Rebuznan, luego cocean: Wally o la cultura

Captura de pantalla 2015-12-18 a las 12.30.02La campaña electoral ha sido una limpieza étnica para muchos temas verdaderamente importantes, arrumbados por el enfangamiento y el engolfamiento en que ha devenido parte sustancial de la política en nuestro país. Hasta la televisión, sobre todo la televisión, ha sido el escenario privilegiado para alcanzar tan bajas metas.

Uno de los temas tan importante como missing es el de la Cultura. Nada sabemos de lo que tirios y troyanos quieren hacer tras las elecciones. Probablemente porque ni ellos mismos lo saben. Casi seguro porque no les interesa lo suficiente para saberlo. Bueno, es cierto que alguno ha hablado de bajar algo el IVA al consumo cultural: todo un alarde de novedad y compromiso. Eso sí, si las circunstancias lo permiten, claro. ¡Como si el IVA fuera el único o el principal problema de la cultura en España¡ Rebuznan, luego pueden cocear.

Lo grave, lo verdaderamente trascendental, no es que los partidos políticos tengan esa escasa consideración con la cultura, el alimento espiritual de las personas y de las sociedades, no lo olvidemos; no, lo relevante e ilustrador de la situación es que cuantos son sensibles a esa componente de lo humano han visto pasar la película electoral sin levantar la mano para preguntar de lo suyo. Lo definitivo es que cuantos sentimos que la cultura son las carreteras por las que transita la imaginación, la creatividad, el alma de las gentes, no hayamos dicho ni pío.

Para más adelante, como tantas otras veces, queda la tarea de centrar el tiro de las exigencias mínimas, ese programa básico del que en muchas ocasiones he hablado, que debería configurar el horizonte de la acción de la cultura y de la sociedad misma para construir futuro.

En el Génesis, Yahveh contestaba a Lot, que le pedía que no destruyera las corruptas ciudades de Sodoma y Gomorra, que no lo haría si hubiese un justo en ellas. Qué metáfora. Hoy, hambriento como me encuentro, admitiría, bajando el nivel de exigencia, que cualquier partido merecería ser votado desde la perspectiva cultural si tuviera tres o cuatro compromisos importantes en su programa; dos o tres compromisos en su programa. Dos o uno. Algún compromiso relevante y diferencial en su programa.

 

¿Con cuáles me conformaría?

Uno, sí, con la bajada del IVA al 4% -porque el alimento espiritual no debe tener impuestos-. Pero el 4% debe aplicarse tanto al consumo, como a la producción, porque quienes generan arte y cultura no deben ser tratados como si se dedicaran a la banca, a la energía nuclear o al tráfico inmobiliario (me limito a recordar la diferencia que para la cultura establece la Constitución). Limitar el problema impositivo de la cultura solo a quienes compran entradas es demagógico y mortífero para los creadores y las organizaciones creativas.

Dos, una legislación que articule, facilite, provoque, ayude… a que los ciudadanos y las empresas colaboren en el devenir cultural. Una ley que facilite la aportación de fondos económicos a la producción de cultura, y que al mismo tiempo favorezca la implicación de la sociedad en el devenir del arte y al cultura en España. Algunos la llaman reduccionistamente Ley de Mecenazgo. Visto lo visto, me conformaría con una que no fuese mala, copiada de algún país de esos de allende Pirineos que nos llevan alguna ventaja en esto.

En realidad sería suficiente con cualquier cosilla: un plan nacional de promoción e impulso de la lectura, la recuperación porcentual en los próximos presupuestos de las cantidades recortadas los últimos ocho años, el acceso a todos los cargos públicos culturales de designación mediante convocatorias democráticas y transparentes y con contratos programa, la presencia en lugar preferente de la cultura en la acción exterior, la incorporación destacada y relevante del arte y la cultura a los medios públicos de comunicación…

Unos pintxitos, vamos, pero que expresen la apuesta decidida por un cambio de fondo en el “hacia dónde” vamos todos y hacia dónde la cultura de España. Porque la responsabilidad de lo que afecta a todos, es esencialmente pública.

 

Casi nada, es verdad. Unas minucias.

Lo dicho, daría mi apoyo a quien prometiera y comprometiera alguna de estas medidas. Una tan solo. Incluso una que oliera a una. Pero, ¿hay un solo (partido) justo?

Como Lot, me preparo para salir de la ciudad este domingo.

Y no volveré la vista atrás.

 

NOTA: Más de un mes sin escribir un post, y mira que había temas, eh, pero los tiempos mandan. Ahora que la dulce Navidad acecha, habrá seguramente tiempo para otro antes de que acabe el año.

Cultura y empresa, una buena pareja. ¿Bailamos?

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A propósito del I Foro Cultura & Empresa

Se suele pensar que la esencia de la colaboración entre empresas y artes/cultura radica únicamente en que sea beneficiosa para las dos partes. Bueno, es obvio que en su colaboración con proyectos artísticos y culturales las empresas ganan nuevos públicos, mejoran su imagen o encuentran contenidos útiles para sus estrategias de marketing…, entre otros muchos beneficios. Y que, por su parte, las organizaciones y proyectos artísticos y culturales hallan en la colaboración de las empresas sustento para sus iniciativas, cobertura financiera para sus creaciones, difusión, viabilidad y hasta legitimidad.

Pero me parece mucho más relevante afirmar que la colaboración entre unos y otros en torno al arte, a quien beneficia en última instancia es a las gentes, a la sociedad. Más aún en un momento en que los responsables políticos recortan en los presupuestos las partidas destinadas a salud, cooperación, cultura, derechos sociales o educación, es decir, al bien colectivo. Pero, ¿porqué ha de ser importante esta perspectiva para las empresas, a las que siempre se achaca el objetivo esencial del beneficio propio? Voy a dar mi opinión, y para ello es imprescindible argumentar también el valor intrínseco y diferencial del arte y la cultura.

No es difícil definir el arte y sus beneficios; tal vez podríamos decir poéticamente del arte que es aquello que suspende en un instante nuestra rutina elevándonos a un lugar inefable en el que somos conscientes de que la vida es bella, y sobre todo, puede serlo más aún. Solo dejarán de entender lo que digo quienes nunca han sentido todavía un pinchazo íntimo, profundo, por un verso, unas imágenes, una canción, un paso de danza, una pintura o unos acordes de violín, por poner ejemplos variados. El arte, cualquier forma de arte, nos ayuda a entender la complejidad, la profunda belleza, las capacidades del ser humano. El arte, cualquier expresión del arte, permite que entendamos –a veces inexplicablemente- aspectos de la vida y sus lugares más recónditos a los que no es posible acceder de otro modo. El arte representa la complejidad del pensamiento frente a la uniformidad, la unión de las personas a través de la creatividad y la belleza frente al miedo a la diferencia y la diversidad. Las artes, los lenguajes artísticos, representan probablemente la esencia diferencial de ser humano. Más que en ningún otro momento, el arte es socialmente útil cuando las gentes viven momentos de incertidumbre, de violencia e injusticia, de confrontación y abuso de poder. Cuando necesitan ver en los ojos del otro esperanza para todos. Porque el arte y su belleza permiten elevar la mirada del suelo al cielo y posibilita que los seres humanos se reconcilien con su esencia buena. Por eso puede ser tan útil, además de por otras cosas, el arte y la cultura.

¿De verdad que las empresas –conformadas por personas- y muchos ciudadanos, habría que decir- deben permanecer al margen de la marcha global de la sociedad y de su bienestar?

Lo que digo pueden parecer sensiblerías intelectuales. Pero la perspectiva que planteo no es otra que la del beneficio de todos como guía del desarrollo de la sociedad, el manoseado bien común en cuya consecución todos los agentes sociales –instituciones, personas, organizaciones y empresas…- deben colaborar. Y que las artes y la cultura –también la solidaridad, la salud, la educación, el medio ambiente y la vida saludable, entre otros- son un territorio natural para esa colaboración.

Sí, lo que digo parece asignar nuevas tareas, responsabilidades a creadores y artistas y a dirigentes empresariales y empresas más allá de las de lograr que sus propios proyectos sean un éxito mayor basado en la colaboración y el beneficio mutuo. Afirmo que ese nuevo papel determina que en el futuro todos los agentes que participan en el devenir social deben laborar TAMBIÉN, por el beneficio colectivo, por el bien de todos. El principio de que lo que conviene a todos me conviene a mí –y no al revés- conduce en el territorio del que hablamos a que personas, organizaciones y empresas destinen esfuerzos específicos a aportar valor a la sociedad. Mejor aun si es conformando equipos y proyectos conjuntos en los que sinergias de origen diferente se conjugan para producir bienes, para los propios y para todos. Las artes y la cultura forman parte esencial de esos bienes.

El 25 de noviembre próximo va a tener lugar un encuentro, el Foro Cultura & Empresa, organizado por ActúaEmpresa-elmuro, el primero de estas características, que reunirá a directivos de empresas, de grandes empresas, y a líderes de organizaciones y proyectos culturales para presentar públicamente casos de buenas y fructíferas prácticas colaborativas. Allí estarán Mastercard, Adecco, Coca-Cola, AtresMedia, Endesa…, junto a Matadero, Focus, Pentación-Festival de Mérida, Publicis, FCB o la Fundación First Team, entre otros. Asistiremos con toda seguridad a la constatación de que en el seno de muchas empresas empieza a asumirse una cuota de responsabilidad ante el acontecer social, más allá de la consabida RSC; y que en las organizaciones artísticas y entre los creadores hay muchos que piensan en el arte no solo como expresión de libertad propia sino como en un terreno de aportación de valor para otros.

Estoy deseando que llegue ese día y que nos veamos en la Sala Berlanga de SGAE. No te debes perder este baile.

 

P.S: Explicar el valor de la cultura y las artes en la vida de las personas y su poder transformador, no es difícil, pero necesitamos encontrar un lenguaje que haga más objetivable esa descripción. Ahí ando, trabajando en ello.

 

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Expediente Guadalajara: ciudadanos que hacen Cultura

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Hace unos días se clausuró el Festival de Cine Solidario de Guadalajara FESCIGU, un encuentro en torno al cortometraje sensible con lo que pasa en el mundo. El año pasado desde elmuro apoyamos ese festival aportando patrocinio, y produciendo la gala de clausura lo mismo que este año. Esperen, que lo que les quiero contar va mucho mas allá de la autoloa. El FESCIGU, está organizado por una asociación sin ánimo de lucro –Cinefilia– y su actividad es apoyada por decenas de “nativos” que aportan esfuerzo y pasión para que tenga éxito. Y éxito es que cientos de creadores envían sus cortos y requetecortos desde España, y también desde otros muchos lugares, algunos muy lejanos; éxito es que miles de personas cada año acuden a ver esas películas a lo largo de la primera semana de octubre llenando el Auditorio Buero Vallejo; éxito es que muchísimos escolares se acercan a este tipo de cine por primera vez a través de este festival.

Unos días antes, el miércoles 1 de octubre, asistí como invitado a la presentación de los 25 años del Tenorio Mendocino; una representación popular que se celebra por Todos los Santos en exteriores de edificios relacionados con los Mendoza de la capital alcarreña, promovida por la asociación Gentes de Guadalajara. Durante meses ensayan decenas de actores no profesionales que dan su carácter a los principales personajes de la obra de Zorrilla, y movilizan cientos de personas para la figuración y equipos técnicos y de organización y producción. El resultado, magnífico en lo artístico, es visto las dos noches en que se representa por miles de espectadores que siguen las escenas por los rincones bellos de la ciudad. El Tenorio Mendocino se ha convertido en un referente ciudadano de primer orden y uno al verlo tiene la gratificante emoción de contemplar cómo algo se está convirtiendo en tradición ante sus ojos.

En torno al final de la primavera, desde hace la intemerata -24 años-, también en Guadalajara, se celebra el Maratón de los Cuentos, promovido por otra asociación, el Seminario de Literatura infantil y juvenil. Una iniciativa que canaliza y estimula el empuje y la participación ciudadana. Las muchas actividades del Maratón, y los Viernes de los cuentos durante el año, dinamizan y acercan la literatura y la narración a miles y miles de personas, particularmente de niños, en una tarea asumida por los propios vecinos organizados.

En la misma ciudad también, la Fundación Siglo Futuro forma parte desde hace décadas ya de ese tejido asociativo que ha decidido aportar su esfuerzo a la ingente tarea de hacer de la cultura y el arte lugares de encuentro y de crecimiento ciudadano. Decenas de conferencias, conciertos, actividades de divulgación para las que la asociación busca bajo las piedras fondos con los que mantener su oferta anual.

Son cuatro de las más relevantes actividades cultuales que cada año nutren a los ciudadanos, a las que se suman otras muchas de menor perfil, claro. A ello hay que añadir la actividad cultural promovida por el ayuntamiento y cuyo buque insignia es el Auditorio Buero Vallejo. Pero sin lo que aquellas asociaciones hacen, nada sería igual en esa ciudad. Visualizarán mejor su relevancia si trasladáramos proporcionalmente tamaña actividad a cualquier otra ciudad de mayores dimensiones: como si los festivales de Jazz y de cine de mi querida Donostia los organizaran asociaciones sin animo de lucro, vamos.

¿Por qué cuento esto? Porque la esencia de la cultura es que las gentes asuman no solo el honorable papel de consumidor, sino el imprescindible papel de generador. La cultura ocurre porque alguien la hace, y cuando son asociaciones ciudadanas sin ánimo de lucro, como en el caso guadalajareño, o grupos de personas que toman sobre sus espaldas la noble tarea de “hacer”, tenemos ante nosotros el perfecto ejemplo de la democracia cultural, esa que se hace porque las personas la hacen, y no sólo o principalmente porque las instituciones la pagan.

La cultura de la queja, expresada en nuestro país tantas veces por esa mirada hacia otros, hacia las instituciones responsabilizando de situaciones o demandando dinero o medios, deja paso aquí a la cultura de la responsabilidad ciudadana que asume sin buscar el beneficio económico que las cosas ocurrirán si quienes las desean las ponen en pie. Que la maravilla no es tener dinero para comprar en el mercado cultural, sino tener el deseo y el talento de hacer cosas –actividades culturales- para tus conciudadanos.

A las instituciones públicas, tan celosas de su poder, les queda el mandato constitucional de promover la cultura, que no es otro en relación a lo que hablamos, que facilitar los medios para que los ciudadanos asuman cada día más responsabilidad en su propio devenir cultural.

El caso de Guadalajara es un ejemplo. Un ejemplo de cuya trascendencia probablemente ni sus protagonistas, ni por supuesto las autoridades locales, son conscientes.

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Ana Diosdado: una dramaturga

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Mujer de raza, de las que contiene en un fino y frágil cuerpo una energía y una determinación inconmensurables, ha muerto dulcemente en su puesto en la directiva de SGAE, durante una reunión, acompañada en el final por la mano amiga de Paloma Pedrero.

Esta primavera me llamó para que fuera al estreno en el Lienzo Norte, de Ávila, de “El cielo que me tienes prometido”, la obra que había escrito con motivo del centenario de Teresa, la mística abulense. Consumida por el mal, pero fuerte y sin una sola queja, recibió feliz la ovación tras el final y luego, ya en petit comité, charlamos con un vino en la mano de futuro; como siempre: con ella siempre se hablaba de planes.

Ana Diosdado no solo era una gran autora teatral, era el mascarón de proa de un cambio producido en el teatro español a comienzos de los ochenta, casi en medio de la Transición a la democracia. Y ese cambio, revolucionario por radical, consistió en que las masculinas murallas de la escritura teatral se abrieron al toque de trompeta de una brava mujer, sí, una mujer, que osaba no solo a competir en un territorio reservado a las corbatas, sino que, además, abordaba temas y creaba tramas y personajes desde una perspectiva hasta entonces casi ausente en la dramaturgia española.

Porque ésa es precisamente la clave de su aportación y lo que hay que recordar en estos momentos en los que los tópicos suelen flotar por encima de las grandes verdades. Se dice tantas veces que no importa el género de los autores y que lo que importa es la calidad, que se olvida que eso se suele afirmar partiendo de un molde masculino, acuñado por hombres que deciden lo que es y no es canónico, que dice que hay temas y personajes importantes, y temas y personajes poco relevantes. La perspectiva desde la que buena parte de las mujeres autoras escriben no es la de los grandes personajes, reyes, políticos, líderes o celebridades, ni sus temas son la guerra, la ambición, la política o el triunfo. No, ellas suelen elegir personas humildes, héroes a menudo anónimos, incluso osan convertir en protagonistas de sus obras a mujeres. De pronto, la vida representada en escena, se abre a una mirada diferente, y se abordan temas cotidianos, más cercanos a la medida de lo humano y no de dioses o héroes. Relean “Usted también podrá disfrutar de ella”, “Cristal de Bohemia” o “La última aventura”. No ceo en el teatro de género, pero sí creo en que muchas autoras tienen una mirada propia muy difícil de impostar por los autores. Es su aportación específica, sin la que el teatro quedaría incompleto.

Por eso, y por tantas otras cosas, gloria a Ana Diosdado, honor a la dramaturga.

PS.: La muerte de Henning Mankell, también dramaturgo y novelista, el mismo día y casi a la misma hora que Diosdado, convierte esta pena en pareada. No se me ocurre mejor homenaje que releer inmediatamente alguna de sus obras. De Ana, Usted también podrá disfrutar de ella; de Mankell tal vez Antes de que hiele, o El chino.

Santiago Eraso: Destino Madrid Destino

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Madrid Destino, la empresa municipal de gestión dedicada a la cultura, el turismo y la rentabilización de espacios, estará en el futuro inmediato en primer plano del debate sobre la política cultural y, más allá, sobre el modelo de gestión municipal. Y es que, probablemente una de las medidas más relevantes tomadas hasta ahora por el equipo de Manuel Carmena, al frente del ayuntamiento madrileño, sea el nombramiento de Santiago Eraso para Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio. Un nombramiento que, para quienes hemos seguido su firme y brillante recorrido previo en Donostia, augura una reorientación profunda de la empresa pública municipal.

En un país con una estructura pública fuertemente funcionarizada y en el que las administraciones públicas tienen grandes trabas y controles que las hacen en ocasiones poco operativas, la creación de empresas públicas se ha ofrecido históricamente como un instrumento alternativo de gestión de lo público, más eficiente y más flexible para dar respuesta rápida a las necesidades ciudadanas.

En una entrevista para eldiario.es publicada el 26 de julio, Eraso se refiere a Madrid Destino como una “empresa que se creó para favorecer la liberalización de las políticas culturales”. La práctica confirma el aserto y probablemente este tema sea el corazón del debate en torno al sentido de esa empresa pública municipal.

Las empresas públicas –las administraciones públicas- deben tener como guía el servicio al ciudadano, y en un paso previo, ser un instrumento de gestión técnica y profesional al servicio de la política cultural del equipo de gobierno, siempre en el marco del servicio público al que debe ser útil. No olvidemos que la Constitución fija la obligación a los poderes públicos de promover la cultura. En otras áreas de la actividad económica, en las que la acción privada no encuentra estímulo o beneficio inmediato, como por ejemplo las infraestructuras de comunicación y transporte, la energía, la sanidad, la educación…, las empresas públicas han de responsabilizarse de que los servicios correspondientes queden garantizados para los ciudadanos. En el ámbito de la cultura –y en todos los ámbitos- este tipo de herramientas de gestión corre el peligro de convertirse en un instrumento de ahorro y de comportarse acríticamente como demande el mercado.

La fusión hace unos años de Madrid Arte y Cultura S.A. (Macsa), Madrid Visitors & Convention Bureau, y Madrid Espacios y Congresos, dio a luz una enorme, disforme y poco operativa empresa, carente de personalidad, de misión e incapaz de transmitir a los ciudadanos su propio sentido. El mensaje principal de la fusión era indudable: ahorrar, crecer y ganar dinero; criterios básicos de cualquier empresa…, privada.

La captación de recursos, la gestión de alquileres y patrocinios, el abaratamiento a toda costa de los costes, llevó incluso a transmitir que era mucho más importante el beneficio económico que el social. Así, junto a cosas positivas relacionadas con el aumento de la eficiencia, se pusieron en juego principios mercantiles impropios en un servicio público. Este último, el beneficio social –por encima del económico-, es la guía fundamental de toda política cultural y toda herramienta que sirva para implementarla. Y en eso es en lo que probablemente se ha fallado: en la dirección y estrategia, en los objetivos, en la misión de Madrid Destino. Mal que, como decía, creo que acompaña a su nacimiento.

Si alguien me preguntara cuáles debieran ser los primeros pasos, qué tres o cuatro cosas debiera acometer Madrid Destino frente al espejo en estos sus compases iniciales, le contestaría lo siguiente:

Primero, separar orgánicamente las áreas de actividad, para reducir su tamaño y hacer más operativas las empresas resultantes. La transversalidad que debe ser característica de toda política cultural no es óbice para adecuar estructuras, equipos, tamaños… a la misión de cada empresa municipal resultante. La puesta en valor de espacios como el Palacio Municipal de Congresos o la Caja Mágica tiene poco que ver con la gestión del Teatro Circo Price o Veranos de la Villa, por poner un par de ejemplos de choque. Más en común tienen las áreas de turismo y cultura pero creo que cada cual tiene la suficiente personalidad como para caminar por separado, la primera para mejorar el posicionamiento nacional e internacional de Madrid, lo que la vincula a sectores económicos; la cultura para hacer de ella un elemento de mejora ciudadana y de orgullo.

Segundo, marcar una misión para cada una de ellas que, por delante de la eficiencia o el impulso económico, recoja su papel de servicio público por encima de cualquier otro. La actividad de las nuevas empresas municipales debe poner en primer plano el servicio y la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, muy por encima de consideraciones económicas. Prestar mejores –los mejores- servicios que permitan los presupuestos y buscar el beneficio social: esos son los retos prioritarios no instrumentales.

Tercero, fijar unos criterios de financiación que recojan todas las fuentes posibles. Ciertamente, las empresas municipales no tienen por qué establecer sus presupuestos exclusivamente a partir de los fondos públicos. Una adecuada gestión comercial de sus espacios, un más hábil, generoso e inclusivo empleo del patrocinio, la autofinanciación basada en la venta de servicios y entradas…, deben ser compaginados sabiamente. Pero la mezcla resultante, que sin duda ha de buscar la máxima autonomía, deberá mirar constantemente al cumplimiento de su misión de servicio público.

Cuarto, pasados los primeros tiempos de la nueva gestión, someterse en sus puestos directivos al modelo de contratación abierta, transparente, por concurso y con programa. Entiendo que el equipo de gobierno esté urgido por hacer frente a un sinnúmero de tareas, muchas de las cuales –estoy razonablemente convencido- no entraban en sus previsiones. Pero los modos y las formas son esenciales y la elección de los directivos de las empresas públicas –y de los teatros, de los centros culturales, de los museos, de los festivales…- debe estar sometida a modelos democráticos de elección.

Es tarea prioritaria la reconducción de la política municipal madrileña al concepto de servicio cultural, alejada de la rentabilidad como condicionante esencial, y del rasgo espectacular en la programación de contenidos como criterio de éxito. Probablemente la situación de las arcas municipales no permita grandes alegrías e inversiones en el inmediato futuro, pero como recuerda Santi Eraso poniendo de ejemplo el festival de jazz de San Sebastián –Heineken Jazzaldia- hay que explorar fórmulas para conjugar todas las energías sociales en beneficio de recolocar la cultura como servicio, y al ciudadano como destinatario y protagonista de ese servicio reconocido como tal por la Constitución.

En la reorientación del rumbo va a contar con el apoyo apasionado de muchos creadores, de muchas organizaciones culturales, de muchísimos ciudadanos y de todos cuantos creemos en la cultura como palanca de transformación individual y social. Y de los que creemos también en las oportunidades que algunas herramientas empresariales ofrecen a la cultura.

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