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Si jo l’estiro fort per aquí

Acabo de volver de Barcelona, donde he estado cerrando la temporada de En La Otra Habitación, de Paloma Pedrero, que ha estado en Versus Teatre, esa preciosa sala dirigida por Ever Martín Blanchet. Estuve alojado, al ladito de La Boquería, en la casa de mi buen amigo Fernando Giráldez, médico e investigador, quien me enseñó rincones que todavía no conocía. Un gran y bello viaje.

No niego que he venido a Barcelona un poco más atento a lo que viera para situarlo en el proceso político iniciado el 11 de septiembre, que parece llevar a hacer de la constitución de un nuevo estado catalán, el objetivo neurálgico de algunos políticos.

No he visto nada que me haga pensar que en esa hipotética nueva articulación no pudiera disfrutar del arte, la cultura, y las gentes de esta tierra. Las fronteras, incluso aunque se deseen fervientemente, son hoy filfa en el mundo globalizado e interconectado. Sirven poco más que para sentirse diferentes frente a otros, que también son diferentes. Todos los somos, personas, comunidades, culturas… Somos una gigantesca comunidad de vecinos en la que debemos aprender a querernos, incluso por nuestras debilidades.

Simplemente percibo que la pobreza, los malos servicios, los endémicos males de la educación, buena parte de las injusticias…, es decir, la vida de las gentes, no se mejorarán por una nueva frontera. Pero ya sabemos, porque tenemos una alta nota en ese examen, que los políticos no se ocupan de la vida de las gentes. Y me pregunto si la cultura, las gentes de la creación, del arte, aquellas que hacen su trabajo en lo profundo del alma, pueden hacer algo para mejorarla. Y lo primero que pienso es que no debemos usar la cultura para alejarnos, sino para acercarnos. Es maravilloso que una obra en español haya viajado desde Madrid al corazón de Cataluña, a mostrar sus desnudeces bellas. Y es maravilloso que el arte catalán, sus músicos, intérpretes, directores (muchos)… transiten en AVE para compartir en la meseta cuanto saben (mucho).

La creación de estados no va a alterar el amor mutuo, profesado durante siglos al margen de poderosos, banqueros, militares y políticos. Está en Serrat, Llach, Los Sirex, Miró, La Fura, Casals, Pou, Mompou, Marsillach, Tricicle, Carreras, Jarabe de Palo, Espriu, Peret, Montsalvatge, El Gato Pérez, Gas, Espert, o Cugat, por mezclar lo que mezclado está. Son de todos porque no pueden ser solamente de unos pocos. En mi memoria emocional están Pi de la Serra, o Ribalta, al lado de Miguel Hernández o Janis Joplin, y sé que lo mismo les ocurre a todos mis amigos catalanes.

Al sol otoñal de La Barceloneta, recordaba con Fernando el precioso poema “La mala reputación,” de Georges Brassens, y el escaso aprecio de  nuestra generación por las banderas. En nuestra historia las banderas suelen servir para que nos demos en la cabeza con el asta. Para reforzar lo que nos separa. Por el contrario, la cultura y el arte nos unen; es su esencia, su sentido último.

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