Galicia y con la colaboración del Centro Dramático Galego, recibió la ayuda desde Agadic, la Axencia Galega de Industrias Culturais, dirigida en ese momento por Carlos Fernández Fasero, quien poco después pasaría a dirigir el área noroeste de SGAE.

No me gusta el aroma de la ayuda. Que se aclare. Pero lo que huele muy mal es la tergiversación neta de EL PAÍS, que convierte en personal la ayuda (“Reixa recibió…”) y que mezcla a SGAE en un acto que cuando tuvo lugar no tenía relación con la concesión de la ayuda. La mala intención es obvia y el periódico se alinea con quienes tienen a la sociedad que gestiona los derechos de autor como su enemigo. La SGAE ha sido durante años objeto de todo tipo de críticas destructivas cuyo origen tenía como común denominador a sectores reacios a cumplir la legislación sobre derechos de autor.

Los autores, los que con su talento creativo impulsan la cultura y el arte, están maltratados en nuestro país, porque quien más quien menos se “baja” cine o música; quien más quien menos si puede va de gorra al teatro o se cuela en un concierto; quien más quien menos desconoce u olvida que no pagar o piratear redunda en derechos que no se cobran. Y los derechos en nuestro sistema jurídico son el salario del autor. Los gestione quien los gestione. Por eso la tarea es defender a los autores y sus derechos.

Hace mal EL PAÍS en atacar con insidias al presidente de los autores. En realidad está dando un golpe bajo a todos los autores en el vientre de su presidente, que además, en mi opinión, se está esforzando con su equipo en sentar nuevas bases para la sociedad.

SGAE ha lanzado una campaña denunciando la actitud de numerosas televisiones que producen, encargan y editan música que nadie escucha (solo se emite de madrugada) con el exclusivo fin de reducir su aportación obligatoria a SGAE.  Por ello ha sido también atacada buscando su línea de flotación. ¿Coincidencia?

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Filed under Cultura, General, Opinión, polémica

Anuario SGAE: datos duros… y oportunidades

El Anuario SGAE de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales es una herramienta imprescindible para conocer el estado del consumo cultural en España. Y hay que agradecer que a pesar de las dificultades, SGAE, Fundación Autor y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, sigan apostando por conocer la realidad. Conocerla es la condición imprescindible para actuar sobre ella. Para cambiarla.

La presentación de los datos del último anuario SGAE, correspondiente a 2011, fue un rosario de pérdidas: de espectadores, de actividad, y en menor medida, que también, de ingresos. Antón Reixa, Antonio Onetti, Francisco Galindo… desgranaban algo tocados una situación para la que no estábamos preparados. Muchos años continuados de crecimiento nos hicieron pensar que la cultura y el arte empezaban a ocupar el puesto que les corresponde en una sociedad avanzada. Pero no: el desplome de la economía española –incomprensible arcano para mí todavía en sus detalles- ha arrastrado incluso a los sectores que iban bien. En la presentación se habló de la “Burbuja cultural” como si su crecimiento los últimos diez años hubiera sido ficticio, falso, hinchado. Pero no. El impulso de la creatividad, el desarrollo del tejido cultural y de las empresas que lo han hecho posible, su peso correspondiente en el PIB… no son un bluff. El retroceso es, simplemente, la explicitación de la dependencia de la cultura con respecto a la economía, y también respecto a las ayudas públicas. Cuando pensábamos que formaba parte del motor, la realidad nos ha venido a recordar que todavía entre nosotros es un aditamento estético del que prescindir cuando el hambre aprieta. Porque por estos lares, el hambre-hambre se relaciona más con el pan que con el alma.

Probablemente el inmediato futuro sería menos doloroso y difícil si hubiéramos hecho a tiempo algunos deberes que tienen que ver con el desarrollo de las audiencias y la fidelización de los públicos del arte. Hoy esas tareas pasan a estar relacionadas con la supervivencia misma del sector. Hoy el seducir a nuevos públicos, desarrollar las audiencias de la creación, hacer que quienes van repitan más veces y además entreguen de buen grado su lealtad a las organizaciones culturales, son objetivos estratégicos. En los próximos tiempos muchas organizaciones tal vez desaparezcan o comprueben la ausencia de razones para ser. Lo importante es que cuando el arte y la cultura española salgan de esta situación, los públicos sean más y más fieles. Porque lo que debemos conseguir es que las gentes –muchas y nuevas gentes- sientan que la cultura les acompaña en este tramo duro de sus vidas, con calidad y buen hacer. Que con alimento espiritual del bueno las penas son menos y el futuro más cercano. Es una nueva oportunidad que no podemos desaprovechar.

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Filed under Audiencias, Cultura, Gestión cultural, Innovación, Marketing Cultural, Opinión, Políticas culturales, Públicos, Reflexión

¿SGAE?, y 3. ¿Libre acceso a la cultura o gratuidad cultural?

Y acabo, por el momento, con esta breve serie sobre el tema. A menudo he tenido la percepción de que la gente con la que en ese momento estaba charlando sobre los derechos de autor pensaba que la obligación legal de pagarlos era, en realidad, un obstáculo para el libre acceso a la cultura y el arte. Hay que decirlo todo: eso ocurría con gente que no pertenecía al mundo de la creación, porque los escritores, pintores, fotógrafos, realizadores audiovisuales, autores teatrales… tienen clarísimo que han realizado un trabajo y que necesitan cobrar por él.

En realidad el discurso sobre el libre acceso a la cultura expresa el mensaje de que la cultura debe ser gratuita. No sé por qué la cultura y no la vivienda, o el pan, todavía más necesarios. Tal vez sea un resabio de los tiempos en que todos soñamos una sociedad que resolvería las grandes necesidades humanas, incluida la cultura. La historia, es decir, el recorrido que las sociedades han ido haciendo en su devenir, ha puesto precio a casi todo, porque la fórmula triunfante hoy –espero que no para siempre- es el capitalismo. Y éste asigna un valor económico a cada tarea, a cada producto, a cada función socialmente necesaria.

Creo que el acceso a la cultura debe ser libre sin que por ello sea gratuita urbi et orbi. Defiendo provocadoramente que la cultura y el arte no son un derecho tal y como entendemos en el occidente capitalista otros derechos –unos incumplidos, otros de difícil cumplimiento: al trabajo, a la educación, a los servicios de salud…-. Defiendo provocadoramente, por el contrario, que la cultura es una meta que los ciudadanos alcanzan con esfuerzo y trabajo y que puede o no formar parte de sus aspiraciones. Aspirar a la cultura, amar el arte puede que haga mejores a las personas, pero es una opción individual tan respetable como la de quienes optan por no cultivarse el alma con arte nunca.

En consecuencia defiendo que quienes crean cultura tienen –estos sí- derecho a vivir de ella, sí así lo demanda la sociedad, si esta paga por sus creaciones. Y que quienes defraudan ese derecho, no pagando el precio fijado, están sustrayendo a ese creador el fruto de su trabajo. Y probablemente, al resto, a la sociedad en su conjunto, nos está hurtando un creador, que deberá dejarlo para vivir de otra cosa. Probablemente una que no se pueda bajar de internet. Ni más, ni menos.

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